40 Aniversario
Lluis Bassets

Trumpología

Por: | 24 de noviembre de 2016

Donald Trump está en todas partes. Nada de lo que sucede en el mundo es ajeno a la incerteza que acompaña a este nombre. Hizo una campaña infame. Tiene un programa para sus primeros cien días extremadamente inquietante, que oblitera 70 años de liderazgo y responsabilidad de Estados Unidos en la marcha del planeta. Sus nombramientos dibujan lo más próximo que se haya visto a un gobierno de extrema derecha, blanco y supremacista. Su idea del poder es personalista y nepotista, sin capacidad para distinguir intereses públicos de los privados. Pero el punto más desestabilizador es su personalidad. Quienes le conocen y le han sufrido le retratan como un ser ególatra y narcisista, tan sensible al halago como susceptible ante el insulto, que todo lo juzga en función de su interés y beneficio.

Según Jeremy Shapiro, ex alto funcionario del departamento de Estado y actual director de investigación del think tank ECFR (European Center on Foreign Relations) su personalidad será determinante en la política exterior, un territorio en el que el presidente termina arbitrando entre los distintos grupos de poder que controlan los resortes de Washington. Ha sucedido con anteriores presidentes poco preparados en política exterior, como era Bush hijo, y terminará sucediendo con Trump. Para entender la política exterior estadounidense a partir de ahora habrá que convertir a su personalidad, su carácter, su temperamento y sus comportamientos en objeto de estudio.

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España, puertas abiertas

Por: | 21 de noviembre de 2016

Hay un torrente literario y filosófico para ayudarnos en la meditación posterior a las grandes derrotas, en pocas ocasiones tan necesaria como en una de tanta envergadura y trascendencia como la que Donald Trump ha propinado contra pronóstico a Hillary Clinton, a los demócratas, a las empresas encuestadoras, a la comunidad de periodistas, expertos y politólogos y al establishment de EE UU y Europa en su conjunto. La dimensión de la gesta es doble: por el peso de la superpotencia, con las consecuencias que acarreará en todo el planeta; pero también por su carácter de lección casi definitiva sobre las artes del poder, las elecciones y la democracia en una culminación difícilmente superable del momento populista que vivimos.

Artur Mas, el presidente emérito que quiso conducir a Cataluña hasta la independencia, ha sacado sus propias conclusiones —mal vistas, por cierto, desde su propio campo— al considerar a Trump, probablemente con justeza, como un espejo digno para los anhelos soberanistas. Aunque a algunos les duela la proximidad, Mas es de los que piensa que también para Trump todo está por hacer y todo es posible cuando se sabe aprovechar la oportunidad impensable que depara la buena fortuna. Esto, por cierto, no es exactamente populismo, sino maquiavelismo puro.

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Niebla y señales de alarma

Por: | 17 de noviembre de 2016

Tardará en levantarse la niebla. Puede que la entera presidencia trascurra entre las nubes de la incertidumbre. El anciano Henry Kissinger, 93 años, acaba de señalarlo en una entrevista a Jeffrey Goldberg en la revista The Atlantic: Trump ni siquiera se ha planteado que pueda existir un orden mundial. Sus ideas sobre política exterior son nulas, y cuando existen, directamente nocivas. Para culminar el disparate, la formación de su equipo se está empantanando en peleas de palacio por el favor del nuevo emperador.

El centro del poder y también las disputas por las poltronas tienen un campo de batalla en la Torre Trump, en la Quinta Avenida de Nueva York, donde el magnate se reúne, recibe llamadas de todo el mundo y despide colaboradores. Algunos de los vicios más antiguos del poder llegan instalados en el carácter del personaje: el nepotismo que ha situado en el equipo de transición a sus tres hijos y a su yerno Jared Kushner; la arbitrariedad en nombramientos y decisiones, en función a veces de la última opinión escuchada o en otras de las retribuciones y venganzas personales de los miembros de la amplia familia presidencial; el conflicto de intereses, propio de un presidente constructor que se ha propuesto lanzar un plan de inversiones en infraestructuras por valor de un trillón de dólares.

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Geopolítica del trumpismo

Por: | 14 de noviembre de 2016

Donald Trump ha conseguido su objetivo, pero ha dejado el mundo sembrado de enemistades. El populismo vive y triunfa con el miedo y el odio, aun a riesgo de que el miedo y el odio que siembra terminen volviéndose en su contra. Sumemos la lista de humillados y ofendidos: la entera población latinoamericana, con la mexicana a la cabeza, merecedora de un muro infamante que les separe de Estados Unidos; el mundo árabe y musulmán, todo entero sospechoso de terrorismo; China, ladrona de puestos de trabajo; los países de vecindario más inseguro y peligroso, como las repúblicas bálticas, Polonia, Ucrania, Japón o Corea del Sur, aprovechados del paraguas nuclear de Washington. Total: más de la mitad de la población del planeta.

Esta será la base de popularidad con que contará cuando empiece a mandar los primeros mensajes al mundo. El primer ministro japonés, Shinzo Abe, derechista él mismo y normalmente en sintonía fina con las Administraciones estadounidenses de todos los colores, ha sido el primero en llamar de urgencia a la puerta del presidente electo. Le verá el 27 de noviembre, con evidente interés en dejar sentir sus opiniones antes de que cristalicen en el nuevo equipo y la nueva política. La presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, todavía más apremiada por las amenazas de Corea del Norte, ha conseguido hablar ya con el magnate y obtener garantías verbales de que no dejará a su país en el ­desamparo. quiere revertir la imagen de Estados Unidos construida por Barack Obama.

Los discursos de Ankara, El Cairo, Adis Abeba, la simpatía de las poblaciones de tez oscura, hasta hace poco colonizadas y explotadas, esclavizadas incluso, por los hombres blancos, serán un paréntesis en la historia de Estados Unidos. Para el antiguo Tercer Mundo entero, tentado por el nuevo americanismo liberal y de izquierdas que representaba Obama, significa el retorno al estereotipo de la memoria colonial, en el que Estados Unidos se identifica con un tipo blanco, rubio, alto, racista y arrogante.

Todavía sin encuestas internacionales que lo midan, el aprendiz de presidente es un excelente candidato a las peores cotas de popularidad global de la historia. Cuidado, a excepción de los votantes de las derechas extremas y extremas derechas, europeas principalmente, desde los partidarios del Brexit hasta el Frente Nacional de Marine Le Pen, el Partido de la Libertad holandés de Geert Wilders, el Fidesz de Viktor Orbán, o Pegida (Patriotas contra la Islamización de Europa) y Alternative für Deustchland en Alemania.

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Europa sin equilibrio

Por: | 11 de noviembre de 2016

El equilibrio del poder no existe ahora en Europa. Empezó a romperse en 1989 cuando cayó el Muro de Berlín y apareció una Alemania nueva, mucho mayor en demografía, territorio y economía que Francia, su pareja continental, y que Reino Unido, la tercera pata de la estabilidad. Hubo esfuerzos para recuperarlo a partir de la arquitectura de la Unión Europea, notablemente el Tratado de Maastricht y la creación del euro. Pero a partir de 2008 con la crisis de la deuda soberana, convertida pronto en amenaza letal para la moneda única, terminó el espejismo y reapareció el viejo fantasma del hegemonismo germánico y el temor a que una Europa alemana sustituyera en poco tiempo el ensueño de una Alemania europea.

De los sucesivos rescates de la economía griega surgieron las imágenes injustas que ilustran el nuevo momento europeo. Angela Merkel es Adolf Hitler en las portadas de la prensa sensacionalista griega. La canciller alemana impone la austeridad más extrema, con reducciones salariales y recortes en el Estado de bienestar, a los países deudores que quieren disponer del crédito de las instituciones financieras europeas y se niega, en cambio, a la mutualización de la deuda mediante la emisión de eurobonos.

Alemania devuelve la imagen con la idea demagógica de unos países mediterráneos derrochadores y corruptos, que no sufren bajo la bota de la austeridad germánica sino que pagan su pereza y su dejadez de los tiempos de bonanza, cuando se endeudaron hasta límites insoportables. No cuentan para el caso los beneficios que reportó la burbuja inmobiliaria a la banca alemana ni el soberbio superávit comercial construido con una moneda común lastrada por los mediterráneos.

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La contrarrevolución de Donald Trump

Por: | 10 de noviembre de 2016

Todo está por hacer y todo es posible. Estamos ante un nuevo comienzo. Empieza una época nueva. ¿Una revolución? No exactamente.

El primer trazo que define la política exterior de Donald Trump y la nueva geometría de las relaciones internacionales que empezará a surgir de su victoria es la incertidumbre. Nos adentramos en territorio desconocido. El presidente electo de los Estados Unidos se ha manifestado como un proteccionista y un revisionista radical en políticas comercial y emigratoria y en alianzas de seguridad, y como un ignorante en materia tan peligrosa como la proliferación nuclear y el uso del arma atómica. Eso tiene remedio: las opiniones se cambian y de lo que no se sabe se aprende. Pero mientras no suceda, la incertidumbre permanece y hace su trabajo de erosión, que alimenta la espiral de la desconfianza: sobre el futuro de la Alianza Atlántica, de los tratados comerciales como el NAFTA y TTP, las organizaciones internacionales, desde la OMC hasta la propia ONU, o los acuerdos de reanudación de relaciones con Cuba y de control nuclear con Irán.

Nos quedaremos cortos si pensamos que Trump puede cambiar. En su discurso de aceptación como presidente electo ya ha demostrado que puede hacerlo. Primero, ha contado que Clinton le ha felicitado, sin llamarla crooked (corrupta) ni pedir la cárcel para ella, ha elogiado su campaña y le ha agradecido “los servicios prestados a este país”. Luego se ha cobrado los elogios quitándole el eslogan de campaña, together (juntos), para propugnar la unión después de sembrar la división. El mensaje es nítido: en la campaña se pueden decir unas cosas y luego desde la Casa Blanca convendrá hacer otras. Esto no significa que el cambio sea a mejor o que se vayan a hacer bien las cosas; significa que serán otras, distintas. De cara al mundo, al papel que tiene EE UU en el orden internacional y en la gobernanza global y al conjunto de alianzas y acuerdos internacionales, se supone que también puede cambiar. Si ya ha empezado a hacerlo en su noche electoral, podrá hacerlo luego cuantas veces le convenga. Sus posiciones son volátiles. Incertidumbre sobre incertidumbre, por tanto.

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Tal día como hoy

Por: | 09 de noviembre de 2016

Berlín, la actual capital alemana, estuvo dividida durante 44 años, de 1945 a 1989, en cuatro sectores correspondientes a cada una de las fuerzas de ocupación vencedoras del nazismo –británicas, francesas, soviéticas y estadounidenses- que pronto se refundieron en dos: el Berlín occidental, administrado por la República Federal con capital en Bonn, y el Berlín oriental, capital de la República Democrática de Alemania, el régimen comunista instalado por el ocupante soviético. Desde 1961 hasta 1989, durante 27 años, la parte occidental estuvo rodeada de una doble valla de 160 kilómetros -106 kilómetros de placas de cemento y 55 de rejilla metálica-, con 260 torretas y 232 búnkeres y una zona de descampado con trampas, alambres y pistas de persecución. Aquella frontera felizmente desaparecida, alrededor de un enclave occidental en territorio de influencia soviética, fue la mejor custodiada y la más difícil de franquear del mundo.

El muro se construyó en un fin de semana, el del 13 de agosto de 1961, y desapareció en una noche, la del 9 de noviembre de 1989, un dia como hoy de hace 27 años. Las autoridades comunistas que lo construyeron querían cortar la hemorragia de población que sufría la Alemania comunista a través del Berlín occidental y presionar para hacerse con el control efectivo de la ciudad entera, cosa que ya habían intentado en 1948 cuando bloquearon los accesos y obligaron a Estados Unidos a organizar un puente aéreo para garantizar los suministros. El muro fue un símbolo, como lo fue Berlín. De la guerra fría ambos, mientras duró, y de la caída del comunismo y de la unificación alemana, a partir de 1989. Pero tuvo una función material, nada simbólica, que afectó a centenares de miles de personas.

En sus 28 años se cobró la vida de al menos 86 ciudadanos que pretendían saltar al Berlín occidental, según las cifras de la fiscalía, interesada en perseguir todavía a los responsables de los disparos. Otras evaluaciones elevan el número de víctimas mortales a más de dos centenares, que incluyen a policías comunistas abatidos en refriegas con quienes huían. Para la Alemania oriental, el muro fue un sistema de defensa económica y de represión de su población, imprescindible para la supervivencia de aquel régimen insostenible, tutelado por los soviéticos. Para los aliados occidentales fue una vergüenza, tolerable en la medida en que garantizaba el statu quo del Berlín dividido y, a la vez, la permanencia de un enorme escaparate democrático y capitalista tierra adentro más allá del telón de acero.

Un cuarto de siglo después, la idea de que un muro divisorio pueda cruzar una metrópolis tiene un carácter alucinatorio. Y, sin embargo, cuando existía parecía eterno e inamovible. EL PAÍS tenía 13 años cuando cayó y tiene ahora ya 40, muchos más de los que cumplió aquel muro. Pero su vago y siniestro recuerdo señala la reaparición hoy en el mundo, también en Europa, de nuevos muros destinados a separar a las gentes y a cortar el camino hacia la libertad de quienes huyen despavoridos de la miseria, la guerra o las dictaduras.

(Este texto forma parte del especial publicado con motivo del 40 aniversario del periódico)

El mundo emergente se revuelve contra el derecho internacional

Por: | 08 de noviembre de 2016

El presidente Bill Clinton firmó el Estatuto de Roma por el que se creaba la Corte Penal Internacional el 31 de diciembre de 2000, veinte días antes de que tomara posesión su sucesor George W. Bush. Lo hizo con tanta convicción como reservas, que expresó en una declaración aneja. Convicción, por la necesidad de institucionalizar la justicia internacional tras los genocidios de los Balcanes y de Ruanda, que obligaron a crear tribunales especiales para juzgar a los criminales. Reservas, porque Estados Unidos es una superpotencia militar con presencia de tropas en 150 países y actuaciones armadas en numerosos escenarios, que tiene una nula disposición a situar a sus soldados bajo jurisdicciones ajenas y romper así una tradición de unilateralismo que sitúa a su sistema judicial por encima de cualquier otro.

Clinton recomendaba a su sucesor que no pidiera la ratificación en el Senado y esperara a que la CPI hubiera dado sus primeros pasos. Era una decisión prudente porque el Senado, dividido mitad y mitad entre demócratas y republicanos, tampoco le hubiera dado los dos tercios de los votos imprescindibles para ratificarlo; ni a él, ni a su sucesor George W. Bush. Este último fue más lejos: en mayo de 2002, cuando el Estatuto de Roma entró en vigor, comunicó a Naciones Unidas que no habría ratificación y que EEUU se desvinculaba de cualquier obligación respecto al tratado.

Apenas tres meses después, Washington fue más lejos con una legislación que protege a los militares y funcionarios estadounidenses ante la persecución de la CPI y prohíbe cualquier ayuda militar a los firmantes del Estatuto de Roma, con algunas excepciones como la de los miembros de la OTAN. Era el momento más unilateral de la reciente historia de EEUU, ya en los preparativos de la guerra de Irak y mientras buscaba una resolución del Consejo de Seguridad que autorizara la invasión. Fue justo cuando Bush se preguntó si Naciones Unidas era todavía relevante. Aunque Obama ha corregido luego esta política de hostilidad y ha regresado a la cooperación con la CPI, no ha tenido ningún efecto práctico ni se ha avanzado para la ratificación por un Senado que ahora es todavía más republicano y hostil.

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La lección catalana de Trump

Por: | 07 de noviembre de 2016

Los cuatro años de Procés —o de procesismo, según los observadores más maliciosos— han producido una abundante literatura sobre las excelencias de la Cataluña futura. No está prohibido soñar y menos imaginar, entre otras razones porque es gratis. Pero a veces no son el deseo o la imaginación las que más nos cuentan sobre cómo queremos que sean las cosas sino nuestros propios actos y gestos, más elocuentes de lo que solemos pensar sobre nuestras auténticas intenciones.

Esto es lo que está ocurriendo con la rebelión municipal que ha organizado la CUP para poner contra las cuerdas a los Mossos, al consejero de Interior Jordi Jané y al propio Gobierno de Carles Puigdemont, conminándoles a que se sumen a la desobediencia de las órdenes judiciales que ordenan retirar banderas esteladas de los ayuntamientos, anulan resoluciones soberanistas o sencillamente citan a acudir al juzgado para declarar ante denuncias interpuestas y aceptadas.

La CUP no tiene secretos. Su objetivo es perfectamente coherente para una formación que quiere la ruptura con la democracia constitucional, la salida del euro y de la OTAN, y la construcción sobre sus cenizas de una república de trazas próximas a la Venezuela chavista. Sus consejos municipales pueden decidir con toda naturalidad que la medida más pertinente para las jornadas electorales es hacer ondear una bandera de partido como la estelada en el edificio del ayuntamiento. O que serán laborables los días del calendario festivo que se identifican con la denostada democracia española. Y también que no hace falta obedecer los requerimientos judiciales para enmendar las presuntas ilegalidades cometidas ni hay que acudir a declarar cuando lo considere conveniente un juez.

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El sultán no lee la prensa

Por: | 03 de noviembre de 2016

No hay quien pare esta deriva. El mejor termómetro lo proporciona el estado de la libertad de expresión. Turquía ya era, antes del golpe de Estado, uno de los países con mayor número de periodistas detenidos y encarcelados, según denuncia de Reporteros sin Fronteras y del Parlamento Europeo de abril de 2016. Pero la sangrienta intentona del pasado 15 de julio fue una buena excusa para terminar con los remilgos y barrer cualquier disidencia.

Solo faltaba la detención de Murat Sanbucu, director de la veterana y prestigiosa cabecera Cumhuriyet, símbolo de la Turquía laica y kemalista, la más europea e ilustrada, junto a quince periodistas de su redacción, acusados de una doble y contradictoria complicidad con sendos enemigos declarados de Erdogan, la secta islámica que dirige Fetulá Gülen, presunta organizadora del acusada del golpe militar, y el prohibido Partido Kurdo de los Trabajadores, tachado de separatista y terrorista.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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