Hay nuevo reparto de cartas y Europa no está en la mesa. Ésta es la dura realidad. Nos lo han dicho de forma contundente los irlandeses con su rechazo al Tratado de Lisboa. Hay tantos argumentos como se quiera para explicar lo que ha sucedido, pero una interpretación estricta de la consulta nos indica que hay 862.000 votantes a los que les interesa muy poco que la UE sea un protagonista de primer plano en la escena internacional y que superan en 110.000 a quienes piensan lo contrario. Ellos han decidido por todos nosotros, y lo han hecho justamente, pues así es como estaba estipulado en las reglas de juego. En realidad, ellos prefieren incluso que Europa no tenga personalidad, sobre todo en cuestiones de defensa y seguridad común del continente, y esto es lo que va a contar en el momento en que cada uno de los nuevos jugadores vaya recogiendo las cartas que le lleguen. Estarán jugadores a los que no se les esperaba, como India o Brasil, quizá Pakistán e Irán, a pesar de la oposición que suscitan entre nosotros, descontadas ya Rusia y China, que son jugadores natos. Pero no estará la UE ni se la espera en un tiempo largo, hasta el punto de que si alguna vez quiere quizá ya se habrá pasado el arroz para entonces.
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Apenas unos 110.000 votantes irlandeses han conseguido paralizar la ratificación del Tratado de Lisboa. Será dificil que alguno de los países que quedan por ratificar no se enganche a esta oportunidad. Los conservadores británicos quieren que su país lo someta a referéndum para poder rechazarlo, desalojar a Gordon Brown de Downing Street y dar al fin un voto negativo a la Unión Europea deseado y esperado durante décadas por la opinión euroescéptica británica, ampliamente mayoritaria. También están mal las cosas en la República Checa, pendiente de la firma presidencial de Vaclav Klaus y de la revisión de su máxima autoridad judicial. Y en Italia, donde la Lega Nord ha echado las campañas al vuelo y puede obstaculizar la ratificación parlamentaria.
Está claro que ya la tenemos armada, como sucede regularmente en Europa desde hace 20 años. Pero mejor no desesperarse. Estamos perfectamente habituados a que sucedan cosas así desde el Tratado de Maastricht. Dinamarca, Irlanda, Francia y Holanda han interrumpido procesos de ratificación en distintas ocasiones. Europa vive permanentemente en crisis e incluso vive de las y para las crisis. El mayor responsable de todo y quien debe dar las primeras indicaciones es, sin lugar a dudas, el taoisech (primer ministro en gaélico) Brian Cowen. Es una crisis europea, pero antes es una crisis irlandesa. A ver qué nos propone el gobierno de Dublín al resto de los europeos.
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Pocos países se han beneficiado más y mejor, y más rápidamente, de la Unión Europea que la República de Irlanda. A la estabilidad monetaria proporcionada por el euro y a las inversiones públicas impulsadas por los fondos de cohesión (al igual que España, Grecia y Portugal), se ha sumado su baja fiscalidad, la desregulación de su economía y la facilidad lingüística que proporciona el inglés (compatible con el mantenimiento residual de una lengua oficial como el gaélico). El resultado es el milagro económico irlandés, que le ha llevado a más que duplicar su producto interior bruto en veinte años y a situarse entre los primeros diez países del mundo en renta por habitante. Hay méritos irlandeses, sin duda, a pesar de que con frecuencia los responsables políticos proporcionan espectáculos tan penosos como en cualquier otro país. (Lo prueba la reciente dimisión de Bertie Ahern, el primer ministro o Taoiseach, por un escándalo de corrupción). Pero hay también méritos atribuibles a las ventajas de la unificación europea y al fuerte factor de estabilidad económico, monetaria e incluso político que significan el mercado único y todavía más el euro.
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