Cuando El Pingüino venció al Águila

Por: | 19 de mayo de 2013

El Giro de 1956 tenía, a cuatro etapas del final, muy buenas trazas para el equipo español, el España-Girardengo. Poblet había ganado cuatro etapas (llegaría a ganar 20 a lo largo de sus participaciones en el Giro, su prueba favorita) y Bahamontes se había impuesto en la primera de las tres partes en que estaba dividido el Gran Premio de la Montaña: los Apeninos, en pugna con el luxemburgués Charly Gaul. Las otras dos partes serían el Stelvio y los Dolomitas. Bahamontes era la estrella emergente del ciclismo español, un escalador único al que la rivalidad con Loroño se le empezaba a quedar pequeña. Este Giro podía ser su gran campanada. Con el Stelvio y los Dolomitas por delante, marchaba cuarto en la general, a 1:55 del líder, Fornara.

Todo se le torció un poco en la etapa del jueves 7 de junio, la del Stelvio. Sondrio-Merano, de 163 kilómetros, con el mítico monte (2.757 metros) hacia la mitad del recorrido. Lo coronó en cabeza un italiano modesto, Aurelio del Rio, gracias a la ventaja adquirida en una escapada consentida que le permitió llegar a la base con 10 minutos de ventaja. Bahamontes y Gaul, que subieron codo a codo, tuvieron la desgracia de sufrir pinchazos en la bajada: dos Bahamontes, tres Gaul. El primer coche de apoyo del equipo se había averiado a pie del Stelvio. Puig y Girardengo, los jefes del equipo, pasaron el material al coche de repuesto, pero éste a su vez se averió en la cima. Todos los compañeros de Bahamontes iban lo bastante atrás como para no poderle ofrecer la rueda, así que tuvo que reparar solo los dos pinchazos (llevaba dos tubulares de repuesto, como era habitual en la época), con lo que perdió 5:55 en la meta. Eso le retrasó al duodécimo de la general, a 7:50. Gaul, por su parte, tomará la salida de la siguiente etapa en el puesto 22, a más de 16 minutos de Fornara. Descartado en la práctica. Pero…

El día 9 amaneció con lluvias y claros en Merano, tiempo aceptable. Había por delante una larga cabalgada por los Dolomitas, 245 kilómetros, con los puertos de Costalunga, Passo Rolle, Brocon y finalmente el Bondone, a cuyo pie está Trento. La salida se adelantó una hora, por presagios de mal tiempo hacia el final del recorrido. La etapa empieza con las sacudidas propias entre los que aspiran a ser héroes de un día y los que tienen en juego algo gordo: Fornara la general, Gaul la montaña, Bahamontes, con un ojo en ambas cosas. Gaul tiene la iniciativa siempre, Bahamontes le acompaña. Pasan Costalunga en cabeza ellos dos y Dotto; en el descenso hay un reagrupamiento de 32, entre los que sigue Fornara. En el Rolle, Gaul se escapa y pasa a 2:35 de Monti y 2:55 de Bahamontes, que regula. Su idea es dar la gran sacudida en el Brocon y rematar a Fornara y a los demás favoritos en el Bondone.

Pero el frío empieza a hacerse presente. Una ola de frío polar que irrumpe justo entonces, según se temían los meteorólogos. El frío no le va a Bahamontes, que rinde mejor con el calor. El frío a quien sí le va es a Charly Gaul, El Ángel Volador para la prensa y el gran público, El Pingüino para sus compañeros de profesión. Gaul sigue por delante al coronar el Brocon, donde ya se ha desencadenado un fuerte aguanieve alternado con granizo, viento tremendo y una temperatura de 10 grados bajo cero. En el ascenso se bajan de la bici Poblet y Galdeano, que no pueden más. Fornara resiste como gato panza arriba, a distancia prudencial de Bahamontes.

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Gaul, tras acabar la infernal etapa con final en el Bondone, del Giro de 1956.

En la bajada hacia Trento, donde se iniciará la subida final al Bondone, se desata definitivamente la catástrofe. La nieve se derrumba de las laderas, la temperatura llega a los 20 bajo cero según la prensa del día siguiente, no se ve a tres pasos, el barrillo inunda los rostros. El descenso es más duro que la subida en casos de frío, por la inmovilidad. El cuerpo se paraliza. Es difícil girar el manillar, más difícil aún apretar los frenos. El pelotón es un lastimoso reguero de cuerpos sufrientes, algo así como el ejército de Napoleón regresando de Moscú. Delante de Bahamontes cae Defilippis, inmovilizado. Bahamontes se apea, aterido y deshecho. Está indignado porque en el equipo le han dado un impermeable al que falta una manga. Se refugia en Borgo Valsunaga. Los coches de compañía no paran de recoger corredores. Les llevan a la aldea más cercana, o a algún caserío suelto, o a la localidad de Stringo, algo más grande, donde paran muchos. Los vecinos les meten en agua caliente para que reaccionen. Algunos prueban a tomar coñac y seguir, pero tras el primer efecto de calor el frío es mayor. Luego, los coches vuelven a por más y a por más. Salen los pocos taxis que hay en Stringo en busca de derrotados en las cunetas. Abajo, en el llano, espera el avituallamiento de Castello Tesino, donde algunos se reaniman con el alimento y otros muchos se paran. Un ventarrón de 70 kilómetros por hora en contra y una temperatura muchos grados bajo cero hace penoso el llano hasta Trento. Allí empieza la subida al Bondone.

Gaul se mete en un bar, su jefe de filas, Learco Guerra, le da ropa seca y un impermeable nuevo. Come. Y emprende la subida hacia la cumbre infernal. Le espera la victoria más espectacular jamás lograda en la historia del ciclismo. Cuando corone, habrá invertido nueve horas y siete minutos en el espantoso recorrido, que finaliza como un autómata. Le bajan de la bici paralizado, hecho un cuatro. Ocho minutos más tarde entra Alessandro Fantini, casi un desconocido al empezar la jornada, y a 12, Fiorenzo Magni, un veterano resurgido ese día. Fornara cae como un héroe, a tres kilómetros de la cima, donde se desploma exánime. Marchaba a casi 20 minutos de Gaul.

En total, de los 83 que salieron de Merano llegaron 39, aunque en muchos casos la organización hizo la vista gorda, porque varios recorrieron parte del trayecto en coche. El descenso del Brocon, el llano hasta Trento, parte de la subida a Bondone. O dos de estos tramos. O los tres. La organización, compasiva, disimula con todos los que no estaban implicados en la general. Además, es difícil discernir en aquella tremenda confusión. Y tampoco era cosa de dejar el Giro en un puñado de corredores.

Bernardo Ruiz, uno de los dos únicos españoles que llegaron (el otro fue José Serra) me asegura que los que de verdad terminaron fueron 17. No se da mérito:

—Yo no me retiré porque no encontré coche en el que meterme. No sé ni cómo llegué, no le deseo a nadie eso. Recuerdo que comía papeles y le estaba diciendo a Botella: “Come papel”. En eso me volví y ya no estaba—.

(Los ciclistas suelen meterse periódicos en el pecho, bajo la camiseta, para las bajadas con frío).
Bahamontes aún insiste en que Gaul hizo parte de la etapa en coche, rumor que se extendió por España. Hasta se dijo que Coppi (ya muy veterano, había abandonado la carrera unas etapas antes y siguió esta desde un coche) tenía una grabación de película que lo demostraba, pero nunca se ha corroborado. Gaul ganó a ley. En internet se pueden ver esa etapa, y la del Stelvio, buscando por Giro-1956.

El día siguiente se consigue reagrupar a los abandonados en hoteles y hospitales. Hay algunos casos de hipotermia grave, conatos de congelación. El Giro partirá a su penúltima etapa con 43 corredores, tras repescar a cuatro del fuera de control, aparecidos a hora y media del ganador. Gaul hará un acuerdo con Bernardo Ruiz y José Serra, precisamente, para que controlen los dos últimos días la carrera para él. El domingo 10 de junio, el grupo heroico y maltrecho rendirá viaje en Milán, donde Charly Gaul se coronará vencedor.

El Pingüino había vencido al Águila. La revancha llegaría tres años después, en el Tour. Con calor. Pero esa es otra historia.

Una final sin prórroga y un corto magnífico

Por: | 12 de mayo de 2013

El 18 de abril de 1971 se produjo un final de Liga verdaderamente singular. Se llegó a la última jornada con tres aspirantes al título: Valencia (43 puntos), Barcelona (42) y Atlético (41). El único de los tres que perdió ese día fue el Valencia, pero salió campeón… gracias al empate en Madrid entre el Atlético y el Barcelona. Con la derrota del Valencia, en Sarriá, cualquiera que hubiese ganado en el Calderón hubiera obtenido el título. El Barça, con 44 puntos. El Atlético, con 43 con ventaja de goal average. Pero empataron. Lo suyo fue una final sin prórroga.

Al Valencia, que llevaba 23 años sin conseguir el título, lo entrenaba Di Stéfano, que había hecho un equipo eficaz pero sin brillo. Mucha seguridad atrás, pocos goles y apenas algún jugador brillante. Pero funcionaba. El Atlético tenía esos años un gran equipo por atrás y por delante, había sido campeón el año anterior. El Barça estaba en el periodo pre-Cruyff, luchando por reconstruirse con caros fichajes nacionales (estaban prohibidos los extranjeros) y buenos jugadores de la cantera. Los últimos habían sido Pujol, Rexach y Martí Filosía.

Los dos partidos se juegan en simultáneo a las seis de la tarde con los campos a reventar. A Sarriá han ido muchos valencianistas, convencidos de que esta vez será. Al Valencia le basta empatar para ser campeón seguro, pase lo que pase. Pero si pierde, el que gane en el Calderón se llevará el título. Nadie piensa en la carambola que al final se produce. La Federación ha decidido que no haya noticias en los marcadores simultáneos de los estadios. Claro que para entonces ya hay transistores; no en número tan grande como los habría pronto, pero suficiente como para vulnerar el secreto.

El Valencia salta en Sarriá con Abelardo; Vidagany, Aníbal, Sol, Antón; Claramunt I, Forment, Paquito, Claramunt II; Sergio y Pellicer. Llevan una prima de 250.000 pesetas por ganar el partido. Enfrente, el veteranísimo Daucik alinea así al Español: Bertoméu; Osorio, Glaría, Carbonell, Ochoa; Lico, Solsona, Marín; Pepín, Lamata y José María. Ellos también tienen una enorme prima: la propia del club (entonces las primas iban partido a partido, no por objetivo final, como hoy) más las del Atlético y el Barcelona, que ambicionan el título. Arbitra Franco Martínez, al que debemos que desde su aparición todos los árbitros hayan sido conocidos por los dos apellidos. Antes, bastaba con escribir Escartín, Asensi, Plaza, Gardeazábal, Zariquiegui… Salvo apellido compuesto, como Ortiz de Mendívil. Pero a Franco se le añadió el Martínez para que en la prensa no aparecieran titulares del tenor de Franco robó el partido; Franco, fatal; Pañolada contra Franco, etcétera, etcétera. Así que Franco Martínez. Y desde entonces, seguimos conociéndoles a todos por los dos apellidos.

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Di Stéfano, técnico del Valencia, confirma en Sarriá el 1-1 del Atlético-Barça. / as

En Madrid, Marcel Domingo va con: Rodri; Melo, Jayo, Ovejero, Quique; Adelardo, Irureta, Alberto; Ufarte, Gárate y Salcedo. Un equipazo, ya les dije. El Barça lo entrena el flemático Vic Buckingham y salen: Reina; Rifé, Gallego, Torres, Eladio; Marcial, Fusté, Martí Filosía; Rexach, Dueñas y Pujol. Arbitra el asturiano Medina Iglesias.

En Sarriá, el Valencia juega nervioso y prudente; el Español no tiene mucho, pero arriesga más. En Madrid se ve más de juego, pero también hay nerviosismo por ambas partes. Lo más destacable en la primera parte es la lesión de Gárate, en choque con Reina, en el 40. Sale en camilla. Tras el descanso, su puesto lo ocupará Luis. En Sarriá también hay cambio en el descanso: Granero por el agotado Marín.

La tarde sigue espesa en los dos campos, sólo sostenida por la emoción, hasta que en el 59, tras un córner botado por Rexach se producen unos rebotes y Martí Filosía, el eterno incomprendido del Barça de esos años, marca el 0-1. Aun así, el Barça no es campeón, el empate sigue en Sarriá. Pero Buckingham ya tiene lo que quería, sustituye a Dueñas por Asensi y echa el equipo atrás. Pronto llega una buena jugada de Salcedo con centro a Luis, que marca el 1-1. Júbilo en el Atético, que vuelve a tener esperanza. En eso empieza un run-rún que viene de los transistores: ¿Qué ha pasado? ¡Gol en Sarriá! ¿Gol en Sarriá? ¡De quién…! La noticia va corriendo y precisándose: gol del Español, ¡gol de Lamata! Se produce un clamor en el Calderón.

Lamata, ex del Atlético, había cabeceado a la red un centro de José María justo dos minutos después de que Luis empatara. Así que el Valencia perdía en Sarriá, pero aún es campeón siempre y cuando nadie gane el partido de Madrid. Di Stéfano fuma y mira el reloj, mira el reloj y fuma, fuma y mira el reloj. También da gritos, claro. Y hace sus cambios para ir a por el partido: Poli por Sergio, Fuertes por Pellicer después. El Valencia ataca, pero no está hecho para atacar. Hay voluntad, pero una voluntad nerviosa. No juega bien.

En el Calderón, el público se enfada con el Barça, que se mete en su campo. ¿Para qué? Hay hasta quien piensa que ha echado mal las cuentas, que les basta el empate, pero no: igualados Valencia y Barça a 43 puntos, el Valencia gana por goal average. Entonces, ¿por qué no se mueve? El Atlético ataca, pero el Barça no se mueve. Abajo, los jugadores hablan: “¡Oye, que le estamos dando el título al Valencia!”. “Ya, ¿y…?”. La situación es paradójica, pero ¿qué hacer? ¿Parar el partido, sortear a cara y cruz quién se deja meter un gol? El Calderón se inquieta, se angustia, se indigna. El gol se roza varias veces. Reina para mucho. Fuerte, rápido, valiente para tirarse a los pies… Más adelante lo fichará el Atlético. Medina Iglesias se traga el pito en un penalti de Rifé sobre Salcedo. Muy cerca del final, Irureta bombea un balón sobre Reina que bota dos o tres veces cuando cae al suelo y acaba por rozar el poste. ¡Si no me muero hoy no me muero nunca!, gritan muchos.

En Sarriá sigue el ataque desordenado del Valencia. El Español manda el balón a la grada una y otra vez, retrasa los saques propios, roba tiempo como puede. El público presiente que asiste a algo excepcional. En eso, un murmullo crece y crece, hasta hacerse clamor. ¡Ha acabado el partido en el Calderón! Di Stéfano, que no ha permitido transistor en su banquillo, se vuelve hacia los espectadores de primera fila, con los índices de las manos levantados y las cejas arqueadas, en ademán de pregunta. Le dicen que sí, que ha terminado en el Calderón 1-1. Se lo dicen con alegría, porque el Barça no será campeón y porque a Di Stéfano se le quiere allí. Aquel fue el campo en que se retiró como futbolista.

Los minutos del descuento son de gestos de simpatía entre españolistas y valencianistas. El pitido final desata el júbilo ché. Los pericos son felices: han cumplido, han ganado, cobrarán triple prima ese día y no le han dado el título al Barça, los campeones son esos jabatos con quienes han compartido las últimas dos horas. La tarde más extraña ha concluido. Di Stéfano recibe felicitaciones de todos, incluido Daucik. Vic Buckingham pone cara de póquer en la sala de prensa del Calderón, Marcel Domingo le ataca indignado, le acusa de no haber hecho nada por ganar. En el Atlético hay tanto enfado que un empleado impedirá a Reina llegar a Gárate, por cuyo estado quiere interesarse. Eso indignará a Reina.

Veinte años después, un buen atlético, Pablo Olivares (guionista de la reciente y espléndida serie de Isabel la Católica), ofreció a la productora Samarkanda un guión que dio lugar a un corto artístico y fenomenal sobre aquella tarde. Lo dirigió Antonio Conesa, que aún recuerda feliz el día de Reyes en que recibió como regalo una equipación del Atleti y un balón de reglamento. Se titula Campeones, circula por ahí. Ahora, con el 110 Aniversario, el Atlético lo ha puesto de nuevo a circular. Búsquenlo, se lo aconsejo. Merece mucho la pena. El off final emociona: “Cada dos domingos, cruzando el puente hacia el Calderón rodeado de aficionados que agitan las banderas, me acuerdo mucho de mi padre. Sobre todo cuando perdemos”.

La Cuesta de la Reina y el ‘tren botijo’

Por: | 05 de mayo de 2013

Menos conocida que otras, la rivalidad entre Málaga y Granada también ha sido tremenda, siempre que les ha tocado estar en la misma categoría. Si no ha trascendido más es precisamente por eso, porque han coincidido menos que otros. Pero ha atravesado episodios de aúpa, hasta el punto que llegó a evitarse viajar en coche de una ciudad a otra, por miedo a las emboscadas, piedra en mano, de los hinchas rivales. En la Cuesta de la Reina, larguísimo puerto a la salida (o entrada) de Málaga, hoy salvable con una moderna autovía. O en el paso a nivel de la Chana, a la salida (o entrada) de Granada de la carretera de Málaga.

Pura antropología, como las demás rivalidades. Málaga, más grande, desarrollada, rica y cosmopolita, se sintió durante años sometida a Granada, la capital administrativa de Andalucía Oriental. Allí estaban la Capitanía General, el Arzobispado, la Universidad… Allí tenían que ir los malagueños para trámites de cualquier tipo, allí les sorteaban para la mili… Y, por supuesto, para estudiar carrera. Para los malagueños, Granada era un engorro; para los granadinos, Málaga era una ciudad rica y snob, sin el rango y empaque de la suya. Los grandes conflictos datan incluso de antes de la existencia del Málaga, cuando el fútbol de esta ciudad lo defendía el Malacitano. De ese tiempo se recuerda el mordisco del feroz defensa Chale (padre y abuelo de jugadores estimables, ambos conocidos por el apellido familiar, Iznata) al extremo Marín, del Granada, que antes había jugado en Atlético y en el Madrid.

En la temporada 48-49 ambos equipos estaban en Segunda, pero con aspiraciones de Primera. Subían dos, de forma directa. En la primera vuelta juegan en Granada, en la octava jornada. El Málaga llega líder, con seis partidos ganados, uno empatado y uno perdido, 28 goles a favor y siete en contra. Pero el domingo del partido, 31 de octubre, es la fecha de la entonces importantísima procesión de la Nuestra Señora de las Angustias, Patrona de Granada, que inundaba las calles todo el día. El Arzobispo entendió que ambos sucesos eran incompatibles y aconsejó el traslado del partido. En Málaga, dado que el Arzobispado correspondía a Granada (y de él dependían los obispados de Guadix, Almería, Jaén y Málaga) sentó mal la iniciativa. Al final el partido se trasladó al lunes, 1 de noviembre, también festivo. Muchos malagueños lo tomaron mal, hasta el punto de que el propio Obispado de Málaga fletó un tren para que fueran los aficionados, a fin de que la imagen de la Santa Madre Iglesia no saliera perjudicada por la polémica.

El tren especial era frecuente en esos partidos. Se le llamó el tren botijo y llegó a enganchar vagones de ganado, para trasladar más gente. El viaje en coche, por la Cuesta de la Reina (20 kilómetros de curvas cerradas en bajada o subida que llevaban una hora), era penoso. El trazado antiguo aún puede recorrerse. Con los coches de la época exigía casi tres horas. En autocar, tres y media.

Los Cármenes revienta, con gran asistencia de malagueños. Gana el Granada un partido bronco resuelto con un gol de Morales. En el semáforo de la Chana, en la salida de la ciudad, hay pedradas a los coches que regresan a Málaga. En la segunda vuelta llega la venganza: el Málaga gana cinco a cero y los granadinos que se atreven a ir en coche o autocar son esperados en emboscadas en las curvas de La Cuesta de la Reina, a la ida o a la vuelta y generosamente apedreados. Ese 5-0 será decisivo, porque la Liga va a acabar con triple empate en cabeza entre Real Sociedad, Málaga y Granada. Los tres con dos victorias en casa y dos derrotas fuera en los enfrentamientos directos. Así que el orden lo decide el goal average y ese 5-0 hará al Málaga segundo y le permitirá subir a la Primera División por primera vez en su historia. ¡Y a costa del Granada!

COCHE
Chiste de Miranda que celebra el ascenso del Granada a costa del Málaga./ AS

La gran revancha tuvo que esperar 15 años. En la 65-66, el Málaga, en Primera, termina en puesto de promoción; el Granada es segundo del Grupo Sur de Segunda, promociona para ascender. El sorteo los empareja. La ida será en Los Cármenes, el 15 de mayo de 1966. El Málaga se siente superior. Ha caído en el puesto de promoción por pérdida en el goal average frente al Español, que le precede en la tabla, pero se siente seguro de su equipo, en el que hay nombres destacados como Garay, Ben Barek, Chuzo, Aragón, Pepillo o Ribes. Algunos muy veteranos, también es verdad. Pero el Granada tiene una plantilla mucho más modesta y en Málaga hay tal optimismo que por primera y no sé si única ocasión en la historia, en un campo de fútbol hay más partidarios del equipo visitante que del local. Muchos granadinos se han retraído, temerosos de la derrota. Y por el alto precio de las entradas, con lo que en Málaga se acrecienta la fama de tacaños con que ya cargaban los granadinos.

(Todavía no hace mucho me contaron en Málaga un chiste sobre el tema: “Un granadino y un catalán entran a cenar en un restaurante malagueño. Después, alargan el café sin pedir la cuenta. El camarero se impacienta y les ronda. Se van todos los clientes, se apagan las luces, pasan las horas y ellos aún siguen ahí, sin hacer ademán de pagar. Por fin, el camarero escucha: ‘M’emporta la conta, si us plau’. Al día siguiente, el titular de La Vanguardia es: ‘Un catalán asesina a un granadino ventrílocuo…”.
Minoría de granadinos, decía, en el partido, pero animosos. Uno de ellos, que dará mucho que hablar, va con un gato vestido del Granada y una bolsita de boquerones, que le va dando de uno en uno para que coma, entre gran algarada. En aquella época, los malagueños veían como un insulto que les llamaran boquerones, así que los granadinos no se referían a ellos con ninguna otra palabra. A su vez, en Málaga llamaban a los granadinos Sanitex, el nombre de una gaseosa de Motril muy barata (lo de motejarles así nació justamente en Motril), porque decían que era lo único que pedían en los bares de la playa, a los que entraban con su propio bocadillo.

El Granada, con un equipo peor pero más joven, ganó 2-1. Eso animó a su afición para el partido de vuelta, una semana después, y esta vez los trenes botijo partieron cargados desde Granada a Málaga. Viajaron 6.000 granadinos. Hubo valientes que se arriesgaron a hacer el viaje en coche y después, presumirán: “Mi 600 bajó la Cuesta de la Reina en segunda y la subió en primera”. Un chiste del célebre Miranda en la última página del Ideal del día siguiente llevará esa leyenda.

El Málaga juega muy mal esa tarde. La primera parte acaba sin goles. En el minuto 63 marca Aragón (cuyo hijo fue luego jugador destacado en el Madrid y el Zaragoza), tras rebote del balón en Tosco. Ni ese gol serena al Málaga y el Granada empata en el 70 por medio de Eloy. El Málaga, desconcertado y con sus veteranos cansados, no consigue restablecer la situación. Cuando Ruiz Alciturri pita el final, el Granada es de Primera y el Málaga de Segunda. Ha sido el último partido del gran Pepillo (el primer jugador al que vi hacer la ruleta de Zidane), finísimo delantero melillense que pasó por el Sevilla, el Madrid, el River Plate y el Mallorca, y que se retiró con ese disgusto.

Barrenechea estaba a punto de sacar una falta cuando Ruiz Alciturri señaló el final. Al oír los tres pitidos, lanza eufórico la pelota de un patadón a la grada. Allí caerá en el regazo de un hincha granadino residente en Torremolinos, de nombre Justo Sánchez, que saltará al campo, eufórico, a acompañar las celebraciones de los suyos. Nunca lo hubiera hecho: el masajista del Málaga, Dionisio Franco, le perseguirá para arrebatárselo, esgrimiendo el argumento de que era propiedad del club.
—¡Solo faltaba que después de mandarnos a Segunda nos robaran el balón!—.

El día que nació la ‘Santiaguina’

Por: | 28 de abril de 2013

De golpe, la puerta del vestuario del Prater de Viena se abrió con estrépito. En el umbral apareció la imponente figura de Santiago Bernabéu. Los jugadores del Madrid, abatidos por la tunda del primer tiempo, le miraron atemorizados.

Eran los octavos de la II Copa de Europa. El Madrid participaba en ella como campeón de la primera. El campeón de Liga había sido el Athletic de Bilbao, que eliminaría al Honved para después caer ante el Manchester, tras aquel famoso partido de la nieve. Eran los octavos de final, decía, pero era la primera eliminatoria para el Madrid que, como campeón, fue exento de los dieciseisavos. El rival, el Rapid de Viena, un equipo sólido con dos jugadores, el central Happel y el medio Hannapi, de fama mundial. Pura escuela del Danubio, donde entonces se cocía lo mejor del fútbol europeo. Happel pasaba entonces por ser el jugador con mejor pegada a balón parado del mundo. El partido de ida, en Chamartín, lo había ganado 4-2 el Madrid, en una gran tarde, de modo que viajó en cierto modo optimista a Viena.

Se juega en el Prater, a poca distancia de la noria que hizo célebre Orson Welles en El Tercer Hombre. Es el 14 de noviembre de 1956 y hace mucho frío. El Madrid se entrena la noche anterior con luz artificial, que le es extraña. Entonces, ningún campo español tiene luz artificial, aunque ya hay proyecto para iluminar el Bernabéu, cosa que se hará esa primavera. Pero para entonces el Madrid no está habituado ella. Ha jugado así la final del Parque de los Príncipes del año anterior, los partidos de Caracas en la Pequeña Copa del Mundo, algún amistoso… El Madrid ha viajado con tres bajas sensibles: Rial, que está pasando una grave y larga lesión; Santisteban, el flamante pero frágil medio que ha arrinconado a Muñoz, y Marquitos, con una lesión que los médicos no encuentran y que la afición recela si no tendrá que ver con su demanda de mejora económica. En definitiva, al Prater saltan: Alonso; Atienza, Oliva, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Joseíto, Kopa, Di Stéfano, Marsal y Gento.

El partido empieza con un Rapid volcado y agresivo. En el minuto cuatro se produce una escena espantosa: un plantillazo a la altura de la rodilla del delantero centro, Dienst, le abre una herida tremenda al central Oliva. Sangra una barbaridad, el hueso queda a la vista. Le tienen que retirar. Él pide que le venden y salir, pero es implanteable. Le llevan a un hospital con cornada de pronóstico reservado. El Madrid tendrá que jugar con 10. Lesmes pasa a central, Zárraga se coloca de lateral izquierdo, Joseíto baja a la media, con Di Sféfano y Muñoz.

Inmediatamente, en el minuto cinco, Happel coloca un tremendo tiro libre desde 40 metros: 1-0. El Rapid empotra al Madrid: un tiro al larguero, una parada de Alonso, dos paradas de Alonso, tres paradas de Alonso… En una de esas, se arroja a pies de Dienst y sale con la mano muy dolorida. En realidad, con el metacarpiano fracturado. Pero entonces no se permitían los cambios; en Copa de Europa, ni el del portero por lesión. Tendrá que jugar a una mano. El Madrid es un temblor en su área: otro tiro al larguero, un balón que saca Lesmes de cabeza en la raya, otro Joseíto, Alonso parando o despejando a una mano… Milagrosamente, en el minuto 35 aún no ha habido más goles. Es entonces cuando Joseíto corta un balón con la mano, pensando, equivocado, que tras él no estaba Alonso, que sí estaba. Penalti. Happel lanza violentamente, por el centro, un tiro de esos que si alcanzan al portero lo revientan. 2-0. Cinco minutos después, golpe franco contra el Madrid, a unos 10 metros del área. Otra vez el terrible cañonazo de Happel, que toca en la cabeza de Muñoz y se cuela. 3-0.

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El meta madridista Alonso despeja con la mano izquierda, tras lesionarse la derecha, ante el Rapid. / AS

El Madrid se retira al vestuario eliminado y amilanado. Ahí se enteran de que Oliva ha sido trasladado al hospital, lo que no levanta el ánimo. Son 10, nueve y medio, ateridos de frío, eliminados, acobardados, barridos. De golpe se abrió la puerta del vestuario y apareció la figura imponente de Bernabéu. Y empezó a gritar, mientras daba golpes en la puerta con su sombrero, sostenido por la mano izquierda a la altura de la cadera. Sus palabras atronaban en la pequeña sala:

—¡Mujerzuelas! ¿Qué hacen ustedes ahí, lloriqueando? ¡Me da vergüenza verles, pero más vergüenza me ha dado verles ahí fuera! ¿Saben cuántos trabajadores españoles hay ahí, saben que algunos han venido de lejos, saben que mañana se van a burlar de ellos, saben los sacrificios que hace esa gente para mandar a España las divisas? ¡Son ustedes indignos de todo eso! ¡Mujerzuelas!—

Zárraga, capitán, se ve obligado a tomar la palabra por todos:

—Don Santiago… No creo que sea justo… Estamos haciendo lo que podemos…—
—¡Tú cállate, que esto no va por ti!—

Y reemprendió la filípica en los mismos términos:

—¡Y si les queda algo de vergüenza, salgan ahí y compórtense como hombres!—

Y se fue, pegando un portazo que casi descuadra la puerta.

Hablan. Se reorganizan. Y el Madrid sale de otra forma. Joseíto se coloca de lateral izquierdo, Zárraga vuelve a la media, donde se hace cargo del interior Riegler, que les estaba volviendo locos. Di Stéfano, aturdido todo el primer tiempo, toma el control del partido. Al tiempo, el Rapid, respaldado en su 3-0, se toma las cosas con más calma. El partido es equilibrado. En el minuto 60, un centro de Kopa al área es disputado de cabeza por Marsal y Happel, el balón sale rebotado hacia arriba y Di Stéfano llega embalado, grita a Marsal ¡apartaaaa!, gira, salta y empalma una chilena impecable. 3-1.

El Rapid trata de rehacer la tormenta, pero ya no es lo mismo. El Madrid está más organizado y ha recobrado el valor. Di Stéfano, dueño de la situación, sabe enfriar el partido, combinando con un Kopa reactivado. Aún así, hay otros tres golpes francos de Happel que ponen los pelos de punta. Pero todo queda en el 3-1. No hay valor preferente de los goles fuera, así que habrá un desempate.
Al final del partido aparece otra vez Bernabéu en la caseta:

—Retiro todo lo que dije antes. Son ustedes unos tíos—.

El desempate fue en Madrid por otra maniobra hábil de Bernabéu, ejecutada por Saporta. El Madrid propuso París o Ginebra; el Rapid, Bruselas o Ámsterdam. Durante siete horas no hubo acuerdo. Entonces el Madrid propuso que o en Viena o en Madrid. Pero que si era en Madrid ofrecía el 60 % de la taquilla al rival, descontados gastos de propaganda, billetaje y estancia. El Bernabéu tenía una capacidad muy superior al Prater y la oferta era tentadora. El Rapid aceptó. El desempate lo ganó el Madrid 2-0. Otro partido de aúpa.

La vida siguió. Alonso no pudo volver hasta el día de Reyes. Oliva, con 12 puntos de sutura en la rodilla, devolvió el puesto a Marquitos, que se curó de golpe. Y el Madrid ganó esa segunda Copa de Europa. Y luego la tercera, la cuarta y la quinta, en una serie todavía inigualada. Nunca más, en tan largo ciclo, estuvo tan cerca de la eliminación como aquella noche en Viena.

Aquel fue el día en que nació la Santiaguina.

El NO-DO no quería jaleos

Por: | 21 de abril de 2013

El domingo 22 de abril de 1951 Sevilla era un hervidero. En plena Feria de Abril, el mismo día que en La Maestranza iban a torear Litri, Julio Aparicio y Manolo González, se decidía en el viejo campo de Nervión el título de Liga entre el Sevilla y el Atlético de Madrid. Era la última jornada de la Liga más larga de las jugadas hasta entonces, la primera con 16 equipos. El campeonato se iba a resolver por fin, tras un mano a mano apasionante entre el Sevilla y el Atlético, que durante toda la segunda vuelta se habían alternado en el primer puesto. El Atlético llegaba con dos puntos más. Le bastaba empatar. Pero si ganaba el Sevilla, sería campeón por goal average.

El Sevilla se concentra desde el lunes en Aracena, para huir de la Feria. El Atlético viaja el miércoles y dormirá en Carmona. Lo entrena Helenio Herrera, el Mourinho de la época. Con diferencia, el mejor entrenador, pero también el más polémico. Y gran manejador de las tensiones. Se pasa la semana diciendo que el Atlético ganará seguro.

Por una vez en plena Feria, en Sevilla se habla más de fútbol que de toros. Es un tiempo, además, en el que el Betis malvive en Tercera y todo el plano lo acaparan los blancos. Se llega a ofrecer un palco de la Maestranza, de seis localidades, para sábado y domingo, por dos tribunas para el partido.

El encuentro está fijado para las cinco de la tarde (la corrida ha tenido que ceder y se celebra por la mañana). Nervión revienta. Toda la mañana hay un tumulto en la calle de gente que pretende una entrada. Los que pueden, se cuelan.

Los equipos llegan al poco de pasar las tres de la tarde. En los vestuarios hay nerviosismo. El Atlético, campeón en la campaña anterior, no deja de sentirse afectado por la pasión. Entonces Helenio Herrera decide hacer una de sus jugarretas más comentadas: sale al campo media hora antes del partido, él solo (lo del calentamiento fuera no se llevaba entonces). Manos en los bolsillos, mira de un lado a otro, se pasea. Se organiza un tremendo griterío. No se inmuta. Con aire de paseante, da una vuelta al campo, aunque a una distancia prudencial de la grada, todo hay que decirlo. El estruendo de la bronca sacude la ciudad. Luego, entra en el vestuario:

—Ya podéis salir, chicos. Les he dejado roncos.

Y salen los dos equipos. El Sevilla, al que entrena una vieja leyenda del club, Guillermo Campanal, sale con Busto; Guillamón, Antúnez, Campanal II; Alconero, Enrique; Oñoro, Arza, Araujo, Doménech y Ayala. Por el Atlético: Domingo; Tinte, Aparicio, Lozano; Silva, Mújica; Estruch, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero. Arbitra Ramón Azón Romá, del Colegio Catalán.

En el minuto siete de la segunda mitad, con 1-1 en el marcador, cuando el Atlético había serenado su juego y más seguro parecía sentirse, llega la jugada de la que se hablará por años: un ataque del Sevilla muere a pies de Silva, que pretende retrasar el balón a su meta, Marcel Domingo; pero aparece Ayala como un rayo, se lo arrebata, lo persigue hasta la línea de fondo y allí centra para que Araújo marque a puerta vacía. Azón concede el gol, pero en eso observa a Lozano que está hablando con Lucas Saz, el linier del ataque del Sevilla, que ha permanecido en su sitio. Tras una consulta, decide anularlo. El linier le dice que el balón ya había salido cuando Ayala centró.

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Ayala centra el balón sobre la línea de fondo en el Sevilla-Atlético que cerró la Liga de 1951. / as

Así que 1-1. El partido sigue con nerviosismo, pasión en la grada y ocasiones por los dos lados. Campanal II (sobrino del entrenador y mítico defensa que jugó en el equipo 16 años) aún lamenta hoy un zurdazo que se le fue alto, a la salida de un córner. Todo el Sevilla acaba volcado, expuesto a contraataques, peor no hay más goles.

Al final del partido, Helenio Herrera es alzado a hombros por sus jugadores, pero la piña se tiene que disolver rápidamente cuando saltan más y más espectadores al campo con aviesas intenciones. El linier Lucas Saz es protegido por la policía en su retirada. Su cara es la imagen viva del pánico. A la salida, el autocar del Atlético será alcanzado por un ladrillo, que romperá un cristal y herirá a Estruch en la cabeza.

La queja de los sevillistas es unánime: todos afirman que el balón no había salido. “No sabía que un campeonato de Liga lo pudiese decidir un linier”, clama Araujo. Se hace hincapié en que Azón había concedido el gol y luego se había echado atrás. En este punto están de acuerdo todos los cronistas, los de Madrid y los de Sevilla. En lo que no hay acuerdo es en si el linier había levantado el banderín en la jugada o si había sido la posterior protesta de Lozano lo que le hizo invalidar la jugada. La prensa del día siguiente no presenta ninguna imagen concluyente y todo quedaba a la espera de ver si el NO-DO había captado la jugada. El NO-DO siempre ofrecía reportajes de los grandes partidos. Los resúmenes tardaban unos días en salir y eran esperados con el mayor interés por la afición, en aquel tiempo sin televisión.

El Sevilla reclamó a la Federación e hizo público un escrito durísimo dirigido a Azón, al que acusó de producirle al Sevilla “el perjuicio deportivo y moral más grande de cuantos pudo sufrir este club en sus 46 años de vida. No le extrañará, pues, que esto quede en nuestra memoria como un suceso lamentable que jamás olvidaremos”. También envía a la Federación sacas con miles de cartas-protesta de aficionados.

El sábado siguiente, día 28, la última página de Marca mostraba una secuencia de la jugada. Siete imágenes, todas con Ayala ya en la raya. La página gráfica iba acompañada de una explicación poco creíble: las fotos habrían llegado en un sobre enviado por un “espontáneo y anónimo aficionado” que habría captado las imágenes “segundo a segundo”. Pero la acción mostrada en los siete fotogramas no duraba en sí ni un segundo. Ninguna cámara de la época (el motor no apareció hasta lustros después) podría haber hecho eso. Se trataba, sin duda, de una filmación. Por otro lado, la interpretación de la jugada quedaba confiada, en el propio texto, al aficionado, al que se recomendaba el uso de la lupa. Y de verdad, es diabólico, porque cuando Ayala alcanza el balón éste no rueda por el suelo, sino que está como un palmo en alto. La sombra se proyecta algo sobre la raya, pero las sombras de Ayala, Domingo y Tinte, que aparecen en la jugada, están en leve diagonal con la raya, de modo que el balón bien podía estar fuera aunque la sombra rozara a ésta.

NO-DO apareció por fin la semana siguiente. Es el NO-DO Número 434 B (solía estrenar dos por semana) con fecha del 30-04-1951, el lunes siguiente al partido. Hay un resumen bien filmado, pero la jugada no está. A veces faltaban acciones, porque pillaban la cámara cambiando el rollo. Ese pudo ser el caso del gol válido del Sevilla, que tampoco está en el resumen. Pero viendo alguna toma del gol del Atlético, en la primera parte, en la portería Norte, se observa que el punto de filmación es el mismo de la misteriosa e imposible secuencia “del espontáneo y anónimo aficionado”. ¿Qué había pasado? Pues que en esos años NO-DO evitaba emitir las jugadas polémicas, para evitar discusiones en los cines. Pero ante la trascendencia de ésta, y dado que NO-DO y Marca dependían ambos de la Secretaría General del Movimiento, se decidió que lo más acertado sería publicar la secuencia en el diario deportivo. Y más habida cuenta de que, según quién mirara la fotografía, se podía defender que el balón había o no había salido. Y así, todos contentos y paz en los cines.

Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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