La lista es larga y pesada: Estados Unidos iba a imponerse en el siglo XXI como la única superpotencia, gracias a su poderío económico, tecnológico y militar. La figura del presidente iba a engrandecerse y a ampliar su capacidad de maniobra y sus márgenes de acción respecto a los otros dos poderes. El Partido Republicano estaba destinado a producir un realineamiento del electorado del mismo estilo que el que produjo Franklin D. Rooseevelt desde 1932. Todo ello iba a conducir precisamente al desmontaje del Estado surgido del New Deal, el Big Government detestado por la derecha libertaria y antifiscal. Éste era el programa oculto de George W. Bush en el año 2000, cuando consiguió que el Tribunal Supremo le otorgara la victoria electoral sobre Al Gore mediante la paralización del recuento de votos en Florida. Quienes fueron hilvanando este conjunto de proyectos, Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, Karl Rove, y tantos otros personajes que han venido formando esta pléyade conservadora al cargo del mundo en los últimos ocho años, deben estar en estos momentos en una situación de máxima confusión.
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Esos ocho años de Bush que están ahora terminando y con los que todos toman distancia, principalmente John McCain y Sarah Palin, han cambiado radicalmente el mundo. Sabemos que han acelerado el declive de Estados Unidos como superpotencia única y han dejado herido de muerte el orden jurídico internacional: sin todo lo que ha sucedido no puede entenderse, por ejemplo, la desenvoltura con que Rusia mueve sus tropas y tanques por los territorios de su influencia o la carrera nuclear de Teherán. Pero han cambiado también al periodismo. En algún momento habrá que hacer balance de lo sucedido, de las bajas, los muertos y heridos, y de los montones de pelos que hemos dejado todos en esta gatera. Hoy es un día especialmente propicio para escribir un apunte sobre todo esto porque uno de las mayores estrellas del periodismo norteamericano y mundial, Bob Woodward, pone en las librerías su nuevo libro, el cuarto, alrededor de la presidencia de Bush y de su guerra contra el terror. Lo contó muy bien el sábado David Alandete desde Washington y ayer mismo el Washington Post empezó la cadencia de los cuatro anticipos entresacados del volumen escrito por su editor asociado y premio Pulitzer.
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La primera potencia mundial lo es también en un negocio tan penoso como el de la privación de la libertad de las personas. Alguien profundamente pesimista puede incluso establecer una relación entre ambos fenómenos: si es la primera potencia mundial será porque encarcela legal o ilegalmente a más gente que nadie. No habría, según este tétrico punto de vista, ninguna otra forma de mantener el orden interno y el externo. Quizás explicaría, además, que la Unión Soviética de Yosif Stalin se convirtiera en superpotencia después de la Segunda Guerra Mundial, gracias al gulag en casa y a su exportación a los regímenes satélites convertidos en cárceles de pueblos e individuos. Los datos pertenecen a la ong Human Rights Watch, que cifra la población carcelaria en 2’3 millones de personas y la tasa por 100.000 habitantes de 762 presos, la más alta del mundo y en constante crecimiento.
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Sorprende la repetición de la jugada. Es muy sencilla. Consiste en amenazar con que una institución o a una persona se convertirá en irrelevante si no hace lo que quien presume de más poder quiere que haga. Esta fue exactamente la que hizo George Bush con Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, cuando quería que este máximo organismo internacional aprobara una resolución apoyando la invasión de Irak por Estados Unidos con el pretexto de unas armas de destrucción masiva que no existían. Quienes querían prolongar las inspecciones en Irak de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, encabezados por el miembro permanente y con derecho de veto que es Francia, se negaron a ceder al chantaje y no hubo resolución. Estados Unidos invadió sin base legal alguna y obtuvo después, en agosto de 2003, una resolución que convalidaba la presencia de sus tropas y de los países aliados en Irak.
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