Yo también tengo mi lobby. Mi lobby judío, naturalmente. Está a favor de Israel, como no puede ser de otra forma, Estado que merece vivir en paz y seguridad con sus vecinos y reconocido por todos ellos. Punto uno: por algo es un lobby pro-israelí. Pero mi lobby no tiene nada de neocon, al contrario, pertenece a la mejor tradición de la gran diáspora judía, progresista y liberal, ilustrada e izquierdista, que es la que conforma la gran mayoría de la comunidad judía norteamericana: por eso ha preferido a Obama en vez de McCain hasta niveles que no se encuentran en ninguna otra minoría cultural (sólo los afro americanos han votado de forma más disciplinada a uno de los suyos). Tampoco tiene nada de belicista, al contrario, está formado por gente que cree en la negociación y en la diplomacia y considera que un Estado sólo puede usar las armas como último recurso, cuando ha agotado absolutamente todos los otros caminos, como lo cree Obama y al contrario de lo que han hecho Bush, en una ocasión, y Olmert en dos. Sí, claro, reconozco que es un lobby judío algo especial, que actúa también en cierta forma como lobby palestino, pues está a favor de que los palestinos tengan también un Estado con fronteras reconocidas internacionalmente en el que puedan vivir en paz y seguridad. Pero Bush también estaba de acuerdo con esto, ¿o no?
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Con Aluf Benn, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, invitados por la Casa Sefarad-Israel.
Tenemos que hablar sobre las disonancias entre las opiniones públicas
israelí y española respecto al conflicto de Oriente Próximo, tema que
se las trae. Significa hincar el diente justo en el meollo. Mi colega,
que ha sido corresponsal diplomático de Haaretz y ahora es
editorialista y columnista centra el tema de formas fulminante y fría:
el problema es el uso de la fuerza. Todo en Israel, la gente, la calle,
la cultura, la economía, están muy cerca de Europa y América, menos en
esta cuestión que nos separa y nos seguirá separando de forma
irremediable.
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Siempre hay un camino más a la derecha. O eso parece demostrar la evolución de Israel. El tropismo dextrógiro tiene muchas explicaciones, pero la más convincente de todas es el miedo. Cuando una sociedad consigue convertir el miedo en el aire que respira es inevitable la aparición del síndrome del caracol, que va enroscándose cada vez más dentro de su cáscara hecha de nacionalismo, xenofobia e impavidez ante los sufrimientos ajenos.
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La transición del poder es el momento crucial de cualquier sistema político. No iba a ser menos en el caso de Estados Unidos, donde las cosas se complican por la inmensidad, riqueza y poderío del país. El historiador británico Simon Sebag Montefiore, especialista en la Rusia soviética, considera que sólo uno de los tres grandes imperios contemporáneos ha resuelto civilizada y razonablemente "este momento de la verdad de un sistema político" (IHT, 12 de enero de 2009). La transición en China "es vergonzosamente previsible en su secretismo total", mientras que en Rusia "la inconsistencia y la falta de mecanismos de sucesión son una real amenaza al orden internacional". Sólo EE UU ha conseguido regalarnos con un relevo presidencial que es un prodigio en muchos conceptos: en su fase de elecciones primarias, por el catálogo de modos y formas de elección democrática que ofrece el mosaico de sus estados, y en su fase final por la marea de pasión política que llega a suscitar en todo el mundo.
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El tiempo, el gran escultor, lo tiene muy difícil con George W. Bush. El artista metafórico que imaginó Marguerite Yourcenar no va a sacar nada bueno del presidente cuadragésimo tercero de los Estados Unidos de América, que termina de forma lamentable su mandato el próximo martes 20 de enero. Por más que se haya esforzado en sus numerosas comparecencias desde hace un par de meses, no hay forma de vender la idea de que ha sido una presidencia como todas, con sombras y luces, y al final de las cuentas con un balance salvable y fructífero; nadie la compra. El legado que dejan estos ocho años no puede ser más desastroso: sólo faltaba la ruina del plan de paz de Annapolis, el proyecto lanzado por Bush para que antes de terminar su presidencia Israel y Palestina firmaran la paz. Ahí está la matanza de Gaza como colofón sangriento a su presidencia, con el humillante detalle final: esta increíble sumisión del presidente norteamericano y de su secretaria de Estado a un gobierno dimisionario como el de Israel a la hora de votar una resolución en el Consejo de Seguridad. Hay algo seguro: será difícil que desde Israel alguien vuelva a tratar a Hillary Clinton y a Barack Obama como lo han hecho con los actuales titulares de la secretaría de Estado y de la presidencia Tzipi Livni y Ehud Olmert, este último regodeándose incluso en la suerte de sacar a Bush de un acto público para exigirle que su país no votara la resolución a favor del alto el fuego.
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La acción armada es una forma de transformar el mundo a través de la destrucción y de la muerte. Quien la emprende se propone modificar el estado de las cosas violentamente a la vista de que no puede o no le conviene hacerlo con el empleo de otros medios. El gobierno de Israel espera obtener un debilitamiento lo más grande posible de Hamas, el partido terrorista que gobierna en Gaza y que ha crecido al amparo precisamente de las políticas empleadas con los palestinos en los últimos años. Puede ser que lo consiga. Puede ser que consiga su desaparición, aunque hay mucho escepticismo incluso en el lado israelí sobre la posibilidad de este propósito. Pero lo que no hay duda alguna es que una acción violenta, que implica la muerte de centenares de personas, entre las que hay una altísima proporción de civiles perfectamente inocentes, no modifica únicamente el territorio y la población atacados sino que produce efectos graves en el ejército y en la población atacante. La cultura judía tiene un amplio repertorio sobre este capítulo moral de la violencia.
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Todo va muy rápido. Más deprisa de lo que tardamos en contarlo. Obama ya advirtió la pasada semana de la profundidad insondable de la recesión en la que hemos entrado y de la necesidad de un esfuerzo serio y audaz para evitar que se prolongue durante años. Ayer lunes ya son muchos quienes dan por descontado que una gran parte de su programa deberá quedar en el cajón de su despacho a la espera de que amaine la situación económica. Sería suicida meterse en berenjenales que lastraran la recuperación como, por ejemplo, reformar el sistema de salud o lanzar las políticas prometidas de restricción de emisiones cuando lo que hay que hacer es poner a toda velocidad las máquinas de la economía de nuevo en marcha. Buena parte del cambio, el que afecta a políticas internas, quizás deberá esperar, sacrificado ante las urgencias de la crisis; pero otra parte, en cambio, la que afecta sobre todo a la política exterior, será objeto de la máxima celeridad. La tragedia de Gaza se encarga de clamar, a diez días del relevo presidencial, por esta última urgencia.
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Cuando le preguntaron que sintió al bombardear una casa en la franja de Gaza el piloto de la fuerza aérea israelí Dan Dalutz respondió con una frase que ya ha quedado para los anales de la infamia: “un ligero temblor en el ala”. Esto no ha sucedido ahora. Fue hace ya muchos años. La franja de Gaza es una zona de guerra desde 1948 y allí la muerte campa por sus respetos como en pocos lugares del mundo. Lo cuenta con prosa concisa y grave en su editorial de ayer, y con idéntico título que el de este texto, el diario Haaretz, cuya lectura no debiera perderse nadie de quienes quieren observar y analizar sin orejeras lo que está haciendo el ejército israelí con el millón y medio de palestinos encerrados en la cárcel de Gaza junto a las milicias terroristas de Hamas.
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Sí, este año hablaremos de la prensa. Este año no habrá más remedio que arrumbar del todo aquel viejo perjuicio que nos impedía escribir sobre nosotros mismos, aunque no dejábamos de recordarlo cuando lo violábamos quizás con asiduidad excesiva. Este año la prensa, el periodismo sobre papel, será noticia con mucha frecuencia, con excesiva y dolorosa frecuencia. La recesión en curso está golpeando de forma especialmente abrupta a los medios de comunicación impresos, a esos viejos artefactos centenarios que orbitan en la galaxia Gutemberg. Pertenecen al mundo antiguo y muchos no sobrevivirán a este 2009 tan duro que ya ha empezado: algunos ya se han quedado en el 2008. Los que consigan superar esta recesión que está secando las fuentes de ingresos publicitarias deberán transformarse y de qué manera porque también se les están secando, de forma más lenta, las fuentes de ingresos por venta, el pago de los lectores por los contenidos.
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La próxima ronda es para la paz. Las noticias atroces que llegan de Gaza parecen desmentirlo, pues son combustible para el serpentín violento que calienta la región, ese círculo vicioso que buscan los terroristas, y que lleva a descender siempre un peldaño más hacia los infiernos. Pero la guerra lanzada por el Tsahal apenas tres semanas antes de la toma de posesión de Barack Obama como presidente de Estados Unidos, se explica precisamente porque estamos en puertas de un nuevo ciclo político de obligada eficacia en la zona. A pesar de la enorme prudencia del presidente electo de Estados Unidos, que sólo ha querido pronunciar unas breves frases compadeciendo la suerte de la población civil palestina e israelí, es evidente que la política norteamericana hacia Oriente Próximo cambiará de forma sustancial a partir del 21 de enero.
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