Los años del Córdoba y del Cordobés

Por: | 24 de agosto de 2014

PeticionImagenCA4F7FG7El Córdoba C.F. apareció en Primera en la 62-63, sólo ocho años después de su fundación, fusión de dos clubes locales, el RCD Córdoba y el San Álvaro. Fue un ascenso en circunstancias curiosas. Llegó a la última jornada como líder del Grupo Sur, con un punto más que el Málaga, pero con el goal average perdido. Tenía que ganar en Huelva para asegurar el ascenso. Como el Recreativo no se jugaba nada, el Málaga le primó de una forma realmente singular: le pagó cuatro días de ejercicios espirituales, en parte para asegurar su descanso y en parte para mover su conciencia a la virtud. No sirvió de mucho: el Córdoba ganó 0-4, con tres goles de Miralles, héroe del ascenso. Ese Córdoba jugó después contra el Depor de Amancio y Veloso, campeón del Grupo Norte, por el título honorífico de campeones de Segunda, y salió ganador.

Aquel era un equipo bien hecho por Olsen, exjugador del Madrid y del propio Córdoba. Futbolista en buena edad y con cierto recorrido en equipos de Primera o de lo mejor de Segunda. Bastaron los mismos más el central Mingorance, fichado del Granada, para mantenerse en Primera con serenidad en la temporada de su presentación. Otros fichajes (Castaño, Egea…) no llegaron a hacerse sitio fijo. Eran tiempos de alineaciones de memoria: Benegas; Simonet, Mingorance, Navarro; Ricardo Costa, Martínez; Riaji, Juanín, Miralles, Paz y Homar. Riaji, marroquí, era la estrella de importación. Juanín, criado en el Betis, era el cerebro, el favorito de la afición, junto al goleador Miralles.

La última jornada de la 63-64 ocurrió una tragedia que conmocionó a toda España. Un autobús que reforzaba la línea de Pío XII al campo de fútbol, El Arcángel, cayó al Guadalquivir. Murieron 11 personas. Eran rezagados que iban al partido, que comenzaba a la hora del accidente. En la ciudad cundió el pánico, porque todo el que tenía familiares en el fútbol tuvo razones para temer. La megafonía del campo dio multitud de avisos llamando a familiares. En medio de esa confusión, el Córdoba ganó 4-0 al Levante, un gran resultado que descartaba el riesgo de la promoción, pero nadie lo celebró. Al final, el campo estaba casi vacío.

El zapatazo llegó en la temporada 64-65. Terminó quinto. En casa ganó todos los partidos menos tres que empató. Sólo encajó dos goles, uno de Di Stéfano, para el Espanyol, el otro en propia meta. Fue el curso de la irrupción de Reina, aún juvenil. Salió del Santiago, un equipo local, y su aparición, de la mano de Ignacio Eizaguirre, entrenador, glorioso portero en los cuarenta, fue estelar. Entonces se daba por sentado que los porteros necesitaban más maduración que los jugadores de campo. Un portero de 18 años era extraordinario. Se mantenía, aún, a grandes trazos, el equipo del ascenso, aunque con algunos refrescos, como el ex madridista Luis Costa, extremo de la generación de Velázquez, o el fino interior Tejada, surgido, como Reina, del Santiago. La alineación también se recitaba de memoria: Reina; Simonet, Mingorance, López; Martí, Ricardo Costa; Luis Costa, Juanín, Miralles, Tejada y Cabrera.

Eran los años del estallido de El Cordobés. Córdoba estaba de moda. Es difícil explicar a quien no lo vivió el grado de popularidad que alcanzó en esos años El Cordobés, con su leyenda del robagallinas que llegó a ser habitual de las cacerías de Franco. Revolucionario en su toreo, detestado por los aficionados clásicos, arrebataba a los grandes públicos. Le llevaba El Pipo, un genio del marketing cuando no se sabía lo que era eso. Ni juntando ahora a Nadal, Gasol, Alonso, Márquez, Casillas, Iniesta y los mejores toreros del momento se construiría una montaña de popularidad como la que levantó él. Fuera de España fue tan célebre como aquí. El libro O llevarás luto por mí, de Lapierre y Collins, fue best seller mundial. Aún recuerdo que el día de su presentación en Madrid, en mayo de 1964, en mi colegio nos dieron suelta una hora antes para que se pudiera ver la corrida por televisión.

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El Cordobés fue gran hincha del equipo. En lo posible, no fallaba a un partido. Siempre invitado al palco, repartiendo abrazos efusivos en cada gol o puñetazos simulados si el gol era en contra. Muchos jueves participaba en el entrenamiento. Los jueves siempre había partidillo. Como las plantillas eran cortas, se completaban dos equipos con algún juvenil, algún ex, el segundo entrenador… El Cordobés, un apasionado, acudía mucho, aprovechando que la temporada de fútbol va a contrapié con la de toros. Miralles, con el que me vi hace poco en su Xàtiva natal, recuerda aquello con simpatía: “Se apañaba. Jugaba de medio, iba y venía, corría sin parar. Siempre estaba donde el balón. Con él en los pies era otra cosa, claro. Pero tenía un entusiasmo…”.

Ese entusiasmo le llevó tiempo más tarde a proponer una extravagancia: su propio fichaje, sólo que poniendo el dinero él. Eso fue ya a finales de la 67-68. Al cabo de cinco años en Primera, el Córdoba empezó a sufrir el peso de los sueldos que en la categoría debía pagar. Y fue traspasando jugadores. Mingorance y Miralles, al Espanyol, Tejada al Madrid, Reina al Barça. Ricardo Costa se mató en accidente de tráfico, lo que fue un impacto tremendo. Empezaron los apuros.

Fue entonces cuando, en marzo de 1968, El Cordobés lanzó su ofrecimiento. Era muy amigo del entrenador, Marcel Domingo, y entre bromas y veras, entre que este no supo decirle que no o le pareció bien probar, urdieron la propuesta: El Cordobés pagaba un millón de pesetas a cambio de jugar tres partidos. Aspiraba, por así decir, a una triple oportunidad. El escrito, tal como fue enviado al club y apareció en la prensa, fue este:

“Yo, Manuel Benítez, El Cordobés, me comprometo a fichar y a jugar a las órdenes de don Marcel Domingo, entrenador del Córdoba C.F., siempre que lo considere oportuno. Bajo las condiciones que yo, Manuel Benítez Pérez, manifieste. Pongo a disposición del Córdoba C.F. que Marcel Domingo entrena la cantidad de un millón de pesetas a fondo perdido siempre que me den tres partidos a jugar de oportunidad, en las temporadas que yo indique. En la temporada 67-68 jugaré un partido, pero si el entrenador señor Domingo lo considera oportuno jugaré los dos restantes. En caso contrario me comprometo en jugar los dos partidos en los ocho primeros de la Liga 68-69. Manuel Benítez Pérez, al final de los tres partidos queda libre de todo compromiso con dicho club, perdiendo el mismo todos los derechos de opción y retención de cualquier clase sobre el jugador”. Firman él, Marcel Domingo y tres testigos.

El club no accedió, claro. Marcel Domingo, el complotado, ni siquiera acabó la temporada. Le sustituyó Argila, que consiguió mantener al equipo tras el susto de una promoción con el Calvo Sotelo. En la 68-69 ya bajó el Córdoba. Kubala sustituyó a Argila en diciembre. No pudo salvar al equipo, pero sacó buenos jóvenes. Quedó bien. De ahí saltó a seleccionador. Aún volvería, fugazmente, en la 71-72. Era ya el Córdoba de Manolín Cuesta. Nada más subir, Verdugo fue traspasado al Madrid, por ocho millones y las cesiones de Fermín y Del Bosque. El equipo llevaba ya semanas descendido cuando en la penúltima jornada recibió al Barça, que se jugaba la Liga. Traía de portero a Reina. Ganó el Córdoba, 1-0, gol de penalti del madridista Fermín. El Madrid ganó esa Liga y cada jugador del Córdoba recibió 100.000 pesetas. Varios se compraron un piso con esa prima.

El Córdoba no ha estado muchas temporadas en Primera, pero fueron sonadas. Ahora vuelve, a los 43 años. Es un gusto reencontrarle.

18 de julio: paga y Tour de Bahamontes

Por: | 27 de julio de 2014

En una fecha imprecisa del invierno 58-59, Bahamontes invitó a Coppi a una partida de caza con galgos en la finca La Solana, en Toledo. Madrugaron, disfrutaron de los galgos, almorzaron migas, siguieron disfrutando de los galgos, de perfil aerodinámico tan parecido a Coppi. A las tres de la tarde comieron un cocido.

Y Coppi le hizo la propuesta: que fichara por el equipo que estaba creando, el Tricofilina-Coppi. Tricofilina era una brillantina para el pelo. Podría llevar a sus dos gregarios favoritos, Herrero Berrendero y Julio San Emeterio. Y le dijo:

—Tú puedes ganar este Tour. Déjate de la montaña, puedes ganar el Tour. Si corres con atención en el llano no llegarás a la montaña con una hora perdida. Si lo intentas, puedes estar más arriba en la contrarreloj. Tienes piernas para ganar el Tour.

Bahamontes nunca se lo había planteado. Sólo corría por la Montaña, en la que arrasaba. Eran célebres sus chaladuras, que la leyenda agrandaba. Escapadas míticas, helado en la cima, caprichos como querer pasar el primero todos los puertos de los Pirineos, derrumbes inesperados, abandonos inexplicables...

Un individualista incorregible. Pero el mejor escalador que haya dado la historia.

Acababa de cumplir los 30 años y le idea le caló: ¡ganar el Tour!

La siguiente escena es el 22 de junio, en Madrid, en Barquillo, 42, sede de la Federación. La víspera ha sido el campeonato de España contrarreloj, 100 kilómetros, Madrid-Madrid, pasando por El Escorial y Guadarrama. El Tour se va a correr por equipos nacionales y Dalmacio Langarica es el seleccionador. Antonio Suárez había ganado la prueba de la víspera. Ese mismo año había ganado la Vuelta a España. Bahamontes, que en la Vuelta había tenido que abandonar por un ántrax, había sido segundo. Estaba en forma. Langarica da la selección. Están los dos, claro. Y Loroño, la otra gran figura del momento, que ha sido el sexto en la prueba de la víspera. Él y Bahamontes son enemigos acérrimos y sus huestes de partidarios, más aún. Loroño, vizcaíno formal, carece del encanto de Bahamontes y de su extraordinaria clase, pero es duro y fiable. Al final de la lista, Langarica hace un anuncio y se lía:

—Suárez y Bahamontes van como jefes de fila.

Loroño se enfada. Dice que él no es gregario de nadie. "Pues si no aceptas, no vienes". "Pues no acepto". Se va, baja a la calle, donde tiene varios admiradores que ya se olían algo. Algunos suben, uno se encara con Langarica, hay una escena, empujones, un puñetazo. Loroño se queda sin ir al Tour y le cae una sanción de dos meses.

Bahamontes tour

Se arranca de Mulhouse, hacia el norte, y se recorre Francia en sentido inverso a las agujas del reloj. Nueve etapas llanas más una contrarreloj antes de los Pirineos. Bahamontes cumple, rueda arriba, no se despista en ningún corte, ni en el pavés. Hay un pequeño rifirrafe en la tercera etapa, cuando Suárez se escapa cerca del final y Bahamontes salta a por él. Hay bronca en la meta. Langarica templa gaitas.

En la contrarreloj, quinta etapa, Bahamontes sale bien librado gracias a una gambada de la organización de la que sabe favorecerse. Él era el 13º en la general, Anquetil el 31º. Sin embargo, se dispone que Anquetil salga justo dos minutos después "para dar espectacularidad". Se buscaba la foto del normando, ganador del Tour de 1957, pasando a Bahamontes como un avión. Pero este actúa con su proverbial astucia. Hace la primera mitad sin entregarse y cuando Anquetil le alcanza, se coloca en paralelo con él (detrás está obviamente prohibido) y le aguanta, pedaleando siempre a su lado. Incluso le esprinta en la llegada y le gana. Total, limita la pérdida ante Anquetil a dos minutos. Y, muy importante, ha hecho mejor tiempo que Antonio Suárez. Cuando se llega a los Pirineos está a 6m7s del líder, Pauwels. Y un par de puestos por delante de Charly Gaul, luxemburgués, ganador de 1958, otro terrible escalador. Con frío, Gaul era imbatible. Con calor, no tanto. Y se anuncia calor en Los Pirineos.

Se espera una traca de Bahamontes, del tipo que sea: escapada heroica o espantá clamorosa. Pero no hay tal. Corre con cabeza, atento sólo a los grandes. Permite escapadas de gente sin valor en la general. No gana ninguna etapa. Entra en los Pirineos el 17º, sale 9º y líder de la Montaña, pero hay decepción. Se esperaba otra cosa. "Bahamontes ya no arriesga, ya no es Bahamontes", era la conclusión.

El miércoles 8 de julio, transición entre Pirineos y Macizo Central, Albi-Aurillac, dos puertos de tercera y uno de segunda. El equipo francés estaba dando el cante, con sus cuatro grandes (Bobet, Geminiani, Anquetil y Rivière) desunidos y vigilándose. ¡El mejor francés estaba siendo el regional Anglade, del equipo Centro-Sudoeste! En esta jornada, los astros franceses desencadenan una ofensiva a la que se suma Bahamontes. La víctima es Gaul, que en un mal día pierde más de veinte minutos. Bahamontes entra tercero, junto a Anglade y Anquetil. A los demás favoritos les ha ganado tiempo. Entre los que llegan fuera de control está medio equipo español, incluido Antonio Suárez.

El viernes 10 es su gran día: cronoescalada al Puy de Dôme. 12,5 kilómetros. Bahamontes los revienta a todos: 1m26s a Gaul, 3m00s a Anglade, 3m37s a Rivière, 3m44s a Anquetil... En la clasificación general queda segundo, a sólo 4s de Hoevenaers, un belga instalado ahí por una de tantas escapadas consentidas.

En los Alpes se anuncia frío, lluvia y ataques franceses. Por fortuna, Gaul está a 23m17s en la general. Camino de Grenoble, él y Bahamontes pactan. Se van solos, Bahamontes le cede la etapa a cambio de ayuda para hacer hueco en la general. Es la estocada definitiva: coge el maillot, distancia a todos a más de cuatro minutos. Anquetil y Rivière atacan furiosos los días siguientes, pero a por quien en realidad van es a por Anglade, el del equipo regional, que les precede, lo que les resulta humillante. Bahamontes pasa algunos apuros en las bajadas, pero sale indemne. Queda una contrarreloj, el penúltimo día, Dijon-Dijon, de 69,1 kilómetros, pero Anquetil está a 9m16s y Rivière a 11m36s. Bahamontes rueda cómodo, controlando. Cede 6m17s frente al ganador, Rivière, y sólo 1m50s frente a Anglade, al que deja a 4m01s en la general.

Así llegarán a París, el día siguiente, tras una cabalgada de 331 kilómetros que dura casi 10 horas. Siempre desconfiado, ha metido la bici en la habitación la noche anterior, para que no le hagan ninguna jugarreta. Llega al Parque de los Príncipes con el grupo y le entrega el ramo a Fermina, su adorada esposa, por la que cada año intentaba ganar la etapa del 7 de julio. En su honor, la organización ha vestido a las azafatas de lagarteranas. Bahamontes ha ganado el Tour y también la Montaña, su Montaña. El público le aplaude a rabiar, tanto como pita a Anquetil y Rivière, que visiblemente le han hecho la guerra a Anglade. En España mucha gente se coloca una tira amarilla en la solapa, algunos hasta una corbata. En Toledo se ve mucho pañuelo amarillo al cuello, al estilo del rojo en Pamplona en San Fermín.

Es 18 de julio, fecha muy esperada entonces, no tanto por el aniversario del Glorioso Alzamiento Nacional como porque ese día se daba la paga de verano. Esta vez, la paga venía con extra: Bahamontes había ganado el Tour. Hasta se le compuso un pasodoble, con letra de Alfredo Rueda, corresponsal del diario Marca en Barcelona.

A Langarica, vizcaíno como Loroño, aquello le costó muchos amigos en Bilbao. A su mujer le insultaron en el mercado, a él le rompieron el escaparate de su tienda. Pero había acertado. La Federación se sintió magnánima e indultó a Loroño, un perdón que resultó humillante para sus partidarios. Y los de Bahamontes, dudábamos. Había ganado el Tour, sí, pero no había sido él. En ese Bahamontes tan calculador no nos reconocíamos.

La cabalgada de Loroño en los Pirineos

Por: | 20 de julio de 2014

Lorono

                                                            Jesús Loroño, en una etapa del Tour. / DIARIO AS

España se encariñó con el Tour en 1933, cuando se creó, conmemorando el trigésimo aniversario, el Gran Premio de la Montaña. Lo ganó Vicente Trueba, un cántabro tan pequeño que L’Equipe le apodó La pulga de Torrelavega. Julián Berrendero, El Negro de Ojos Azules, repitió el éxito en 1936, pero esa hazaña suya, más la del año siguiente, cuando ganó la etapa reina, Luchon-Pau, quedaron un poco en sordina por la guerra. Berrendero, además, fue mal visto en la España oficial de la posguerra porque durante el conflicto se quedó en Francia ejerciendo su oficio de ciclista. De hecho, una vez que regresó para ver a la familia fue encarcelado.
En el arranque de los cincuenta, España se iba encariñando de nuevo con la prueba, y eso que la edición de 1949 fue tan calamitosa que todo el equipo fue sancionado por tres meses y a la de 1950 ni acudimos. Pero vino a reconciliarnos con el Tour Bernardo Ruiz, el durísimo oriolano que ganó dos etapas en 1951 y fue tercero en 1952. Volvíamos a mirar al Tour con ilusión. Y sobre todo a sus cumbres, en especial a las de los Pirineos, que tan cerca nos pillan.
En esas estábamos cuando un prometedor muchacho de caserío vizcaíno, Jesús Loroño, fue incluido en el equipo nacional. Familia numerosa, huérfano de padre desde chico, loco por la bicicleta. La primera que tuvo era de aquellas de cuadro curvado hacia abajo, de mujer, para que se pudiera pedalear con faldas. Le colocaba un manillar de carreras prestado y con eso y un maillot de tela de colchón cosido por las hermanas se presentaba en las carreras. Pero sólo hacía el ridículo en la salida. En la meta quedaba bien, y pronto pudo hacerse con una bici más aparente.
Mariano Cañardo, seleccionador, le incluyó en el equipo del Tour de 1953. Para entonces ya había corrido un Giro y se había defendido relativamente bien. Fue cargado de ilusión. Fue solo, en tren a París, desde Hendaya. Allí le recibió el masajista del equipo. Juntos fueron a L’Equipe, donde le dieron la bici (entonces el Tour las ponía todas, para que no hubiera diferencia), el material, un librillo de ruta y algunas instrucciones. En seguida, tren a Estrasburgo, donde les esperaba el equipo. Se partía desde allí. Era la edición del cincuentenario del Tour.
Al llegar, Loroño tuvo dos noticias: una buena y una mala. La buena, que habían llamado de urgencia al también vizcaíno Dalmacio Langarica, en sustitución de Pérez, que no pudo acudir. Loroño se sintió feliz ante la compañía de ese paisano al que conocía bien. La mala llegó inmediatamente: Serra, Gelabert, Masip y Trobat eran los jefes de fila. Los demás (Iturat, Vidal Porcar, Victorio García, José Gil y ellos dos) estaban para ayudarles. O sea: darles la rueda si pinchaban, darles agua, colocarles en cabeza del grupo si se despistaban, tirar de ellos si se rezagaban en un corte…
A Loroño se le cayó el alma a los pies. Se sentía muy fuerte. Se lo dijo a Cañardo, pero este fue inflexible:
—Has venido aquí a ayudar.
Y ayudando estuvo las nueve primeras etapas. Así que no fue extraño que al llegarse a los Pirineos, Langarica fuera el farolillo rojo, en el puesto cien, y él, el penúltimo, nonagésimo noveno. España estaba dando el cante. Era la última por equipos. El mejor colocado era Serra, el 19º; luego iban Trobat, el 39º, Gelabert, el 59º, Masip, el 54º, Vidal Porcar el 91º, Iturat el 94º… García y Gil habían abandonado la carrera. La décima etapa era Pau-Cauterets. Se pasaba el Aubisque, por el lado duro, luego el Soulor, corto por ese lado, pero de durísimas rampas, y se llegaba arriba, en Cauterets. Cien kilómetros justos. Loroño llevaba mirando y remirando ese perfil en el librillo de ruta desde que se lo dieron en París. Fue un caso de flechazo a primera vista. Le roía un deseo de enamorado, de conocerla, acariciarla, abrazarla, recorrerla, conquistarla.
La noche anterior, Cañardo , que le veía raro, le preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Estás pensando en atacar mañana?
—Bueno… No sé… A ver qué pasa…
Cañardo no le dijo nada, lo que él tomó como un consentimiento tácito. De modo que cuando empezó la etapa decidió pedalear arriba del pelotón, atento a todo. Pronto escapó Darrigade, tras el que mandaron sendos gregarios Magni y Koblet, de nombres Drei y Huber respectivamente. Alcanzaron a Darrigade y se consolidó una escapada de tres. En el kilómetro treinta, cuando el trío había pasado, se cerró el paso a nivel del tren a la llegada del pelotón. Loroño, que iba por delante, vio la ocasión: aceleró como un loco, pasó arriesgando la vida y se quedó solo, en persecución de los escapados. Metió la cabeza entre los hombres y arreó, arreó…
Les dio caza en el arranque del Aubisque. Les fue dejando atrás. En eso apareció el jeep de Cañardo, que había conseguido llegar a su altura. Loroño se temió lo peor, pero llegó lo mejor: “¡Bravo, Jesús, bravo! ¡Dale, dale, que llegas!”.
Coronó en cabeza el Aubisque, lo descendió temerariamente, aumentó la ventaja en el Soulor, llegó solo a Cauterets, a 5m 56s del segundo, Jean Robic. Entre sus derrotados de la jornada estaban nombres tan ilustres como Magni, Bobet, Bauvin o Bartali. Pero sobre todo Hugo Koblet.
Hugo Koblet, el Bello Hugo, el suizo de ojos verdes que se peinaba al llegar a la meta para salir mejor en las fotos, era el gran favorito de la carrera. También había apuntado esa etapa en rojo. Dejó al pelotón subiendo el Aubisque y en el descenso se cayó cuando intentaba mantener el hueco con los otros favoritos. Aquí lo tradujimos porque se había caído persiguiendo a Loroño, que, bien mirado, poco podía preocuparle, tan distanciado como estaba en la general.
Todo resultó legendario: la rebelión del doméstico, el audaz salto del paso a nivel, la cabalgada en solitario, el descenso a tumba abierta, la caída de Koblet cuando le perseguía, otra caída en esos barrancos de Buchaille, que tuvo que ser rescatado con cuerdas, el cincuenta aniversario del Tour, los cien kilómetros exactos... Los Pirineos.
Hasta las cantidades ganadas por él y por el equipo ese día, de las que se dio cuenta con precisión: 100.000 francos por ganar la etapa, 100.000 por ser el más combativo, 50.000 por coronar el primero el Aubisque, más 100.000 para el equipo, que ganó la clasificación de ese día. ¿Cuánto sería eso en pesetas? ¿Tanto se podía ganar en tres horas y cuarto? Sí, pero sólo si eras como Loroño.
“¡Nos has salvado, Jesús, nos has salvado!”, le gritaba Cañardo alborozado en la meta. El Tour de los españoles, que iba para hecatombe, se había convertido de repente en un suceso que emocionó al país. Loroño lo acabó el quincuagésimo, pero ganó el Gran Premio de la Montaña. En París le recibiría el embajador, el Conde de Casas Rojas, que conseguiría del Tour que le regalara la bici prestada.
Nunca volvería ser doméstico, claro. Bahamontes le arrebataría pronto el papel de gran galán de las cumbres del Tour, tras una rivalidad que dividió a España. A la larga ganó con claridad Bahamontes. Pero aquella proeza en los Pirineos colocó para siempre a Jesús Loroño en el santoral de nuestro ciclismo.

Di Stéfano y Pelé, frente a frente

Por: | 13 de julio de 2014

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Di Stéfano y Pelé, en el partido homenaje a Miguel Muñoz en el Bernabéu, en 1959. diario as

Sólo una vez jugaron frente a frente Di Stéfano y Pelé. Fue el miércoles 17 de junio de 1959, en el Bernabéu. Homenaje a Miguel Muñoz. Ganó el Madrid, 5-3. Di Stéfano no marcó, Pelé hizo un gol y tuvo una intervención muy directa en los otros dos. Antes del partido, se retrataron juntos. Ya empezaba a discutirse sobre cuál de los dos era el mejor del mundo. Pelé tenía 18 años; Di Stéfano, 32. A Pelé siempre le pesó perder ese partido.

Era, decía, el homenaje a Miguel Muñoz, retirado un año antes y que no mucho más tarde sería nombrado entrenador del Madrid, puesto en el que estaría 13 años. La elección del Santos fue un acierto, creó enorme expectación. Pelé había estallado en el Mundial de 1958, justo un año antes, en Suecia, donde Brasil ganó su primer título. Aún tenía 17 años cuando alcanzó fama mundial en dos semanas. La Perla Negra, se le llamó. La aparición del Santos en Madrid, en el Hotel Alexandra, provocó revuelo.

La prensa informó de que en el campeonato paulista de 1958, Pelé había marcado 62 goles en 35 partidos. Ahora venía de una larga gira por Europa, en la que en 13 partidos había marcado 14 goles. Pero ese Santos, que había ganado 11 de los 13 partidos de la gira, no era sólo Pelé. Está apareciendo un tal Coutinho, que había cumplido 16 años dos días antes de aterrizar en Madrid, y de quien algunos dicen que llegará a ser mejor que el propio Pelé. Está Pagao, la mejor cabeza de Brasil. Está el extremo Pepe, a quien equivocadamente los niños de la época llamábamos Pepé e imaginábamos más negro que el propio Pelé. Pero era Pepe, José Macías, hijo de valencianos emigrados, y aún sostienen cuantos le vieron que poseyó el disparo más potente de la historia del fútbol. Y está Zito, el cerebral medio que daba reposo y sentido al juego de la Brasil campeona del mundo.

En los tres últimos partidos, en Hamburgo (0-6), Hannover (1-7) y Enschede (0-5), este Santos ha acumulado un 1-18 en un hipotético marcador agregado. Impresionante.

Le acompañan tres radios, Bandeirantes, Maua y Panamerican, y varios representantes de prensa escrita.

Para Brasil también es todo un acontecimiento. El Madrid acaba de levantar su cuarta Copa de Europa consecutiva, es el cénit del fútbol europeo. Brasil es la campeona del mundo, el Santos, su mejor equipo, Pelé, su gran joya. A un lado y otro del Atlántico apetece la comparación. En Brasil se recela. Se escribe que se invitó al Madrid a jugar contra Brasil, y que rehusó. Y que a una oferta del Flamengo para jugar en Río respondió pidiendo 20.000 dólares, lo que allí se tradujo por una negativa encubierta. El Madrid tiene miedo a venir aquí, era la conclusión. El Madrid explica que no tenía fechas, que las tenía comprometidas. Un poco al humo de esa polémica se concierta el partido. El Santos no teme medirse con el Madrid en su campo, era la conclusión en Brasil. Al mismo tiempo hay miedo de que el Madrid aproveche para fichar a Pelé. Ya existe el rumor de que tiene atado a Didí, del Botafogo, que ocupa el otro interior en la selección campeona del mundo. Pelé será entrevistado al respecto en Marca. Dirá que es profesional, que irá donde más le paguen, siempre que puedan ir con él sus padres, sus hermanos, su abuela y un tío que vive con ellos. Pero que pregunten a su padre. Pero su padre (exfutbolista, con el apodo de Dondinho) no ha venido.

La víspera, los dos equipos acuden, también en el Bernabéu, al desempate de semifinales de Copa, en el que el Granada, pendiente de los agobios de la promoción para mantenerse en Primera, vence sorprendentemente al Valencia, 3-1. El Granada, pues, será finalista de la Copa del Generalísimo. Ante el Barcelona, que a su vez ha eliminado al Madrid en semifinales.

Eso, el martes. El miércoles, a las 20.30 y organizado por la Asociación de la Prensa, se juega el gran partido. En el Madrid hay dos estrellas invitadas. Una es el extremo bilbaíno Gaínza, que ese año deja el fútbol. Se aprovecha el partido para que el público madrileño, que le admiró muchísimo, le tribute un último aplauso. Gento le cederá la banda izquierda. Además estará el joven Del Sol, el Di Stéfano del Betis. El Madrid anda tras él, y le fichará antes de que pase un año. Con eso, el Madrid, que juega de morado, cediendo el blanco al Santos, sale así: Berasaluce; Marquitos, Santamaría, Casado; Santisteban, Ruiz; Gento, Mateos, Di Stéfano, Del Sol y Gaínza.

En el segundo tiempo, retirado Gaínza, Gento pasa a la izquierda y deja su plaza a Gento II. También entrarán Atienza por Marquitos y Puskas por Mateos.

El Santos, que trae un preparador español, Luis Alonso, hijo de vigueses, juega con estos: Carlos; Getulio, Pavao, Dalmo; Ramiro, Zito; Dorval, Alvaro, Pagao, Pelé y Pepe. Mediado el primer tiempo, Pagao, resentido de una lesión, deja su puesto a Coutinho. En la segunda mitad, entra Alfonsinho por Álvaro (Ramiro y Álvaro eran hermanos. Pronto ficharán por el Atlético, donde curiosamente el que triunfó, y mucho, fue Ramiro, que venía como acoplado en la operación. Álvaro fue un fiasco).

Arbitra el holandés Horn, porque el Santos ha pedido árbitro neutral. Casi se cuelga el No hay billetes. Muñoz tendrá una gran taquilla.

En el 9’ marca Pelé de un cañonazo desde lejos. Pero al descanso ya gana el Madrid por 3-1, los tres marcados por Mateos, todos ellos a pase de Di Stéfano, que va y viene, como siempre. En el 54’ se filtra Pelé, que es objeto de penalti. Lo transforma Pepe, con su disparo potencialmente homicida. En el 57’, centro de Gento II y gol de Puskas, de cabezazo en plancha, rarísima avis. En el 67’, cañonazo de Pelé que Berasaluce repele como puede y Coutinho remacha. En el 84’, avance de Di Stéfano, que adelanta a Gento para que marque. Total, 5-3 para el Madrid. Los brasileños se quejarán luego de que a Pelé le han hecho un segundo penalti, que Horn no se atrevió a pitar.

La conclusión en Madrid fue que el Santos tenía cuatro delanteros de disparo terrible (Pepe, Pelé, Pagao y Coutinho) pero una defensa pasmosamente lenta y débil. Respecto a Pelé, que era una gran promesa, aunque muy individualista. Nada que ver con Di Stéfano. “En el Santos, el equipo jugaba para Pelé. En el Madrid, Di Stéfano jugaba para el equipo”, fue la conclusión que años después me dio Gaínza, con el que llegué a hablar de esto. En Brasil se achacó la derrota al desplome final del equipo, consecuencia de la fatiga de la gira (tres partidos por semana, con los correspondientes viajes) y seguramente había bastante razón en eso. Y la gira siguió: el día siguiente, tras ir a los toros, el Santos fue al Teresa Herrera. Y luego a Barcelona. Y luego, y luego y luego…

Pelé aún lamentaba hace 10 años, cuando hablé con él de esto, que ese partido no tuviera revancha. “La gira era agotadora”, insistía. Francamente, sentí que su melancolía no era personal, sino por el Santos. Le dolía que el único enfrentamiento entre el Santos y el Madrid lo hubiesen perdido los suyos.

Bernabéu visitó al equipo en el hotel Alexandra, la víspera. Él mismo me dijo que fue con la intención de hablar del fichaje de Pelé para el Madrid, pero no se decidió: “Le vi tan niño que me pareció una grosería hacer una oferta. Lo dejé para más adelante, y más adelante fue imposible”. Optó por rematar la operación Didí, que fue un fracaso.

Di Stéfano y Pelé, pues, no jugaron nunca juntos. Y sólo una vez frente a frente. Pelé marcó, Di Stéfano, no. Pero ganó el Madrid.

Aquel golpe franco al Milan

Por: | 08 de julio de 2014

ARTICULO RELAÑO
Di Stéfano bate a Barluzzi en un Madrid-Milan de la Copa de Europa 63-64.

Alcancé a ver a Di Stéfano por los pelos. Mi primera temporada de asistencia asidua al Bernabéu fue la 62-63, la penúltima de él en el Madrid. Camino del fútbol, mi hermano, que me saca siete años y había disfrutado ya lo mejor de aquel Madrid legendario, me hablaba y no paraba. Para ser sinceros, y un poco por ponerme frente a mi hermano, yo me hice de Amancio, que apareció justo esa temporada, regateaba como un diablo y alegraba el ritmo académico y pausado de aquel equipo señorial. Di Stéfano me pareció venerable, como Puskas y Santamaría, pero mi jugador era Amancio. Ni mi hermano me podía convencer.

Así fue hasta el siguiente año. El Madrid estaba, una vez más, en la Copa de Europa. Una eliminatoria tremenda le cruzó con el Milan, en cuartos de final. El Milan traía leyenda: era el campeón de Europa, tras batir en la anterior final al Benfica, que a su vez había ganado las dos finales anteriores al Barça y al Madrid. En ese Milan venía Amarildo, un brasileño del que sabíamos que había tenido que sustituir a Pelé, por lesión, en el Mundial de 1962 y había marcado goles decisivos (entre ellos, dos a España) para que Brasil ganara aquella Copa del Mundo. Venía también Rivera, al que apodaban Il Bambino de Oro, y un líbero llamado Maldini, de enorme estampa y que representaba un avance por sí mismo, porque entonces aquí no había líbero ni sabíamos lo que era eso. El delantero centro era Altafini, autor de 14 goles en la Copa de Europa anterior. Entre ellos, los dos de la final al Benfica. La cosa se presentaba dura.

Yo tenía 13 años. Mi carnet de socio me daba derecho a ir de pie a uno de los fondos. Siempre escogía el sur. Por mi estatura, que nunca ha sido aventajada, me esmeraba por ir muy pronto y colocarme en la primera fila. El partido era a las ocho y media y a las siete, cuando se abrieron las puertas, ya estaba yo allí. Bajé corriendo y me coloqué tras la portería, como solía, un poquito en línea con el palo izquierdo. Allí esperé hora y media, emocionado.

La salida del Milan fue impactante. Con sus rayas, muchas y finas, rojas y negras. Las rayas negras (yo no había visto aún ni al Baracaldo ni al Sestao) me parecieron de una distinción elegante. Todo en ellos traslucía un cierto aire de poder, sin arrogancia. Desde luego, eran más delgados y más jóvenes que los jugadores del Madrid, donde varios avanzaban ya peligrosamente por la treintena.

Ese día entendí lo que era Di Stéfano. El Madrid empezó defendiendo la portería del Fondo Sur, que protegía Vicente, mi portero favorito porque fue, junto a Pazos, el último que llevó rodilleras. El Milan apretaba y yo veía a Di Stéfano por ahí atrás, cortando, animando, regañando, intimando, arrancando la jugada hasta el otro campo, donde casi se me perdía de vista. Amarildo, que jugó de extremo izquierdo, dominó peligrosamente a Isidro (padre de Quique Flores), al que desbordó tres veces seguidas. Di Stéfano mandó a Isidro al medio campo, se puso de lateral derecho y le cerró las tres siguientes internadas a Amarildo, la última de ellas amagando que le compraba el amague y quedándose luego la pelota en el tacón izquierdo, que retrasó. Luego, la pisó, le hizo un gesto a Amarildo y arrancó. Isidro recuperó la marca y Amarildo no se le volvió a marchar. A todo esto, en dos llegadas, Amancio y Puskas habían conseguido sendos goles, allá en lontananza, en el Fondo Norte. Al descanso el Madrid ganaba dos a cero, pero en aquella primera fila de lo que hablábamos era de Di Stéfano y de cómo le había comido la moral a Amarildo.

A todo esto, Félix Ruiz, interior navarro de ida y vuelta, se lesionó. Una entrada de Rivera le produjo una mala caída y se rompió la clavícula. No había cambios. Pero el Madrid no se afligió, esta vez pasó al ataque, todos entendimos que por decisión de Di Stéfano, que se multiplicó. Otra vez el juego estaba ante mi portería. En eso, hay una falta cerca del área del Milan, un poco en la posición del interior derecho. Ideal para Puskas, preciso lanzador de toda clase de saques a balón parado. Se perfila. Pero de repente Di Stéfano le grita, le pide que se aparte, y es el propio Di Stéfano, que estaba cinco metros más atrás el que se arranca y le pega al balón. Le pega de una forma extraña, con la derecha, pero con el exterior del pie. El balón pasa junto a la oreja derecha del primero de la barrera y luego se curva y baja hacia el hierro izquierdo de la portería, ¡justo hacía mí! El meta Barluzzi vuela, lo roza, pero se cuela. Ha sido un gol fabuloso, inédito, casi transgresor. Luego marcará Gento, a la salida de un córner, el cuarto, en fabuloso tiro cruzado. Muy al final, Lodetti dejará un 4-1 que no bastaría para el partido de vuelta.

Fue, todos lo dijeron, el último gran partido de Di Stéfano, dueño del campo y la pelota, en las malas y en las buenas. Ese mismo año dejaría el Madrid tras perder la final de esa misma Copa de Europa, ante el Inter.

Con el tiempo, tuve la suerte de poder hablar con él de aquella noche y de aquella falta. Me contó que fue una inspiración repentina y que en realidad se trató de un plagio incompleto de la folha seca de Didí.

“Didí le pegaba al balón de una forma muy personal. Yo le pregunté cómo lo hacía, pero no quería compartir el secreto. Mateos y yo anduvimos observándole un tiempo, hasta deducir lo que hacía: metía la parte exterior, los tres dedos últimos, y al entrar en contacto con el balón sacudía el pie para arriba, muy bruscamente. Con eso lograba ese efecto tan especial que hacía caer el balón como a plomo, tras superar la barrera. Una vez que entendí lo que hacía, decidí intentarlo. Pero me daba una sacudida muy fuerte por detrás del muslo. Había que tener el músculo flexible que tienen aquella gente para hacer eso. Lo olvidé. Hasta ese día. Se me ocurrió de golpe, vi el gol claro, sólo que en una versión más amortiguada, sin hacer pasar el balón exactamente por encima de la barrera, como él, sino al lado. Pero el efecto de bajar bruscamente, que es lo que mata al portero, se mantuvo. Puskas me abrazó y luego me miró, enarcando las cejas, de una manera significativa. Me sentí feliz de haberle asombrado”.

Han pasado 50 años de aquello. Pero aún puedo cerrar los ojos y ver ese balón volando, sacándole la lengua a Barluzzi y viniendo hacia mí hasta recogerse, mullidito, en la red de la portería del Fondo Sur, junto al hierro.

Sí, mi hermano tenía razón. Como Di Stéfano, ninguno.

Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

El País

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