Los atascos son inevitables. Cuando una carretera tiene un número determinado de coches, acabarán parándose. La premisa, digna de la teoría del caos afamada por el Doctor Ian Malcom en Parque Jurásico, se basa en que una pequeña variación en las condiciones iniciales de un sistema acaba generando una alteración grave del mismo. No es nada nuevo. Un equipo de investigadores japoneses realizó un experimento con 22 automóviles (ver vídeo). Los vehículos debían dar vueltas por una gran rotonda a 20 km/h. Para un conductor no es difícil mantener ese ritmo y las posibilidades de perder el control del coche o ponerse nervioso son menores que a una velocidad mayor. A pesar de ello, tras un par de vueltas se forma un atasco. Las razones: un conductor disminuye ligeramente la velocidad y ese retraso se transmite, como la onda expansiva de una explosión, al resto. Si a esa velocidad se pierde el temple, cuando se acelera la tensión aumenta y, con ella las probabilidades de desconcentrarse. Así, en una ciudad, cuando se llega a una masa crítica de coches va a ocurrir un atasco.
