Lo que ocurre en las ciudades no siempre es evidente. El día a día está formado por escenas cotidianas que se repiten en un bucle semejante al del día de la marmota. Pensamos que la rutina personal de los habitantes de una urbe marca el ritmo de la misma. Esa afirmación es en parte cierta pero no hay que olvidar que esas personas van a interaccionar con las calles, edificios y parques en función de cómo estén dispuestos: el urbanismo determina la rutina de los ciudadanos. La ciudad tienen una sintaxis; un código no escrito que explica por qué los turistas recorren las calles a diferentes horas que los ciudadanos; las motivaciones de los peatones que se saltan el semáforo en rojo cuando el tráfico es menos ajetreado o las razones por las que las intersecciones actúan como plazas públicas. Apuntes cotidianos que cualquiera puede hacer sentado en un banco; la gente que descansa en los asientos públicos, observa la ciudad con más atención que los caminantes. Usando las calles del SoHo neoyorkino como laboratorio experimental, dos investigadores del MIT (el afamado Instituto Tecnológico de Massachusetts), Anne Mikoleit y Moritz Pürckhauer, han publicado sus conclusiones en Urban Code. Un compendio de lecciones, extrapolables a muchas capitales del mundo, que demuestra que lo más importante para mejorar el urbanismo de las ciudades es observarlas.
