La historia nunca se durmió en esta parte del mundo, pero ahora regresa con la difícil coincidencia en el tiempo de siglos distintos y rivalidades de difícil encaje entre potencias locales y globales. Rudyard Kipling acuñó el término Gran Juego para describir la competencia en el siglo XIX entre Londres y Moscú por el control de Oriente Medio, Asia Central y el Cáucaso. Hoy hay otro Gran Juego en marcha en Oriente Medio, con más actores, incluidos movimientos sociales, y más complejidad. El eje central es la competencia entre Irán y Arabia Saudí, entre chiíes y suníes, pero no puede sorprender que los verdaderos grandes actores sean Estados que lo fueron realmente en el pasado, y no inventados por el colonialismo europeo o el desmembramiento del imperio otomano: Turquía, Egipto e Irán.
Persia. Irán compite con Arabia Saudí como potencia política, religiosa y petrolera. Su régimen teocrático desde 1979 se siente heredero del gran imperio persa. Ha ganado peso en la zona de la mano de los errores de EE UU en Irak (de mayoría chií, pero no está aún en condiciones de ejercer un papel significativo) y Afganistán. Además, se suman los tentáculos de que dispone Irán en Líbano a través de Hezbolá y en Gaza de Hamás, aunque éste último movimiento se ha separado formalmente de tal padrinazgo.
El problema no sería solo que el Irán de los ayatolás (cada vez más militarizado por la Guardia Revolucionaria) se hiciera con el arma nuclear por razones “existenciales” para el régimen, junto a un Israel para el cual su propia bomba es una garantía “existencial” como Estado. Sino que también impulsaría una proliferación nuclear en toda la zona: Arabia Saudí, Turquía (con una mayoría de sus ciudadanos a favor de su propia bomba en ese caso), Egipto y Argelia. Perspectiva preocupante para España.
Irán ha promovido acciones terroristas, pero su régimen no busca exportar la revolución jomeinista más allá del limitado alcance geográfico del chiismo.
La tierra de Mahoma. Arabia Saudí, de mayoría suní, es el país más integrista y menos democrático de la zona. Pero tiene las mayores reservas de petróleo, es pro-occidental en su geopolítica, y ve en Irán su mayor rival en la región. La sucesión del enfermo y anciano Rey Abdulá puede generar tensiones internas y externas. Ha habido manifestaciones de saudíes chiíes en el Este, zona de campos petrolíferos, donde estos son localmente mayoría. Y empiezan a surgir protestas de jóvenes y mujeres en otros lugares. Las revueltas populares árabes le plantean un problema. No las controla y le pueden contaminar. Pese a financiar durante años a los Hermanos Musulmanes, suníes, que han ganado las elecciones en Egipto, Arabia Saudí se siente cada vez más distante de ellos, y más próxima a los salafistas que también han obtenido un buen resultado en las legislativas. El que todo el norte de África (salvo Argelia, con elecciones trucadas) se tiña de verde con el triunfo electoral limpio de los islamistas —los únicos realmente organizados junto a las Fuerzas Armadas y los servicios secretos— no implica que Arabia Saudí vaya a tener más influencia, aunque es el único que tiene verdaderamente dinero para ayudar a la economía de estos países.
Al Qaeda surgió de Arabia Saudí. Lo sucedido en Yemen le puede haber dado a la red terrorista una nueva vía de entrada hacia territorio saudí, junto a su presencia detectada en Siria.
Por otra parte la Liga Árabe, más activa, ha ganado visibilidad e incluso legitimidad, (ante la intervención en Libia, y ahora ante la crisis Siria) pero no efectividad.
La gran división del Islam. Por detrás del pulso entre saudíes e iraníes está el secular enfrentamiento entre chiíes y suníes que lo está definiendo casi todo en esta zona del mundo. Riad, impulsora del wahabismo, forma extrema del islamismo que sí intenta exportar a todo el mundo musulmán, incluido el europeo, teme la fuerza del chiismo, del que Irán es el gran Estado. De hecho Irán es el único país que tiene a la vez petróleo y población (algo que los ingleses en su descolonización en toda la zona intentaron claramente separar).
Los chiíes fueron los protagonistas de las revueltas en Bahréin, donde son mayoritarios, y que fueron reprimidas con ayuda de tropas saudíes y jordanas. La primavera árabe tuvo allí (y en otros países del Golfo) un primer límite.
Los otomanos. La Turquía de los islamistas moderados del AKP de Erdogan quiere entrar en la UE, y a la vez compite por influencia con Irán y Arabia Saudí. Anteriormente, los militares que mandaban en Turquía, eran aliados de Israel. Esto también ha cambiado. Turquía, miembro de la OTAN, es hoy una potencia regional, que proyecta una cierta herencia imperial otomana, y tiene mucho que decir y hacer sobre la salida de la crisis siria.
Turquía, que tiene una importante minoría kurda en su seno, quiere impedir el surgimiento de un Estado kurdo independiente resultado de un posible desmembramiento de Irak o Siria, por temor a que se convierta en un imán para las reivindicaciones de sus kurdos. Los kurdos son la mayor nación sin Estado, dividida entre varios por el Tratado de Lausanne de 1923. Ninguno de los países que tienen minorías kurdas —Turquía, Siria, Irán, Irak e incluso Rusia— quiere ver surgir un Estado kurdo.
Tierra de faraones. Egipto se siente un gran país, y parte de una civilización milenaria. La caída de Mubarak no impedirá que siga desempeñando un papel importante en la zona. Pero diferente. De hecho, ya ha mediado con Hamás, y dos veces en un año, buques de guerra iraníes han cruzado el canal de Suez hacia el Mediterráneo, lo que el anterior régimen en Egipto no había permitidos nunca. El acuerdo de paz con Israel de 1979 es una pieza clave de la estabilidad regional. Pero los Hermanos Musulmanes, triunfadores de las elecciones legislativas (falta la segunda vuelta de las presidenciales) lo cuestionan.
Asiria. Siria es el actual centro de gravedad de la zona, y su desmadejamiento puede afectar a muchos de sus vecinos. Gobierna una minoría, cercana a los chiíes, sobre una mayoría suní y una serie de otras minorías, incluída la cristiana (de ahí la ambigüedad del Vaticano), que casi prefieren la protección del actual régimen de El Asad. La caída violenta de éste, al que Irán ayuda y que muchos occidentales apoyaron durante lustros, podría precipitar una guerra civil interna (se puede considerar que ya ha empezado) que se trasladara al Líbano, que Siria considera prácticamente suyo. Rusia tiene en Siria un mercado para sus armas, y también un puerto en el Mediterráneo.
Israel. Lo ocurrido en el último año ha trastocado todo el esquema geopolítico de la seguridad de Israel. Con los el Asad, padre e hijo, en Damasco tenía enemigos, pero fiables. Israel ha hecho una lectura negativa de las revueltas árabes, y tardó en apoyarlas públicamente. La ola islamista en el mundo árabe, se puede volver en su contra, aunque de momento no haya ocurrido.
El proceso de paz con los palestinos está abandonado, aunque podría reverdecer. Ni siquiera Obama lo empuja ya. Si la primavera árabe no había llegado a los palestinos es, en parte, porque esperaban resultados de este proceso. La frustración palestina puede estallar. Desde Egipto, los Hermanos Musulmanes pretenden impulsar una reanudación del proceso que lleve a dos Estados. Sin embargo, el primer ministro Netanyahu está más fuerte que nunca. El apoyo del centrista Kadima le ha desembarazado de los partidos religiosos y radicales. Podría lanzarse a atacar las instalaciones nucleares iraníes. Aunque también reanudar el proceso de paz con los palestinos
La superpotencia. Con las revueltas árabes que enseguida apoyó, EE UU ha perdido, sin embargo, peso y capacidad de presión (aunque sigue siendo el mayor donante a Egipto). Con sus bases y flotas en la zona, aún es, sin embargo, la principal potencia militar local. La reducción de la dependencia de EE UU en el petróleo importado (no en el precio), debido a un consumo más eficiente y a nuevas fuentes de producción propia, puede cambiar el interés de Washington por esta zona, a la que sin embargo le liga una relación con Israel de una intimidad sin parangón. Está ayudando a armar a la oposición siria, pero no se parece tener una hoja de ruta clara al respecto.
Otros actores. Rusia, venida a menos, pretende recuperar o al menos conservar el resto de influencia que le queda en la región. Catar es esencial. Sus fuerzas especiales (formadas por los británicos) han participado en Libia, y pueden estar presentes en Siria. Dispone del instrumento de mayor influencia en la zona: la televisión Al Jazira, en árabe y en inglés (cuyos contenidos a veces no coinciden, por ejemplo en la cobertura de las revueltas en Bahréin). China ya no es ajena a esta región esencial para sus suministros en petróleo y gas. Necesita a iraníes y árabes.
Ni la UE ni los países europeos (esencialmente el Reino Unido y Francia) que diseñaron la descolonización de esta zona, tienen hoy por hoy un gran peso en la región. Más bien al revés. Y necesitan el dinero del Golfo.
Más allá, está la rivalidad entre India y un Pakistán inestable, que se deja notar especialmente en Afganistán. La posibilidad de un claro deterioro en las relaciones entre Pakistán y EE UU, y del caos en el país centroasiático, puede reverberar en toda la región.
Escenarios. El plan de paz para Siria desde la ONU y con apoyo de la Liga Árabe se ha frustrado, aunque el enviado especial, Kofi Annan, intemnta reflotarlo. Se han abierto conversaciones con Irán sobre la cuestión nuclear. Y algo puede estar moviéndose para reanudar el proceso de paz con los palestinos. Quizás algunas piezas empiecen a encajar. Pero todo se puede desencajar aún más.