La ecuación del poder nunca es sencilla. Hay presidentes que tienen menos poder del que les otorga la Constitución así como hay otros que tienen mucho más. Cabe conjeturar incluso que es excepcional el caso en que un presidente se atenga estrictamente al terreno de juego que marcan las leyes. Aunque en realidad la Constitución americana deja amplio margen para la ambigüedad y la interpretación y hay que tener en cuenta, además, muchos factores externos: las mayorías parlamentarias, la cohesión del partido presidencial o incluso los ciclos ideológicos que ofrecen ventajas u obstaculizan la labor del presidente. El anterior, George W. Bush, fue un caso curioso: concentró mucho poder, gracias a una legislación de guerra y a la inspiración neocon, pero luego se convirtió en una especie de ‘rey holgazán’, y quien en cambio lo usó fue Dick Cheney, su vicepresidente, considerado como presidente ejecutivo en la sombra. Barack Obama es un caso todavía en pleno desarrollo: hay que abstenerse de hacer juicios precipitados. Pero apunta formas: ayer mismo el diario Político aseguraba que el nuevo inquilino de la Casa Blanca ya es el primer ejecutivo en el mundo de los negocios norteamericano: el motivo ha sido la drástica intervención de General Motors, con destitución de su presidente incluida.
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Ningún gobernante puede eludir la disonancia entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción estudiada por Max Weber hace casi un siglo en su conferencia La política como profesión. Como Barack Obama no iba a ser una excepción, no han bastado ni siquiera cien días para que empezaran a apuntar algunas minúsculas señales oscuras, todavía pequeñas motas de polvo, sobre su radiante imagen. El nuevo presidente dio pasos contundentes, solo llegar a la Casa Blanca, con sendos decretos presidenciales en los que se prohíbe la tortura y se programa el cierre de la base de Guantánamo para 2010. Su compromiso con esta política de respeto y promoción de los derechos humanos ha tenido un sonoro reflejo en dos de sus grandes discursos, en la toma de posesión y en su primera alocución ante las dos cámaras reunidas, que se sintetiza en su idea de hacer compatibles la seguridad nacional y la defensa de los valores democráticos.
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Con Aluf Benn, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, invitados por la Casa Sefarad-Israel.
Tenemos que hablar sobre las disonancias entre las opiniones públicas
israelí y española respecto al conflicto de Oriente Próximo, tema que
se las trae. Significa hincar el diente justo en el meollo. Mi colega,
que ha sido corresponsal diplomático de Haaretz y ahora es
editorialista y columnista centra el tema de formas fulminante y fría:
el problema es el uso de la fuerza. Todo en Israel, la gente, la calle,
la cultura, la economía, están muy cerca de Europa y América, menos en
esta cuestión que nos separa y nos seguirá separando de forma
irremediable.
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Muy bien. Quizás lleva razón. Tanta es la tarea que tenemos delante y tantos los obstáculos a levantar, que sería mejor dejar las recriminaciones para otro momento. ¿Es posible? El conflicto secular en estas tierras esta hecho de recriminaciones. Nada se hace o se dice que no sean recriminaciones. Muchas de ellas además muy precisas y ajustadas a la realidad, no producto de la fantasía de los encarnizados enemigos que no cejan de hostigarse desde hace decenios.
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Quizás al final de las cuentas este siglo, el XXI, sí será americano, la American century proclamada en 1997 por un nutrido grupo de neocons, entre los que se hallaba la flor y nata del futuro Gobierno de George W. Bush, que creó incluso una asociación para conseguirlo. Lo intentaron por la fuerza bruta, el desprecio a los países amigos y aliados y la vulneración de los principios fundacionales de la nación americana, con los resultados que se conocen: nunca Estados Unidos llegó tan lejos en desprestigio y en pérdida de autoridad e influencia. Si se consigue, será por el camino diametralmente opuesto, proclamado el martes en el discurso inaugural de Barack Obama e incluso demostrado como ejercicio práctico de ciudadanía por unos fastos y ceremonias que se han seguido con pasmo y regocijo desde todo el mundo.
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El tiempo, el gran escultor, lo tiene muy difícil con George W. Bush. El artista metafórico que imaginó Marguerite Yourcenar no va a sacar nada bueno del presidente cuadragésimo tercero de los Estados Unidos de América, que termina de forma lamentable su mandato el próximo martes 20 de enero. Por más que se haya esforzado en sus numerosas comparecencias desde hace un par de meses, no hay forma de vender la idea de que ha sido una presidencia como todas, con sombras y luces, y al final de las cuentas con un balance salvable y fructífero; nadie la compra. El legado que dejan estos ocho años no puede ser más desastroso: sólo faltaba la ruina del plan de paz de Annapolis, el proyecto lanzado por Bush para que antes de terminar su presidencia Israel y Palestina firmaran la paz. Ahí está la matanza de Gaza como colofón sangriento a su presidencia, con el humillante detalle final: esta increíble sumisión del presidente norteamericano y de su secretaria de Estado a un gobierno dimisionario como el de Israel a la hora de votar una resolución en el Consejo de Seguridad. Hay algo seguro: será difícil que desde Israel alguien vuelva a tratar a Hillary Clinton y a Barack Obama como lo han hecho con los actuales titulares de la secretaría de Estado y de la presidencia Tzipi Livni y Ehud Olmert, este último regodeándose incluso en la suerte de sacar a Bush de un acto público para exigirle que su país no votara la resolución a favor del alto el fuego.
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Vamos a seguir hablando un poco más de este libro tan interesante, elaborado a instancias del periodista del Washington Post David Ignatius, que es quien ha moderado y preparados los debates entre los dos veteranos consejeros presidenciales entre febrero y abril de 2008, cuando todavía no se conocía el nombre del nuevo presidente de Estados Unidos, pero ya se perfilaba que sería uno de los tres entonces ya destacados en la liza: Jon McCain, Hillary Clinton o Barack Obama. Intentaré regresar en otra ocasión sobre este puñado de reflexiones entre el profesor y el militar, con la ayuda del periodista, especialmente interesantes para los próximos meses, pero hoy voy a limitarme a glosar algunas más acerca de Europa, para completar un poco el apunte mínimo de ayer.
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No hay dos presidentes de Estados Unidos a la vez, es cierto. Lo dicen los manuales sobre la transición presidencial y lo repite, una y otra vez, el presidente electo Barack Obama. Lo que no dice es que el titular en ejercicio se está desvaneciendo del paisaje y que él es el único que cuenta, aunque todavía no haya jurado la Constitución ni pueda firmar órdenes ejecutivas. Sobre el papel, nada puede hacer el presidente electo hasta el 20 de enero y la responsabilidad de todo lo que ocurra es todavía de George W. Bush. Pero las urgencias de la crisis financiera, convertida ahora en recesión, no permiten esperar. Y menos para un Gobierno exhausto, desautorizado ante la opinión pública por los resultados electorales, lastrado por un balance que no tiene salvación alguna -por más que se esfuercen los escasos amigos que le quedan, como José María Aznar- y atado de pies y manos durante sus últimos días en la Casa Blanca.
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Dime de quién te rodeas y te diré quien eres. La instalación de un nuevo presidente en la Casa Blanca es un rito de paso que da lugar a muchos exámenes y pruebas. Estamos ahora en el momento de las apuestas, las sugerencias, las presiones…Los distintos grupos de interés quieren colocar a quienes les representen. Los más ambiciosos se abren pasos a codazos. Los hacedores de reyes, esos personajes que quieren hacer notar su influencia, intentan imponer a sus recomendados. Todo esto se traduce en filtraciones, rumores o meramente en la utilización abierta de los medios de comunicación para lanzar un nombre, un globo sonda o un valor que no estaba en el mercado.
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Ha llegado la hora de la verdad, el momento en que enfilamos la recta final de esta carrera, donde todavía puede suceder cualquier cosa. Los dos corredores se hallan lanzados, neck to neck en las encuestas, con los horizontes abiertos a todas las apuestas y pronósticos. Tienen ya sus equipos formados, han tomado un último y espectacular impulso en las convenciones de sus respectivos partidos donde han sido investidos candidatos y corren lanzados mientras el estadio de la opinión ruge y les jalea con desbordamientos de pasión con frecuencia excesivos.
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