Uno de los aspectos que más mencionabais en los comentarios al post sobre esos pequeños cambios en la vida adulta cuando tienes hijos es el de la música. Cómo, sin darte cuenta, te veías en el trabajo tarareando "¿Quién vive en la piña debajo del mar?", o se te pegaba el "Envolviendo, envolviendo, estira y estira y pam pam pam" pese a tener uno de los soniquetes más odiosos del mundo.
Sin embargo, si os fijáis, a los niños, incluso muy pequeños, les gusta todo tipo de música. Basta ver el furor infantil que causa el Gangnam Style. Elisa, como muchos otros bebés, hacía con las manos el famoso movimiento del caballo con 15 meses. Una aficionada comparada con estos dos pequeños, de 1 y 2 años.
El año pasado, escuchando la radio en el coche, descubrimos que Natalia (cuatro años) conocía Ai se eu te pego e incluso se sabía el estribillo porque se la ponían para bailar en la guarde. A David, de cinco años, le ha dado por las versiones navideñas de la serie Glee, así que aquí estamos, en junio, escuchando cada vez que subimos al coche una hipermovida Jingle Bells. Pero aparte de las canciones marchosas, que parece que enganchan muy rápido a los pequeños, también son unos romanticones, y les encanta Adiós de La Musicalité, Te he echado de menos de Pablo Alborán, Cuando suba la marea de Amaral o Landslide de Fleetwood Mac.
Así que la buena noticia es que hay vida musical más allá del Cantajuegos, los payasos de la tele y las series infantiles. Pero ¿qué determina que una canción enganche a un niño?