Tuve el privilegio de seguir hace más de veinte años, en Lyon, el juicio contra uno de esos monstruos genocidas que horrorizan y a la vez tranquilizan las conciencias. Klaus Barbie, el jefe de la Gestapo en la capital del Ródano, durante la ocupación alemana, fue acusado y condenado a cadena perpetua por crímenes cometidos más de 40 años antes, y entre los más terribles la detención y deportación para su exterminio de los llamados niños de Izieu, un grupo de 44 infantes judíos refugiados en una colonia. La visión de aquel anciano menudo y vulnerable en la sala de vistas, en el Palacio de Justicia lionés, y el contraste con su infame biografía recordaba inevitablemente al burócrata Eichmann juzgado en Jerusalén. Por los inconvenientes de una formación insuficiente, cuando empecé a escribir sobre Barbie no había leído todavía la vibrante y polémica narración del juicio de Jerusalén a cargo de Hannah Arendt. Me mordía los puños poco después cuando cayó en mis manos y devoré la edición francesa: la española tardaría todavía una década en aparecer. La banalidad del mal, idea incluida en el subtítulo del libro, era la clave que me había faltado para seguir el proceso de Lyon y probablemente cualquier otro proceso de este tipo.
