Las crisis de deuda producen pánico a los gobiernos, y siempre hay una fase en la que estos acaban actuando contra los ciudadanos. Aunque no lo digan de forma explícita, es una lección que se desprende del inmenso estudio sobre las crisis de deuda de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff (Esta vez es distinto; ocho siglos de locura financiera). Pues ante esa situación, la única obsesión es sobrevivir. No como gobierno (cabe recordar el "cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste de Zapatero"; y le costó) sino como Estado, como país. Las medidas que ha anunciado Rajoy tienen ese único objetivo: sobrevivir. A un precio elevado. Luego ya se verá como se cura al enfermo, aunque el remedio empeore su enfermedad y acabe resultando más difícil de sanar.
Es verdad que estas medidas ya venían dictadas desde Bruselas y desde Berlín, al menos la subida del IVA, el recorte de los ingresos de los funcionarios, y la reducción de la prestación por desempleo. Se empieza también la labor de reducción del Estado, de las administraciones públicas. ¿Bastarán para sobrevivir? Está por ver. Si el BCE no interviene, será difícil. PEro, por favor, dejen algunos ministros de pedirlo públicamente. Mejor una llamadita discreta a la institución independiente.
En el horizonte asoman otros sacrificios, como pueden ser recortes en las pensiones, y más reducción del gasto público. Si a esto se suma la paulatina reducción general de los salarios y el aumento de despidos, estamos ante lo que se viene a llamar una "devaluación interna", algo que resulta inevitable a los países o regiones que sufre un shock asimétrico -que es lo que le ha pasó a Españá con el estallido de la burbuja inmobiliaria-, en una unión monetaria, al no es posible devaluar. También es necesario reducir los márgenes empresariales que antes de la crisis eran superiores en España al de nuestros competidores en la UE y han mermado nuestra competitividad. Hay que repartir los costes de la crisis. En plena tormenta, las retribuciones de los consejeros ejecutivos de las empresas del Ibex suben un 5%, el impuestos de sociedades de las grandes empresas es un coladero, etc.
¿Se deberían haber tomado antes esa medidas? ¿Se podrían haber reducido así el sufrimiento de los ciudadanos? Probablemente sí. Hay quien ya vaticinó a finales del año pasado que con la manera de enfocar la situación por parte del Gobierno de Rajoy, España se vería intervenida en seis meses. La definición no es tan importante. No ha sido una intervención como en Grecia, Irlanda o Portugal -que puede aún llegar-, pero España ha quedado bajo tutela.
Dada la situación creada, no quedaba otro remedio. Ahora bien, que no se diga que estas medidas son para crecer y generar empleo. No. Son para parar la hemorragia provocada por un déficit desbocado y una desconfianza creciente en España. Estas medidas son recesivas. Y la falta de perspectivas de crecimiento de la economía española es su mayor problema para generar confianza en los inversores. Todo esto puede parecer contradictorio, pero es así.
Gobernar consiste muchas veces en tomar decisiones impopulares pero necesarias. También en gestionar bien. Entre los muchos errores de gestión cometidos por este Gobierno, ¿cuál es el peor? En mi opinión, la gestión de Bankia. Simplificando, cabe recordar que el anterior Gobierno y el Banco de España consideraron que era mejor hacer aflorar paulatinamente los agujeros de la banca, especialmente de algunas cajas, era mejor trampear que hacer estallar la verdad. Pero sacar a plena luz los problemas de Bankia, con el agravante de ir subiendo cada pocos días sus necesidades de financiación (primero 4.500 millones, poco después 10.000, 19.000, 23.000 millones de euros) abrió la caja de pandora de la desconfianza en España, contaminó el sector, y sobre todo provocó el cortocircuito entre la deuda pública y la mucho mayor deuda privada. Todo el mundo sabe que las cajas regionales alemanas tienen problemas, y algunos bancos franceses. Pero ese cortocircuito no se ha producido allí. Por algo será.
Con lo que hemos llegado a una situación en la que lo necesario es la supervivencia, a costa de los ciudadanos. ¿Y después? Como dijo Scarlett O'hara, "hoy estoy muy cansado para pensar, ya pensaré mañana".