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17/10/07

Extraordinaria placidez

Plácidamente vivieron bajo el nazismo millones de alemanes, que se quisieron ajenos e ignorantes del sufrimiento de sus conciudadanos marcados como judíos. Son tantos quienes lo han contado que no vale la pena recomendar lecturas a quienes prefieren la ceguera de sus viejas convicciones cultivadas durante decenios en familia. Pienso en dos escritores tan opuestos como Grass y Fest, o en el detallista Klemperer, o en Haffner. La vida natural y tranquila de unos, la persecución y la muerte silenciada de los otros. Socialistas y comunistas, claro, como en todas las dictaduras de derecha de aquella época. Pero también evangélicos como el pastor Bonhöfer o los muchachos católicos de la Rosa Blanca. En los propios campos de exterminio se daba esta dualidad, que la literatura y el cine han descrito con cruel precisión: en lo alto, un gran caserón donde alguien teclea una melodía de Mozart en el piano, los niños que juegan en el patio, una mujer hermosa que espera a su marido, el joven oficial que trabaja en las oficinas invisibles desde donde se gobierna las instalaciones, todo natural y tranquilo, de una extraordinaria placidez. Tan plácida era la vida para muchos, que un historiador, Götz Aly, ha podido explicar cómo los beneficios de una política depredadora e inhumana sirvieron para contentar a la amplísima base social del nazismo. Su libro ‘La utopía nazi. Como Hitler compró a los alemanes’ debiera dar qué pensar a muchos. No hubo guerra civil, pero sí hubo dos Alemanias, por fortuna y a pesar de la inmensa popularidad que alcanzó Hitler.

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