La familia Thwala está reunida en torno al pequeño transistor para escuchar los comentarios: se ha dado el saque inicial del segundo partido de octavos de final y hay un equipo africano en liza: Ghana, el único equipo del continente que sigue adelante, desafía a EE.UU., una selección que ha crecido mucho en los últimos años. La temperatura sube por momentos en el interior de su pequeña casa de cuatro habitaciones... ¡la tensión es tan palpable que hasta los vecinos que pasan por allí pueden sentirla!
Al igual que millones de aficionados al fútbol del mundo entero, los Thwala esperaban impacientes esta ocasión desde hace mucho tiempo. Para ellos, el hecho de que el acontecimiento deportivo más grande del mundo se celebre por primera vez en la historia, no ya solamente en África, sino que a muy a pocos kilómetros de sus casas, lo hace todavía más excitante. Y además hay un equipo africano en octavos... ¡más no se puede pedir!
La familia Thwala vive en Jerusalem, una pequeña comunidad rural de la región de Shiselweni, en la parte meridional de Suazilandia. Este pequeño país es un enclave situado entre Sudáfrica y Mozambique, en el que tal y como comentaban mis compañeros el otro día, el sida es un gran problema. Para que os hagáis una idea de la magnitud que tiene aquí la pandemia, os daré sólo un dato que pone los pelos de punta: más de 6 de cada 10 muertes se deben a motivos relacionados con esta enfermedad y una de cada cuatro personas vive con el VIH.
Para Jeremiah Thwala, el cabeza de familia, la celebración del Mundial representa un alivio ante la enfermedad que le corroe desde hace dos años. En general, ve las cosas de manera positiva, pero en el fondo no puede evitar pensar que por poco no puede asistir a este momento histórico... sabe que ha estado a dos pasos de la muerte debido a la coinfección de VIH y tuberculosis (TB) que padece y eso le asusta.