La final de las botellas

Por: | 13 de abril de 2014

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Una de las dos semifinales de la Copa de 1968 enfrentó al Atlético de Madrid y al Barça y fue muy polémica. Del partido del Calderón salió el Atlético indignado, reclamando dos penaltis. Con todo, ganó 1-0 y viajó al de vuelta esperanzado. Allí se llegó al final con 2-1, lo que daría paso a la prórroga. Pero Rigo, el árbitro, aplicó un descuento excesivo a ojos del Atlético y Zaldúa marcó el 3-1. El Barça iba a la final. El Atlético regresó indignado y la prensa de Madrid se hizo amplio eco de ello.

Salió a relucir entonces que ambos partidos, el de ida y el de vuelta, los había arbitrado el balear Rigo. El mismo que había dirigido los dos partidos de cuartos entre el Barça y el Athletic, provocando también malestar en Bilbao. El mismo que había arbitrado once de los treinta partidos de Liga del Barça, con frecuentes quejas de los adversarios. En medio del debate se conoció la designación del propio Rigo para arbitrar la final, en la que el contendiente del Barça iba a ser… ¡el Real Madrid!
¡Para qué más! Sobre la ola de enfado de los atléticos se montó la de indignación y protesta de los madridistas, que sospechaban que Rigo era árbitro de cámara del Barça. Para más problema, entre las semifinales y la final hubo más tiempo del habitual, doce días. La final se retrasó hasta el 11 de julio por problemas de agenda de Franco. Visto con perspectiva, choca que Franco, al que tanto veíamos en el NO-DO cazando o pescando (salmones en Asturias o atunes desde el Azor) tuviera una agenda tan complicada. Pero esa vez la tuvo y la polémica se alargó.

El Madrid instó a la federación a que cambiara la designación, pero esta no quiso. En realidad, la costumbre entonces era designar a los árbitros cotejando la posición que tenían en la lista de los equipos contendientes. Tras cada partido, los dos clubes puntuaban al árbitro. Para cada partido se buscaba el mejor colocado en la suma de ambas listas. Para el Barça, Rigo era el primero y para el Madrid, el segundo. (Hasta después de esa final, claro). El primero en la del Madrid era Ortiz de Mendibil, que estaba recusado por los azulgrana desde un gol concedido también en el descuento a Veloso en un Madrid-Barça de 1966.

Ellos eran los dos grandes árbitros del momento y en caso de duda hacían lo posible por agradar al grande de turno. Así estaban arriba en sus dos listas y les arbitraban con frecuencia, lo que les daba fama y currículo. Pero cuando ambos se enfrentaban había que elegir, y… El caso es que se mantuvo a Rigo, contra las protestas del Madrid. El asunto fue comidilla durante doce días. Por su parte, en Barcelona se quejaban de que la final fuese en el Bernabéu, que la Federación defendía como “campo neutral”. No había privilegio en los precios de las entradas. Pero había el privilegio de la proximidad. Viajar desde Barcelona costaba dinero y ni había tanto ni era tan fácil ni habitual viajar como ahora. Para más inri, ese 11 de julio encontrado en la apretada agenda del Caudillo era jueves, día laborable. Para los barcelonistas era muy difícil acudir.

El Madrid llega como campeón de Liga, pero con tres bajas duplicadas. Le faltaban el lateral Calpe y su suplente, González; el interior Velázquez y su suplente, Félix Ruiz; el extremo izquierda, Gento, y su suplente, Bueno. Y además, el delantero Veloso. Muñoz recompone el equipo como puede: Betancort; Miera, Zunzunegui, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, José Luis y Miguel Pérez. A este último se le ha conseguido repescar de la mili la víspera, con un permiso extra. Se intenta lo mismo con el interior De Diego, pero no se consigue. El Barça sale con los mejores: Sadurní; Torres, Gallego, Eladio; Fusté, Zabalza; Rifé, Pereda, Mendoza, Zaldúa y Rexach, joven canterano éste que a última hora pasa por delante de Oliveros.

Cien mil espectadores, con abrumadora mayoría de madridistas. En el palco, los popes del Régimen, junto a los presidentes, Santiago Bernabéu y Narcís de Carreras. El partido empieza mal para el Madrid: centro desde la izquierda e intento de despeje en pifia de Zunzunegui, que manda el balón cruzado al segundo palo de Betancort. Gol. El Barça se parapeta, el Madrid ataca. Al público madridista este inicio le frustra. Hay indignación cuando Pereda, con la pierna en alto, golpea a José Luis, que queda un rato conmocionado. Más cuando, un poco más tarde, Serena se va por la banda, Rigo pita porque el balón se le ha escapado fuera de la línea, pero el extremo sigue y Gallego le cruza violentamente, sin necesidad, puesto que no hay juego. Caen algunas botellas en el lugar. Poco más tarde, el propio Gallego voltea a Pirri, que queda en el suelo, dañado. Otro pequeño lanzamiento de botellas. Pirri está fuera ocho minutos, vuelve con luxación de clavícula y así termina el partido, con el brazo doblado hacia arriba, corriendo con dificultad.

El Madrid ataca y ataca. Brilla Amancio, brilla Sadurní. Se llega al descanso. A los doce minutos de la segunda parte se desata el pandemónium. Serena entra por el centro del área y cae ante la entrada de Eladio. Rigo deja seguir. La lluvia de botellas es bestial, lo nunca visto. Por la época eran muy frecuentes los lanzamientos de almohadillas al terreno de juego, pero excepcionales los de botellas. Botellas de cristal, de cuarto o tercio de litro, de cerveza, Coca-cola o Fanta. En caso de impacto podían hace mucho daño. En general, cuando algún salvaje tiraba una los vecinos de localidad se lo reprobaban. Se arriesgaban incluso a salir detenidos.

Algo más tarde, una fricción entre Torres y Amancio provoca otra tremenda lluvia de botellas, que los propios jugadores blancos piden al fondo que cese. Sadurní decide pasar el resto del partido, cuando no tiene el juego cerca, dentro de la portería, esperando que la red le proteja, porque algunos hacen tiro al blanco con él. En cada zona del campo, cualquier falta de un barcelonista cerca que la banda es replicada con una lluvia de botellas. Sadurní, pese a todo, completa un gran partido, con una presencia de ánimo ejemplar. También ha sido ejemplar el esfuerzo del Madrid, con tantas bajas y Pirri mermado. (No había cambios). Se llega al final con el solitario autogol de Zunzunegui. Cuando Zaldúa recoge la Copa de manos de Franco, el estadio es un grito unánime: “¡Rigo, campeón!” El Barça se retira al túnel entre más botellas, parece mentira que aún queden.

En el palco, cuentan después en Barcelona, la señora de Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación, está muy afligida. Le dice a Bernabéu: “¡Qué desgracia, hemos perdido!” Su marido le reconviene: “Felicita al presidente del Barça…” Y ella se vuelve hacia este: “¡Ah, sí, perdón! Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?” A lo que Narcís de Carreras responde: “Señora, no fotem”.
El Barça se va con su Copa y queda la polvareda. ¿Merece el Madrid una sanción? La federación no lo aplica, porque estima que es ella la organizadora del partido, no el Madrid. Eso provoca enfado en el mundo culé. Eso sí: antes de comenzar la Liga siguiente, la federación emitió una circular prohibiendo despachar envases de vidrio en los estadios. Desde entonces debían ser previamente escanciados por el expendedor en vasos de plástico. Eso provocaba grandes colas en las barras, retrasos y barullos, lo que hizo que todas las aficiones de España pagaran en cierto modo la zaragata.

Respecto a Rigo, quedó marcado. Llegó a estar recusado por nueve clubes. En 1975, la federación, que entonces presidía Porta, le relacionó con una trama de árbitros cuya cabeza era el madrileño Antonio Camacho, que supuestamente se ofrecían para venderse. El asunto trascendió en sus detalles (algún día lo contaré en esta sección), pero no hubo sanción oficial. Simplemente, se les fue apartando. Rigo cayó en ese viaje, aunque la relación con la trama nunca estuvo clara. Para el Barça, la eliminación de Rigo fue un síntoma más del poder del Madrid. Para el Madrid, su designación para la final fue una concesión inaudita al Barça. Rigo ahora hace declaraciones de cuando en cuando. Dice que no era barcelonista ni antimadridista hasta aquella final, pero que desde ese día se convirtió en ambas cosas a la vez. 

Conchiamancio, folclóricas y finolis

Por: | 06 de abril de 2014

La selección sub-17 de chicas ha sido finalista de la Copa del Mundo, la de mayores encabeza el grupo de clasificación para el Mundial, la sub-19 es favorita en el suyo para el preeuropeo… Gol T televisa cada domingo un partido de la Liga femenina, cuyos resultados recoge regularmente la prensa deportiva. Nuestros clubes de campanillas (menos el Madrid, feo detalle) participan en esa Liga. Informe Robinson prepara un reportaje sobre el fenómeno…

Pero hubo tiempos difíciles. Fue en el arranque de los setenta. Algunas chicas empezaban a jugar al fútbol, ante la mirada generalmente hostil de sus padres, madres, hermanos y hasta compañeras de colegio. Pero les gustaba y eran atrevidas. Empezaron a organizarse equipos de barrio y en Villaverde, a las afueras de Madrid, un tipo emprendedor y entusiasta, llamado Rafael Muga, le dio un gran impulso. El 8 de diciembre de 1970 organizó una especie de partido fundacional entre su propio equipo, llamado Mercacredit, nombre de una empresa de Villaverde que ayudaba, y el Sizan de Madrid. Sizan de Nazis escrito al revés, porque su promotor era un feroz ultra.

Rafael Muga tenía amigos, activó sus contactos, consiguió interesar en el acontecimiento a José María García, la gran estrella de la radio de la noche en la época, y a AS. Acudió mucha gente al estadio del Boetticher. Ganó el Sizan 5-1 y súbitamente saltó a la fama, con solo 15 años, una chica llamada Concepción Sánchez Freire, para las amigas Conchi, y rebautizada de un día para otro como Conchiamancio. Jugaba como Amancio, con regate brujo, salida rápida y el gol entre ceja y ceja. Abundaron los reportajes sobre ella. Rafael Muga la fichó para su equipo, rebautizado como Olímpico de Villaverde, un poco en homenaje a Juan Antonio Samaranch, delegado nacional de Deportes y presidente del Comité Olímpico Español al que Muga escribió una carta pidiendo apoyo, de vuelta de la cual le llegó equipación completa para todo el equipo.

Concepción Sánchez, en 1974. / AS

Empezó entonces una lucha desigual entre el grupo de pioneras, con sus valedores masculinos y el mundo que les rodeaba. La Sección Femenina, que tenía a cargo el deporte femenino, escribió una severa carta a todas sus delegadas provinciales y locales, advirtiéndoles contra la peligrosidad de la práctica del fútbol para las mujeres. La delegada de Valdemoro fue despedida porque desoyó la instrucción y amparó la creación de un equipo. Pero no era solo la Sección Femenina. En general se miraba a las chicas que jugaban al fútbol como marimachos o chaladas que querían llamar la atención.

El presidente de la Federación de Fútbol, José Luis Perez Payá, que había sido notable jugador del Atlético y del Madrid, abogado de carrera y con buena formación, negó la inscripción del fútbol femenino en su organismo. Y lo justificó así:

—No estoy contra el fútbol femenino, pero tampoco me agrada. No lo veo muy femenino desde el punto de vista estético. La mujer en camiseta y pantalón no está muy favorecida. Cualquier traje regional le sentaría mejor.

Pero siguieron. Hubo campeonatos regionales y partidos amistosos interregionales. El gran Antonio Ramallets entrenó al Peña Femenina Barcelona, que amparó el presidente, Agustín Montal. Se jugó un partido de selecciones en Murcia, contra Portugal. La Federación se opuso, negó árbitro. Finalmente arbitró Sánchez Ríos, pero vestido de chándal, no con la equipación arbitral. Se concertaron tres partidos con Italia, uno allí y dos aquí, en Córdoba y Badajoz. El de allí se televisó, y eso dio a la organización para pagar el viaje de las españolas. La devolución de visita de las italianas dejó pérdidas, porque en el partido de Córdoba llovió a mares.

Muga editó una revista, que distribuía gratis a todos los equipos de España. Se recogían los resultados, entrevistas (el propio Ramallets aparece en una de ellas)… Era el hilo que unía todo aquello. Pero siempre río arriba. Se enfrentaron a dos iniciativas que ridiculizaron el fenómeno. Una fue el partido entre folclóricas y finolis. Las folclóricas, con Lola Flores de capitana, su hermana Carmen, Rocío Jurado, Marujita Díaz y demás, vestidas de Betis. Las finolis eran las Encarnita Polo, Luciana Wolff y cía, con los colores del Rayo Vallecano. Manolo Gómez Bur como masajista chulón. Buena asistencia al campo del Rayo, recaudación para las guarderías del Patronato de Nuestra Señora del Socorro, pero imagen bufa del fenómeno. También apareció una oportunista película de Pedro Masó, bastante infame, titulada Las Ibéricas FC, con las macizas de la época (Ingrid Garbo, Rosanna Yanni, Claudia Gravy, María Kosty…) viviendo las zozobras entre su afición al fútbol y el enfado de sus novios.

El Stade de Reims hizo una gira por España con buenas asistencias. Un Olímpico-Standard de Lieja metió 8.000 personas en Las Margaritas, en Getafe. Pero poco a poco la llama de la novedad fue languideciendo. Demasiadas dificultades. El 28 de abril de 1973, justo el día en que se casaba Rafael Muga, Conchiamancio dejó el Olímpico y se fue a Italia, al Padua, con una ficha de 75.000 pesetas. Aquello fue un bajón.

Conchiamancio hizo carrera en Italia. Jugó en cinco equipos, alcanzó fama, hizo algún dinero. Pero, con un contrato mal hecho, cuando tuvo una lesión de ligamentos tuvo que pagarse ella casi completa la operación y la estancia en el hospital, con lo que se le esfumaron casi todas las ganancias. La lesión le llegó justo cuando, ya legalizado el fútbol femenino (en 1980, a instancias de FIFA) le iban a llamar por primera vez para la selección. Había sido pionera y capitana de la selección apócrifa en aquellos partidos contra Portugal e Italia, pero no llegó a debutar oficialmente.

Recuperada, jugó en Inglaterra, en el Arsenal, el Brighton y el Bristol, donde también entrenó. Hizo la carrera de Terapia Nutricional. Al cabo del tiempo, se muestra contenta de haber vivido durante 25 años del fútbol, de su experiencia, de sus tres idiomas, de sus recuerdos, de aquellos reportajes que le hicieron con Amancio. La niña que jugaba en la Plaza del 2 de mayo con los chicos y asombraba (o escandalizaba) a los vecinos tiene todavía una aspiración: hacerse entrenadora en España.
Rafael Muga prepara un libro con todas aquellas vivencias. Cuando la Federación adoptó por fin el fútbol femenino no contaron con él, ni con Agustí Mallol, concejal de Tarragona, alma máter en Cataluña en aquellos años. Eso le desencantó. Se le dio el mando a Antonio Alberca, polémico hombre del fútbol sala.
El tiempo, el cambio de mentalidad, la presión de la FIFA, el estímulo del entorno, permitieron por fin cierto apoyo real al fútbol femenino en España. María Teresa Andreu, que fuera portera del Peña Femenina de Barcelona bajo el mando de Ramallets, entró en la Federación y lo activó. Ahora hay presupuesto, categorías inferiores, se llama a las que juegan fuera, aunque cueste dinero. Hay 25.000 fichas, aún muchas menos que en nuestro entorno, pero ya es algo. Hay figuras exportadas, como lo fue Conchiamancio en su día, con más dinero que ella, claro, y mejores condiciones.

Sobre todo, a nadie se le ocurriría ahora organizar un partido de folclóricas contra finolis, ni con la mejor intención, ni hacer una película como Las Ibéricas FC. Contra aquello lucharon Muga, Conchiamancio, Mallol, María Teresa Andreu y tantos más. El hoy les hace felices. Este hoy es posible por aquel ayer.

Griffa, de San Mamés al calabozo y a El Pardo

Por: | 30 de marzo de 2014

Jorge Bernardo Griffa fue un central argentino que jugó en el Atlético del 59 al 69 y luego en el Espanyol. Todo un carácter. Hoy es un hombre apacible, simpático, gran anfitrión. Le visité en su casa de Buenos Aires no hace mucho, cuando nos dieron el chasco con la candidatura olímpica de Madrid. Viéndole ahora nadie le emparentaría con aquel tremendo defensa, al que el entusiasmo por su causa llevaba con frecuencia demasiado lejos. Para el madridista de la época fue el enemigo público número uno. Pero la peor bronca la tuvo en San Mamés, de donde fue directamente al calabozo.

Aquello ocurrió el 3 de marzo de 1963, a ocho jornadas del final de la Liga. El Atlético era segundo, el Madrid se le escapaba. El Atlético había hecho una gran campaña en casa, donde cedió solo un empate, pero fuera había perdido cinco. Griffa estaba harto. Aspiraba a ganar la Liga. El Atlético aún tenía que visitar el Bernabéu y eso le daba esperanzas. Griffa conjuró a los suyos: “¡Ya está bien! ¡En Bilbao tenemos que ganar!”.

Y no ganaron, empataron a cero, pero el partido fue bravo. El Atlético no era bien recibido esos años en San Mamés. Casi nunca lo ha sido, a pesar de ser hijo del club bilbaíno. Pero aquel día fue peor. Hubo palos y tensión, con Griffa en medio de casi todas las broncas. Cuando Bueno, aquel buen árbitro aragonés, pitó el final del partido, a Griffa le pilló al otro lado del campo. Mientras acudía a la bocana de vestuarios se desató un vendaval de abucheos. Se detuvo en la puerta a saludar a Bueno y el público entendió que lo hacía con retintín. Arreció la bronca. Cuando se retiró Bueno, él se quedó encarándose a la grada. Ahí se dividen las versiones. Según se contó en Bilbao, y siguen contando los que lo vieron, desafió al gentío echándose las manos a las partes pudendas. Según él, no pasó de levantarse la parte de arriba de la camiseta, con las dos manos, para hacer ver el escudo. En todo caso, su actitud encrespó aún más al público.

GRIFFAGriffa, en un partido con el Atlético. /as

—¡Me volví loco! Yo era así. ¡Estaba dispuesto a pegarme con los 10.000 de esa grada, uno por uno, me sentía capaz! ¡Qué sé yo lo que me pasó por la cabeza! Por el Atleti, era capaz de cualquier cosa…

Al fin, la policía (los grises de la época), le retiró a empujones, no sin esfuerzo. Una vez dentro, le dijeron que quedaba detenido por alteración del orden público. José Villalonga, secretario técnico del Atlético y capitán del Ejército, se enfrentó a los policías. Hubo una larga disputa, en la que intervinieron directivos de ambas partes. La grada seguía llena, con la gente exigiendo que Griffa saliera otra vez. Al fin, Griffa fue detenido. Le metieron en un furgón de la policía que colocó su trasera en la misma puerta central de San Mamés. La multitud siguió enfurecida, en la grada o alrededores del campo, hasta que el insistente mensaje de la megafonía convenció a todos de que había sido trasladado a la comisaría.

—Allí me encontré con un comisario gallego, lo recuerdo aún por un detalle que luego le contaré. Me dijo: “Hombre, chico, ¡que yo soy del Atleti! ¿Cómo has hecho esto? Los vascos son muy suyos… ¿Qué hago yo contigo ahora?”. Me tomaron declaración y me dejaron en el calabozo, con cuatro cinco carteristas. Yo quería pelearme con todos, no me bajaba el calentón, pero estuvieron amables conmigo.

El Atlético decidió que el resto del equipo partiera. Con Griffa se quedó un directivo, el Conde de Cheles, con su coche y su chófer. Consiguió que por la noche le dejaran salir, un poco de tapadillo, a ducharse y a dormir en el hotel, con la condición de regresar temprano a la mañana siguiente, para completar las diligencias. Así lo hicieron.

—A las once de la mañana habíamos acabado y salimos. Pero yo le dije al chófer que parara en la Avenida un momento. Paró y me bajé a pasear, y miraba a todos los que veía retándolos. ¡Aún me duraba el calentón! El chófer me seguía despacio, el Conde de Cheles me hacía señales de que me subiera en el coche, pero yo no quería. ¡Quería pegarme con alguien! ¡Así de loco estaba yo! Todos me miraban extrañados.

Después de un cuarto de hora de desafío itinerante subió por fin al coche, que partió hacia Madrid. Comieron en el Landa, en Burgos, llegaron por la tarde, directamente al club, a Barquillo 22, donde estaba entonces.

(Lo que sigue no se conocía. Todo lo anterior fue relatado en los diarios de la época. Lo que sigue me lo contó en ese encuentro en Buenos Aires y me chocó muchísimo).

—Allí me recibieron bien. Pero Fuertes de Villavicencio, un vicepresidente nuestro que era el Jefe de la Casa Civil de Franco, me dijo que al día siguiente teníamos que ir a ver a Franco a El Pardo. Me quedé muy inquieto...

—¿Y…?

—Pues que al día siguiente, después del entrenamiento, me recogió en su coche y me llevó a El Pardo. Llegaríamos sobre las doce y media. Pasamos varias salas hasta llegar a un salón muy largo, lleno de tapices. Al fondo había una puerta y junto a ella una mesita con un militar escribiendo a máquina. Villavicencio me dejó ahí:

—Espera aquí hasta que te avisen. Luego te recogerá un coche.

—Yo me quedé ahí, sin atreverme casi ni a respirar. Había unos asientos pegados a la pared. Yo no sabía si estar de pie o sentado. Me sentaba, me levantaba… En eso se abrió la puerta del fondo y salió Franco. Me pilló de pie y eso me alegró. Cruzó el salón hacia mí. Se paró, me miró y me dijo:

—¿Así que tú eres Griffa?

—Sí, Excelencia (Me habían advertido que se le dijera Excelencia).

—…el que la armó el domingo en Bilbao…

—Sí, Excelencia, es que no me pude contener… Yo soy de una manera…

—Mira, muchacho. Los vascos piensan que son más altos, más fuertes, más ricos y más listos que nadie. Pero a mí, que soy gallego y bajito, me hacen caso. Porque sé cómo tratarles. No montes otro lío así. Y ahora, vete en paz.

Insisto: me extrañó este relato. He tratado a personas que hablaron con Franco y todas coinciden en que siempre escuchaba y rarísima vez arriesgaba un juicio, y menos imprudente. Pero Griffa me aseguró que la escena se produjo como tal y una vez transcrita dio el visto bueno a su publicación.
Por eso me he decidido, no sin dudas, a rematar así aquella historia.

Por lo demás, tuvo una sanción gubernativa de 10.000 pesetas. Mucha multa para la época. El Atlético le hizo un acto de desagravio, defendiendo que en Bilbao corrió una versión exagerada de los hechos. Incluso mandó una carta al padre a Argentina, para tranquilizarle, porque el asunto trascendió hasta allá. Él hoy lo recuerda con cariño:

—Y es que yo era así. Por el Atleti me volvía loco…

Y tenía que ser verdad. Aún tiene el salón de su buen piso, en La Recoleta, decorado con fotos del Atleti de esos años. Ahí, por esas paredes, se le ve en distintas alineaciones con los Pazos, Madinabeytia, Rodri, Rivilla, Colo, Griffa, Calleja, Ramiro, Glaría, Jayo, Jones, Cardona, Ufarte, Adelardo, Luis, Mendoza, Gárate, Peiró, Collar…

La polémica entrada de De Felipe a Bustillo

Por: | 23 de marzo de 2014

El campeonato 69-70 nos trajo un Madrid-Barça en la primera jornada. Ahora tal cosa no puede ocurrir, porque el sorteo se condiciona a fin de que los dos clásicos caigan en fechas convenientes, pero en aquel tiempo el calendario se definía por sorteo puro. El Barça llevaba sin ganar la Liga desde 1960, exactamente desde la marcha de Helenio Herrera. Salvo por una irrupción del Atlético, en 1966, el Madrid estaba acaparando el título en los sesenta. El Barça estaba harto.

Eran años del cierre de fronteras. El Madrid había sacado de la cantera sus ye-yés, un grupo espléndido, que unidos a Amancio, Pirri, Zoco, lo que quedaba de Gento y alguno más, le bastaba para el dominio en España. El Barça cada año fichaba en busca de mejorar el equipo, pero no le llegaba.

Esta vez esperaba que sí. Para ese campeonato incorporaba a Marcial, imponente interior que ya había triunfado en el Elche y en el Espanyol, y a un gran delantero de futuro, Bustillo, que había desplazado nada menos que a Marcelino del eje de la delantera del Zaragoza. El Barça había pagado por él 8.900.000 pesetas, un dinero en la época, más Borrás y Oliveros, dos buenos jugadores, y el costo de la presencia del Zaragoza en el Gamper. El fichaje se hizo al inicio de la 68-69, pero Bustillo jugó ese curso en el Zaragoza, como parte del acuerdo. Marcó 11 goles en 20 jornadas. En mayo del 69 apareció en la selección, donde fue en los siguientes cuatro partidos. La Copa de 68-69 ya la jugó con el Barça, pero como éste cayó ante la Real en dieciseisavos, apenas se le vio. Su presentación a lo grande fue en el Gamper del verano del 69, a dos semanas de la Liga. El Barça ganó en la semifinal al Slovan de Bratislava (que le había ganado la final de Recopa tres meses antes) y en la final, al Zaragoza. Bustillo marcó el gol de la victoria. A la salida, había esperanzas. Eran más los que decían aquest any, sí que los del aquest any, tampoc.

Y el 14 de septiembre empieza la Liga, con el Madrid-Barça en el Bernabéu. El Madrid estrena mejoría del alumbrado nocturno para la ocasión. El Barça presenta una delantera prometedora: Rexach, Marcial, Bustillo, Zaldúa y Puyol. Dos jóvenes extremos de la cantera, dos grandes fichajes y el valioso Zaldúa. El arranque de Bustillo es fulminante: marca en los minutos 3 y 5, ante el estupor del Bernabéu. El Madrid reacciona, se vuelca y consigue empatar a dos antes del descanso, ambos goles de Fleitas, que juega por baja de Amancio. En el descanso se saborea el partidazo. Pero a los 10 minutos de la segunda parte, la vida de Bustillo va a dar un vuelco. Calpe intercepta un ataque de Puyol por la izquierda, pero este consigue enviar a Bustillo, que ataca el área del Madrid en diagonal. El central madridista De Felipe sale a su encuentro y le cruza violentamente en la frontal. Bustillo ha llegado antes al balón, que consigue enviar a Rexach con la puntera del pie derecho, pero su pierna izquierda se queda enganchada, sufre una torsión de rodilla y se queda en el suelo. Ortiz de Mendibil no pita falta porque el balón llega a Rexach, que pronto lo pierde ante Sanchís.

El juego sigue. El Madrid produce un ataque, el Barça despeja, el Madrid vuelve a retomar el balón y ataca de nuevo, vuelve a cortar y a avanzar el Barça… De cuando en cuando, la tele enfoca fugazmente a Bustillo, que se duele visiblemente en el suelo. En la primera imagen, Calpe está junto a él, consciente quizá de la gravedad. Luego se incorpora al juego. Miguel Ors comenta en la transmisión de televisión que ha habido una circular recomendando a los jugadores no parar el juego, salvo decisión del árbitro, a la vista de abusos que se estaban produciendo para robar tiempo, como pasa hoy. Pero no es el caso. Al fin, Castro envía el balón fuera. Acuden Ortiz de Mendibil, Puyol y Zoco. Bustillo no se puede sostener en pie. Le retiran entre Puyol y Junquera, el meta del Madrid, hasta el fondo, donde el masajista Ángel Mur, que no ha recibido permiso para ingresar en el campo, le espera. Bustillo va con la pierna izquierda en el aire. No podrá reintegrarse. Sale Pellicer en su lugar. El partido sigue, acaba 3-3, con nuevos goles de Gento y Rexach. La sensación final es de partidazo, pero queda un malestar por Bustillo.

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Bustillo se retira lesionado. / DIARIO AS

¿Qué tendrá? Hasta que no baje la hemorragia, se informa, no se podrá conocer en detalle el alcance, pero se da por hecho que tiene roto el ligamento interior.

El martes se conoce el parte provisional: “Ruptura completa de ligamento lateral interno de la rodilla izquierda con posible lesión meniscal que requieren inmediata intervención quirúrgica, con un pronóstico de inactividad para la práctica del fútbol en un periodo de tres meses, salvo complicaciones”. El mismo día, El Mundo Deportivo de Barcelona se pregunta si será suspendido De Felipe por el tiempo que dure la baja de Bustillo. En la época era uso relativamente común. Eso le había costado al zaragocista Cortizo una sanción de 24 partidos por fractura de tibia de Collar dos años antes y, más recientemente, una de 12 a Guedes por lesionar a Planas II.

El miércoles se efectúa la operación, por los doctores Cabot, Altisench y García Cugat. “La primera impresión al operar ha sido de catástrofe”, declara Cabot al finalizar. Las consecuencias han sido más graves de lo temido, según informa el parte: “1.— Rotura total de la inserción del ligamento lateral interno en sus dos capas, superficial y profunda. 2.- Desinserción periférica del menisco interno. 3. — Ruptura del ligamento cruzado anterior”. Se augura recuperación completa, pero sin plazo.

Con el parte aún reciente, se conoce la decisión del Comité de Competición, que colma de indignación a los barcelonistas. No hay suspensión a De Felipe. Hay seis jugadores del Barça amonestados y multados por formular reparos al árbitro: Torres, Eladio, Castro, Gallego, Marcial… ¡y Bustillo! Bustillo se había quejado en la primera mitad de una entrada dura. Se recuerda entonces que Ortiz de Mendibil había estado recusado por el Barça dos años antes, por un gol del Madrid en el descuento y la directiva recibe críticas por haber levantado ese curso la impugnación. Ortiz de Mendibil era tenido entonces como árbitro de cámara del Madrid, lo mismo que Rigo del Barça.

El asunto llega a la Delegación Nacional de Deportes que preside Juan Antonio Samaranch. Este acude al NO-DO, junto a Antonio Calderón y De Felipe, a ver hasta 20 veces la repetición de la jugada, filmada con mucha nitidez. De Felipe y Calderón defienden que no hay impacto, que la lesión es un accidente. De Felipe ha ido abajo, la lesión es en la rodilla. Y así es. El propio Bustillo la describirá así, veinte años más tarde, en La Vanguardia: “Quedé con los pies trabados y al no poder articular bien el movimiento salté por encima de De Felipe pero caí en mala postura”.

Bustillo no jugó más esa temporada. En las dos siguientes jugó un partido cada una. Luego, aún con 25 años, se fue al Málaga, ya en posición de segundo delantero, donde jugó en las siguientes cuatro temporadas 31, 27, 24 y 13 partidos, con una producción de goles también menguante: ocho, tres, dos y por fin ninguno. Por supuesto, nunca volvió a la selección. Con 29 años dejó el fútbol. Se casó con una malagueña y hoy regenta un hotel en la Costa Dorada. No le gusta hablar del tema.

De Felipe jugó en el Madrid hasta la 72-73, cuando se marchó al Espanyol. Allí jugó hasta el 78, cuando se retiró, con 33 años. Volvió a enfrentarse con Bustillo, en el Málaga, y no hubo incidentes. Pero en sus años en Barcelona encontró con bastante frecuencia quien le recriminaba aquella acción. Un cúmulo de acontecimientos (la prometedora juventud de Bustillo, sus dos goles-relámpago, la actitud de Ortiz de Mendibil, la gravedad de la lesión y la ausencia de sanción a De Felipe junto a las cinco amonestaciones a blaugranas) convirtió aquel suceso en una de las partes principales de la leyenda negra del Madrid en Barcelona.

De las manoletinas a las ‘montalvinas’

Por: | 16 de marzo de 2014

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Ahora que el Madrid ha multado a Illarramendi por recortar vaquillas
me saltan a la memoria imágenes de un tiempo en que el fútbol no tomaba tantas cautelas, ni en el Madrid ni en general, y los jugadores se exponían con gloriosa irresponsabilidad en fiestas camperas, sin el menor disimulo. En realidad era algo casi clásico. Con frecuencia, cuando visitaba España algún equipo extranjero, selección o club, se le invitaba a una tienta, y siempre había algún jugador de los nuestros que se lanzaba. Y no hacía falta que fuera andaluz o salmantino, tierras ganaderas por excelencia. Gento, cántabro, era de los más atrevidos, y toreó muchas vaquillas en festivales benéficos. Un veterano periodista me contó que Segarra y Gensana despuntaron con el capote y la muleta en la finca de Sancho Dávila, expresidente de la Federación, en las vísperas de aquel célebre Betis-Barça del “ganaremos sin bajarnos del autobús”.

El tiempo hizo que los reglamentos internos de los clubes fueran proscribiendo esa práctica, por peligrosa, del mismo modo que los jugadores tienen prohibido montar en moto o practicar deportes de riesgo. Se entiende. En el Madrid posterior vulneró la prohibición Juanito, de sangre muy torera, que presumió de ello mostrando fotos y vídeos y se llevó una multa sonada. Más recientemente los ha habido que han toreado con discreción en la finca de algún amigo torero, pero la intención de este artículo no es delatarles.

La intención es contar cómo de diferentes eran las cosas tiempo atrás. En primavera de 1952 y dentro de los festejos de las Bodas de Oro del Madrid, que ese año cumplía los 50, se introdujo un evento taurino: un festival en homenaje a Vicente Pastor, El Chico de La Blusa, entonces ya muy mayor y en dificultades económicas. Vicente Pastor, madrileño él mismo, había tomado la alternativa de manos de Luis Mazzantini (gran espada y cantante de ópera) el mismo año en que naciera el Madrid, de ahí que se estableciera el vínculo. El Madrid no sólo auspició el homenaje y lo introdujo en la programación de sus Bodas de Oro, sino que le dotó de mayor atractivo al permitir que algunos de sus jugadores (entre ellos Molowny y Pahiño, las dos figuras del club en ese tiempo previo a la llegada de Di Stéfano) participaran activamente.

El cartel del festival (los toreros vestían de corto, no de luces) está encabezado por un letrero que reza: “Gran corrida homenaje a beneficio a Vicente Pastor… del Real Madrid C. de F. en sus Bodas de Oro”. Estuvo anunciada para el 29 de marzo, sábado (el domingo 30 no había Liga, por la selección), pero el mal tiempo aconsejó retrasarla hasta el jueves siguiente, 3 de abril. El Duque de Pinohermoso abriría plaza rejoneando un novillo de su propia ganadería. Luego actuarían tres figuras del momento, Domingo Ortega, Antonio Bienvenida y Luis Gómez, El Estudiante, más un jovencísimo Antoñete (17 años) que aparecía en el panorama como un trueno. Novillos de la viuda de Montalvo.

Y finalmente se anunciaba, como cierre del cartel, que Montalvo (nada que ver con la ganadería), finísimo medio o interior del Madrid, torearía y mataría un becerro, ayudado por una cuadrilla formada por cuatro compañeros de equipo: Molowny, Pahiño, Gabriel Alonso y González. La curiosidad por verles tiró tanto de la taquilla como la presencia de las figuras del toreo, y aunque la tarde fue gélida (hasta granizó), la plaza se llenó y a Vicente Pastor (al que Santiago Bernabéu impuso sobre el ruedo, nada más acabar el paseíllo, la insignia de oro y brillantes del club) le quedó un dinero. La gente le quería. Fue el primer torero al que se concedió una oreja en la plaza de Madrid.

Quedaban dos jornadas para acabar la Liga y el Madrid aún tenía posibilidades. El domingo recibía al Real Santander (estaba proscrito lo de Racing), pero a nadie extrañó que sus jugadores se expusieran. Otro tiempo. De Molowny y Pahiño ya he dicho que eran las máximas estrellas. Gabriel Alonso era el lateral derecho titular, había estado en el Mundial de 1950, en sus botas arrancó la jugada del célebre gol de Zarra a los ingleses. González, defensa, jugaba menos, estuvo sólo un año en el club. (Su hijo fue muchos años jugador del Zaragoza y es tío de Lucas Alcaraz). En cuanto a Montalvo, llevaba varias temporadas en el Madrid. Para ese tiempo alternaba en la media con Muñoz y Zárraga.

 

Y Montalvo armó el lío. Cuando acabaron los toreros, tocó el becerro de los futbolistas. El becerro que salió resultó ser un pregonao que la presidencia tuvo a bien devolver. El sustituto, un eral crecidito y cómodo de cara, funcionó, y aunque Molowny demostró más atrevimiento que desenvoltura (canario al fin y al cabo, con infancia tan lejana a las pasiones taurinas) los demás se apañaron. En El Ruedo (revista que era la biblia taurina de la época) siguiente hay una doble gráfica del festival que incluye la foto de un impecable par de banderillas de Gabriel Alonso al bicho, que no es un cuatreño, pero tampoco una mona. Lo suficiente para quitar a un futbolista de unos cuantos partidos.

Pero, decía, el que la lio fue Montalvo. Muleteó bien, pero sobre todo creó un gran revuelo con una tanda interminable de manoletinas que tendría consecuencias muy duraderas. La manoletina, pase lanzado por Manolete (fallecido cinco años antes) era considerada por aficionados y críticos como un pase de ventaja, efectista y sin mérito. Un truco para engañar a turistas y a isidros. Ángel Luis Bienvenida las daba por entonces mirando al tendido, a fin de dotarles de más mérito, pero ni así. De modo que cuando Montalvo soltó aquel chaparrón de manoletinas los tendidos se encendieron en revuelo. Muchos lo tomaron incluso como una denuncia, un algo así como “esto lo hace cualquiera, no hay que ser torero”, y así quedó. Montalvo cortó la oreja y dio la vuelta al ruedo, pero al tiempo las manoletinas quedaron proscritas.

El Ruedo las llamó desde entonces y por un tiempo montalvinas y los matadores dejaron de practicarlas. Mondeño (un torero atormentado que se metió a monje) intentó resucitarlas a mediados de los sesenta, pero no pudo. Ahora, con José Tomás, han vuelto a ser aceptadas. Claro, que José Tomás todo lo hace de una forma…

Montalvo, por cierto, acabó mal con Bernabéu. Montalvo tenía en sus papeles que había nacido en 1924 en Sevilla. Alguien le demostró a Bernabéu que en realidad había nacido en 1921 y en La Granja de Torrehermosa, pueblo de la provincia de Badajoz cerca del límite con la de Córdoba. Seguro que a Bernabéu le pareció peor la falsificación del lugar que la de la edad. Bernabéu era de pueblo (Almansa) y aborrecía de forma automática a los que habiendo nacido en un pueblo trataban de presentarse como de ciudad. No había nada que desacreditara más a alguien ante sus ojos.

Así que Montalvo se tuvo que ir. Terminó su carrera en el Jaén. La media pasó a ser en firme Muñoz-Zárraga. Pero en Madrid quedó el recuerdo de su nombre en el ámbito taurino, donde cada vez que alguien pretendía echarse la muleta a la espalda para dar una tanda de manoletinas, los tendidos se encendían:

“¡Para dar montalvinas vete a tu pueblo, que esto es Madrid!”.

Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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