Así como hubo una coalición de voluntarios, que arropó a Estados Unidos en la guerra de Irak, ahora hay una coalición de amedrentados que acompaña a la primera superpotencia en su intento de poner un poco de orden en Oriente Próximo. La primera comprometía fuerzas militares y voluntades políticas, hasta el punto de que quienes la apoyaron lo han ido pagando puntualmente ante sus electorados (el último, el Aznar australiano que es John Howard). La segunda ha obligado a los coaligados a trasladarse a la Escuela Naval de Annapolis, cerca de Washington, para prestar su apoyo y su rostro de figurantes de lujo a la foto opportunity que Bush ha querido hacerse con Ehud Olmert y Mahmud Abbas. Todos los actores de esta representación han acudido acuciados por el miedo. Cada uno de los tres protagonistas por sus miedos particulares: Bush, a un legado histórico vacío; Olmert, a un Israel asaltado por el dilema entre un país embarrado en un apartheid para los no judíos o un país ahogado por la inundación demográfica árabe; Abbas, a unos territorios palestinos gobernados por Hamás. Todos ellos, con los figurantes, por el miedo a Irán, la potencia regional nacida del error de Irak y que extiende sus tentáculos alrededor de Israel, en Gaza, Líbano, Siria y, por supuesto, el propio Irak chií. Si la coalición de voluntarios puenteaba a Naciones Unidas para atacar a Irak, preguntémonos por cierto a quién puentea la coalición de los amedrentados para una finalidad mucho más noble.
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Precisamente ahora que empieza a mejorar la situación sobre el terreno, nadie quiere acordarse de la guerra de Irak en Estados Unidos. Todos, el presidente y los candidatos de los dos partidos, prefieren hablar de otros temas menos incómodos. Irán y la situación económica, por ejemplo. Irak incomoda a todos: a la administración responsable de este desastre porque ya no tiene remedio, con independencia de la mayor estabilidad y de la disminución de los atentados y ataques en el país árabe; a los candidatos porque saben que al final, sea cual sea su posición, tendrán que pechar con la dificil situación que van a heredar y prefieren sacarlo ya de la campaña electoral. El desgaste que ha producido esta guerra maldita ya es irreversible para Bush y su legado histórico y para el partido republicano, y su evocación sólo puede tener consecuencia perjudiciales para quien lo reivindique en el sentido que sea. La última prueba la ha proporcionado la última víctima, por ahora, de los efectos de la guerra. Es el primer ministro australiano, John Howard, el equivalente de un José María Aznar en las antípodas, que ha perdido de forma rotunda e incluso un punto vergonzosa las elecciones y el puesto de primer ministro, en justo pago a su incondicional apoyo a George Bush en su guerra contra el terrorismo, en su invasión de Irak y en su actitud hostil ante el protocolo de Kioto.
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