Diabólicamente eficaces a la hora de preservar sus propios márgenes de poder y de acción. La frase de Felipe González, pronunciada en los mismos días en que se estaba cocinando el acuerdo sobre los nombramientos de altos cargos de la Unión Europea, vale para el todo, pero no es aplicable a las partes. Tiene toda la razón el presidente del Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa al hablar de ineficacia diabólica cuando se refiere al Consejo Europeo y a sus decisiones, pero no la tiene si se refiere a las decisiones en las que están en juego los poderes de todos y cada uno de los representantes de los 27 ejecutivos que conforman el Consejo.
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El domingo descubrí al fin las razones que han llevado a José Luis Rodríguez Zapatero a apoyar a Durao Barroso como candidato a su propia sucesión en tanto que presidente de la Comisión Europea: es el candidato ibérico. Se trata de una categoría inusual en nuestra vida política y en nuestros debates ideológicos, más viva en la chacinería que en la experiencia común de los pueblos de la península ibérica. Pero el presidente del gobierno español ha encontrado en ella la explicación para esa extraña alianza entre el socialismo y el Partido Popular, que devalúa las elecciones al Parlamento Europeo y siembra la confusión. Tres dirigentes de la izquierda socialdemócrata europea como Gordon Brown, José Sócrates y Zapatero propugnan la continuidad de quien llegó a la presidencia de la Comisión de la mano de Aznar, Blair e incluso Bush, y lo hacen en perfecta consonancia y previsión con el mapa parlamentario que se espera para después del 7 de junio, con el Partido Popular Europeo como mayor grupo parlamentario.
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Por la cabeza y por la cola. Por todos lados se extiende el mal olor. Empieza esta semana la campaña para el Parlamento Europeo y no puede ser peor el espectáculo. La catarsis ha llegado a Westminster, donde no se sabe donde termina el purismo democrático y empieza la antipolítica, en una metamorfosis del antieuropeísmo que pronto mostrará su verdadero rostro, sobre todo si David Cameron consigue el adelanto de las elecciones generales que le abriría las puertas de Downing Street. Peligraría en tal caso el propio Tratado de Lisboa, pues el líder tory acudirá a las urnas con la promesa de un referéndum de revocación que situaría a la Unión Europea en una situación terminal. Esto es lo que sucederá si Irlanda y la entera Unión no han ratificado el tratado antes de la entronización del líder conservador.
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El paso es cansino y vacilante. Y nunca hay que descartar el retroceso. Un paso adelante, cierto; pero no tardarán en llegar otros dos más, pero hacia atrás. Ayer en Praga el Senado checo dio por fin su luz verde al Tratado de Lisboa. Puede haber todavía un recurso a su consejo constitucional y hay que descontar la dilación segura que ya ha anunciado su presidente Vaclav Klaus, el negacionista del calentamiento global que ha osado comparar el Kremlin con Bruselas y la Unión Europea con la Soviética, y cuya firma es imprescindible para que termine este tormento moravo. Obtener de los checos la aprobación de este Tratado ya rebajado es como arrancarles una muela. Su presidencia en plena interinidad gubernamental sitúa, además, al caudillo euroescéptico checo al mando de la nave europea: si Sarkozy apretó el acelerador para ponerla de nuevo a velocidad crucero, este presidente en ejercicio puede dar un volantazo en cualquier momento con el malvado propósito de que naufrague de una vez y se hunda. Todavía no se puede descartar, porque el Consejo Europeo de junio es el que debe hacer las acomodaciones del Tratado de Lisboa que faciliten las cosas a los irlandeses en su peculiar pelea con ellos mismos: si Klaus quiere que Irlanda no convoque o retrase el referéndum de ratificación que corrija la negativa de 2008, no tiene más que dedicarse a boicotearlo todo. Sabe hacerlo.
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La semana europea de Obama no podía arrancar mejor. La eficacia de las grandes maquinarias diplomáticas es arrolladora cuando trabajan bajo presión, con instrucciones y objetivos claros, y además acompañadas por la imagen de líderes capaces de comunicar bien y que funcionan como auténticas marcas comerciales. La cosecha del primer día de la marca Obama en Londres, el miércoles, fue muy buena, sobresaliente incluso: nuevo clima en las relaciones con Rusia, serio compromiso con China; por no hablar de todo el glamour y los rendimientos icónicos en la visita de la pareja presidencial a los Windsor y la cena luego en Buckingham. Habrá que escribir y discutir en detalle de todo ello.
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Nicolas Sarkozy es un decidido socialdemócrata, Robert Zoellick se ha convertido al multilateralismo, Gordon Brown y George W. Bush son los nuevos paladines de la nacionalización de la banca y el chiste del día es que Washington es la capital de la Unión de Estados Socialistas de Norteamérica. Si escuchamos la COPE y a algunos dirigentes del PP se diría que acaba de nacer un nuevo partido anticapitalista, que denuncia la traición de Zapatero y del PSOE porque se han aliado con la oligarquía financiera. ¿Qué nos queda por ver a lo largo de esta crisis?
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La frase va dirigida a quienes quieren destronarle, fuera y dentro de su propio partido. No es momento para novatos. Mientras se tambalean los cimientos de la economía mundial no es cuestión de ceder el paso a jóvenes inexpertos. El dardo de Gordon Brown se dirige a los 'davides', el de casa, Miliband, que aspira a convertirse en el líder del 'labour', y el de la oposición, Cameron, que quiere mudarse lo antes posible al número 10 de Downing Street. Pero ese dardo atraviesa también el Atlántico, donde la fiebre electoral se halla en su punto de ebullición. Allí nadie da la talla en cuestión de gestión económica: no la da el presidente saliente, que ha tirado su ideario y dejado todo en manos de los sabios; pero tampoco los dos candidatos, el demócrata Barack Obama, y el republicano John McCain, éste a pesar de su edad y experiencia. Ninguno de los dos ha sabido situar hasta ahora a la economía en el lugar donde la propia economía está situándose ella sola.
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El naufragio es de tal envergadura que cuesta retener los detalles de lo que ocurre en cada una de las secciones de esta nave que se hunde. Apenas se ha comentado lo que representa alargar el período de detención de los sospechosos de terrorismo hasta los 42 días sin asistencia jurídica y sin acusación. Lo ha hecho un gobierno laborista, el de Gordon Brown, y se ha jugado en ello la cabeza: de perder la votación probablemente se habría tenido que ir del número 10 de Downing Street. Lo ha hecho en el país de la Carta Magna, que establece el habeas corpus, o derecho de todo detenido a ser atendido por un juez imparcial.
Ha merecido mucha mayor atención la directiva justamente bautizada como de la vergüenza, por la que la UE reconoce el derecho de sus gobiernos a detener también sin atención letrada ni comparecencia alguna ante la autoridad judicial a los extranjeros que no tengan la documentación en regla durante 18 meses, un período de tiempo que equivale a una pena de cárcel. El trato que merecen los menores por parte de los legisladores europeos no puede ser más vergonzoso: se les puede deportar a terceros países. Gran parte de los centros de detención actualmente existentes equivalen a centros penitenciarios y no cuentan con condiciones de salubridad e higiene satisfactorias. O la Carta antisocial europea, que recupera la eventualidad de trabajar 60 horas semanales, como en los viejos buenos tiempos del capitalismo manchesteriano. ¿Para cuándo la autorización para el trabajo infantil?
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Apenas unos 110.000 votantes irlandeses han conseguido paralizar la ratificación del Tratado de Lisboa. Será dificil que alguno de los países que quedan por ratificar no se enganche a esta oportunidad. Los conservadores británicos quieren que su país lo someta a referéndum para poder rechazarlo, desalojar a Gordon Brown de Downing Street y dar al fin un voto negativo a la Unión Europea deseado y esperado durante décadas por la opinión euroescéptica británica, ampliamente mayoritaria. También están mal las cosas en la República Checa, pendiente de la firma presidencial de Vaclav Klaus y de la revisión de su máxima autoridad judicial. Y en Italia, donde la Lega Nord ha echado las campañas al vuelo y puede obstaculizar la ratificación parlamentaria.
Está claro que ya la tenemos armada, como sucede regularmente en Europa desde hace 20 años. Pero mejor no desesperarse. Estamos perfectamente habituados a que sucedan cosas así desde el Tratado de Maastricht. Dinamarca, Irlanda, Francia y Holanda han interrumpido procesos de ratificación en distintas ocasiones. Europa vive permanentemente en crisis e incluso vive de las y para las crisis. El mayor responsable de todo y quien debe dar las primeras indicaciones es, sin lugar a dudas, el taoisech (primer ministro en gaélico) Brian Cowen. Es una crisis europea, pero antes es una crisis irlandesa. A ver qué nos propone el gobierno de Dublín al resto de los europeos.
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Casi nadie se acuerda ya de aquellos buenos tiempos tan breves. Superaba a la oposición de más de diez puntos de expectativa de voto. Había empezado a labrarse en pocas semanas la imagen de un primer ministro serio y eficaz, tras sus excelentes diez años como canciller del Exchequer o ministro de Economía. Consiguió tomar el relevo de alguien tan brillante como Tony Blair sin suscitar el escepticismo o la decepción inmediatos. Pero de pronto, como en un traspié, todo se vino abajo. Se ahogó en el vaso de agua de su provisional y efímero éxito. Coincidieron sus dudas, malamente expresadas en público, sobre la hipótesis de un adelanto electoral que le permitiera aprovechar la bonanza para convertirse por fin en primer ministro elegido en las urnas y no mero sustituto del dimisionario Blair, con un excelente congreso conservador, en el que David Cameron supo conectar con los electores y afirmarse en su mensaje centrado, pijoprogre le llaman algunos. El resultado fue, en cosa de días u horas, catastrófico: empezó a caer a plomo en los sondeos. Ahora las elecciones municipales, en las que el Labour ha quedado en tercer lugar, detrás de los liberales, y la pérdida de Londres confirman lo que ya se temía.
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