Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

Coque se fugó con Lola Flores

Por: | 29 de diciembre de 2013

LolaycoqueAl rayar los cincuenta, Coque era la gran promesa del fútbol español. Vallisoletano, formó parte destacada en la gran aventura del Real Valladolid en esos años. Una aventura que incluyó el ascenso de Tercera a Primera en dos temporadas y una final de Copa, resuelta por el Athletic de Bilbao en la prórroga, con tres goles de Zarra. Era el Valladolid de los siete internacionales. Coque marcó en aquella final.

En agosto de 1953 le fichó el Atlético, que acababa de perder a Pérez Payá. Pérez Payá, interior goleador o delantero centro, era un muchacho de Alcoi, de clase acomodada, que no había llegado a hacer ficha profesional en el Atlético, aunque sí aceptó un coche como regalo. Como amateur que era, pudo irse libre al Real Madrid, que le hizo una buena oferta para hacerle profesional. Para compensar su salida, el Atlético fichó a Coque, interior de ida y vuelta, con resistencia, clase, disparo y cabezazo. Costó un millón de pesetas. A la afición le pareció un buen recambio.

Coque empezó bien la 53-54, pero algo se torció: conoció a Lola Flores, la célebre cantaora flamenca. Lola Flores era un torbellino, conocida por sus amoríos. Había tenido una fuerte aventura con Biosca, central del Barça de cautivadores ojos verdes. Fue célebre una noche en la concentración de la selección, en que recibió la visita de Lola e invitó a dos compañeros a espiar desde el balcón de la habitación a través de la persiana entrecerrada. Les había dicho que le bailaba desnuda y ellos no le creían.

La escena se produjo y cuando ella se marchó, él castigó la incredulidad de sus compañeros dejándoles toda la noche en el balcón. Aquella relación terminó cuando al jugador le pareció que eso era lo más prudente. Biosca entendió que era incompatible ser futbolista con hacer la vida de noche, tablaos y juerga que imponía Lola. Esta se sintió defraudada y eligió a Coque “para darle celos a Biosca”, como confesaría en sus memorias y en declaraciones posteriores. Y Coque fue presa fácil. Estaba prometido con su novia de Valladolid, pero retrasó la boda y entró en el torbellino de vida de Lola Flores. Dejó de jugar bien, obviamente.

La prensa de aquellos años no informaba de esas cosas que contravenían la moral y las buenas costumbres, pero entre los aficionados el romance fue un runrún creciente. No se recataban, se les veía de noche en Riscal, en Morocco, los cabarets de moda, o más tarde en las ventas de los alrededores, donde apuraban la noche entre humo, finitos, jamón, cantares y zapateados. Coque tenía 25 años, pero no hay juventud que pueda hacer compatible esa vida con la de deportista de alto nivel.

La cosa cedió cuando Lola Flores hizo una gira de la que regresó con un novio panameño. Coque recapacitó y se casó. Pero al inicio de la 54-55 Lola despachó al panameño y Coque reanudó el carrusel de juergas. Su mujer se fue a Valladolid, abatida, mientras él se iba perdiendo definitivamente para el fútbol. Empezó a faltar a entrenamientos y el asunto tomó ya carácter público cuando el 16 de octubre el Atlético le expedientó por sus ausencias a los entrenamientos. Los compañeros se movían entre hacerle recapacitar o escucharle los prodigios de las fantasías sexuales de Lola, que les ponían los dientes largos. La prensa despachaba el asunto con sutiles insinuaciones. 1

El asunto hizo crisis definitiva el 26 de diciembre de 1954, justo cuando se acababa de estrenar Morena Clara, película protagonizada por Lola Flores, cuyo anuncio aparece en la primera página del Marca de ese mismo día. Por la tarde el Atlético empató a dos con Las Palmas y la bronca fue tremenda. Aunque Coque marcó el primer gol, de cabeza, aprovechando un centro perfecto de Miguel, la bronca que se llevó por su visible agotamiento en la segunda parte fue enorme. Él y Silva, el otro interior, fueron estruendosamente abroncados por un público que les culpó del derrumbe del equipo, que pasó del 2-0 al 2-2. Para entonces, el Atlético se movía en los últimos puestos de la tabla.

Y de repente, Coque desapareció. Así, sin más. No fue a los entrenamientos ni esa semana, ni la siguiente, ni la siguiente… Nadie sabía dónde estaba, aunque se sospechaba. Lola Flores se había ido de gira a Sudamérica. Y, efectivamente, desde allí se informó de que un tal Gerardo Coque aparecía como productor del espectáculo de cante y baile de Lola. El Atlético le denunció ante la federación y el juzgado por incumplimiento de contrato. Cuando lo supo, Lola Flores envió al Atlético 50.000 pesetas, como pago de una parte de la ficha.

Coque pasó los que podrían haber sido sus mejores años de futbolista detrás de Lola Flores, en idas y venidas, celos y broncas. Cuando tuvo que dar la historia por definitivamente esfumada, porque comprendió que Lola se había enamorado perdidamente de un guitarrista llamado Antonio González, El Pescadilla (con el que se casaría y haría una familia), regresó. Su mujer le perdonó, pero para el fútbol era un poco tarde. En el semanario de Marca de 24 de septiembre de 1957 aparece una entrevista con él, en la que hace votos por regresar al fútbol y pide indirectamente al Atlético que al menos le deje entrenarse con el Rayo Vallecano. El diálogo pasa de puntillas por las causas que le alejaron del fútbol: “(…) fueron muchos los factores que influyeron en su rendimiento, ajenos por completo a la labor que había de realizar como verdadero profesional”. Para entonces tenía 29 años. En la entrevista se quita uno, dice que tiene 28.

El Granada, que andaba en la zona baja de Primera División, consiguió del Atlético su cesión para la segunda vuelta de esa temporada, la 57-58. Pero estaba hecho una lástima. El Granada se salvó sin él. Sólo jugó en la última jornada, en el Camp Nou, con la permanencia ya garantizada. Ganó el Barça 4-1. Luego jugó un partido de Copa contra el Jaén, que eliminó al Granada. Y nada más.

La 58-59 la jugó, de regreso, en el Valladolid, en Segunda. Ascendieron, pero él no rindió mucho. Luego, el Racing, en Segunda, y ahí sí anduvo mejor. Subieron en la 59-60 y en la 60-61 tuvo un aceptable desempeño en Primera. Pero ya estaba en los 33 años. Mientras recuperaba la forma, le había alcanzado el tiempo. Remató su carrera en la 61-62 en la Cultural Leonesa, de nuevo en Segunda. Quedó última del grupo Norte y bajó a Tercera. Ahí terminó.

El que pudo ser un grande del fútbol se quedó en un solo partido internacional, 6-0 contra Irlanda, en el que marcó. De su paso por el Atlético quedaron 31 partidos, ocho goles y mil relatos picantes a sus compañeros.

Lola siempre se confesó arrepentida de haber malogrado su carrera.

Seis días de ciclismo nocturno

Por: | 22 de diciembre de 2013

De 1960 a 1970 fueron un clásico en Madrid los Seis Días Ciclistas, seis días, siempre tirando hacia las últimas semanas del año. Equipos de dos corredores, uno de los cuales al menos debía estar siempre sobre la pista, público jaleándoles en las gradas del Palacio de los Deportes de Madrid, y en el centro, la pelouse. En el espacio que en otros momentos se dedicaría al baloncesto o al balonmano, se instalaba un mundillo en el que la farándula, los publicistas y los popes del deporte o la política se mezclaban con los corredores, que tenían ahí mismo sus pequeñas casetillas para dormir y malcomer los ratos que podían. En esa pelouse había mesas de los patrocinadores, camareros de blanco, bellezas, actores, boxeadores, toreros y mucho humo de tabaco, que filtraba la iluminación del palacio creando un espacio fantasmagórico. Olía a pollo, puro, perfume caro, embrocación o sudor, según dónde te arrimaras.

Los seis días ciclistas tenían su origen en Inglaterra, donde a finales del XIX había pruebas de velódromo en las que se competía 12 horas diarias de lunes a sábado. Los americanos importaron el modelo y lo endurecieron: carrera individual, de 142 horas, que empezaba a medianoche del domingo y se prolongaba hasta las diez de la noche del sábado siguiente. Cada corredor decidía cuándo parar a descansar o comer. Aquello era de una dureza extrema, pero llegó a concentrar multitudes, sobre todo en los años de la Prohibición, en los que la gente buscaba diversiones.

El asunto volvió a Europa con esa fórmula, pero suavizada: equipos de dos, de los que al menos uno debería estar siempre en la pista, el otro podía estar descansando. La carrera se fue animando con sprints y pruebas de eliminación, intercalados entre los tramos de americana. Ganaba el equipo con más vueltas dadas en los seis días, y en caso de empate, el que más hubiese puntuado en los  sprints.

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El velódromo del Palacio de los Deportes en el apogeo de los Seis Días. / diario as

Esa es la modalidad que en el 60 trajo a Madrid el periodista catalán Carlos Pardo, un tipo avanzado, siempre mirando corrientes de fuera para importarlas. Él trajo también, por ejemplo, los Globetrotterso el Holiday on Ice, fantásticas novedades para la España oscura de esos años. Con él contactó L'Equipe (era su corresponsal en España) para interesar al Barça en la primera Copa de Europa; no le hicieron caso y entonces se dirigió al Madrid, que se entusiasmó con la idea.

Para incluir un fin de semana completo, solía empezar el viernes (22:30) y acabar el jueves siguiente a media noche. Cada día se hacían cuatro taquillas: mañana (11:00 a 14:00), tarde (16:30 a 18:30), tarde-noche (19:30 a 21:30) y noche (22:30 a 9:00). En los ratos neutralizados siempre debía haber uno por equipo en la pista, dando vueltas y vueltas a ritmo de entrenamiento. Y se solían animar con exhibiciones ciclistas de juveniles, cosas como el récord de la vuelta tras moto, actuaciones musicales, acróbatas o humoristas. Los dos corredores de un equipo llevaban el mismo color. Así que había equipo blanco, negro, morado, verde, naranja, azul, marrón, gris… La sesión más animada era la penúltima, en la que las gradas bullían de aficionados y por la pelouse se paseaban los famosos. La llegada de cada uno de ellos era saludada con ovaciones: Sara Montiel, Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Carmen Sevilla, Folledo… La última sesión notaba dos golpes: el final de los teatros, pasadas las doce, y el de los cabarés, que cerraban a las 3.00. A esa hora, felices desocupados o viajantes trasnochadores se dejaban caer por ahí con sus conquistas, para prolongar la noche antes de ir a esos merenderos de las afueras, de flamenco, tortilla y conejo al ajillo, que tanto se prodigaban, para luego rematar con chocolate con churros en San Ginés. Había algo de transgresor en esa mezcla de deporte y vicio nocturno. Quizá ese fuera el encanto. Radio Madrid, que por entonces empezó la programación de noche con Miguel de los Santos, emitía desde el Palacio un programa que mezclaba música, famoseo y transmisión deportiva.

El aficionado veía con envidia ese mundillo privilegiado y, al tiempo, discutía sobre la prueba. Cada pareja encerraba en sí una rivalidad. Los equipos solían tener un pistard y un routier. Siempre había una minoría adoradora de los pistards, que valoraba su fino estilo, pero el gran público iba, claro, por los routiers. En 1962 se retiró uno de ellos, Poblet, ganando la prueba con Bover de pareja, y aquello fue un clamor.

En 1963 el reclamo fue Bahamontes, que hizo pareja con Tortellá. Bahamontes había sido segundo en el Tour de ese año, se cotizó alto y exigió correr con Tortellá, pareja habitual de Timoner, un héroe nacional que por esos años ganaría seis veces el Mundial tras moto. Bahamontes y Tortellá iban primeros cuando en la sesión final se cayó Bahamontes y ganaron Van Steenbergen-De Bakker. Bahamontes se rompió la clavícula, y aquello fue como una cogida grave de un torero grande. Muchos culparon a Van Steenbergen de haberle tirado. Más bien fue una maniobra dura de un gran sprinter, sin consideración por el entorno. Para unos, fue un crimen de Van Steenbergen, para otros, una pardillada de Bahamontes, que no sabría correr en pista.

El año siguiente, 1964, volvió Bahamontes. Había sido tercero en el Tour, seguía siendo el amo, y esta vez su condición fue correr precisamente en pareja con Van Steenbergen. Fue quizá la mejor edición de todas. En ella se estrenaron los Seis Días del Porvenir, en los que competían aficionados durante dos horas diarias. Ganaron Perurena-López Rodríguez, que más adelante se adjudicarían la prueba profesional.

Pero el morbo estuvo en la carrera mayor, en la pareja entre el escalador y el sprinter, regañados un año antes, compañeros ahora. Van Steenbergen era un mito: tres veces campeón Mundial de fondo en carretera y cerca de cuarenta pruebas de seis días ganadas. Había otras grandes parejas: Timoner-Tortellá, mallorquines, Altig-Bugdahl, alemanes, y Hortelano-Sivilotti, español y argentino, ambos pistards, los más queridos por ese sector del público que consideraba a los routiers brutos sin estilo. Y nueve parejas más, formadas por corredores notables, algunos célebres.

La espectacular Mikaela dio la salida. Se vivió la semana con pasión. Ganaron Bahamontes-Van Steenbergen, en una última jornada final en la que las cuatro principales parejas lucharon una y otra vez por quitarse vuelta, con distintas alternativas. Dieron 11.310 vueltas, 2.262 kilómetros. Para Bahamontes fue la recaraba: “¡Eso para que digan que Fede no sabe andar en pista! ¡Fede sí sabe andar en pista!” Hasta una película se hizo sobre aquella edición.

Fueron años jubilosos, con la prueba subida en la primera gran ola publicitaria que se vivió en España. Estábamos en el despegue del  plan de estabilización, la economía crecía y apareció una clase media consumidora. Cubanos llegados a España cuando a su isla llegó El Comandante y mandó a parar trajeron las técnicas agresivas de los americanos y aquello fue un boom. Las luces, las sirenas, las campanas, las chicas guapas anunciando y regalando, el sorteo diario de una Vespa entre el público, o de un 600 al final de la semana. Todo eso llegó junto y formó un boom feliz.

Pero en 1970, José Solís, Ministro del Movimiento, aceptó un compromiso para hacer circo en el Palacio de los Deportes. Samaranch, al que horrorizaba que el circo invadiera el santuario deportivo, se adelantó y comprometió las fechas para los Seis Días. Y perdió. Carlos Pardo se encontró con un cambio que descolocaba la programación de los ciclistas. Encima, la Federación Madrileña le elevó las tasas y los acomodadores le pidieron un 500 % por nocturnidad. Se hartó y lo dejó.

En los primeros ochenta, él mismo trató de rehacerlo, pero no fue lo mismo, y eso que reapareció Timoner, con 57 años, para animar el cotarro. Duraron tres ediciones. Ya había noches golfas por otros lados y televisión en todas las casas. Hoy sigue habiendo un programa de pruebas de Seis Días por Europa, pero ya no estamos en él. Aquellos Seis Días definieron una época, pero esa época pasó.

El fútbol gana al baloncesto: 249-168

Por: | 15 de diciembre de 2013

En la temporada 1972, el Madrid había ganado los campeonatos de Liga de fútbol y baloncesto. No era nada extraordinario, en realidad. El Madrid solía ganar por esos años dos de cada tres en fútbol y casi todas en baloncesto. Pero esta vez Bernabéu quiso subrayar la coincidencia montando un evento particular, idea de Saporta: un encuentro a doble partido entre ambas secciones del club: jugarían al fútbol primero y al baloncesto después, en busca del campeón de campeones.

En baloncesto, claro, hay muchos más puntos que goles en fútbol. ¿Cómo establecer una norma para cruzar los dos resultados? Después de manejar varias ideas, se decidió multiplicar por 10 el resultado de fútbol. Es decir: si los futbolistas ganaran, un suponer, 12-2, se añadiría un cero a la derecha a ambos números: 120-20 sería, pues. Luego, en baloncesto se puntuaría como es propio en ese deporte. La equivalencia perjudicaba posiblemente al baloncesto, porque la relación entre marcadores en baloncesto y fútbol no era 10 a uno, sino menor. Pero todo el mundo lo vio bien, por la sencillez, y por la fe que tenían los baloncestistas en arrasar en la canasta. Su plan era encerrarse en el partido de fútbol, minimizar en lo posible la goleada, y luego cebarse en baloncesto. Estaban acostumbrados: por aquel tiempo, Saporta daba una prima de 50 pesetas por punto a cada jugador cada vez que se pasaba de los 100, como una forma de estimular los marcadores altos y crear entusiasmo.

LuluLos futbolistas también querían ganar. Aunque la relación entre los dos colectivos era buena, y frecuentemente veían unos los partidos de los otros cuando les era posible, entre los futbolistas de la plantilla siempre existió la idea de que los baloncestistas estaban sobrepagados. Que a ellos les veían 100.000 personas, a los de baloncesto 4.000 y que la diferencia de sueldos no reflejaba eso. ‘Los niños bonitos de Saporta’, decían entre ellos. Y tenían su razón, pero solo en parte. Gracias a tener un baloncesto de alto nivel, que nunca fallaba a la Copa de Europa y que organizaba todas las navidades un torneo internacional por televisión, Saporta hizo un paquete por el que le sacó, fútbol y baloncesto mezclados, 50 millones a TVE. Los demás clubes de fútbol no cobraban de televisión. Se les consideraba bien pagados con la oportunidad de mejorar gracias a las transmisiones sus ingresos de publicidad estática. Para poner esos 50 millones en su contexto, digamos que el Madrid fichó dos años después a Netzer por 36.

Pero, decía, los futbolistas pensaban que parte del dinero que les correspondía a ellos se iba al baloncesto. Así que se conjuraron para ganar ese doble duelo.

El primer partido fue el de fútbol, en la Ciudad Deportiva, que acogió más de 5.000 espectadores de pago, con una taquilla de 285.000 pesetas que se destinaría íntegra al Hospital Infantil de San Rafael. Partido muy formal, correctamente uniformados ambos equipos: de blanco, el fútbol, que jugaba en casa. De azul los de baloncesto, con Luyk de portero. La foto de Luyk y Amancio, capitanes, fue la más reproducida el día siguiente en la prensa nacional. Arbitraba Martínez Banegas, árbitro de verdad.

Equipo de futbolistas: García Remón (Corral); Touriño (Adolfo Fernández), De Felipe, Verdugo; Pirri, Zoco (Grande); Aguilar, Amancio (Anzarda), Santillana, Velázquez (González) y Marañón (Ortuño).

Equipo de baloncestistas: Luyk (Alonso); J.R. Ramos, V. Ramos (Sanmartín), Paniagua; Emiliano, Cabrera (Alejandro); Muller (Peña), Nava (Corbalán), Viñas (Luyk), Cristóbal (Aramburu) y Brabender.

Al cuarto de hora aún iba cero a cero. Los hermanos Ramos, muy ágiles, se rebatían en defensas como fieras y Emiliano era un casta atrás y en la media. Luyk funcionaba, con un estilo heterodoxo, pero funcionaba. Pero cuando empezaron a llegar los goles, el equipo se fue derrumbando progresivamente. Avanzada la segunda parte, Luyk, harto, se quitó de la portería y se puso de delantero centro, pero tuvo que volver pronto, porque era peor.

Al final fueron 20. 20-0. Marcaron Pirri (4), Santillana (4), Amancio (2), Aguilar, Marañón (2), Zoco, De Felipe, Velázquez, Grande y Ortuño (3).

La vuelta fue el día siguiente, en el Pabellón del Madrid, lleno, con una recaudación casi idéntica a la de la víspera. Los de baloncesto tenían que ganar por más de 200 puntos de diferencia, puesto que el 20-0 era según las bases un 200-0. Se acordó que a los futbolistas se les permitirían hasta siete personales. Además, tenían una baza: todos los viernes jugaban al baloncesto entre ellos. Eran tiempos de lunes descanso, martes baño y masaje, miércoles preparación física, jueves partidillo contra el juvenil y viernes baloncesto, antes de ir a la sierra o a la estación. Jugaban en un campo de tierra, donde está ahora la esquina del Bernabéu, y bastante a lo bruto, por eso lo de las siete personales. Pero no les era extraño. Zoco y Pirri se defendían bien y García Remón era francamente bueno. Había jugado en el Canoe y muchas personas me aseguraron que en baloncesto hubiera llegado a internacional. Él solito marcó 17 puntos y se hartó a dar asistencias, y eso a pesar de que a partir de un momento fue vigiladísimo. El único vigilado, en realidad, de los suyos.

Ahora son los de baloncesto los que van de blanco, y los de fútbol, de azul. Arbitraron Sancha y Alonso Díaz, y la cosa fue así:

168.— Baloncestistas: 65 canastas, 38 tiros libres convertidos de 67 lanzados, 22 personales y dos técnicas (Luyk y Muller). Jugaron: Brabender (41), V. Ramos (15), Cristóbal (17), Cabrera (3), Paniagua (9), Nava (2), Emiliano (11), Corbalán (7), Luyk (52), Viñas 11 y Muller.

49.— Futbolistas: 23 canastas, tres tiros libres convertidos de 10 lanzados, 60 personales y una técnica al banco. Jugaron: García Remón (17), Junquera (2), Pirri (8), Zoco (10), Miguel Ángel (2), Grande (6), De Felipe (2), Corral (2), Verdugo, Santillana, Anzarda, Aguilar, Marañón, Velázquez y Amancio.

Hubo pique, como se ve por las técnicas. Luyk se desquitó de tantos goles con 52 puntos. Los futbolistas eran muy brutos jugando al baloncesto, particularmente Junquera, un portero gigantón, de ahí las 60 personales. Pero a juicio de los futbolistas los árbitros, que tiraban para su deporte, se excedieron. Cuando a García Remón le pitaron la séptima falta personal se montó un revuelo. Ferrándiz accedió a la petición de Miguel Muñoz de que intercediera para que pudiese seguir jugando. Y siguió.

Así que 200-0 y 168-49. El agregado quedó: Futbolistas 249, Baloncestistas 168.

Fue una buena idea, pero no se repitió. Aquella gente era muy competitiva, y si bien aquello gustó al público y tuvo gran eco en los medios, Bernabéu pensó que lo mejor era dejarlo ahí. No tuvo continuidad.

Y todavía es el día que Pedro Ferrándiz, que vive sus 85 años dorados en un ático de Alicante, se corroe por dentro cuando recuerda su magnanimidad. “¡Mira que dejar que Muñoz me convenciera! ¡García Remón era una fiera! ¡Sin él les hubiéramos barrido en el tiempo que quedaba!”.

Iríbar y el ‘alcorconazo’ del Basconia

Por: | 08 de diciembre de 2013

La Copa de la temporada 61-62 arrancó en dieciseisavos con una sorpresa mayúscula: la eliminación del campeón, el Atlético, a pies del colista del Grupo Norte de Segunda División, el humilde Basconia. Fue un alcorconazo en blanco y negro, pero con un agravante: el Atlético cayó en partido de desempate en Valladolid. Claro que por ahí asomaba un tal Iríbar…

El Atlético era campeón de Copa. Lo había sido de las dos últimas ediciones, y en ambas ganándole la final en el Bernabéu al Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento. La de 1960 fue la primera que ganó el Atlético en su historia. Repitió en el 61. Si ganaba la del 62, obtendría el trofeo en propiedad. En eso pensaban sus aficionados.

El Basconia era un buen aperitivo. El partido de ida es en el Metropolitano, el 14 de febrero de 1962 y el Atlético gana por 3-0. Si el Basconia no se llevó una goleada estruendosa fue porque paró una enormidad un muchacho desconocido, alto y delgado, que ocupaba la portería. Se llamaba Iríbar y nadie había oído hablar de él en Madrid. No era internacional juvenil, no era conocido. Quizá sólo hubiera sido la clásica gran tarde que todo portero medianillo tiene de cuando en cuando…

Corresponde jugar los partidos de vuelta el 28 de febrero, pero el Atlético le pide al Basconia un favor y el club vizcaíno acepta. Como el Atlético tiene que jugar en San Mamés, en Liga, el 18 de marzo y el 19, lunes, es San José, propone ese día festivo para el partido de vuelta. Así ahorrará un viaje. Ambos equipos van a tener que jugar dos partidos en dos días consecutivos, pero como la cosa se daba por hecha… Al Basconia lo de jugar en San José le venía bien. Su campo, Basoselay, no tenía luz. Cualquier día laborable hubiera tenido menos taquilla, porque no podía poner el partido de noche.

El Atlético tiene un viaje perro a Bilbao. El avión no puede aterrizar el sábado y regresa. Toman el autocar, pero hay nevadas que dificultan el viaje. Al fin llega hora y media antes del partido, ante el que hay una expectación nerviosa. El Atlético es tercero, a dos jornadas del final; el Athletic, sexto. Aunque el Atlético empezó como una sucursal madrileña del Athletic, pasados los años fue recibido con creciente antipatía en San Mamés. El partido tenía un picante más: acudía Hernández Coronado, el seleccionador nacional, que estaba preparando la lista para el Mundial de Chile. Desde 1950 no habíamos estado en el Mundial, fallamos a los del 54 y el 58, y estar en esa lista era muy goloso. Los dos equipos tenían aspirantes. Además, había muerto poco antes Míster Pentland, que entrenó a ambos clubes. Los 22 jugadores llevan brazalete negro, pero el fallecimiento se siente más en San Mamés, porque Pentland triunfó sobre todo en el Athletic. Su recuerdo actúa de motivador. Al Atlético le faltan dos puntales, Griffa y Ramiro.

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Iríbar detiene un remate de Jones en el desempate en Valladolid entre el Atlético y el Basconia. / AS

Y el partido fue un destrozo. Lluvia, barro y un Atlético que se hunde. A la media hora pierde 3-1 y se le han lesionado Rivilla y Amador, que pasan a jugar de delanteros figurativos. Termina 5-1 y a última hora se lesiona también Collar.

Con ese palo y esas bajas tiene que jugar el día siguiente el Atlético en el campo de Basoselay, en Basauri, al ladito de Bilbao. Las 8.000 localidades están repletas de un público que lo que quiere es admirar a las grandes figuras del Atlético, los Pazos, Calleja, Chuzo, Glaría, Jones, Mendonça, Peiró… Hasta se lamenta que no pueda jugar Collar. No hay ninguna esperanza de levantar el 3-0. El Basconia también jugó el domingo, en Burgos, perdió 3-1 y es último del Grupo Norte. Se le ve en Tercera.

Pero se produce una jornada de júbilo. Un Atlético cansado, dolorido y desmotivado es barrido por los chicos del Basconia, que marcan tres goles y estrellan dos tiros en los palos. Cuando se pita el final, los rojiblancos alzan los brazos al cielo, como diciendo, ¡por fin! Se veían arrasados, eliminados. Ahora, no. Ahora hay un partido de desempate por delante, frescos, con algún lesionado recuperado. Será otra cosa.

¿Otra cosa? El desempate es el jueves, en Valladolid. Radio Bilbao transmite el partido en directo y Basauri se llena de altavoces por las calles, colocados por los comercios, para que la gente pueda seguir el partido sin abandonar sus ocupaciones. En realidad, la ciudad para. El Atlético recupera a Collar, para hacer ala con Peiró. Le falta Mendonça, con un dolor en la ingle. Pero saca un equipazo, salvo quizá el ala derecha: Pazos; Calleja, Callejo, Rodríguez; Chuzo, Glaría; Rives, Medina, Jones, Peiró y Collar.

El Basconia juega con once entusiastas desconocidos: Iríbar; Carlos, Orive, Larrea; Ealo, Olave; Otiñano, Sainz, Menchaca, Maguregui III y Ayarza.

Y se produce el milagro. El Basconia vuelve a hacer un partidazo y se adelanta por medio de Menchaca en el minuto 15. Peiró empata en el 30. En el 42, Maguregui III hace el segundo, en jugada en la que Pazos se queja de que le han desplazado. La jugada deja irritado a Rives, que resulta expulsado al borde del descanso.

Diez contra once, el Atlético se intenta volcar, pero no puede. Son peligrosos los contraataques del velocísimo Otiñano. Menchaca y Maguregui III también son una amenaza. Aún así, el Atlético se multiplica pero choca otra vez con ese muchacho, Iríbar, que le tapa tres grandes remates a Peiró, y varios a sus otros compañeros. Termina el partido y la bomba estalla: ¡El campeón, eliminado por un virtual tercera!

Pero no, el Basconia no bajó a Tercera. Les esperaban días felices. Primero, en octavos le tocó el Barça y para recibirle se engalanó Basauri. El Barça, que iba advertido, ganó 0-2 allí y 10-0 la vuelta en el Camp Nou. Esos 10 goles dejaron en entredicho a los que habían explicado la eliminación por la presencia de un joven fenómeno en la portería vasca. “¿Tanto era ese chico? ¡Si les han metido 10! ¡Si son de Tercera!”. Eso tuvieron que escuchar los atléticos de los madridistas aquellos días.

Luego, el Basconia se libró de bajar por una feliz carambola. Finalmente, no quedó último, sino penúltimo. Puesto de descenso. Pero la Real bajó a Segunda y eso empujó a su filial, el Sanse, a Tercera. Así que el Basconia se vio en promoción, en la que batió al Alcoyano y se mantuvo. Eso sí, sólo por un año. A Iríbar se lo llevó el Athletic, donde en pocos meses fue titular. Sí, era un fenómeno. También Menchaca pasó al Athletic. Otiñano se fue al Madrid. Carlos, al Depor, Larrea al Celta… Aquella aventura dejó dos taquillazos y mucho dinero en traspasos, pero el año siguiente el descenso fue irremediable, porque aquel equipo prometedor se había deshecho.

El Basconia, que ha cumplido este año los 100, está hoy en Tercera con la plantilla más joven de la categoría. Recoge a los juveniles del Athletic, del que es filial. Marcha bien. Y guarda con orgullo el recuerdo de aquella machada, que le hizo noticia nacional.

En cuanto al Atlético, cerró el curso ganando la Recopa, al Fiorentina, lo que hizo aún más inexplicable su caída ante el humilde equipo de Basauri.

Las cosas del Atleti, se dijo entonces...

Jesús Garay, el hombre que fue ‘tribuna’

Por: | 01 de diciembre de 2013

Viendo anoche al Athletic y al Barça saltar al Nuevo San Mamés, incompleto, con una tribuna por construir, muchos habrán evocado la figura de Jesús Garay, el legendario defensa bilbaíno que se fue al Barcelona pero que no dejó nunca de estar presente en San Mamés. Pasó a ser parte del estadio. Se convirtió en tribuna: la Tribuna Garay.

Jesús Garay Vecino fue un bilbaíno a machamartillo. Nacido en el barrio de Begoña, muy religioso, se encaminó a los estudios de comercio hasta que el fútbol le señaló como un privilegiado. Empezó en el Acción Católica, pasó al Santutxu y el Athletic se fijó en él. Le fichó, le cedió al Erandio y le incorporó a su plantilla para la 50-51. Debutó en la quinta jornada, en un estruendoso 9-4 sobre el Celta, con Iriondo, Venancio, Zarra, Gárate (también debutante ese día, por baja de Panizo) y Gaínza.

Aunque en el Erandio había jugado de delantero, Garay se instaló en el fútbol como central. Alto, fuerte, de cabeza poderosa, fue un precursor. No era un central al uso de la época, cuando lo que se llevaba (y aplaudía) era despejar el balón lo más lejos y más fuerte posible. Él cortaba, recogía, entregaba o se adelantaba unos metros, manejando con seguridad, hasta encontrar a alguien desmarcado. Era limpio, no era de los de “no importa que pase el balón si no pasa el hombre”. Fue admirado en toda España, uno de los principales de un once que se recitaba de memoria: Carmelo; Orúe, Garay, Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza. Con el Athletic ganó tres Copas y una Liga. Jugó la Copa de Europa, aquel año del célebre partido de la nieve, ante el Manchester United, después de haber eliminado al Honved. Desde 1953 se instaló en la selección. Raro era que faltara.

A finales de los cincuenta el Barça andaba tras él. El presidente, Enrique Guzmán, no quería oír hablar del asunto. Pero su sucesor, Javier Prado, consideró la situación. San Mamés se había quedado pequeño. A pesar de la ampliación en el 57 de la Tribuna Sur, o de Capuchinos, había una lista de 4.000 aspirantes a socio. Se creó un enorme debate en la ciudad. Nunca antes el Athletic había vendido un titular. Pero aparecía un central joven, Echeberria, quedaba Etura, venía también Iturriaga, medio defensivo… El puesto estaba cubierto. Javier Prado miraba con un ojo la oferta del Barça y con otro la Tribuna Norte o Tribuna de Misericordia, llamada así por estar frente a la casa de asilo en la que se venera la imagen de San Mamés. Una tribuna pequeña e incómoda.

GarayJesús Garay, con la camiseta del Athletic./ AS

Y se hizo. Fue un trauma, pero Garay se fue al Barça por seis millones más los derechos de Areta III. Aunque él se fue ganando el doble de lo que cobraba en el Athletic, su marcha tuvo carácter de sacrificio. Era bilbaíno hasta la médula, nunca se habían concebido ni él ni su mujer, que esperaba un segundo hijo, en otro lado. Pero seis millones… Para hacernos una idea, el presupuesto en la 60-61 era de 22.

Cuando ese verano se sortearon las primeras jornadas de Liga, ¡zas! ¡La primera jornada le tocaba al Barça visitar San Mamés! Garay viajó, pero se vio que no era prudente hacerle debutar en un día así. Se aplazó el estreno para un amistoso en Lyon. El Barça ganó 0-2 en San Mamés y Etura, el primer reemplazante, cargó con las culpas.

Pero lo irremediable llegó el curso siguiente. El 14 de enero de 1962, empezando la segunda vuelta, toca la visita del Barça. Caprichos del fútbol, es justo el primer día que la nueva tribuna está a punto. Los seis millones que dio el Barça han sido empleados en ella. Los 20.000 socios son ya 24.000. Pero el precio es ver a Garay enfrente, de blaugrana, dispuesto a cerrarle los caminos del gol a su querido Athletic.

Llueve. Por un día, la lluvia parece triste en San Mamés.

Garay juega nervioso y mal. Arieta, el nueve del Athletic, sabe mucho de su gusto por el juego, sabe que se deja matar antes que rifar un balón, y lo aprovecha. En el minuto 7, Garay se entretiene, Arieta le quita el balón y el central le hace falta. Koldo Aguirre tira entre la barrera y marca. Un minuto después, Quintela se va por la derecha, centra, Arieta se adelanta a Garay y remata de volea. Todavía antes del descanso hay una cesión de Garay a Pesudo que se queda corta por el barro; Arieta, siempre al acecho, marca. Al descanso se van 3-0, y Garay ha estado como sospechoso en los tres goles. Luego, el Barça recompondrá el tipo y hará dos goles en la segunda parte. Final, 3-2.

El socio bilbaíno se retira con una sensación equívoca. Han ganado al Barça, hacían falta los puntos, pero daba lástima que los goles hubieran sido a costa de Garay. Se le seguía queriendo, se interpretó su salida como un sacrificio. Gracias a él había 4.000 socios más, en una nueva tribuna que desde ese día quedó bautizada para siempre como Tribuna Garay. Ni Tribuna Norte ni Tribuna Misericordia. Tribuna Garay.

Las cosas no les fueron bien por separado al Athletic y a Garay. Al Athletic le costó tiempo su renovación. En los primeros sesenta pasó angustias desconocidas, hasta que se asentó una nueva generación, con los Iríbar, Uriarte, Aranguren, Sáez, Larrauri, Argoitia, Arieta II, Villar, Rojo… Y eso que Echeberria, el central que finalmente ocupó el sitio de Garay, resultó. Al final de esa temporada 61-62, ambos, Echeberria y Garay, irían con España al Mundial de Chile.

En cuanto a Garay, tampoco para él nada fue igual. Le tocó un Barça de entreguerras. La primera temporada tuvo la desdicha de perder la final de la Copa de Europa ante el Benfica, el día de los cuatro tiros a los postes cuadrados y los fallos de Ramallets. Se le escapó la oportunidad de ser campeón de Europa. En cinco años ganó una Copa. Y no estuvo en su ambiente. Él era extremadamente religioso, como lo era en aquellos años el propio Athletic, cuyos jugadores hacían ejercicios espirituales cada temporada. Él y Orúe dirigían el rezo del rosario en el autobús del equipo. Entendía mal el modelo laico y cosmopolita de la plantilla del Barça, donde su devoción religiosa resultó una rareza. Los compañeros bromeaban con él. Cumplido el contrato, en la 65-66 se fue al Málaga, que acababa de ascender y se reforzó bien. Allí encontró Garay a un antiguo amigo que tras pasar por la Legión se había hecho sacerdote. Juntos convencieron al club para hacer unos ejercicios espirituales al estilo del Athletic.

Garay gustó allí, se le quiso y se le respetó. El empaque de su juego llenó de admiración a La Rosaleda. Pero no fue suficiente. Su último partido fue el descenso, al empatar en La Rosaleda el partido de vuelta de promoción con el Granada. Decidió dejar el fútbol. Le ofrecieron quedarse como secretario técnico del club, pero rehusó. Ya estaba bien.

Regresó a Bilbao para no salir más. Si acaso, a Bakio, a pocos kilómetros, donde invirtió y tuvo su casa de vacaciones. Su figura, paseando por la ciudad, fue muy querida de todos. Fue asistente asiduo a San Mamés hasta que falleció, en 1995, con 65 años.

Y después también, porque se había convertido en tribuna. Siempre que he ido a ese campo, he mirado para allá y he evocado la memoria de su juego elegante. Anoche volví a recordarle, al ver al Athletic y al Barça frente a esa tribuna por hacer…

El País

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