Es un cambio de era. Definitivamente. Muchos eran los elementos que permitían sostenerlo: el final de un ciclo conservador, la crisis de Wall Street, el cambio de ideas y modelos económicos, la llegada de un afro americano a la Casa Blanca… Ahora estamos viendo cómo se construye una nueva geometría de las relaciones internacionales, en la que la gran superpotencia abandona la actitud que la había caracterizado prácticamente desde 1898. Estados Unidos quiere recomponerlas a partir del respeto mutuo y el diálogo entre países de igual a igual, arrumbando una tradición imperial de interferencia y de aleccionamiento especialmente lacerante en América Latina. Ya se vio en el viaje europeo de Obama, pero ha quedado mucho más claro todavía en su participación en la Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad y Tobago.
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El meollo de una indagación así, al final, es la cuestión del poder personal, y quizás incluso la cuestión del poder, que siempre termina siendo personal. Y Chávez es, antes que nada, un militar golpista que quiere obtener el poder y luego retenerlo tanto como puede: la muestra, el referéndum ahora convocado con el objetivo de permitir la reelección indefinida. Sumada a la liquidación de la división de poderes y al control de los medios de comunicación da como resultado el horizonte de la presidencia vitalicia y de la dictadura. No es una cuestión de ideologías, sino de concentración de poder y de su perpetuación.
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No sé yo si Chávez es exactamente un dictador. La prueba del nueve la pasa sobradamente y con buena nota: a los dictadores no suele gustarles que les llamen dictadores. Pero quizás no basta. El referéndum no cuenta: también Franco los organizaba y los ganaba, seguro que sin necesidad de muchas trampas; basta con estar al mando: organizarlos es casi siempre ganarlos y lo raro es lo que le sucedió a Chávez en el de 2 de diciembre de 2007, cuando los ciudadanos rechazaron su Constitución bolivariana, que incluía el levantamiento de los límites a la elección presidencial. Si aquel referéndum fue prueba de que no era una dictadura la repetición de la jugada ayer sería prueba de lo contrario: erre que erre, el poderoso rechaza límites a su poder y quiere además que sea el voto popular quien le legitime. En contra de toda esta teoría dictatorial cuenta el instinto oportunista y los reflejos demagógicos, más despiertos que los autoritarios: no creo que el eurodiputado Luis Herrero perjudicara lo más mínimo con sus declaraciones ni a Hugo Chávez ni a su consulta, pero le ofreció en bandeja una ocasión para hacerse el ofendido por un político de derechas y español: conocemos bien este truco y lo conocen bien el Rey y Zapatero. Sabía que encontraría complacencias y entusiasmos en cierta izquierda, incluso en España. Herrero ha buscado también la cornada, gratis y sin consecuencias, con la mirada en el tendido. Todos contentos, cada uno dedicado a su parroquia. Y sin embargo, sería mejor que no jugáramos con estas cosas. Siempre hay que estar abiertamente en contra de quienes acallan a quienes les llaman dictadores, aunque sólo sea por el riesgo o la probabilidad de que lo sean o lo lleguen a ser. Antes de que todo esto sucediera escribí la reseña de un libro notable sobre Chávez, que sale en el número de febrero de Cuadernos Hispanoamericanos, y voy a dar a continuación aquí en dos entregas.
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Ya dije que eran muchas noticias en una. Otra más: la derrota de Hugo Chávez y de su proyecto de liderazgo bolivariano en la región. El horizonte de una Colombia sin guerrillas y sin narco, que no es ni claro ni fácil, deja a los enemigos de Uribe sin un arma de presión. El terrorismo tiene la proteica e inmoral virtualidad de que puede servir incluso a quienes dicen condenarlo, ¿cómo no va a servir a quienes encuentran siempre motivos para que siga existiendo? Qué queréis, guste o no guste, la brillante liberación de Betancourt y de los otros rehenes significa un golpe político para un cierto populismo de izquierdas andino. Si hay una izquierda a la que le pasan estas cosas quizás es porque se equivoca y debiera empezar a revisar algunos de sus prejuicios mayores.
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La comparación hasta ahora se establecía entre los dos vecinos. Sarkozy y Berlusconi tienen muchas cosas en común, una de las más destacadas su capacidad mediática, de actor uno y de magnate el otro, todo hay que decirlo. También han sabido pulsar algunas teclas similares, no precisamente las más limpias del teclado: el miedo a la inmigración, por ejemplo. Es evidente que Sarko se ha zampado el discurso de Le Pen, pero ha mantenido alejado de las instituciones a su Frente Nacional, y lo ha metabolizado; mientras que el Gran Silvio lo ha hecho con la Liga Norte pero la tiene dentro del Gobierno y le permite todas las iniciativas más extremistas. Los dos tienen también un sentido especial de la libertad económica, que juega sólo en la dirección que les conviene y se hallan en la tesitura de favorecer un cierto capitalismo de Estado que les hace parientes cada vez más próximos de Putin. La democracia soberana, por desgracia, es la moda de la temporada que se avecina, cosa que tiene poco que ver con la tradición de la división de poderes, los checks and balances y la fuerza de la sociedad civil y de sus instituciones, los medios de comunicación entre otras.
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Tengo muchos deberes por hacer. Quisiera escribir sobre Rusia y su nuevo presidente imperial, salido de las urnas de la democracia soberana, ese Dimitri Medvedev cuyo apellido no supo pronunciar la señora Clinton. Me está esperando Hugo Chávez, con su crisis andina, que es muy suya, una auténtica huída hacia delante de la que vamos a ver si sale bien parado. También la evolución de la izquierda en Alemania y en Italia: en el primero de ambos países porque Die Linke, el partido de Lafontaine y de los ex comunistas, está consiguiendo implantación en el Oeste y está a punto de caramelo la ruptura del tabú de que sólo se puede pactar con ellos en territorio de la antigua DDR; en el segundo, porque Walter Veltroni, el candidato del Partido Democrático, hizo unas declaraciones a este periódico de las que hacen época: su identidad política no es la izquierda sino el reformismo. Algo de todo esto ya estaba en la Tercera Vía de Clinton, el New Labour de Blair y el Neue Mitte de Schroeder, pero ahora se anuncia con formas todavía más tajantes. Es un tema para meditar y discutir. ¿Hay que tirar todas las banderas y símbolos que han vestido la política en los últimos doscientos años o tienen todavía alguna utilidad? La cuestión no es si hay diferencias entre izquierda y derecha, sino para qué sirve la identidad ideológica y política organizada en la bipolaridad derecha e izquierda.
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La pregunta del Rey a Chávez valdría también para Sarkozy. Tal como tiene el patio, con unas elecciones municipales que pintan mal para su partido y con su imagen pública por los suelos en las encuestas de opinión, lo mejor que podría hacer el presidente de la República es callarse y estarse quieto una temporada. Estoy seguro de que se lo agradecería el Gobierno, empezando por su primer ministro, François Fillon, un político discreto y eficaz, y se lo agradecerían sobre todos los numerosos candidatos a alcaldes y a concejales de la Unión para un Movimiento Popular (UMP), que se presentan a las elecciones municipales el 9 de marzo y ven cómo peligra su futuro, sobre todo por las ganas que les están cogiendo los franceses, como resultado de los desvaríos sarkozianos.
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Empiezo por las malas. Lo son y mucho las que llegan de Venezuela. El presidente Hugo Chávez, todavía humillado y despechado por la derrota en el referéndum constitucional, no ceja en sus maniobras por recuperar terreno político. El camino que acaba de emprender ahora le ha hecho traspasar una peligrosa línea roja con su petición de reconocimiento de las FARC como grupo armado con objetivos políticos. No es extraño, tratándose de un ex militar golpista, que antes de presentarse a las elecciones ya intentó tomar el poder por las armas. Pero lo más grave es que el esfuerzo de Chávez constituye un intento de legitimación de una guerrilla totalmente desprestigiada, confundida con el narcotráfico y la delincuencia común y capaz de mantener a 700 personas en un gulag tropical o de permitir el monstruoso maltrato del que han sido objeto el niño Emmanuel y su madre.
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Hace unos días algo dije ya sobre los balances anuales, de obligada escritura en estas fechas. Hoy voy a dar la primera entrega del artículo de resumen del año que hice para El País Semanal (EPS) y que fue escrito con anterioridad al atentado que ha costado la vida a Benazir Bhutto. Llevan razón quienes consideran que ésta es realmente la noticia del año: no hay otra de mayor trascendencia en todo 2007 y su onda expansiva se va a proyectar fuertemente sobre 2008. Verá el lector, en la segunda y última entrega, que mi comentario sobre Pakistán encaja desgraciadamente bastante bien con este acontecimiento de tan honda como impredecible repercusión. Todo lo escrito después de esta frase podrá leerse también en papel en el ejemplar de fecha domingo, 30 de diciembre:
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Seguro que a muchos les habrá sorprendido el titular del artículo de Ibsen Martínez publicado el sábado en El País: No es de izquierdas, es fascista. Yo coincido plenamente con esta idea. El presidente de Venezuela es, ante todo, un militar golpista, un hombre rebosante de ambición y de osadía, muy bien adaptado a la comunicación televisiva, que ha cabalgado sobre las inmensas injusticias que hay en América Latina para alcanzar el poder y ahora mantenerse en él. Es tan de izquierdas como lo era Juan Domingo Perón. O como lo son Putin y Ahmadinejad, con quienes Chávez juega al tres en raya exactamente igual como Perón lo hizo con Franco. El argentino se benefició de la riqueza agropecuaria de su país como el venezolano se aprovecha de la riqueza petrolífera. Lo que hay de supuesto socialismo en su política no es más que clientelismo político a gran escala, subsidio y asistencia a cambio de votos. Chávez, Putin y Ahmadinejad se dedican a fumarse la riqueza del país para consolidarse en su poder personal en vez de mejorar de verdad la vida de los ciudadanos y garantizar su futuro. De paso crean una burguesía corrupta alrededor de los negocios realizados con dinero público. La riqueza petrolífera se ha demostrado que veces puede ser una desgracia para el país que la tiene y no sabe aprovecharla. La jornada de seis horas que pretende implantar la nueva Constitución que ayer se votaba es una buena muestra de esta demagogia. ¿Cómo quiere Chávez levantar un país poniéndose en la cola del trabajo del mundo?
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