En este blog se hablará de la Sudáfrica que no alberga el Mundial de Fútbol. La Sudáfrica alejada de estadios, jugadores, entrenadores y decisiones arbitrales. Un acercamiento a la realidad del país, uno de los más desiguales del mundo, más allá del glamour FIFA y de botas de oro con sueldos millonarios. Una Sudáfrica que, quince años después de dejar atrás el sistema racista del Apartheid, todavía tiene muchos retos por delante. En poco más de mes y medio, el nuestro, además, es sacar a pasear la vuvuzela y reconciliarnos con ella.
A finales de marzo eran 164.793. Prisioneros. Sudáfrica es uno de los países con más presos por población total (los EEUU tienen el dudoso honor de ser los que más encarcelan, con más de dos millones, más incluso que China) y es el noveno en el mundo por detrás de Estados Unidos, China, Rusia, Brasil, India, México, Tailandia e Irán (España, con población similar, ocuparía la vigésimo segunda posición, con menos de la mitad de presos que Sudáfrica). No es de extrañar, con los niveles de criminalidad existentes en el país.
Se nota algo de bajón. El país todavía anda de orgullo subido, pero ya se empieza a notar que el Mundial se acabó. Las áreas para ver los partidos en espacios públicos desmanteladas, el frío que nos acompaña, hasta el pobre Zakumi, la mascota, se ha quedado solo en la estación, sin nadie que informe de nada sobre el Mundial porque ya no hay Mundial.
Oficialmente, pero, el colofón será el domingo, el cumpleaños de Nelson Mandela (cuando también la maldita vuvuzela, bendita, dirá hasta otra). Luego sí que volveremos en serio a la realidad.
Bofetada en los morros de realidad, ayer, dos días después de acabado el reinado FIFA en Sudáfrica. Reunión comunitaria en Paarl, ciudad vinatera antigua, donde se han protagonizado ataques xenófobos desde el viernes. No en Paarl mismo, pero en el gueto de Paarl, en Mbekweni, donde los locales, jóvenes desempleados, han salido en grupos a amedrentar a somalíes, con pequeñas tiendas y a zimbabuenses, que trabajan como temporeros en los campos.
Muchos locales sienten que los extranjeros les quitan puestos de trabajo, bien escaso o inexistente en la Sudáfrica actual, competidores directos en un mercado laboral constreñido. La población está enfadada y duele, duele escuchar los gritos de “hamba!” (¡fuera!), duele la intensidad de la impotencia, preocupa la furia verbalizada, la solidaridad abandonada en un país donde el ubuntu (el humano yo soy porque tú eres) se torna objeto de lujo, producto sólo asequible a los que tienen.
Había, por supuesto, gente que apoyaba a Holanda pero si yo fuera alguien con autoridad le daba la ciudadanía española al dueño del restaurante, ya para siempre Antonio (Anthony es su nombre real), que animó, gritó y vuvuzeleó como nadie. Vale, menos que con Bafana, pero desde luego más que yo, que tiendo a la contención y a mosquearme cuando me hacen sufrir. El gallego celebró un poco el gol y luego volvió a su natural propio. Conteniditos, pues. No dejamos de valorar el hecho de que la senyera anduviera por Johannesburgo (gràcies) y tan fotografiada (??). Nunca había escuchado tantas veces la palabra España en una sola noche y nunca pensé que me sentaría tan bien: debo ser la persona más besada, abrazada, sobada y palmoteada del barrio. Sabe bueno.
Dicen que una vez se acabe el Mundial éste que nos acontece, el domingo (parecía que no iba a llegar nunca, cosa más larga), el país entrará en una especie de depresión. Han sido años de hablar de ello, de polémicas, de preparación y ahora, una vez que el Mundial llegó, vió y venció, ¿qué?. Hablan de candidatura olímpica para el 2020, pero eso ya nos pilla más lejos.
¿Volver de la burbuja para encontrarnos de nuevo las mismas realidades, los mismos problemas, la corrupción, la situación económica complicada, la pobreza, los enfermos de sida sin medicación, la xenofobia?. Pues eso, depresión, dicen. Seguro que yo también, una especie de depre postvacacional, y encima sin haber tenido vacaciones. Durará poco, una o dos semanas, porque si unos cuando se deprimen se van a la pelu, yo me compro un libro. Uno o dos, que la economía no da para más. Así que me reservaré la compra hasta finales de julio, que es cuando se celebra la feria del libro de Ciudad del Cabo.
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