Seis días de ciclismo nocturno

Por: | 22 de diciembre de 2013

De 1960 a 1970 fueron un clásico en Madrid los Seis Días Ciclistas, seis días, siempre tirando hacia las últimas semanas del año. Equipos de dos corredores, uno de los cuales al menos debía estar siempre sobre la pista, público jaleándoles en las gradas del Palacio de los Deportes de Madrid, y en el centro, la pelouse. En el espacio que en otros momentos se dedicaría al baloncesto o al balonmano, se instalaba un mundillo en el que la farándula, los publicistas y los popes del deporte o la política se mezclaban con los corredores, que tenían ahí mismo sus pequeñas casetillas para dormir y malcomer los ratos que podían. En esa pelouse había mesas de los patrocinadores, camareros de blanco, bellezas, actores, boxeadores, toreros y mucho humo de tabaco, que filtraba la iluminación del palacio creando un espacio fantasmagórico. Olía a pollo, puro, perfume caro, embrocación o sudor, según dónde te arrimaras.

Los seis días ciclistas tenían su origen en Inglaterra, donde a finales del XIX había pruebas de velódromo en las que se competía 12 horas diarias de lunes a sábado. Los americanos importaron el modelo y lo endurecieron: carrera individual, de 142 horas, que empezaba a medianoche del domingo y se prolongaba hasta las diez de la noche del sábado siguiente. Cada corredor decidía cuándo parar a descansar o comer. Aquello era de una dureza extrema, pero llegó a concentrar multitudes, sobre todo en los años de la Prohibición, en los que la gente buscaba diversiones.

El asunto volvió a Europa con esa fórmula, pero suavizada: equipos de dos, de los que al menos uno debería estar siempre en la pista, el otro podía estar descansando. La carrera se fue animando con sprints y pruebas de eliminación, intercalados entre los tramos de americana. Ganaba el equipo con más vueltas dadas en los seis días, y en caso de empate, el que más hubiese puntuado en los  sprints.

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El velódromo del Palacio de los Deportes en el apogeo de los Seis Días. / diario as

Esa es la modalidad que en el 60 trajo a Madrid el periodista catalán Carlos Pardo, un tipo avanzado, siempre mirando corrientes de fuera para importarlas. Él trajo también, por ejemplo, los Globetrotterso el Holiday on Ice, fantásticas novedades para la España oscura de esos años. Con él contactó L'Equipe (era su corresponsal en España) para interesar al Barça en la primera Copa de Europa; no le hicieron caso y entonces se dirigió al Madrid, que se entusiasmó con la idea.

Para incluir un fin de semana completo, solía empezar el viernes (22:30) y acabar el jueves siguiente a media noche. Cada día se hacían cuatro taquillas: mañana (11:00 a 14:00), tarde (16:30 a 18:30), tarde-noche (19:30 a 21:30) y noche (22:30 a 9:00). En los ratos neutralizados siempre debía haber uno por equipo en la pista, dando vueltas y vueltas a ritmo de entrenamiento. Y se solían animar con exhibiciones ciclistas de juveniles, cosas como el récord de la vuelta tras moto, actuaciones musicales, acróbatas o humoristas. Los dos corredores de un equipo llevaban el mismo color. Así que había equipo blanco, negro, morado, verde, naranja, azul, marrón, gris… La sesión más animada era la penúltima, en la que las gradas bullían de aficionados y por la pelouse se paseaban los famosos. La llegada de cada uno de ellos era saludada con ovaciones: Sara Montiel, Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Carmen Sevilla, Folledo… La última sesión notaba dos golpes: el final de los teatros, pasadas las doce, y el de los cabarés, que cerraban a las 3.00. A esa hora, felices desocupados o viajantes trasnochadores se dejaban caer por ahí con sus conquistas, para prolongar la noche antes de ir a esos merenderos de las afueras, de flamenco, tortilla y conejo al ajillo, que tanto se prodigaban, para luego rematar con chocolate con churros en San Ginés. Había algo de transgresor en esa mezcla de deporte y vicio nocturno. Quizá ese fuera el encanto. Radio Madrid, que por entonces empezó la programación de noche con Miguel de los Santos, emitía desde el Palacio un programa que mezclaba música, famoseo y transmisión deportiva.

El aficionado veía con envidia ese mundillo privilegiado y, al tiempo, discutía sobre la prueba. Cada pareja encerraba en sí una rivalidad. Los equipos solían tener un pistard y un routier. Siempre había una minoría adoradora de los pistards, que valoraba su fino estilo, pero el gran público iba, claro, por los routiers. En 1962 se retiró uno de ellos, Poblet, ganando la prueba con Bover de pareja, y aquello fue un clamor.

En 1963 el reclamo fue Bahamontes, que hizo pareja con Tortellá. Bahamontes había sido segundo en el Tour de ese año, se cotizó alto y exigió correr con Tortellá, pareja habitual de Timoner, un héroe nacional que por esos años ganaría seis veces el Mundial tras moto. Bahamontes y Tortellá iban primeros cuando en la sesión final se cayó Bahamontes y ganaron Van Steenbergen-De Bakker. Bahamontes se rompió la clavícula, y aquello fue como una cogida grave de un torero grande. Muchos culparon a Van Steenbergen de haberle tirado. Más bien fue una maniobra dura de un gran sprinter, sin consideración por el entorno. Para unos, fue un crimen de Van Steenbergen, para otros, una pardillada de Bahamontes, que no sabría correr en pista.

El año siguiente, 1964, volvió Bahamontes. Había sido tercero en el Tour, seguía siendo el amo, y esta vez su condición fue correr precisamente en pareja con Van Steenbergen. Fue quizá la mejor edición de todas. En ella se estrenaron los Seis Días del Porvenir, en los que competían aficionados durante dos horas diarias. Ganaron Perurena-López Rodríguez, que más adelante se adjudicarían la prueba profesional.

Pero el morbo estuvo en la carrera mayor, en la pareja entre el escalador y el sprinter, regañados un año antes, compañeros ahora. Van Steenbergen era un mito: tres veces campeón Mundial de fondo en carretera y cerca de cuarenta pruebas de seis días ganadas. Había otras grandes parejas: Timoner-Tortellá, mallorquines, Altig-Bugdahl, alemanes, y Hortelano-Sivilotti, español y argentino, ambos pistards, los más queridos por ese sector del público que consideraba a los routiers brutos sin estilo. Y nueve parejas más, formadas por corredores notables, algunos célebres.

La espectacular Mikaela dio la salida. Se vivió la semana con pasión. Ganaron Bahamontes-Van Steenbergen, en una última jornada final en la que las cuatro principales parejas lucharon una y otra vez por quitarse vuelta, con distintas alternativas. Dieron 11.310 vueltas, 2.262 kilómetros. Para Bahamontes fue la recaraba: “¡Eso para que digan que Fede no sabe andar en pista! ¡Fede sí sabe andar en pista!” Hasta una película se hizo sobre aquella edición.

Fueron años jubilosos, con la prueba subida en la primera gran ola publicitaria que se vivió en España. Estábamos en el despegue del  plan de estabilización, la economía crecía y apareció una clase media consumidora. Cubanos llegados a España cuando a su isla llegó El Comandante y mandó a parar trajeron las técnicas agresivas de los americanos y aquello fue un boom. Las luces, las sirenas, las campanas, las chicas guapas anunciando y regalando, el sorteo diario de una Vespa entre el público, o de un 600 al final de la semana. Todo eso llegó junto y formó un boom feliz.

Pero en 1970, José Solís, Ministro del Movimiento, aceptó un compromiso para hacer circo en el Palacio de los Deportes. Samaranch, al que horrorizaba que el circo invadiera el santuario deportivo, se adelantó y comprometió las fechas para los Seis Días. Y perdió. Carlos Pardo se encontró con un cambio que descolocaba la programación de los ciclistas. Encima, la Federación Madrileña le elevó las tasas y los acomodadores le pidieron un 500 % por nocturnidad. Se hartó y lo dejó.

En los primeros ochenta, él mismo trató de rehacerlo, pero no fue lo mismo, y eso que reapareció Timoner, con 57 años, para animar el cotarro. Duraron tres ediciones. Ya había noches golfas por otros lados y televisión en todas las casas. Hoy sigue habiendo un programa de pruebas de Seis Días por Europa, pero ya no estamos en él. Aquellos Seis Días definieron una época, pero esa época pasó.

Hay 1 Comentarios

Es un placer recordar aquellos años, pero no se olvide usted de esto Sr. Relaño: http://xurl.es/y81mx Es un tema que debería usted tratar más a menudo y no hacerse el loco ;-)

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Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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