Tecnología para combatir la corrupción

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 19 ene 2017

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El Ayuntamiento de Barcelona acaba de presentar un Buzón Público de Denuncia de la Corrupción (Bústia Ètica) utilizando tecnologías como TOR y GlobaLeaks. Esta iniciativa, a propuesta del equipo de tecnopolítica de Xnet, se enmarca en las recomendaciones del Consell Ciutadà Assessor de l’Oficina per la Transparència i les Bones Pràctiques del Consistorio. La tecnología usada marca un hito histórico para una administración pública local; y un mensaje político muy fuerte. Existe una convicción crecientemente extendida de que la corrupción no puede solucionarse solo con las instituciones democráticas vigilándose a sí mismas. La sociedad civil tiene que jugar un papel central y constante. La vigilancia ciudadana se convierte en un activo democrático.

Tor es un sistema que permite utilizar Internet de manera anónima. Originalmente, Tor fue desarrollado por la Marina de los Estados Unidos, con el propósito principal de proteger las comunicaciones del Gobierno. Actualmente, es utilizado todos los días para una amplia variedad de propósitos por parte de militares, periodistas, agentes de la ley, activistas, y muchos otros. Debido al éxito de uso que ha alcanzado en muchos sectores, el propio Gobierno de los EE. U.U está en una fuerte paradoja y en un creciente conflicto de intereses: por un lado, intentando acabar con el proyecto por parte de sus servicios de seguridad; y, por otro, aumentando su financiación (por terceros) y desarrollo para mejorar el activismo ciudadano.

El debate sobre la libertad en Internet tiene un capítulo muy importante —y controvertido—  en la capacidad de sus usuarios de navegar, publicar o consultar de manera anónima. Al menos superficialmente, ya que, normalmente, a través de la dirección IP de los usuarios se puede averiguar desde qué punto exacto se está utilizando la red. Normalmente el anonimato superficial que proporciona Internet para participar en redes sociales (bajo pseudónimo, por ejemplo.) es suficiente para la mayoría de usuarios. Pero podemos encontrarnos con dos tipos de internautas que sí que necesitan una capa de protección extra: los que cometen algún acto delictivo (tráfico de drogas, armas, venta de programas para crackear sistemas, vulnerabilidades, spamers…); y los que, por cuestiones de activismo, también se suelen encontrar en una situación delicada, en los márgenes de las legislaciones vigentes en sus países.

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Felipe.es

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 24 dic 2016

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Leer entre líneas es una tarea apasionante. Permite la interpretación y la ambigüedad, tan útiles y —a la vez— tan denostadas en la vida política. Vivimos tiempos difíciles, que se vuelven inhóspitos cuando pretendemos definirlos, precisarlos, fijarlos con la pretensión de convertir el lenguaje en una propiedad, en una frontera que delimita, excluye y determina. Nuestra obsesión por la definición nos aleja del fértil espacio democrático que tiene la polisemia, el matiz o la sutileza. Los discursos del Rey hay que leerlos en sus líneas, entre líneas y en los márgenes. Es parte de la liturgia de una monarquía constitucional.

Felipe VI ha vuelto a hacer un discurso sereno, con renovada pretensión de equidistancia, para fortalecer su autoridad moral e institucional. Un discurso suave en las formas, más seguro que nunca, pero con mensajes más o menos cifrados, más o menos explícitos. Quizá ha sido su discurso más personal. Su apelación constante al futuro y la esperanza ha sido una viga maestra de su alocución. El monarca tiene prisa por pasar página del pasado reciente, sea la crisis o «el pesimismo, la desilusión, y el desencanto».

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El junco de Rajoy

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 06 dic 2016

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El junco es una planta cuya principal característica es que su tallo es muy flexible, se inclina, pero no se parte y recupera su forma inicial. Es decir, tiene capacidad de adaptación ante condiciones climáticas adversas, como un vendaval. Se dobla, pero no se rompe, y recupera la verticalidad. Cede para volver a ser.

La virtud de la flexibilidad del junco se suele utilizar como metáfora para explicar lo importante que es la adaptación a diferentes situaciones en la vida cotidiana. Esta capacidad se denomina flexibilidad cognitiva e inspira muchas prácticas emprendedoras y/o empresariales. El libro de Josep Centelles, El buen gobierno de la ciudad, es un buen ejemplo: «Las empresas que, por flexibilidad, saben adaptarse al cambio de producto o de mercado o de estructura de costes permanecen y mejoran en beneficio; las demás, las de recursos humanos menos formados o de estructuras rígidas, perecen al primer síntoma de recesión o frente a la primera andanada monetaria que obviamente queda totalmente fuera de control. Vence la estrategia de la flexibilidad del junco, frente a la rigidez del roble».

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La palabra, en minoría

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 29 oct 2016

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«Calumniad con osadía, siempre quedará alguna cosa». Sir Francis Bacon (1561-1626), filósofo y estadista.

La doble sesión del debate de investidura ha dejado un resultado y un temor. El resultado, el esperado. Y el temor —no por posible, menos sorprendente— es que la legislatura se enlode en un clima agrio de reproches permanentes. Los insultos y descalificaciones personales, ad hominem y que buscan el desprecio y el daño moral al adversario han tenido un protagonismo excesivo: en el atril, en el hemiciclo y en las redes. Después de más de 300 días, el clima se ha envenenado. Peligrosamente, la crispación desplaza a los argumentos. Hemos empezado mal.

 

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Moral, política y el mal menor

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 22 oct 2016

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El presidente de la gestora del PSOE, Javier Fernández, ha utilizado reiteradamente la expresión “el mal menor” para justificar una probable abstención del partido a la investidura de Mariano Rajoy. No me compete, ni pretendo, evaluar los pros y contras de cada una de las opciones que tienen líderes socialistas ante sí, ni opinar sobre el procedimiento para resolver tan compleja y difícil decisión. Deseo centrarme en la utilización de la expresión “el mal menor”, más allá de su efectividad -o no- desde la perspectiva de la comunicación política. Mi reflexión es otra.

Se recurre a un concepto propio de la reflexión moral para dilucidar un dilema político, que -a diferencia de otras situaciones- no encierra un conflicto dramático e irreversible, aunque la negatividad de determinadas políticas sea incuestionable. La teoría del mal menor bebe de fuentes de la filosofía griega: la sentencia de Aristóteles en el libro II de su Ética: “De duobus malis, minor est semper eligendum”. Y encuentra en la sabiduría popular una expresión tan sencilla como contundente: “Del mal, el menos”.

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La noche de los hombres tranquilos

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 26 sep 2016

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Las victorias electorales de Alberto Nuñez Feijóo e Iñigo Urkullu tienen, a pesar de sus diferencias ideológicas, algunos elementos comunes que permiten dibujar la emergencia de un modelo de liderazgo sereno y tranquilo que responde bien —y mejor— a la incertidumbre. Los electores, en tiempos de zozobras y preocupaciones, han apostado por algo más que su continuidad. Han confiado en un estilo parecido que ofrece garantías y solvencia. Liderazgos sosegados, maduros, contenidos. Capitanes confiables. Navegación prudente.

Moderación. Feijóo y Urkullu comparten un estilo moderado, de ribetes sobrios, de formas controladas, de expresiones sin excesos. Son casi adustos. También en la victoria. Valió la pena esperar a sus intervenciones, ya bien entrada la noche. Fueron dos ejemplos de autocontrol. Sin concesiones, pero a la vez con la dosis justa de emocionalidad. Racionales pero sensibles. Ganan los estilos sobrios, de palabras justas, de serenidad en la voz, de temple. Moderados en las formas y en las ideas.

Marca personal. Han ganado con sus apellidos: Feijóo y Urkullu. Ambos han protagonizado la campaña como marca electoral. Los logotipos y símbolos de partido han sido relegados o, abiertamente, apartados. Todo el poder a sus marcas personales por encima de cualquier otra consideración estética. La persona es el mensaje. El apellido el lema. Todo condensado en un nombre. El nombre-país. La identificación máxima. El liderazgo absoluto.

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El debate en Twitter

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 20 sep 2016

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El debate abierto en Twitter entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón sobre la estrategia política y electoral de Podemos tiene un interés indiscutible. Y diverso. El más relevante, sin duda, es el político -y también orgánico- justo en pleno proceso interno de renovación, con una fuerte competencia entre ideas, personas y sectores. El peligro al fraccionalismo cainita les acecha, pero lo evitan con un ejercicio democrático que, en muchos casos, parece ejemplar. Podemos sigue sorprendiendo con una apuesta desacomplejada y abierta -en la sociedad conectada- sobre cómo interpretan sus principales líderes la lealtad, la responsabilidad y la libertad de opinión en la disputa de las ideas dentro, y fuera.

No es extraño que un debate tuitero tenga una gran relevancia política, a pesar de las limitaciones de este formato. Los votantes españoles, por ejemplo, consideran que Twitter es la mayor plataforma de influencia política. Según un estudio encargado por Twitter este mismo año, “8 de cada 10 electores destaca el valor de Twitter como plataforma que genera debate político y favorece la participación ciudadana”. El estudio concluye que para la mayoría de los electores “este canal debe ser utilizado por los políticos para acercarse a los ciudadanos y ofrecer una vía de comunicación directa que contribuya a generar cercanía, transparencia y empatía”. Es decir, con la bronca tuitera, Iglesias y Errejón no solo discuten abiertamente de estrategia, sino que atraen y movilizan políticamente a sus activistas y simpatizantes, ocupando la agenda política mediática justo en el tramo final de la campaña vasca y gallega, como ya lo hiciera, en formatos más programados, en las dos últimas elecciones generales.

Pero la pregunta es inevitable: ¿Twitter favorece, realmente, el debate político? ¿O bien, por el contrario, lo enmascara creando una apariencia de discusión argumentada? ¿Unos monólogos encadenados e intercalados son un debate? El aplausómetro tuitero (retuits, favoritos, menciones y replays…), así como los grafos de la conversación entre comunidades y nodos, se corresponde, entonces, con un indicador fiable de favorabilidad, impacto y simpatía de cada posición… ¿o no? O significa otra cosa que tiene que ver más con la pugna organizada, a veces con ayuda de bots, más que con el debate de las ideas. Y todavía más lejos, la acidez de la agitación tuitera, con sus crecientes episodios de odio y bullying político, ¿no esconde una severa limitación -más allá del de los 140 caracteres- para un debate realmente democrático?

Las posiciones están, cada día, más divididas sobre qué cultura democrática se favorece en los debates digitales. El lector o lectora advertirá, y con razón, que no es posible -ni conveniente- generalizar; y que depende del debate, de los debatientes y de las interacciones. Es cierto. ¿Pero hay en Twitter, por ejemplo, prácticas dialécticas nuevas o que exploren los límites del debate hasta ahora conocidos? La lista de puntos es larga, con aspectos positivos y otros no tanto, pero me centraré en tres que reclaman reflexión: la presencialidad (con los registros de escucha, atención y comprensión), la elaboración y el matiz.

Los debates en Twitter son asíncronos, por naturaleza. La presencia (mejor dicho, su ausencia) es substituida por la conectividad. Solo una voluntad democrática manifiesta de respeto a la pluralidad puede corregir, parcialmente, los inevitables déficits de escucha, de atención y de comprensión que una conversación sincopada, como la tuitera, incorpora. La elaboración está también reducida a la lógica del titular, de la síntesis forzada, de la compresión que no siempre garantiza comprensión. Y, finalmente, el matiz. Twitter no tiene sonido, cadencia, tono, timbre o volumen. El uso de emoticones y símbolos es un atajo tan sugerente como, a veces, insuficiente. No hay cuerpo que hable, ausente el lenguaje no verbal, no hay tampoco el color de la voz. El matiz se diluye, y con ello la necesaria ambigüedad que tan útil es en una cultura democrática de consenso y acuerdo.

Este debate morado ha coincidido -casualmente, entre otros- con el anuncio ayer de Twitter de aumentar su capacidad de conversación e interacción. El uso de imágenes, gif’s, vídeos y encuestas añadidas al final (según TW los tuits con imágenes tienen un 313% más de interacción) no contarán para los 140. En las respuestas, el nombre de usuario al principio del tweet tampoco será penalizado. Los usuarios podrán hacer RT o citar sus propios tuits, aumentando el potencial narrativo hasta los 280 caracteres, entre otras ventajas.

"Twitter se ha convertido en el sistema nervioso de nuestras sociedades, y hay que aprender a utilizarlo", afirma José Luis Orihuela, profesor de la Universidad de Navarra, y uno de nuestros grandes expertos sobre esta red social. Acierta @jlori, una vez más. Pero si la política necesita nervio, no estoy tan seguro que necesite más nervios a los que ya tienen la mayoría de los electores, ni mucho menos dirigentes nerviosos.

Lo que revela el caso Soria

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 07 sep 2016

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Entre las torpezas y errores de esta otra segunda investidura fallida (en este caso la de José Manuel Soria), lo peor ha sido la justificación de legalidad, con la cual se defendía la normalidad de este desatino. Hay que despreciar mucho la estética y la ética políticas para creer que no había problema, que todo era correcto (conveniente, incluso), porque era legal. Realmente, ¿creían que era normal, que no había motivo para el escándalo, la crítica o la censura? ¿Cómo es posible que Mariano Rajoy, un político precavido y astuto, haya cometido tal error de percepción? ¿Qué se nos escapa? La osadía del exministro era preocupante, la complicidad de Luis de Guindos alarmante, pero la decisión del Presidente en funciones, ha sido incomprensible y preocupante. ¿Rajoy ha perdido algo más que una votación parlamentaria? ¿Está el candidato sin reflejos y perdiendo el sentido de la realidad?

La lista de despropósitos es larga. Los más relevantes se centran en la inoportunidad de la pretensión y en la irresponsable justificación. Todo ello ofrece una lectura negativa sobre las competencias y solvencias de Rajoy ante la complejidad actual. Justo en el momento más delicado, se ha autolesionado gravemente. En política, el momento oportuno es decisivo para la acción y, aún más, para la comunicación política. No comprenderlo es un síntoma de agotamiento de reflejos y habilidades que cuestionan —y comprometen— el futuro del indiscutible candidato del PP.

 

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Rajoy, o no.

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 18 ago 2016

Caminos

El libro Los presidentes españoles. Personalidad y oportunidad, las claves del liderazgo político (2014), de José Luis Álvarez, profesor de INSEAD, es un trabajo imprescindible para intentar comprender lo que está pasando en España. El autor afirma rotundo y contundente: “Ninguno de los presidentes españoles merece el nombre de líder en su concepción más exigente". La sensación actual de vacío es extraordinaria. La percepción de que, más allá de sus competencias y habilidades personales y profesionales, la política española está atrapada por la personalidad de nuestros líderes es cada vez más compartida.

El último episodio ha sido el comentario displicente de Mariano Rajoy al ser preguntado por el resultado del debate del máximo órgano de dirección del PP sobre las condiciones de Ciudadanos: "Podemos aceptar muchas cosas. O no". La respuesta, más allá de la resiliente y escapista estrategia, no se puede interpretar sin una clave psicológica. Rajoy ha sometido a su partido a su personalidad, y pretende, consciente o inconscientemente, hacerlo con el Rey, con el Parlamento y con España.

Álvarez, que estudia el liderazgo político desde hace tiempo lo define así, en un artículo reciente: “Tres actividades constituyen liderazgo. La primera, visualizar futuros transformadores del statu quo, la ambición del fin. La segunda y la tercera se refieren a los medios de acción, los recursos necesarios para conseguir grandes objetivos: respectivamente, generar energía para la consecución de fines; y facilitar soportes que hagan sostenible la tracción política”. No parece que se cumplan, actualmente, estas otras condiciones.

¿Puede un partido quedar desactivado, atrapado, secuestrado por la personalidad de su líder? Sí. ¿Es conveniente que suceda en una cultura democrática sólida? No. Radicalmente no. Este debate merece, creo, abrirse. Los partidos no son propiedad de sus dirigentes, ni líderes. Son —o deberían serlo— un instrumento de servicio público, de bien común. “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política… Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”, dice la Constitución Española. Es decir, no son instrumento de sus dirigentes, ni tampoco son propiedad de sus líderes, no están al servicio ni de sus ambiciones, ni de sus pulsiones psicológicas o caracterológicas. No pueden depender del estado de ánimo de sus líderes. No están a su servicio.

Rajoy no tolera (o no entiende) que el documento de Albert Rivera sea unas condiciones. Quisiera que fuera unas conclusiones. De ahí su respuesta desabrida y casi hiriente, que le retrata y le degrada. Detesta sentirse constreñido, limitado, condicionado. Rompe sus esquemas y le obliga a negociar, aceptando que su estilo (el control del tiempo y el de la información) no tiene espacio en un mundo de limitaciones. Tiene una tentación regia en la gestión de la política, desearía que el poder fuera absoluto, pero solo es un Presidente (en funciones) de una democracia parlamentaria, en un escenario con alternativas múltiples. Quizá está descubriendo que sólo podía ser Presidente, o sólo quiere serlo, en un contexto de control total. Pero ese tiempo político ya no volverá. Nunca más. Rajoy ha pasado de la comodidad máxima (mayoria absoluta) a la incomodidad máxima (mayorías múltiples y variables).

Rajoy, o no. Esta es, también, la cuestión para él. Y el escenario que resuelve este dilema es abierto. Rajoy o tres opciones: un recambio (dentro del PP), un cambio (con una alternativa parlamentaria), o un acuerdo por elevación (entre partidos) con un candidato de consenso.

Política colaborativa

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 08 ago 2016

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Confrontarse y competir es el modo natural de actuar en la política partidaria. Pero, de la misma manera que ya hablamos de economía colaborativa o de inteligencia colectiva… ¿podemos hablar de política colaborativa? Parece difícil en un país de trincheras y alamedas ideológicas, pero cada vez hay más una demanda creciente de cooperación y colaboración entre las fuerzas políticas. No hablo solo del tradicional mantra de “los grandes temas de Estado”, no. Me refiero, en este caso, a la cooperación entre espacios políticos limítrofes y contiguos, hibridados con movimientos sociales y tecnopolíticos; con amplias zonas de intersección, pero que, electoralmente, compiten entre sí con una rivalidad exacerbada, de ribetes cainitas.  

Esta política colaborativa debe empezar compartiendo conocimientos en un clima de prácticas y prototipos de intervención política y social. Innovando juntos, aprendiendo y compartiendo. No hay otro camino. El respeto -imprescindible- nace cuando compartes. ¿Se puede colaborar con quien desprecias? No, seguro que no. Las ciudades y los gobiernos locales (del cambio, por ejemplo) son espacios naturales para avanzar en un reencuentro de reconocimiento y respeto mutuo, que favorezca el aprecio y la colaboración sincera y abierta.

MediaLab Prado, por ejemplo, abre una convocatoria de proyectos "Inteligencia Colectiva para la Democracia" que se compartirán en un evento internacional que se celebrará en Madrid. Durante quince días, equipos multidisciplinares realizarán proyectos relacionados con la democracia, la participación ciudadana y las herramientas y metodologías que facilitan estos procesos. “Convocamos a hackers, activistas, políticos, programadores, diseñadores, técnicos de participación y cualquier otra persona interesada en la democracia directa y la participación ciudadana con herramientas digitales”, afirman en su convocatoria.

¿Se puede competir colaborando y compartiendo conocimientos? ¡Sí, claro que sí! Lo saben los emprendedores sociales o tecnológicos que han hecho de la cooperación horizontal un ecosistema fértil para ideas, proyectos y liderazgos. Este cambio cultural es un desafío para la política. Pero es imprescindible si se quiere gobernar en proyectos que van más allá de los gobiernos de coalición. Se trata de gobiernos de cooperación, que es más profundo que el acuerdo táctico, con fecha de caducidad, en un clima de recelo, vigilancia y desconfianza mutuos. Una coalición que se sabe amortizada antes de empezar, o una cooperación que busca, amplía y fortalece mayorías sociales. Esa es la cuestión.  

Hace unos meses, Pedro Sánchez, en plena negociación de su investidura frustrada, hablaba de “mimbres”, tejiendo una idea política sobre el substrato del rico refranero popular. El devenir político convirtió los mimbres en astillas y en espinas. Pero hay que volver a ellos. Es una expresión que se aproxima bien a este concepto de construir algo nuevo con una materia prima compartida capaz de trascender. Hay un poema bellísimo (El mimbre y la poesía) del chileno Efraín Barquero que se acerca con precisión certera, la que solo los poetas alcanzan, a esta idea de colaboración:

“Mimbrero, sentémonos aquí en la calle,
y armemos con tus hilos blancos y con mis hilos azules
los esenciales artefactos de uso diario:
La paz, la mesa, la poesía, la cuna,
el canasto para el pan, la voz para el amor.
Armemos juntos las cosas más esenciales y más simples,
más hermosas y útiles, más verdaderas y económicas,
para cualquiera que pase nos comprenda y nos lleve.
Nos ame, y se pueda servir de nosotros. Nos necesite,
y podamos alegrarlo sin ninguna condición”.

Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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