La pregunta la planteó ya Juvenal en su Sátira VI, va a hacer casi dos mil años: “¿Y quién vigilará a los propios vigilantes?” (“Sed quis custodiet ipsos custodes?”). Su interrogante iba, en realidad, referido a una mera cuestión doméstica: cómo asegurarse de que los encargados de velar por el comportamiento decoroso de las doncellas cumplirán efectiva y fielmente su función. Pero la frase hizo fortuna y si ha logrado conservar su oportunidad y lozanía hasta nuestros días es porque inmediatamente se le prestó un segundo—y no previsto— sentido, más amplio y más desazonante: los límites del poder. Sencillamente ¿quién cabe esperar que vigile a quienes tienen la tarea de vigilarnos? ¿Quién controlará a los que nos controlan? ¿Quién supervisará a los que nos supervisan? En democracia, y al menos en teoría, la respuesta parece obvia: la propia ciudadanía, por medio del entramado institucional construido al efecto y de cuyo funcionamiento han de responder periódicamente ante ella quienes lo gestionan. Y es que en una sociedad libre las cosas han de estar dispuestas de tal modo que frente a todo poder exista otro que le sirva de freno, contrapeso y control, según la receta que extendiera en su día Montesquieu.
Pero ¿cómo esperar que se mantenga ese complejo y delicado mecanismo de pesos y contrapesos cuando irrumpe, arrolladora, una economía financiera global sin que, paralelamente, se hayan consolidado instituciones políticas, igualmente globales, representativas de la soberanía popular? Y así, de pronto, descubrimos que en la hora actual quienes mandan son los mercados, y no los gobiernos legítimamente elegidos (lo piensa así el 75% de los españoles). Y caemos en la cuenta de lo urgente que es establecer un gobierno europeo con competencias suficientes para controlar a esos mercados que, por encontrarse con las manos totalmente libres, nos controlan tan férrea como indebidamente: lo dice así el 74% de nuestra ciudadanía. Y aunque mayoritariamente (63%) estamos dispuestos a reconocer que tenemos nuestra parte de culpa por lo que está ocurriendo con la economía, la sensación prácticamente unánime (que expresa un 84%) sigue siendo la misma, ahora como hace dos años: la actual crisis tiene unos culpables concretos, que se han beneficiado de la misma y que están consiguiendo pasar desapercibidos.
¿Desapercibidos? Cada vez menos. Si se hacen con el documental (tan premiado como premiable) que hoy facilita este periódico (Inside Job) tendrán ya una primera y amplia lista de individuos que en nombre de la desregulación y de la creatividad financiera pero atendiendo exclusivamente a la más pura, desvergonzada e insaciable codicia originaron una situación por la que merecen ser considerados como auténticos enemigos públicos.

