Le ha tocado. Esta vez es a usted a quien llaman para contestar a unas preguntas de una encuesta. “Oh, por fin”, supongamos que piensa, en el más optimista de los supuestos. La entrevista se desarrolla con normalidad, se siente cómodo y colaborador. Hasta que de pronto, desconcierto.
Encuestador: “¿En qué grado se siente usted satisfecho con su vida: mucho, algo, poco o nada?”
Su cerebro se dispara, las neuronas, consternadas, se preguntan confundidas unas a otras: ¿Qué diferencia hay entre algo y poco? Pero el cerebro pone orden rápidamente; las hace recapacitar y enseguida dan con la palabra adecuada para sustituir la equivocada. El encuestador ni se ha dado cuenta, solo ha percibido un titubeo.
Encuestado: “Algo, majete”.
Ha sido víctima de una mala traducción, pero es una suerte que su cerebro tenga la capacidad de recomponer la información errónea que se le proporciona y comprenda que ese algo se refiere a bastante.
En ocasiones se toman preguntas (y las opciones de respuesta) de encuestas hechas en otros países y se traducen, con mayor o menor habilidad, del idioma original al vernáculo. En función de la pericia de los profesionales de cada empresa a los que llega esa traducción, el resultado puede ser una pregunta formulada con torpeza o un buen trabajo. Pericia, mimo y profesionalidad, ahí está la clave.
Y no crea que es infrecuente este tipo de incidencias, sobre todo si la empresa desde la que le llaman es una multinacional. Cosas de la globalization.

