La correlación de fuerzas fue sustituida por la correlación de debilidades. No estaba nada mal. Se trataba de resistir, evitar los errores, anular los riesgos, jugar al quietismo a la espera de que el contrincante fuera quien se la pegara. El resultado, obvio, es catastrófico: nos mecemos todos en un océano de conservadurismo, donde sólo cuenta mantener las cosas tal como están. Si a los comentaristas les da por la vena lírica, incluso es posible que este dulce balanceo se vea acompañado de las nanas sobre el consenso, la estabilidad, el reparto del poder en cómodas cuotas, la excelencia de las políticas previsibles, e incluso la seriedad de los gobernantes y de esa oposición empeñada en seguir viviendo estupendamente en la oposición.
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Egos revueltos, los literarios que nos cuenta Juan Cruz en su libro felizmente premiado. Y egos fermentados, en metástasis e incluso podridos se diría los de la política, donde la satisfacción que exige el yo puede llegar a las mayores catástrofes. Nada que decir de los primeros, clave de la creación artística, y mucho que lamentar, en cambio, de los efectos de los segundos sobre la pérdida de calidad de la democracia y de la vida política. Cuando hay democracia y vida política, porque en caso contrario, el ego se erige en epicentro volcánico de la dictadura.
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Hoy conoceremos ya toda la magnitud del naufragio. Naufragio de Europa y naufragio de la política que en ningún otro país como en Italia, patria de ambas, Europa y la política, alcanza unas dimensiones tan devastadoras. Reconozcámoslo de una vez: el dirigente que nos representa mejor y que mejor expresa el sucio lodazal en el que estamos chapoteando es Berlusconi, en crudo y desolador contraste con el momento soberbio que pasa Estados Unidos, país dirigido por un presidente brillante, inteligente, con un profundo sentido de la política y de la moral como es Barack Obama. En el desgobierno del gobierno italiano se concentran las peores políticas de Europa, en inmigración, en seguridad interior, en desaparición de la división de poderes, en clientelismo. Y en la exhibición del descaro de Berlusconi se exhibe la reivindicación de la política como vocación de los peores, los más inmorales, los mafiosos. Ambas pulsiones, la tendencia al populismo xenófobo y reaccionario y la corrupción de la participación en la vida pública, aunque tengan su epítome en Berlusconi, se encuentran por desgracia en grado más o menos grave en toda la Unión Europea.
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Como mancha de aceite se extiende el ejemplo de esta nueva forma de hacer política. Descubierta en tierras de Maquiavelo, donde nació la política misma, también la encontramos ahora en la península ibérica. Se trata de convertir la corrupción en virtud, la mentira en verdad y el latrocinio en beneficiencia; colocar a los peores en lo más alto de las responsabilidades políticas, en abierta colusión entre sus intereses privados y los públicos que debieran defender. Tiene dos grandes ventajas: primera, favorece la economía de medios, puesto que siempre es más barato situar a ciudadanos corruptos en el poder que mantener unas complejas y quizás más costosas relaciones entre políticos corrompedores y ciudadanos corruptibles; segunda, refuerza el argumento de que todos son iguales, con ventaja para los que hacen bandera de su corrupción en vez de esconderla bajo ideologías progresistas y pretensiones morales. El buenismo queda desenmascarado con mayor crudeza con la reivindicación de la corrupción como virtud política.
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Por la cabeza y por la cola. Por todos lados se extiende el mal olor. Empieza esta semana la campaña para el Parlamento Europeo y no puede ser peor el espectáculo. La catarsis ha llegado a Westminster, donde no se sabe donde termina el purismo democrático y empieza la antipolítica, en una metamorfosis del antieuropeísmo que pronto mostrará su verdadero rostro, sobre todo si David Cameron consigue el adelanto de las elecciones generales que le abriría las puertas de Downing Street. Peligraría en tal caso el propio Tratado de Lisboa, pues el líder tory acudirá a las urnas con la promesa de un referéndum de revocación que situaría a la Unión Europea en una situación terminal. Esto es lo que sucederá si Irlanda y la entera Unión no han ratificado el tratado antes de la entronización del líder conservador.
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Hoy me acomodaré a la ideología twitter y facebook: no voy a contar lo que está sucediendo sino lo que estoy haciendo (¿qué estás haciendo?, es la pregunta que hacen estas redes sociales, más preocupadas por la vida privada y las relaciones personales que por el mundo exterior). Lo que está sucediendo merece toda la atención, pero no siempre cuenta uno con todos los medios necesarios para ensayar una reflexión provechosa. Podría escribir sobre las revelaciones desveladas por la Administración Obama respecto a las torturas de la CIA (podría hacerlo y deberé hacerlo en un momento u otro; pronto en todo caso: hay motivos suficientes para analizar la política de balance y ajuste de cuentas del nuevo presidente). Podría escribir sobre Durban II, esta cumbre contra el racismo convocada en Ginebra, donde el presidente iraní ha podido hacer toda una demostración práctica de antisemitismo (anoto en mi agenda mi deber de escritura respecto a este tema, sobre el que sospecho que todos los demagogos y todos los racistas están de acuerdo y la única cuestión relevante es conseguir que estos personajes no nos roben la agenda y las primeras páginas de los periódicos: es el paso previo para que nos quiten del todo, Dios, Jahvé o Alá no lo quiera, la dirección de los asuntos mundiales). Pero no voy a escribir sobre todo esto, sino sobre mi almuerzo de ayer con un amigo italiano y mi lectura del domingo de Repubblica, ambos, el diario y mi amigo, excelentes representantes de esa Italia que amamos y que nada tiene que ver con la zafiedad y la corrupción de la Italia oficial que hoy domina y escandaliza a Europa y al mundo.
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Una batalla feroz y cruel se está librando sobre el cuerpo exánime e intubado de Eluana, la muchacha italiana que se halla en estado de muerte cerebral desde hace 17 años sin que la familia haya conseguido todavía que se cumpla su deseo de morir en paz. Aunque los tribunales han dado razón a la familia, que ha batallado siempre legalmente para conseguir autorización para que cese la alimentación y la hidratación artificiales, tanto el Gobierno de Berlusconi como la Iglesia italiana se han empeñado en obstaculizar la decisión médica aún a costa de forzar la legalidad e incluso de romperla. Para Berlusconi es una prueba de fuerza muy conveniente para sus propios intereses y su curriculum procesal, pues nada molesta más al Cavaliere que atender a la división de poderes, someterse a la jurisdicción de los tribunales y respetar la Constitución. Para la Iglesia es un 'tour de force' que le permite exhibir el ejemplo de cómo debe actuar un gobierno según su teoría sobre el sano laicismo, que significa someter el entero Estado laico a sus principios morales, por más ultramontanos que sean o por más que desborden la legalidad.
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Fue antes del 11-S. Antes de que se declarara el estado de excepción universal. Antes de Guantánamo y de la Doctrina Bush sobre la guerra preventiva. Fue antes de todo esto y, sin embargo, un adelanto de lo que sucedería más tarde, y algo que estaba sucediendo ya entonces, y muy en concreto en Génova, en la Italia que acababa de estrenar por segunda vez a un gobierno de Berlusconi y celebraba la Cumbre del G-8. Durante tres días, del 20 al 22 de julio de 2001, hace ahora siete años, 209 detenidos fueron apaleados y torturados en el cuartelillo de Bolzaneto, la policía asaltó una escuela utilizada como dormitorio por unos manifestantes y uno de ellos murió de disparo de bala en una de las demostraciones contra la cumbre.
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El debate sobre dónde hay que situar el puntero de la actualidad es esencial. Está en la base de la discusión ciudadana y por tanto de la democracia. El coche bomba conducido por un suicida que asesinó a cuarenta personas frente a la embajada de la República India en Kabul basta y sobra para situar a este pobre y desgraciado país en el primer plano. Se está iraquizando en el preciso momento en que Irak parece arrastrado por una cierta normalidad, y tiene un horizonte complicado: no nos olvidemos su turbulenta frontera con Paquistán, donde probablemente se halla el cuartel general de Al Qaeda, ni la base de reclutamiento y de acción que es el propio país de los puros, ahora mismo en plena transición política.
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La comparación hasta ahora se establecía entre los dos vecinos. Sarkozy y Berlusconi tienen muchas cosas en común, una de las más destacadas su capacidad mediática, de actor uno y de magnate el otro, todo hay que decirlo. También han sabido pulsar algunas teclas similares, no precisamente las más limpias del teclado: el miedo a la inmigración, por ejemplo. Es evidente que Sarko se ha zampado el discurso de Le Pen, pero ha mantenido alejado de las instituciones a su Frente Nacional, y lo ha metabolizado; mientras que el Gran Silvio lo ha hecho con la Liga Norte pero la tiene dentro del Gobierno y le permite todas las iniciativas más extremistas. Los dos tienen también un sentido especial de la libertad económica, que juega sólo en la dirección que les conviene y se hallan en la tesitura de favorecer un cierto capitalismo de Estado que les hace parientes cada vez más próximos de Putin. La democracia soberana, por desgracia, es la moda de la temporada que se avecina, cosa que tiene poco que ver con la tradición de la división de poderes, los checks and balances y la fuerza de la sociedad civil y de sus instituciones, los medios de comunicación entre otras.
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