Una noche, la del 12 de agosto de 1961, el telón de acero que había caído sobre Europa en 1945 cerró su último portillo. Cortó Berlín en dos, como si la hubiera pasado por una cizalla. Primero se extendió en forma de cadena de policías y blindados, alambres y obstáculos, y en pocos días con un muro que fue creciendo y fortificándose. La antigua capital alemana venía sufriendo la presión soviética desde junio de 1948, cuando las autoridades de Moscú la mantuvieron durante varios meses bloqueada y sin suministros ni comunicaciones terrestres. Era el punto de fuga por donde millares de alemanes huían de la zona de ocupación soviética y a la vez zona de fricción donde las dos superpotencias enfrentadas en la guerra fría llegaron a situar a sus tanques apuntándose unos a otros. Los momentos más delicados de aquella confrontación, cuando Moscú y Washington estuvieron más cerca de pulsar el botón nuclear, se sitúan entre la construcción del muro berlinés, aquella noche de agosto de 1961 y noviembre de 1962, cuando la Unión Soviética retiró de Cuba los misiles que apuntaban en dirección a Estados Unidos.
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Uno a uno, con un tiro en la nuca. Así hasta 21.857. La flor y nata de la oficialidad polaca, pero también millares de profesionales de toda condición. La élite de un país que no quería conformarse a su desaparición y al reparto de sus despojos entre Alemania y la Unión Soviética, las dos grandes potencias que lo habían ocupado en septiembre de 1939. Sucedió en la primavera de 1940, en los mismos días en que las cárceles y cuarteles de la España franquista se habían convertido también en un matadero de hombres, ejecutados también por razones políticas aunque de significado contrario.
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En las últimas décadas del comunismo llegó a apuntarse la teoría, o quizás el espejismo, de que los dos sistemas que habían dividido el siglo XX, el capitalismo y el socialismo, iban a converger en forma de un capitalismo socialdemócrata o de un socialismo liberalizado. Eran especulaciones que tenían que ver con la realidad lo que un huevo con una castaña, como pronto se vio. Reagan le dijo la frase famosa a Gorbachev: tire usted este muro. Gorbachev a Honecker: la vida castiga a quien llega tarde. Y luego se esfumó la convergencia de sistemas, que significaba aprovechar los mejor de cada uno, y apareció en el horizonte el dibujo de algo nuevo, menos evanescente, que es en lo que ahora estamos, una convergencia de otro tipo, que para China se ha formulado en forma de chiste macabro: se trata de juntar lo peor del socialismo y lo peor del capitalismo. El régimen chino va en cabeza en la carrera, sobre todo por su esfuerzo genuino, el volumen de su economía y el éxito de su capitalismo. Pero Rusia, Irán, Venezuela, o las monarquías riquísimas de Arabia recorren una senda similar. Nada de reformar el capitalismo: mejor adaptar al libre mercado los despotismos del tipo que sea. Libertad, sí, pero sólo para el dinero, no para las personas.
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El nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, es mucho más prudente y reflexivo que su antecesor Donald Rumsfeld. Y sobre todo, menos locuaz y expansivo. ¿Alguien puede imaginar las cosas que estaría diciendo Rumsfeld estos días propósito de Rusia?. A los guerreros fríos les gustan las guerras frías y ven guerras frías donde haga falta. Sólo saben concebir el mundo a través de la polarización, la carrera armamentística, la disuasión por la destrucción mutua asegurada y otras zarandajas que nos ponían la piel de gallina hasta 1989. Así debe ver las cosas Putin, según los manuales de observación y de interrogatorio que debieron enseñarle en la escuela del KGB, de los que nos da una buena aunque probablemente pálida imagen el magnífico filme ‘La vida de los otros’. Pero no debe verlas así Gates, que le dijo a un importante dirigente europeo hace escasos días: “¿Usted se imagina cómo estaríamos los americanos si de pronto perdiéramos todos los Estados del sur, desde Florida hasta California? Pues eso es lo que les ha sucedido a los rusos”.
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Sin Gorbachev no hay Yeltsin. Sin Yeltsin no hay liquidación de la Unión Soviética. Pero el silogismo no convierte a Gorbachev en responsable de la desaparición de la URSS. Gorbachev es el responsable de la caída del comunismo y de la consiguiente liberación de todo el centro y este europeo de las dictaduras de partido. Que ya es bastante y quizás lo más importante. El héroe internacional es Gorbachev, pero el héroe popular es Yeltsin. El primero es un héroe de la retirada (según hermosa expresión de Enzensberger), el segundo héroe de sí mismo. Y héroe de quienes desde Washington no querían únicamente que desapareciera el comunismo, sino que preferían convertir el régimen de Moscú, fuera el que fuere, en un cúmulo de debilidades. Yeltsin es el líder perfecto para los vencedores de la guerra fría: oportunista, ambicioso, alcohólico, pero finalmente astuto y valiente. Ambos personajes tienen sus méritos, pero lo mejor de todo se debe a Gorbachev, lo peor a Yeltsin. Es lo que estamos cosechando con Putin, cuando Rusia nada en un mar de gas y petróleo: Chechenia, autocracia, corrupción. Todo esto lo sufren los rusos y lo observan con consternación y tomando nota los dirigentes chinos. Siempre han querido sacar sus lecciones de los errores de Rusia.
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