40 Aniversario

Las matemáticas, las campañas y la política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 10 may 2016

En un país con un importante déficit de formación en matemáticas, en la sociedad y también en la cultura política, sorprende que uno de los argumentos para el acuerdo electoral Podemos-IU haya sido una hipótesis estadística y matemática. Pablo Echenique, doctor en física cuántica y molecular y científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, además de secretario de Organización de Podemos, publicó un muy interesante artículo sobre lo relativo de «los puestos de salida». Una didáctica argumentación con la que pretendía convencer a su homólogo negociador de IU, Adolfo Barrena. El artículo —publicado también en Facebook—, como parte de un ejercicio público y deliberativo de las claves negociadoras, fue una lección matemática muy sugerente sobre las variables continuas (frente a las dicotomías binarias).

En esta corta y frustrada legislatura pasada las matemáticas han estado muy presentes en la vida política, aunque no siempre conscientemente. Hay cuatro disciplinas muy pertinentes para la gestión de la contingencia política que tienen mucho que ver con lo que ha pasado y va a pasar. Cuatro disciplinas, cuatro fases, que resumen bien, estos cuatro meses: decisiones, juegos, negociaciones y cálculos.

  1. El análisis de decisiones, que desarrolla las hipótesis en la toma de decisiones de un individuo o un grupo en condiciones de incertidumbre y en presencia de objetivos múltiples, complejos y contradictorios.
  2. La teoría de juegos, que permite analizar situaciones de conflicto (y el balance de beneficios en un posible desenlace) entre dos o más participantes, esencialmente desde una perspectiva predictiva. Destacan el juego suma cero, el equilibrio de Nash, la teoría de la decisión o el famoso dilema del prisionero.
  3. El análisis de negociaciones, que intenta desarrollar una estrategia ganadora, teniendo en cuenta una descripción del comportamiento previsible de las otras partes.
  4. Y, finalmente, la matemática electoral: la repartición de escaños en función de variables como la participación o la asignación de los restos en métodos como el de la Ley d’Hondt.

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Depresión política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 04 may 2016

La depresión es una enfermedad muy seria. Y grave. Entre el 8 % y el 15 % de los españoles sufrirán depresión en algún momento de su vida. Los casos han aumentado, en los últimos cuatro años, debido al incremento de la esperanza de vida, el mayor consumo de fármacos y a causa de la crisis económica. Además, se confirma —según un análisis de la prestigiosa revista médica BMJ, firmado por expertos en salud pública españoles y de Reino Unido— el impacto que los recortes en Sanidad pueden estar teniendo en la salud.  

Existe un subtipo de depresión, definido como depresión melancólica, que se caracteriza fundamentalmente por la anhedonía, que es la incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en la mayoría de las actividades. Su diagnóstico es complicado por la facilidad de confundirlo con un estado de ánimo. Respecto al tratamiento, más allá de fármacos, es necesario un esfuerzo extra (cambio de actitud o de perspectiva) para indagar, reflexionar, alejar sentimientos de culpa y mejorar la autoestima. Es decir, parte de la solución está dentro, en uno mismo, en su fuero interno.

En los últimos días, la melancolía está atrapando a buena parte de los dirigentes socialistas, a sus militantes y activistas y, también, a los propios electores. La melancolía te paraliza tanto como te reconforta, artificialmente. El tiempo pasado (o perdido) —en su esplendor o en su oportunidad—  se ofrece como refugio emocional. El presente no tiene sentido. El futuro no se imagina, no se espera, no se anhela. Pedro Sánchez intuye la profundidad del desánimo y en el último Comité Federal de su partido arengó: «Ni melancolía, ni frustración», en un intento de insuflar energía movilizadora a los suyos. Y a sí mismo, seguramente.

En política, el estado de ánimo es clave. En una campaña electoral, decisivo. Quien gestione mejor el capital intangible de las emociones compartidas, de las percepciones públicas, de la energía del ánimo, obtendrá un mejor resultado. Pensamos lo que sentimos. Nuestro cerebro es emocional. Los electores están perplejos, cansados, cabreados, decepcionados e irritados. Va por barrios. Pero de lo que estoy seguro es que, además, los tristes no pueden cautivarles. Ni darles esperanza. Y mucho menos combatir tanto sentimiento negativo —incluso hostil— hacia la política.  Los tristes no ganan elecciones (ni lideran, ni seducen, ni convencen).

Los socialistas se enfrentan a unas elecciones que pueden definir el futuro del Gobierno de España, pero también el de un partido con tanto pasado histórico. Y el ánimo no parece desbordante. Hay que cambiar, rápidamente, de atmósfera o los electores no rescatarán a quien no crea en la victoria, en la esperanza. El voto no es un tratamiento médico. El voto es un contrato público sobre el bien común. Sin capacidad de ilusionar, la capacidad de liderar se marchita y la de representar se reduce. Nadie confía en quien no inspira seguridad.

Las encuestas recientes parecen consolidar el mapa que emergió el pasado 20D. Pero las aparentes pequeñas diferencias pueden dar grandes y nuevas combinaciones, en función de cuáles sean los duelos directos, la tasa de abstención, las transferencias de votos entre competidores en las izquierdas y el resultado del último escaño en casi una docena de provincias. En todas estas ecuaciones, la movilización de los electores, hasta el último segundo y voto, es decisiva para el resultado electoral. En las pasadas elecciones, casi un 40 % de los votantes decidió en plena campaña. Nadie moviliza sin ánimo, sin ilusión, sin ganas.

Explorar el enorme potencial de energía política de la música, el ARTivismo, el humor o la videopolítica, por ejemplo, puede (y debe) ser una alternativa e instrumento para una campaña más emocional, inspiracional y movilizadora. Sin energía activista no hay dinero que una campaña pueda substituir. No hablo de sonrisas publicitarias. Hablo de entusiasmo colectivo. Y el pesimismo es tan contagioso como el optimismo. Lo sabe nuestro cerebro.

Reproches o esperanzas

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 24 abr 2016

El filósofo José Ortega y Gasset afirmaba: «Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo». Hay, muchas veces, demasiado prejuicio y muy poca comprensión frente a las nuevas realidades políticas. Comprender significa salir de la zona de confort y estar abierto a cambiar, enmendar o corregir. El prejuicio es seguro. Tan cómodo como inútil, si se quiere transformar. Este apriorismo es perverso: se reviste de coherencia, cuando lo que refleja es una profunda incapacidad para comprender la diferencia o la alteridad. Y las oportunidades.

La próxima —y previsible— campaña electoral va a ser un interesante ejercicio de filosofía política, justo ahora que la suprimimos irresponsablemente de nuestra oferta educativa. En esta campaña, nuestros líderes van a demostrar cuánto, cómo y qué han comprendido de este período. ¿Habrá sido un tiempo perdido, como afirman tantos analistas y confirman las recientes encuestas? Dependerá, fundamentalmente, de la capacidad de autocrítica de nuestros líderes y de su determinación para abandonar el recelo y el reproche, en favor de las propuestas y las esperanzas. Los ciudadanos expresan desánimo y cansancio. ¿Vamos a contribuir a su desazón e irritación con una campaña de acusaciones y culpas? Sería un grave error. Para todos y, seguramente, más para las opciones de alternativa.  

Estas elecciones se sitúan en un marco peligroso para las tres fuerzas del cambio, sean de relevo, de alternativa o de ruptura. El hecho mismo de celebrarse, en el caso de que así sea, sería el fracaso de un nuevo ciclo político caracterizado por las alternativas y no por las meras alternancias. Mariano Rajoy, se presentaría —paradójicamente— como el líder menos deseado, pero como el más insustituible, al fracasar todas las operaciones de apartarle del poder. Fracasaría el deseo, la necesidad y la esperanza. Emociones muy diversas, interpretadas políticamente de manera muy diferente, pero que recogen y expresan el amplio abanico plural de sensaciones que anidan entre 3 de cada 4 electores que desean un cambio. Rajoy impondría un castigo emocional sobre los electores muy desmovilizador: no me quieren, pero deberán soportarme. No hay alternativa.

En este contexto, la tentación de culpabilizar al otro es un atajo torpe. Creer que los electores necesitan una sobrexposición de acusaciones para saber quién ha hecho más o menos (por la gobernabilidad) es un desprecio a su conocimiento y a sus intuiciones. Sería un grave error. Y una pérdida de tiempo que arrastraría a los líderes que lo practiquen a un ejercicio estéril de rentabilidad política. Lo que viene es un tiempo nuevo. Nuestros líderes parecen demasiado atrapados en sus propias justificaciones, pero lo que la mayoría de la sociedad española necesita son sus soluciones.

El agotamiento es total y comprensible, pero sólo alimentará las opciones que rechazan el cambio si el resto de líderes se enzarza en una escalada de reproches y acusaciones. Hay una esperanza posible: o se estimula inteligentemente, o las opciones resignadas serán la única y auténtica realidad. Es, precisamente, esta losa (de que no hay alternativa) la que va a sepultar mayorías y esperanzas. Quien contribuya a ello, tirándose más piedras sobre el tejado colectivo, se merecerá su destino.

¿Colaborar con quien desprecias?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 17 abr 2016


Las razones por las que cada vez parece más difícil la colaboración política entre el PSOE y las fuerzas del ecosistema alrededor de Podemos son múltiples. Y complejas. Entre ellas, destacan cálculos tácticos, recelos personales y miedos estratégicos. La competición ha ocupado, en las mentes de sus dirigentes, el espacio de la colaboración. La desconfianza ―cuando no el desprecio abierto― impide lealtades críticas, cooperaciones exigentes y alianzas responsables. A ello hay que añadir una legítima ―pero extenuante― lucha por la hegemonía en el espacio progresista.

Entre los análisis que explicarían esta situación abundan los que describen el factor humano, en la creación de marcos de seguridad compartidos, como muy determinante en este proceso de negociación y aproximación. Es decir, los que ponen el acento en las relaciones personales ―confiadas o desconfiadas― entre sus máximos dirigentes. Entre Iglesias y Sánchez. Y, también, aquellos que ahondan en las diferencias formales, entre Pablo y Pedro. Pero hay mucho más. Los reproches mutuos sobre la responsabilidad de la más que previsible repetición electoral están agudizando las diferencias estratégicas de fondo. Y son profundas.

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La previsibilidad en política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 04 abr 2016

A Mariano Rajoy, presidente en funciones, le gusta el concepto para autoafirmarse y definirse: «Tengo unas ideas y principios y no los cambio de un día para otro, por eso soy previsible». Lo dijo en 2011. En macroeconomía, la previsibilidad es un valor, en tiempos de incertidumbre económica y de confianza bursátil tan volátil. Pero, en política la previsibilidad no parece ser, precisamente, una virtud, sino más bien un defecto. Puede ser la evidencia de una tozudez o una incapacidad para adaptarse al cambio o a un escenario nuevo. Tozudez que puede derivar en miope sectarismo. E incapacidad que puede acabar en parálisis enrocada. O en coartada.

«¿Dilata Rajoy sus decisiones porque es hombre dubitativo y diletante? ¿Las atempera con sentido táctico? Lo cierto es que el presidente del Gobierno es un don Tancredo para algunos y un estratega para otros. No faltan quienes le atribuyen desgana; pero tampoco los que suponen que transita por el poder desde hace años como por el pasillo de su casa. En todo caso, hay cierto consenso en atribuirle un enorme desdén por la opinión publicada y también por la pública.» Así describía al Presidente, en 2014, José Antonio Zarzalejos en Maquiavelo aplaude a Rajoy.

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El silencio en política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 28 mar 2016

El silencio de Íñigo Errejón, en su pulso con Pablo Iglesias, evidencia cómo las palabras -o su ausencia- son la materia prima de la política. Sin ellas no hay discurso, ni proyecto. Errejón pone en valor, una vez más, el silencio resiliente frente al verbo atronador, como así ha sucedido muchas veces en la historia. La resistencia frente a la fuerza: este es el poderoso marco mental que construye su inaudible -pero muy visible- posición. Atronadora estrategia que deja en evidencia, en un solo movimiento, a su oponente, atropellado por sí mismo, por sus palabras y sus gestos. Un silencio tan leal como letal, por desafiante. Ayer, maestros del lenguaje; y hoy aprendices del valor del silencio como fortaleza. Pero este artículo no es sobre Podemos, ni sobre sus líderes, es una reflexión sobre la potencia actual del silencio en la comunicación política.

En política, en nuestros tiempos, el silencio no tiene quien le escriba. Ni lo practique. Vivimos en una sobrexposición verbal permanente. Las palabras nos liberan, sí; pero también nos ahogan. Los charlatanes (los chamanes que diría Víctor Lapuente) colonizan nuestro espacio público. Pero a lo largo de la historia, el silencio sí ha sido objeto de grandes valoraciones, muy profundas, y que hoy son de actualidad permanente. Desde la filosofía de Confucio (“El silencio es un amigo que jamás traiciona”), pasando por la cita atribuida a William Shakespeare ("Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras"), o a las enseñanzas del abate Joseph Antoine Toussaint Dinouart. Un eclesiástico que escribió, en 1771, un delicioso ensayo con un título muy pertinente: El arte de callar.

En esta obra, el abate nos aconseja sobre las virtudes y los requisitos del silencio, como el pilar fundamental del arte de hablar: “Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”. Dinouart nos alecciona -incluso- sobre el sentido táctico del silencio y sobre las condiciones que lo convierten en transformador: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades, sin cubrirlas de mentiras”. Es una obra actual, como todas las obras morales.

En momentos como los actuales, el silencio puede -y debe- tener una oportunidad más allá de su uso instrumental en una guerra de posiciones internas o externas. El silencio en política puede ir acompañado de otras prácticas tan convenientes como necesarias en este contexto ruidoso de palabras vacías. Estos serían algunos retos que, a mi juicio, el silencio puede depararnos para mejorar la política, mejorando su comunicación:

1. El silencio no es gesticulación. La contención verbal puede y debe ser, también, gestual. Cuando la pose substituye a la posición, la política se trivializa porque acaba en tribal. El gesto ha carcomido la esencia de la política que no puede ser otra que el debate. Es decir, la construcción de mayorías democráticas a través de la deliberación y el contraste. La patología excesiva del gesto, del postureo, está vaciando de significado la política. Sí, las formas son fondo en política, escribo frecuentemente. Pero cuando la gesticulación se apodera del gesto hasta la banalización, este se convierte en una mueca, no en un símbolo, ni en un lenguaje.

2. El silencio es un espacio para la reflexión. O debería. La política vive atrapada por la inmediatez. La voracidad caníbal de las palabras en el ecosistema mediático impide darle importancia. Oímos voces y hemos dejado de escuchar palabras. La acumulación de verbos desdibuja los sujetos. El empobrecimiento el lenguaje político es paralelo a su sobrexposición agitada y acelerada. La necesidad de reaccionar impide la reflexión y la maduración, atropella la deliberación, elimina la escucha por el eco y transforma la conversación en cacofonía digital o ruido televisado. No es fácil pensar cuando solo se habla. Y necesitamos una política más reflexiva.

3. El silencio puede ser conversación. Y reconciliación. Decía Martin Luther King que “al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos sino el silencio de nuestros amigos”. Callar para pactar, callar para crear, callar para confiar. El silencio puede ayudar, paradójicamente, a la construcción de un clima de favorabilidad hacia el acuerdo y el consenso. Hablamos demasiado y decimos tan pocas cosas… que una dosis razonable de contención no solo es deseable, sino conveniente. Callar para, después, hablar. Aprendamos de los clásicos, tan modernos, tan insubstituibles.

Ahora, en tiempos de cálculos políticos y electorales, quizás (como afirma Álex Grijelmo: “Procuro escribir muchas veces 'quizás' o 'tal vez” en su libro Palabras de doble filo) deberíamos recuperar el silencio que genera complicidad. El silencio también tiene doble filo: o es la constatación de la incomunicación, o el suave manto que protege la confianza discreta. Veremos en los próximos días, si más allá de citas convocadas y retransmitidas casi en directo, hay -o no- conversaciones silentes que hagan del silencio público una oportunidad para el diálogo político.

Rendirse

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 20 mar 2016

“No me voy a rendir nunca” ha asegurado Mariano Rajoy. Es, creo, la declaración política más importante del Presidente en funciones desde el 20D. Es una afirmación muy relevante por la carga emocional y política que contiene. La frase es una reivindicación, una advertencia y una propuesta.

La reivindicación. Mariano Rajoy tiende a simplificar la realidad. Su apelación constante al sentido común, o lo normal es una abdicación del pensamiento complejo, diverso y creativo. Rajoy no se rendirá nunca porque prefiere arrastrar a su partido a su suerte. Y cree que ganará. Está en modo competición. Siempre ha sido así, en su trayectoria política: resistir es vencer. Y rendirse es lo contrario de la resistencia. Se reivindica para autoafirmarse. ¿Podría hacer otras cosas?, sí. ¿Sabría?, no lo parece. ¿Quiere?, no.

La advertencia. Es en clave interna y externa. Los movimientos por la sucesión van desde los herederos a los conspiradores. Desde los relevos a las alternativas. El PP ha entrado en ebullición. Pero es un partido que se parece a una olla exprés. Puede aguantar mucha presión, pero necesita una válvula de descompresión. Aunque Rajoy no está dispuesto a ser esa pieza. Ni a bailar, girando por el vapor ―al ritmo del silbido inconfundible―, sobre una tapadera hirviendo. Las ollas exprés funcionan bien cuando la tapa que se puede ajustar herméticamente y la presión se regula mediante una válvula. Pero empiezan los síntomas. Ni la válvula gira, ni la tapa está bien cerrada. Rajoy, con su afirmación, se reivindica y advierte. A riesgo de la explosión.

La propuesta. La profunda convicción que Rajoy tiene de su manera de entender la política es resiliente. Según la Real Academia Española, la resiliencia es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Palabra de moda, desde el urbanismo a la psicología o la ecología, pasando por el mundo de los negocios. ¿Y en política?, también.

El “nunca me voy a rendir” es lo más personal que le recuerdo a Rajoy. Habla de él, en primera persona. Las próximas elecciones, si nada ni nadie lo impide, van a tener mucha testosterona por medio. Rajoy está construyendo su relato electoral, su storytelling particular, como un episodio militar, como una guerra pírrica que veremos si acaba en victoria: tan inútil como dolorosa. Veremos. Rajoy confía en la mística del cerco, del acorralamiento, de la empatía de su electorado con el acechado, despreciado o repudiado. Es su última interpretación, pero le revitalizará. No se sorprendan.

Resistir, no rendirse, tiene literatura y épica. A pesar de las derrotas. Y construye liderazgos a largo plazo. Lo sabe bien, por ejemplo, Hillary Clinton que, en 2008, y a pesar de varias derrotas en las primarias frente a Barack Obama le espetó: "Nunca me rendiré". Y hoy, ocho años después, acaricia la nominación demócrata. Pero Rajoy no tiene más oportunidades. Puedes perder, pero nunca rendirte, es la máxima que acarician la mayoría de los líderes políticos. Y la historia les premia, a veces. Aunque esa tozudez ―tan española, por cierto― se transforme en tragedia o coste excesivo. Rajoy, el empecinado, es muy español, como los Tercios de Flandes. No lo olviden sus contrincantes.

¿Y si no estuviéramos perdiendo el tiempo?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 13 mar 2016

Es comprensible. Acostumbrados a las alternancias, la espera democrática para ver si es posible construir una alternativa de Gobierno se nos antoja como pesada e insatisfactoria. Las alternancias del bipartidismo no tenían sorpresas, sólo turnos. Y eran, casi, inmediatas. Pero tras el resultado electoral del 20D, todo ha cambiado. Y la complejidad de la pluralidad, con su incertidumbre, está sustituyendo a las certezas de la simplicidad binaria de los dos grandes partidos, que han protagonizado más de 35 años de democracia parlamentaria. El 20D cambió todo. ¿No era eso lo que quería la mayoría de la ciudadanía? Lamentablemente, las encuestas están reflejando un cansancio de los electores porque la ecuación que ellos mismos provocaron no se está despejando. La esperanza del voto mutó en expectación negociadora. Y se está transformando, lentamente, en decepción y una creciente exasperación. Tres de cada cuatro electores desearía ya un Gobierno y que los partidos llegaran a acuerdos de gobernabilidad. Tres de cada cuatro, también, creen que no va a ser posible y que nos encaminamos hacia unas nuevas elecciones, seguramente, el 26J.

Lentamente, se va apoderando de la opinión pública la atmósfera de un tiempo perdido. De oportunidad desperdiciada. El desenlace de la sesión de investidura, por previsible que fuera a priori, ha provocado una sensación de frustración, alimentada también por algunas fuerzas políticas. Nuestra paciencia es ya poco resistente. Venimos de una legislatura agotadora, durísima y con grietas y problemas muy profundos que han agitado la epidermis social sobre una estructura ósea social muy quebrantada. Y la ciudadanía deseaba ―y desea todavía― resultados inmediatos, decisivos y claros en un nuevo rumbo de los asuntos públicos. Pero no se vislumbra, de momento, otro horizonte que el electoral. Otra vez.

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Guía para seguir el discurso de investidura

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 01 mar 2016

Hoy a las 16:30h Pedro Sánchez pronunciará el discurso más importante de su carrera política. Como lo fue, por ejemplo, el memorable discurso de José Luis Rodríguez Zapatero, hace más de quince años, y que le llevó a la Secretaría General de su partido. Consiga o no la investidura, este discurso marcará su futuro, aunque no resuelva su presente. Esta tarde veremos si los mimbres del acuerdo actual son suficientes para un cesto capaz de sumar una mayoría. Pero, especialmente, veremos si Pedro Sánchez tiene los mimbres para ser Presidente, ahora o más adelante, de un gobierno transversal y de amplia base. Otra vez más, el líder socialista se somete a una prueba extrema. No ha tenido tregua. Todo han sido match ball en su corta pero intensa y fulgurante carrera política.

Para analizar su discurso deberemos prestar atención a diferentes registros. El primero, el textual: lo que dice. Y el uso preciso de palabras y conceptos, así como el hilo conductor, la tesis de su discurso. Pero también, y muy especialmente, a la poderosa y abundante información que nos ofrecerá su comunicación no verbal. Estos podrían ser algunos puntos de interés:

1. Referencia visual. Hasta ahora, los discursos de Pedro Sánchez en el Congreso siempre han ido dirigidos a Mariano Rajoy. Sánchez era la oposición y, especialmente en el Debate del Estado de la Nación (DEN), el Presidente era su objetivo. Pero hoy, ¿a quién dirigirá su mirada y su discurso? Habrá que observar quién será su referencia visual durante su discurso. Es cierto que Mariano Rajoy sigue siendo el Presidente en funciones, pero el candidato socialista no es hoy el líder de la oposición, sino el candidato a la Presidencia. Si reproduce el «esquema visual» anterior puede cometer un error: se le verá como el que fue, no como el que puede ser. La mirada de Sánchez, hoy, es definitiva para observar como se ve a sí mismo y cómo le veremos los demás.

2. Albert Rivera. Será importante ver cómo Sánchez se dirige a su «socio» en esta investidura. Si tendrá palabras personales para él o si sólo hablará del pacto al que han llegado. Hoy, quizá, descubriremos, si entre ellos hay algo más que intereses (que, en política siempre pueden cambiar en función de la coyuntura). Podremos intuir si hay afecto personal, complicidad, y sintonía. Ahora y en el futuro. Y si este feeling es, además de político, también emocional y generacional o simplemente una colaboración táctica. El dato a seguir es observar cómo habla de Rivera, cuántas veces, en qué contexto y con qué palabras.

3. El pacto. ¿Hablará el candidato sobre todos los asuntos del pacto con Ciudadanos? ¿Lo hará como algo cerrado o dará pie a que se puedan añadir nuevos pactos? ¿Explicará su propuesta a Podemos? El pacto subscrito está cerrado, y a pesar de la precisión del redactado, hay ya diferentes matices ―algunos importantes― entre sus firmantes. Pero lo que hay que observar es si Sánchez habla desde el Pacto, o desde su visión (del mismo y del momento político). Es decir, ¿es el portavoz del acuerdo actual o es un líder que, desde el pacto cerrado, lo abre ―hay que esperar que en consenso y acuerdo con su socio― a otras posibles incorporaciones?.

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El miedo a gobernar

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 14 feb 2016

No se puede gobernar en coalición con complejos. Ni de inferioridad. Ni de superioridad. El miedo a gobernar puede impedir oportunidades históricas y responsabilidades políticas ineludibles. La coalición no es para arrogantes, sino para humildes. No es para impacientes, sino lo contrario. Coaligarse es comprender los límites de tu propio poder, y hacerlos compatibles con los límites de tus socios. España necesita un gobierno estable y fuerte, sí. Pero necesita, también, una larga etapa de pedagogía política y ciudadana sobre el concepto de coalición. Pasar de las cómodas y seguras alternancias a las complejas e inciertas alternativas es un ejercicio de responsabilidad colectiva. De los dirigentes políticos y de los activistas, que no pueden ―ni deben― impedir la cultura del pacto con maximalismos y exigencias, de quienes ignoran la historia y los procesos de maduración y creación de mayorías tanto culturales como políticas.

La coalición es incompatible con la hegemonía y con la destrucción del socio. O su superación. Hay que sustituir la cultura caníbal por la de compartir: éxitos y fracasos. Se trata de crear un escenario y un clima de larga duración. Si la cultura de la coalición fracasa en España, todo lo ganado por la nueva pluralidad política será laminado. Los ciudadanos quieren acuerdos. España los necesita. Y el futuro, y sus inclemencias económicas y políticas, debe ser compartido. Es legítimo competir, pero nadie crea condiciones de pacto sin corresponsabilidad. Un gobierno de coalición no puede ser un gobierno receloso. ¿Cómo va a obtener la confianza de la ciudadanía si sus socios desconfían ―hasta la paranoia― entre sí? Un gobierno de coalición no debe empezar como la crónica de su muerte anunciada.

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Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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