La gente anhela ir en bici. Pese a que en muchas ciudades no se potencie, aunque se enciendan hogueras dialécticas para criticar a los biciclistas y a pesar de que algunos conductores no respeten a las dos ruedas, la sociedad quiere pedalear. Esas actitudes son una especie de miedo a lo desconocido. Como una contagiosa cainofobia o temor a la novedad. La inercia grupal lleva a rechazar las actitudes que no son similares a las de la mayoría. Algo diferente, que funciona, cuestiona el enfoque del resto y la primera reacción es la negación. Si no que se evalúe la política de decoración de la República Democrática de Alemania: clavaban los muebles en los pisos para que no se pudieran cambiar de lugar; así cuando el vecino del tercero acudiera de visita no podía pensar que era mejor que el suyo. Aunque su modelo de alicatar sillones y armarios cayó en 1989, IKEA ha conseguido lo que los comunistas deseaban: que todos los salones sean iguales con su estantería Billy y su mesa Lack. La bici es como un mueble vintage en un salón de la marca sueca. Impresiona y, en el fondo, todos quieren usarla. Del mismo modo que en la RDA todos los vecinos querían cambiar sus muebles de sitio.
