40 Aniversario
Lluis Bassets

Obama en Hiroshima

Por: | 18 de abril de 2016


Hiroshima
Hay gestos que curan, actos simbólicos con capacidad terapeútica. Lo más parecido a milagros laicos o morales. Willy Brandt, de rodillas ante el monumento del gueto judío de Varsovia (71.000 judíos caídos en la represión nazi de la insurrección o deportados), en diciembre de 1970. François Mitterrand y Helmut Kohl, cogidos de la mano ante el osario de Douaumont en septiembre de 1984, donde se hallan enterrados y mezclados 130.000 cadáveres de jóvenes alemanes y franceses sin identificar, en Verdún, escenario de las matanzas de la I Guerra Mundial.


Willy-Brandt-
Gestos como los de Varsovia y Verdún suelen ser fruto de una larga y callada meditación, aunque luego parezcan espontáneos y sorprendentes. Brandt había depositado una corona como parte del protocolo más ordinario de la visita del canciller, pero quiso significar de forma más emotiva y explícita el pesar de los alemanes por el dolor infligido a los judíos, a Europa entera, y especialmente a los países del antiguo bloque comunista, los destinatarios de la apertura al Este, la Ostpolitik, con la que el brillante político socialdemócrata y antiguo resistente contra el nazismo inició el camino hacia la reunificación alemana y europea.


Verdun
El acto que presidían Kohl y Mitterrand ya era de un alto simbolismo en la reconciliación entre franceses y alemanes, pero el presidente francés quiso desbordar el protocolo para condensar en una imagen elocuente que quienes pudieron coincidir frente a frente y matarse uno al otro en la II Guerra Mundial eran ahora el motor que impulsaba la unidad de los europeos. Nunca como en aquellos años funcionó el tractor franco-alemán que condujo al ingreso de España, al Mercado Único y al Tratado de Maastricht, entre muchas otras cosas, la mejor época de la Europa que hemos conocido.

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La perestroika del desierto

Por: | 14 de abril de 2016

Una cierta perestroika ha empezado súbitamente en Arabia Saudí, cuando menos se esperaba y por parte de quien menos se esperaba. La policía religiosa, puntillosa y vigilante ante los comportamientos religiosos desviados de los ciudadanos, y especialmente de las mujeres, ha sido desposeída por el gobierno de sus poderes para perseguir, detener y castigar directamente a los infractores de la ley islámica, a la vez que se le ha recomendado que actúe “con amabilidad y gentileza” cada vez que tropiecen con un comportamiento sospechoso.

Los designios de Riad se cuentan entre los más opacos y secretos del mundo, tan difíciles de interpretar como eran los del Kremlin en la era soviética. No es fácil comprender el significado de esta medida, que convertirá al temido cuerpo de policía religiosa en algo más inofensivo que los bobbys de Londres, dedicados a dar buenos consejos y a ayudar a las viejecitas a pasar los semáforos en vez de amedrentar e incluso castigar a la población.

Cuesta creer en una reblandecimiento del actual poder saudí, en manos del joven príncipe Mohamed bin Salman, número tres en la jerarquía e hijo del rey Salman, que ha dado suficientes pruebas de radicalización bélica y de la proverbial dureza saudí en el mantenimiento del orden público y la aplicación de castigos medievales, incluida la pena de muerte con sable, que en 2015, con 157 ejecuciones, alcanzó la mayor cifra en 20 años.


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El trilema catalán

Por: | 11 de abril de 2016

No todo es posible. A estas alturas, aunque parezca mentira, hay señales de que ya hemos empezado a reconstruir el consenso. Tras cinco años de una cabalgada de sueños inalcanzables, estamos empezando a aterrizar. Finalmente. No todos, es cierto, pero al menos algunos. Así hay que leer, de forma optimista, las barbaridades que están oyéndose estos días, de uno y de otro lado: son la última reacción desmadrada antes del ataque de sensatez que inevitablemente deberá llegar.

Es hora, pues, de ponerse al día y de hacerlo con una idea catalana, una de esas ideas a la vez diferenciales y propias. Diferenciales, porque, como sabemos y nos han enseñado desde nuestra más tierna infancia, todo en Cataluña es distinto. Y propias, porque todo lo que existe en el resto del mundo también existe en Cataluña en su forma peculiar y a veces única. Dicho de otro modo: tenemos de todo. Mi propuesta catalana tiene la forma de un trilema. Necesitamos un trilema y que sea catalán.

Los trilemas se derivan de los dilemas. En vez de escoger entre dos términos incompatibles, hay que escoger entre tres. En los trilemas la incompatibilidad suele reducirse a uno de los términos respecto a la combinación de los otros dos. Un buen ejemplo es el propuesto por el filósofo esloveno y ex yugoeslavo Slavoj Zizek respecto a los intelectuales comunistas (algo sabe de ello): no pueden ser a la vez honestos, inteligentes y apoyar sinceramente al régimen; los honestos e inteligentes no apoyan al régimen; los inteligentes que apoyan al régimen no son honestos; y los honestos que apoyan al régimen no son inteligentes.


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El populismo y sus causas

Por: | 07 de abril de 2016

Las diferencias no tienen que ver con los sistemas políticos cuando se trata de poner la fortuna a buen recaudo. Ciertas elites de los distintos países se encontrarán en los mismos paraísos fiscales, coincidiendo además, por cierto, con otras elites de la delincuencia global, la corrupción política, el terrorismo y el tráfico de drogas y de armas de toda la gama, desde los kalashnikovs hasta materiales nucleares.

Pocos lo han contado tan bien como los Papeles de Panamá. No es el primer éxito del Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación, que ha procesado el torrente de información sustraído a la firma Mossack Fonseca. Pero es el de mayor ejemplaridad. Ahí están, casi siempre representados por parientes o allegados, dos enemigos enfrentados en guerra (Putin y Porochensko), monarcas autocráticos y constitucionales, primeros ministros de impecables democracias y vulgares dictadores, derecha e izquierda, deportistas y escritores, ocho miembros del actual o anterior Politburó comunista chino y el dirigente caído en desgracia y encarcelado Bo Xilai. El caso más peregrino y, en cierto modo, representativo es el del chileno Gonzalo Delaveau, presidente de Transparencia Internacional Chile.

Panamá no es la excepción, sino un eslabón imprescindible del prototipo de la opacidad: sociedades pantalla panameñas, con cuentas en Suiza, que invierten en fondos de Luxemburgo y sirven para comprar yates, pisos y arte en Londres. Todo lo que han hecho la OCDE y la UE desde 2009, cuando el G20 anunció el fin del secreto bancario, ha servido para poco, según Gabriel Zucman, profesor de Berkeley, de la escuela de Thomas Piketty y autor de 'La riqueza oculta de las naciones. Investigación sobre los paraísos fiscales'. Desde entonces, la riqueza oculta mundial, en vez de disminuir, como se esperaba, se ha incrementado en un 25 por ciento y alcanza ya los 7'6 billones (trillions en inglés) de dólares, equivalente al 8 por ciento de la riqueza global.

Para Ramon Fonseca, 64 años, panameño, abogado, novelista, político, fundador de la firma legal Mossack Fonseca, se trata de una vulneración de un derecho humano, el de la privacidad, por parte de unos hackers o piratas informáticos en el contexto de una caza de brujas. Sus declaraciones al Financial Times no dejan lugar a dudas sobre la legalidad y legitimidad de sus actividades, convertidas ahora en pasto de demagogos y populismos. Así es el sistema. Hay unas leyes nacionales y hay unas rendijas legales que aprovechan quienes saben y pueden hacerlo.

El corazón del sistema está fuera del sistema. Esta es la mayor paradoja del capitalismo globalizado, en el que hay dos clases de personas: los que se rigen por las reglas de juego mal que bien acordadas o aceptadas por todos, es decir, la plebe o el común de los ciudadanos; y los que funcionan sin otra regla de juego que no sea la de su máximo beneficio, es decir, una aristocracia de la riqueza que suele coincidir en buena medida con la del poder.
No hay que mezclar causas con efectos. No son los Papeles de Panamá los que alientan los populismos, sino que los populismos son la reacción espontánea y casi biológica ante lo que los Papeles de Panamá denuncian.

Alto riesgo en el mar Egeo

Por: | 04 de abril de 2016

Nadie estará tan pendiente de lo que ocurra esta próxima semana en Grecia con los refugiados como Angela Merkel. Si el plan de devolución a Turquía que ha pactado la Unión Europea no funciona, las responsabilidades recaerán ante todo sobre las espaldas de la canciller alemana, que ha sido su principal patrocinadora y ha querido salvar con ello la inicial política de puertas abiertas que ha llevado a un millón de refugiados a instalarse en Alemania solo en 2016.

El Consejo Europeo y las autoridades turcas acordaron el 18 de marzo la devolución de quienes llegaran a Grecia a partir del día 20, operación que en principio está previsto que empiece el 4 de abril con un primer grupo de 500 refugiados. Parte esencial del plan es conseguir un efecto disuasivo, lo contrario del efecto llamada, de forma que se corte el flujo de migraciones hacia Europa desde Oriente Próximo, pero todavía no hay señal alguna de que se haya conseguido. Tampoco hay seguridades de que la presión migratoria no se abra paso más tarde hacia otros puntos, como son las costas italianas, maltesas o españolas.

Las dificultades son evidentes, incluso para quienes han concebido el plan. El mayor argumento a favor es la ausencia de planes alternativos. Cerrar Europa a cal y canto, como propugnan algunos países en nombre de la preservación de la identidad cristiana y de la soberanía nacional, sería el fin de la UE, la ruptura con las convenciones internacionales y el regreso a unos Estados nacionales iliberales, en pugna unos con otros. Tampoco es posible abrir desordenadamente las fronteras europeas al torrente de refugiados que llega desde Oriente Próximo, pues agotaría la capacidad de absorción en muy poco tiempo, afectaría al orden público y conduciría de nuevo a la solución anterior, al encastillamiento xenófobo.

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Palmira, espejismo y señuelo

Por: | 31 de marzo de 2016

Hay algo inquietante en la recuperación de las ruinas de Palmira para la civilización. Lo más inmediato, que quien se pone la medalla es un dictador como Bachar El Asad, responsable de la guerra civil devastadora que sufre Siria desde hace cinco años. Podría ponérsela directamente Vladimir Putin, el artífice de la estrategia vencedora, que ha consolidado al régimen baasista en el poder y le ha proporcionado la silla en las negociaciones de paz.

Las inquietudes no deben ocultar el alivio. Palmira es un nudo de comunicaciones desde donde el Estado Islámico controlaba el 30 por ciento de su territorio. Su yacimiento arqueológico y su museo, como todos las antigüedades que han caído en sus manos, eran también una fuente de financiación en el mercado del tráfico internacional de arte. Y, sobre todo, era un potente símbolo propagandístico utilizado por el califato. El ISIS utilizó Palmira como instrumento de su propaganda terrorista, para amedrentar a los enemigos y atraer reclutas. Destruyó templos, arcos de triunfo y estatuas, saqueó el museo, profanó sus soberbios escenarios con ejecuciones en masa y decapitó en público al director de las excavaciones, Jaled Asaad

La recuperación de Palmira ha suscitado un natural entusiasmo en el mundo de la museología y la arqueología. Ya circulan proyectos de restauración y despuntan los debates acerca de su alcance. Las técnicas de restauración digital, con impresión en tres dimensiones, permiten imaginar la duplicación de cualquiera de los objetos destruidos. Pero este es también un asunto prematuro, en el que es difícil avanzar sin rozar la obscenidad cuando sigue la matanza, se mantiene el flujo de quienes huyen y ni siquiera se ha empezado a resolver el destino de los refugiados en los países donde pueden estar a salvo.

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Una arqueología del derecho a decidir

Por: | 28 de marzo de 2016

La fórmula es reciente, pero la idea que la inspira tiene solera y constituye una de las definiciones de democracia. Es la necesidad de gobernar con el consentimiento de los gobernados. Nada distinto es lo que movía a la oposición antifranquista hace 60 años, tal como nos recuerda Jordi Amat, en su libro La Primavera de Munich. Esperanza y fracaso de una transición democrática, última e inspirada aportación a la historia de los combates por la democracia en España, que se suma a su también inspiradísimo El llarg procés, en el que relata el cambio de hegemonías culturales que se ha producido en el catalanismo en los últimos decenios.

En este magnífico trabajo que le ha reportado el Premio Comillas, Amat despliega como en un friso el relato de conspiraciones, reuniones y documentos que rodean al encuentro del Movimiento Europeo en Munich en 1962, al que asistieron los exilados republicanos y la oposición interior y que provocó una virulenta y airada reacción del régimen franquista, tanto propagandística (de ahí sale la denominación de Contubernio de Munich) como represiva: detenciones, multas y confinamientos de buen número de los asistentes a su vuelta a España.

La reunión escenificó el encuentro entre oposición interior y exterior y fue un éxito del antifranquismo moderado. Estaban representadas las dos fuerzas hegemónicas en Europa (socialdemocracia y democracia cristiana), además de personalidades y grupos liberales y republicamos. No estaban los comunistas, ajenos entonces al europeísmo, anclados en el mito de una huelga general que debía derrocar a un régimen en descomposición y todavía lejos del eurocomunismo que les enemistaría con Moscú.

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Todos somos Bruselas

Por: | 24 de marzo de 2016

Los atentados de Nueva York y Washington en 2001 fueron la pérdida de la invulnerabilidad estadounidense, el Pearl Harbour del siglo XXI. Los de Bali en 2002, la apertura de una línea de combate, desgraciadamente muy fructífera, contra el turismo globalizado. En Madrid en marzo de 2004 el terrorismo tenía un objetivo doblemente democrático: asesinar al pueblo trabajador en los trenes matutinos para influir en el resultado de las elecciones generales. En Londres en 2005, al día siguiente de que la capital británica fuera designada sede de los Juegos Olímpicos de 2012, los atentados llegaron de la mano del yihadista interior, criado y crecido en Europa, casi diez años antes de que los lobos solitarios franceses y belgas regresaran de sus guerras en Siria e Irak. En los atentados del Bataclan y del Stade de France el pasado 13 de noviembre, el objetivo que buscaban y querían aniquilar los yihadistas era la joie de vivre del viernes por la noche europeo, como en lo fue la libertad de expresión en el atentado contra Charlie Hebdo en enero.

En cada atentado hay una aviesa intención —una estrategia bélica— y una inevitable interpretación de quienes se sienten alcanzados por su impacto. El terrorista busca siempre una reacción que rebaje al Estado de derecho atacado a su mismo nivel moral y emprenda el camino de la tortura, la detención indefinida, la erosión de las libertades y la renuncia a las garantías individuales. En este caso, los atentados en el aeropuerto y el metro de Bruselas, sede de la OTAN y de las instituciones de la Unión Europea, buscan como objetivo a destruir la idea misma de la Europa unida, próspera y en paz, y por eso es el 11S europeo, el equivalente al ataque contra el Pentágono y las Torres Gemelas en septiembre de 2011.

En la actual ofensiva, se trata de estimular a los europeos, también electoralmente, para que nos encerremos dentro de nuestras fronteras, destruyamos el espacio de libre circulación interior, endurezcamos las políticas de inmigración y de asilo, demos rienda suelta a la xenofobia y a la islamofobia y finalmente aceptemos el envite diabólico de que estamos en una guerra abierta con el islam mundial que convierta a una parte de la población europea, la que profesa la fe islámica, en un enemigo interior al que hay controlar y quizás internar. Sí, es un delirio totalitario que no se sostiene, pero Donald Trump en Estados Unidos y Viktor Orban en Polonia o Jaroslaw Kascynski en Hungría no propugnan cosas muy distintas.

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El eclipse español

Por: | 22 de marzo de 2016

Atrás queda una época breve y excepcional. España ha regresado adonde solía, a la irrelevancia; a una ausencia de la escena internacional a la que se había habituado durante los últimos tres siglos. Después de unos años en que los españoles eran el perejil de todas las salsas —construcción europea, Oriente Próximo, desarme nuclear de Irán…—, de pronto se han esfumado. El último y más significativo de los mutis es la resolución del contencioso con un país tan próximo como Cuba vía Washington, París o Bruselas, sin que Madrid haya sido el punto de salida ni de llegada de gestión relevante alguna.

Dos diplomáticos de primerísimo nivel como Jorge Dezcallar y Francisco Villar nos dan ahora testimonio escrito y bien documentado de la evolución de la política exterior de la democracia que consiguió sacar a España del aislamiento franquista hasta situarla de nuevo en el corazón del paisaje internacional y también de los errores que han precedido a la irrelevancia y la actitud ausente a la que hoy ha llegado con Rajoy.

Dezcallar ha sido embajador en la plaza más antigua (Vaticano), la más sensible (Rabat) y la más importante (Washington), pero fue como zar de los espías, primero en el Cesid y luego como primer director del CNI, donde adquirió mayor relevancia polémica e incluso noticiosa por sus desencuentros con Aznar tras los atentados de Atocha. Su aportación pertenece a un género que debiera ser una parte más, la final, del servicio público, como es convertir la experiencia en memoria y además amena e instructiva, deber que cumple de sobra y con elegancia, a diferencia del silencio o la torpeza egotista de tantos otros.

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Obama rompe la baraja

Por: | 21 de marzo de 2016

Obama ha dado sobradas muestras de que es un presidente excepcional. Ante todo, porque es el primer afroamericano que ha llegado a la presidencia de esta república de orígenes esclavistas, en la que todavía se conservan huellas de la segregación racial. Ahora, a diez meses de su mudanza de la Casa Blanca y en plena campaña de unas primarias que dibujan el perfil de la próxima presidencia, acaba de ofrecer otra muestra de excepcionalidad. Ninguno de sus antecesores había expresado con tanta franqueza y claridad, brutalidad incluso, su pensamiento político respecto el papel de Estados Unidos en el mundo, que en su caso se sitúa en abierta contradicción con su equipo de colaboradores y con las ideas más comunes del establishment estadounidense y tiene que molestar particularmente a gran número de sus aliados en el mundo.

El reportaje que publica el mensual The Atlantic en su número de abril, bajo el título de La doctrina Obama —seis horas de conversación con el presidente mantenidas por Jeffrey Goldberg, un periodista especializado en política exterior estadounidense—, ya es de lectura obligada en las cancillerías, pero además será un documento que pasará a la historia y se estudiará en las aulas universitarias. Esta auténtica primicia, llena de novedades y matices que interesan a todo el planeta, confirma la soledad del presidente en la toma de decisiones y su calidad de analista y de político con un pensamiento propio y en muchos aspectos original, en el extremo opuesto a presidentes casi ornamentales como George W. Bush o Ronald Reagan.

Ninguno de sus inmediatos antecesores, ni siquiera Clinton, Nixon o Kennedy, todos ellos de acusada personalidad y con ideas propias, llegó tan lejos en su protagonismo como este exprofesor de derecho constitucional, el más intelectual de los presidentes que ha tenido EE UU al menos desde Woodrow Wilson. Distinto es el juicio que merece un dirigente político que expone sus ideas de forma tan escasamente diplomática y que muchos consideran arrogante, especialmente por los efectos que tendrá en sus relaciones internacionales. E incluso el momento elegido para explicitar su pensamiento, más propio de un expresidente que pasa cuentas consigo mismo y con el mundo en sus memorias.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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