China es el imperio del centro. Y en su centro está Pekín, la capital del norte, según significa su nombre, convertida en capital del centro y por tanto del mundo. En el centro de Pekín está Tianamen, la puerta de la paz celestial, esa inmensa plaza que se abre al sur de la Ciudad Prohibida y en la que se encuentra embalsamado el cadáver de Mao Zedong, cuidadosamente venerado en el centro del centro del centro del mundo. Y en el centro de Tianamen estaba el lunes, vestido de negro y con una corbata roja, un hombre austero y sonriente con una antorcha en la mano.
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Hay tres formas de encarar la espinosa ecuación que plantean los derechos humanos cuando se sitúan en función de los intereses económicos y políticos. La más sencilla es la separación según conveniencia propia, sin coartadas ni rubores. La más difícil la que establece una estrecha relación de condicionalidad. La más incomprensible la que lo deja en suspenso, en función de un ‘depende’ coyuntural o personalista. Bush representa la primera, por eso ha comunicado que irá a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. Merkel representa la segunda: por eso no irá. Curiosamente, Sarkozy, el héroe de la sinceridad, la tercera: irá si le conviene y en cualquiera de los casos buscará la explicación más conveniente a sus intereses.
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Precisamente ahora que empieza a mejorar la situación sobre el terreno, nadie quiere acordarse de la guerra de Irak en Estados Unidos. Todos, el presidente y los candidatos de los dos partidos, prefieren hablar de otros temas menos incómodos. Irán y la situación económica, por ejemplo. Irak incomoda a todos: a la administración responsable de este desastre porque ya no tiene remedio, con independencia de la mayor estabilidad y de la disminución de los atentados y ataques en el país árabe; a los candidatos porque saben que al final, sea cual sea su posición, tendrán que pechar con la dificil situación que van a heredar y prefieren sacarlo ya de la campaña electoral. El desgaste que ha producido esta guerra maldita ya es irreversible para Bush y su legado histórico y para el partido republicano, y su evocación sólo puede tener consecuencia perjudiciales para quien lo reivindique en el sentido que sea. La última prueba la ha proporcionado la última víctima, por ahora, de los efectos de la guerra. Es el primer ministro australiano, John Howard, el equivalente de un José María Aznar en las antípodas, que ha perdido de forma rotunda e incluso un punto vergonzosa las elecciones y el puesto de primer ministro, en justo pago a su incondicional apoyo a George Bush en su guerra contra el terrorismo, en su invasión de Irak y en su actitud hostil ante el protocolo de Kioto.
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¡Vaya mirada la del viejo emperador jubilado! Deng Xiaoping mantuvo la primacía sobre cualquier otro dirigente hasta su muerte en 1997, cuando tenía 93 años de edad, sin necesidad de ostentar el último cargo del poder fáctico, que es la presidencia de la Comisión Militar del Partido Comunista Chino (PCCh). Jiang Zemin, el de la foto, en cambio, ha quedado condenado a deambular por el congreso y a devorar con su mirada rijosa a las jóvenes azafatas. El paso de la segunda a la tercera generación fue largo y desordenado, aunque más pacífico que la sucesión de Mao Zedong, pero Jiang Zemin, el sucesor de Deng, en cambio, se ha visto obligado a soltar el poder entre congreso y congreso como quien baja una escalera, un peldaño por año: en 2002 pasó a Hu Jintao la secretaría general del Partido Comunista, que venía ejerciendo desde la matanza de Tiananmen en 1989; luego, al año siguiente, le cedió la presidencia de la República; en 2004 la presidencia de la Comisión Militar del partido, y finalmente, en 2005, la presidencia de la Comisión Militar de la República Popular de China.
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El Dalai Lama en Washington. En el Congreso de los Estados Unidos, que le otorga su mayor distinción, la Medalla de Oro. Impecable, magnífico. Se lo merece. Y quien se lo da -a pesar de la escasa popularidad de los congresistas entre los ciudadanos nortamericanos, meros humanos muy por debajo de las instituciones-, el parlamento de la más antigua democracia, también merece dar estas distinciones a alguien que lucha por sus ideas y por la causa de su pueblo meramente con la palabra y el comportamiento. Es una condecoración que honra a quien la da y a quien la recibe: ambos la merecen.
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Les llamamos con el mismo nombre (partido) pero pertenecen a especies muy distintas. Uno cuenta con 73 millones de afiliados, gobierna sobre una quinta parte de la humanidad y constituye el mayor y más impenetrable misterio en cuanto a su funcionamiento. El otro no tiene todavía afiliados en propiedad, aunque más de tres millones de personas han participado en la elección de sus representantes a la asamblea constituyente y de los candidatos a las elecciones generales, gobierna en uno de los grandes países europeos que cuenta con menos habitantes que el otro militantes y todo se sabe de su funcionamiento y de sus debilidades. Pero ambos salen de una misma tierra fértil y trágica, empapada en sangre, como fue el comunismo a partir de 1917 y durante casi todo el siglo XX. (No recuerdo muy bien ahora si fue Isaac Deutscher o Ignazio Silone quien dijo una vez que “la lucha final será entre comunistas y ex comunistas”). El partido mayor, que todavía mantiene el viejo nombre de comunista, consiguió el poder en 1949 y nunca se ha apeado, y si ha tirado por la borda todas sus doctrinas políticas, ha conservado como oro en paño el apego a la dictadura, al monopolio del poder, al funcionamiento inescrutable. El más pequeño, en cambio, nunca consiguió en su versión primigenia el poder, ni siquiera cuando mayor poder electoral obtuvo, y sólo cuando dejó de ser él mismo y empezó su mutación hacia la socialdemocracia y hacia el reformismo pudo gobernar en coalición una y otra vez.
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