40 Aniversario

¿Un Gobierno, o un buen gobierno?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 17 jul 2016

Estoy releyendo un libro delicioso —y muy recomendable— de Plutarco: Consejos a los políticos para gobernar bien. Recurro al texto, con frecuencia, en momentos de confusión, casi de atribulación, como los actuales. Sigo la norma del poeta J.V Foix: «Sigueu moderns, llegiu als clàssics». Vuelvo a los filósofos antiguos sin desprecio alguno por la actualidad. Al contrario. Pero sí que lo hago convencido de que, como en muchas otras cosas, las enseñanzas de la historia, y más de la filosofía, son imprescindibles para el presente si éste quiere devenir futuro.

Plutarco, el gran filósofo y uno de los grandes de la literatura helénica de todos los tiempos, ofrece en esta obra consejos que hay que considerar y recuperar si se quiere gobernar: «En primer lugar, no se debe elegir la política por un impulso repentino, por no tener otras ocupaciones o por afán de lucro, sino por convicción y como resultado de una reflexión, sin buscar la propia  reputación,  sino  el  bien  de  los  demás». Ya entonces, como hoy, el acento no estaba en tener —o no— un Gobierno, sino que lo que se necesita, por encima de otras consideraciones, es un buen gobierno. Y buenos gobernantes.

Apelar a la simple —y necesaria— gobernabilidad como factor garante de la estabilidad y del progreso es, como mínimo, discutible. Es falaz. Un Gobierno que no sea un buen gobierno, sería tanto como renunciar al sentido vertebrador y orientador de las políticas, que son diversas y de prioridades diferenciadas. Es decir, hay quien pretende (interesadamente) reducir la política a su gestión administrativa, como si ésta fuera neutra, aséptica o inevitable. Esa es la cuestión central, creo. Hay otras, pero ésta es, a mi juicio, la que debería ocuparnos.

Acaba de salir publicada la última obra de Pierre Rosanvallon, El buen gobierno (Manantial. Buenos Aires, 2016). Un clásico contemporáneo. En esta obra el autor continúa su ambiciosa exploración sobre la mutación de las democracias actuales, iniciada con La contrademocracia (2006) y seguida con La legitimidad democrática (2010) y el imprescindible ensayo La sociedad de los iguales (2011). En su obra reciente, el autor va más allá de la crisis de la representación (que ha ocupado sus textos anteriores) y fija su atención en el mal gobierno provocado por la inobservancia de las reglas de la transparencia y del ejercicio de la responsabilidad, así como la falta de atención (y escucha) de las necesidades, opiniones y demandas de la ciudadanía. 

Su oportuna reflexión me recuerda el método del recientemente fallecido Michel Rocard, y que debería orientar a cualquier político en su tarea de representar y gobernar. Lo reproduzco, literalmente, por su extraordinario valor:

«De entrada, valores fuertes y objetivos claros.
Un conocimiento profundo de la historia, de las representaciones, de los intereses, de las organizaciones.
Una escucha atenta de las partes implicadas, un diálogo profundo, una organización del debate, de su entorno, de su calendario, que ofrezca las mejores oportunidades de éxito.
Un consenso, si es posible; en su defecto, una identificación clara de los puntos de acuerdo y de desacuerdo.
Una decisión clara.
Cuando sea posible, una experimentación.
Una aplicación rápida y firme.
Una evaluación rigurosa de la implementación.
Correcciones de tiro si es necesario».

¿Se puede decir mejor? No me lo parece.

El PP gana, el PSOE decide

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 26 jun 2016

El resultado electoral ha sorprendido a las encuestas y a los analistas. Y ha demostrado, una vez más, que los electores indecisos (o los que deciden en el último tramo de la campaña) son los determinantes. Tiempo habrá para sacar conclusiones sobre si este resultado es deudor, adicionalmente, del Brexit, por ejemplo. Hoy no lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que el PP ha ganado muy claramente las elecciones y ha taponado —por ahora— a Ciudadanos como voto alternativo de centro derecha. El PP ha ganado pero no puede decidir solo; sin el PSOE de Pedro Sánchez, principalmente, no será posible.

Sánchez e Iglesias, igualan resultados, prácticamente, aunque con algunos jirones para ambos. Aunque Sánchez gana varias batallas perdiendo. La primera, la de las expectativas y las percepciones. El sorpasso no se ha producido. Todo el mundo le daba por amortizado, y ahí está.  La segunda, gana la prioridad en el liderazgo de las izquierdas y en el primer movimiento en cualquier posible diálogo progresista. La tercera, gana tiempo.  No está en condiciones de imponer, pero sí de poner condiciones al futuro. El suyo, incluido. La cuarta victoria, la del orgullo socialista. La resistencia del PSOE demuestra la enorme capacidad resiliente del voto socialista y de su organización. Y la quinta y última: gana la batalla interna frente a los que ya habían acordado su funeral político. Y su principal rival interna, Susana Díaz, pierde en Andalucía. Dulce derrota para Sánchez.

Mariano Rajoy no sólo ha resistido, sino que ha crecido. Gran lección. Ha demostrado muchas cualidades no siempre reconocidas. Pero a pesar de que nadie podrá exigirle nada, tampoco podrá imponer sus condiciones en solitario. Ni su presidencia está garantizada: necesitará acuerdos. El PSOE decide, en parte: la presidencia, el Gobierno, el signo político del mismo… y el calendario. Pero la situación es de estancamiento, hasta que el PSOE acuerde internamente su posición y obtenga varias mayorías reforzadas, incluyendo, seguramente, la de sus bases. El bipartidismo resiste, la nueva política flaquea. El pacto es igual o más difícil que después del 20D con un electorado fracturado. La formación de un Gobierno dependerá de la capacidad de pacto del bipartidismo. ¿Quizá ha llegado el momento de un Presidente de consenso?

Es obvio que en el funcionamiento normal de una democracia parlamentaria, pero con un acusado sesgo presidencialista, la responsabilidad de dirigir el Gobierno debe recaer en un líder parlamentario que cuente con el respaldo suficiente en el Congreso de los Diputados. Este es el juego implícito que se desarrolla en las campañas electorales, con un protagonismo acentuado de los líderes de los partidos que convierten de facto la competencia electoral en una competencia personal entre los aspirantes a la Presidencia del Gobierno. Esta es la lógica que ha funcionado durante años en un sistema caracterizado por la alternancia entre las dos fuerzas dominantes del centro-derecha y del centro-izquierda.

Al quebrarse esta lógica, y pasar de las alternancias pasivas a la construcción de alternativas activas, el automatismo entre el liderazgo del partido ganador y la candidatura a presidir el Gobierno se rompe, para entrar en un nuevo escenario en el que el resultado de la negociación entre los diversos actores políticos de un sistema más fragmentado abre nuevas posibilidades… Hasta llegar a la posibilidad de que sea Presidente un candidato que no haya ganado las elecciones (ya ocurrió el #20D pasado), o yendo mucho más allá, al límite de explorar la posibilidad de proponer un candidato no parlamentario para facilitar el acuerdo y evitar una repetición electoral, a todas luces inconveniente.

Hago estos comentarios porque la situación resultante del proceso electoral es muy paradójica: los que ganan (PP) no pueden decidir (aunque puedan intentar sumar con C’s, PNV o Coalición Canaria), sin el apoyo del que ha perdido (PSOE), pero que resulta vencedor en sus otras elecciones: en el liderazgo de la izquierda y en su propio partido. Aunque a Sánchez, parece, que se le han acabado las coartadas para intentar otras operaciones. Su pacto con Ciudadanos no suma hoy ni más votos ni más escaños que el 20D, ni —juntos-— superan al PP. ¿Hay espacio para un segunda oportunidad? No lo parece. Muy difícil, muy angosto, muy complejo.

Sánchez debe administrar bien los tiempos. Y acumular fuerzas dentro y fuera. Tiene en sus manos varias opciones: evitar unas terceras elecciones; desbloquear la política española; sumar a Ciudadanos (a cualquier operación para compartir costes y esfuerzos); demostrar que su voto es útil para gobernar (en el Gobierno o en la oposición parlamentaria); poner muy duras condiciones al PP a cambio de su abstención; o, in extremis, intentar un acuerdo a su alrededor.

Estas elecciones ofrecen, además, otras lecciones. La más importante: la de la humildad. Empezando por quienes aseguran que saben lo que quieren los electores, pasando por los que venden la piel del oso antes de cazarla, hasta llegar a aquellos que deben interpretar sus mandatos.

Guía para seguir las elecciones del #26J

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 25 jun 2016

Este domingo #26J tendrán lugar las elecciones generales en España. Son las segundas elecciones en pocos meses al no haber podido formar Gobierno ninguno de los partidos, por primera vez en la reciente historia democrática. Situación inédita, resultado -quizás- imprevisible. Un final emocional, para un resultado emocionante en una campaña en donde la vida cotidiana ha tenido más relevancia que nunca.

El número de personas indecisas todavía es muy relevante. Para seguir las elecciones, e incluso para saber a quién votar, o para clarificar dudas o reconfirmar intuiciones, adjuntamos algunas ideas que pueden ayudar a tomar un decisión formada e informada:

1. Chequeos electorales. Hay dos interesantes, para preguntar por la ideología y, a partir de las diferentes respuestas, otorgar un partido como el que más se ajusta a las respuestas. Uno de ellos es el de La Vanguardia. Otro, el test de afinidad política de El Confidencial. Y el último, el de la app de APK.

2. Gamificación. Hay otra manera de descubrir e identificar los grados de afinidad con líderes e ideas políticas. Es un ejercicio muy revelador de nuestras convicciones y nuestros prejuicios, también. Se trata de los test lúdicos. ¿Adivina quién dijo qué? Aquí tienes el de EL PAÍS y otro más para seguir explorando tus conocimientos… y tu identidad electoral.

3. Pactómetro. Esta herramienta permite imaginar escenarios de gobernabilidad en función de resultados electorales. Ayuda a tomar conciencia del voto y su utilidad en clave de mayorías parlamentarias. Crea tus pactos postelectorales con el pactómetro. Vota… y verás cómo se puede gobernar con tu voto.

4. Telegram y Twitter. Además de seguir en directo las opiniones y las llamadas a la acción de todos los partidos (así como saber cómo viven cada momento de la jornada electoral), recomiendo sí o sí seguir a politibot, creado por Eduardo Suárez, Martín González, Kiko Llaneras, Juan Font, David Martín-Corral y Jorge Galindo. Se trata de un robot que nos ofrece un montón de buena información sobre la campaña en nuestros móviles. En Twitter, todos los medios se van a hacer eco del minuto a minuto de la jornada. El hashtag será, predominantemente, #26J.

5. Ley d’Hondt. ¿Por qué es importante nuestro voto? ¿en qué provincia tiene más importancia? ¿Cuántos votos son necesarios para que un escaño cambie de un partido a otro (y a qué partido iría)? A estas preguntas nos responden desde un minisite en ABC y desde una app de inventos Montolio.

6. Especiales informativos y las apps. En la mayoría de medios de comunicación habrá (y ya hay) especiales para seguir todas las noticias de la jornada electoral, así como los resultados. Ejemplos: El País, El Periódico, El plural, El economista, El Mundo, Expansión, Sabemos, Huffington Post, etc. Y un acento especial para las Apps móviles. Para saber los resultados y las últimas noticias (en algunas incluso los programas electorales de los diferentes partidos), aconsejo la de eldiario.es, la de El Confidencial y la de APK.

7. Análisis temáticos. Por si importa mucho un tema y se quiere saber qué proponen los partidos sobre él. Respecto a medio ambiente, Greenpeace ha creado un análisis de programas. Lo mismo ha hecho Poletika respecto a cooperación, educación, sanidad, protección social, salarios, conflictos o infancia

8. Las otras webs. Unidos Podemos, Ciudadanos, el Partido Popular y el PSOE: todos tienen ya su web propia falsa, uno de los fenómenos más sugerentes y creativos en esta -¿aburrida?- campaña. Todos los partidos se lo toman con humor, menos el PP, que amenaza a sus creadores con emprender medidas legales.

9. El efecto Google. El posicionamiento en los buscadores (especialmente en Google) se ha vuelto un arma básica para conseguir la atención escasa de los electores (y en particular de los indecisos que resuelven a aplazan su voluntad en las últimas horas). Es a través de los buscadores cómo se ordenan y clasifican contenidos y, por tanto, se vuelve más rápido y sencillo obtener la información que buscamos... cuando dudamos. El posicionamiento SEO se ha vuelto clave en marketing y publicidad y lo es cada vez más en política. Aquí podemos ver cómo ha sido la campaña del #26J en Google.

10. Las redes y la nueva demoscopia. ¿Significa esto que quien gana en redes ganará en las elecciones? Por supuesto que no, pero sí que es un buen indicador para ver la evolución de la campaña de un candidato. La demoscopia tradicional mide opiniones, pero hay una nueva demoscopia que mide búsquedas, intereses, consumos. Se trata de una visión de la realidad mucho más rica e interesante. Que nos permite observar tendencias, adivinar –o intentar hacerlo- qué piensa la gente y en qué está más interesada. De entre las herramientas para ver cuál es el volumen, el tono y la orientación de la conversación recomiendo la iniciativa Elecciones 26J, un proyecto de investigación sobre visualización de datos reales elaborado por Websays, Quadrigram y Sibilare.

Espero que estos recursos os ayuden a tomar la mejor decisión. Suerte. Y nos leeemos en la noche electoral.

Final emocional

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 22 jun 2016

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La última semana de las elecciones del #26J se parece, cada vez más, a una final de medio fondo. Más concretamente, la mítica prueba de 1.500 metros. El deporte (y, en especial, el atletismo) ofrece muchos paralelismos con la competición política y electoral. En estas pruebas, el equilibro entre táctica y estrategia es clave, definitivo, como lo es la administración de las fuerzas; el momento del ataque (largo o corto, en la curva o en su salida, por fuera o por dentro); la gestión psicológica de la recta final —en concreto, en la mismísima línea de cuadros—; y la «quinta marcha»: aquella que te permite intentar atrapar —in extremis— al que va delante, o separarte —definitivamente— de quien te persigue.

Estas elecciones pueden tener un desenlace no previsto demoscópicamente. La apelación emocional puede ser la quinta marcha para las fuerzas políticas: el miedo (a los malos, a los radicales, a los peligros) y el voto útil para el PP; el orgullo, la otra y la buena casta para los socialistas; la ilusión de la victoria alimentada por el sorpasso y el otro voto útil para Unidos Podemos; y el coraje sin complejos de los de Rivera. Las emociones —positivas y negativas— pueden provocar desenlaces inesperados. El pesimismo es tan contagioso como el optimismo. El miedo moviliza tanto como la alegría. También votamos con el corazón. Es la constatación de los límites de la racionalidad. Es el imperio de los sentidos que devienen sentimientos.

En el medio fondo atlético, lo psicológico se convierte en físico. Las neuronas (y las endorfinas) trasnsmutan en músculo y fibra. La resistencia empieza en la increíble resiliencia (tan desconocida como indiscutible). Y la fuerza nace en nuestro corazón. Quedan muchos días. Mejor dicho: muchas horas íntimas o compartidas. Muchas conversaciones con nuestro instinto. Y nuestros intereses. Este tramo final es inédito y puede acabar en un resultado inesperado. No tenemos antecedentes. Ni podemos establecer una línea clara que separe lo racional de lo emocional. Los electores que dudan pueden decidir con sus emociones, no con las razones que esgrimen los que pontifican. Sus dudas no son ignorantes. Son subjetivas, que no es lo mismo. Votarán lo que sientan, no lo que piensen. Cerebro emocional.

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Filósofos en el Congreso

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 31 may 2016

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«La filosofía es el único lugar real en el que podemos ser libres». Bruno Magret

El filósofo Nuccio Ordine, autor del manifiesto titulado La utilidad de lo inútil, defiende los saberes «inútiles» precisamente porque están alejados de cualquier obligación práctica y comercial y, en consecuencia, pueden jugar un papel fundamental en la ética pública y en la conciencia cívica. Son «inútiles», según Ordine, sólo en el sentido en que se oponen radicalmente a la lógica del beneficio y, entonces, a la utilidad dominante. «Si dejamos morir todo aquello que es gratuito, si escuchamos sólo el canto de sirenas de los beneficios económicos, no haremos más que crear una colectividad privada de memoria que, desamparada, acabará por perder también el sentido de la vida y de su propia realidad», señala.

En un momento en que la enseñanza de la filosofía, la ética y la música ha sido casi desterrada de los itinerarios formativos, ¿tiene sentido preguntarnos para qué sirve la filosofía? ¿Ha matado la ciencia a la filosofía? Es más, ¿tiene sentido que los filósofos entren en la política activa? ¿que nos representen?, ¿que quieran estar en el Congreso? Creo que sí, rotundamente.

Hace un año, dos candidatos filosóficos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo (catedrático de Metafísica, por el PSOE) y Luis García Montero (catedrático de Literatura y celebrado poeta, por Izquierda Unida), mostraron que hay un camino propio para otro modelo de liderazgo, de política y de rivalidad electoral. Con su paso adelante, se abría la oportunidad para que la ética de la convicción diera sentido a la ética de la responsabilidad. Seguían la senda iniciada por otros políticos ilustrados y tan amados —por necesarios— por la opinión pública. En las pasadas elecciones del 20D, Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política, fue asesora de Pedro Sánchez. Y ahora, en las elecciones del próximo 26J, dos candidatos explícitamente filósofos enriquecen las listas del PSC en Barcelona y de Geroa Bai en Navarra. Respectivamente, Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, y Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática.

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Las matemáticas, las campañas y la política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 10 may 2016

En un país con un importante déficit de formación en matemáticas, en la sociedad y también en la cultura política, sorprende que uno de los argumentos para el acuerdo electoral Podemos-IU haya sido una hipótesis estadística y matemática. Pablo Echenique, doctor en física cuántica y molecular y científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, además de secretario de Organización de Podemos, publicó un muy interesante artículo sobre lo relativo de «los puestos de salida». Una didáctica argumentación con la que pretendía convencer a su homólogo negociador de IU, Adolfo Barrena. El artículo —publicado también en Facebook—, como parte de un ejercicio público y deliberativo de las claves negociadoras, fue una lección matemática muy sugerente sobre las variables continuas (frente a las dicotomías binarias).

En esta corta y frustrada legislatura pasada las matemáticas han estado muy presentes en la vida política, aunque no siempre conscientemente. Hay cuatro disciplinas muy pertinentes para la gestión de la contingencia política que tienen mucho que ver con lo que ha pasado y va a pasar. Cuatro disciplinas, cuatro fases, que resumen bien, estos cuatro meses: decisiones, juegos, negociaciones y cálculos.

  1. El análisis de decisiones, que desarrolla las hipótesis en la toma de decisiones de un individuo o un grupo en condiciones de incertidumbre y en presencia de objetivos múltiples, complejos y contradictorios.
  2. La teoría de juegos, que permite analizar situaciones de conflicto (y el balance de beneficios en un posible desenlace) entre dos o más participantes, esencialmente desde una perspectiva predictiva. Destacan el juego suma cero, el equilibrio de Nash, la teoría de la decisión o el famoso dilema del prisionero.
  3. El análisis de negociaciones, que intenta desarrollar una estrategia ganadora, teniendo en cuenta una descripción del comportamiento previsible de las otras partes.
  4. Y, finalmente, la matemática electoral: la repartición de escaños en función de variables como la participación o la asignación de los restos en métodos como el de la Ley d’Hondt.

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Depresión política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 04 may 2016

La depresión es una enfermedad muy seria. Y grave. Entre el 8 % y el 15 % de los españoles sufrirán depresión en algún momento de su vida. Los casos han aumentado, en los últimos cuatro años, debido al incremento de la esperanza de vida, el mayor consumo de fármacos y a causa de la crisis económica. Además, se confirma —según un análisis de la prestigiosa revista médica BMJ, firmado por expertos en salud pública españoles y de Reino Unido— el impacto que los recortes en Sanidad pueden estar teniendo en la salud.  

Existe un subtipo de depresión, definido como depresión melancólica, que se caracteriza fundamentalmente por la anhedonía, que es la incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en la mayoría de las actividades. Su diagnóstico es complicado por la facilidad de confundirlo con un estado de ánimo. Respecto al tratamiento, más allá de fármacos, es necesario un esfuerzo extra (cambio de actitud o de perspectiva) para indagar, reflexionar, alejar sentimientos de culpa y mejorar la autoestima. Es decir, parte de la solución está dentro, en uno mismo, en su fuero interno.

En los últimos días, la melancolía está atrapando a buena parte de los dirigentes socialistas, a sus militantes y activistas y, también, a los propios electores. La melancolía te paraliza tanto como te reconforta, artificialmente. El tiempo pasado (o perdido) —en su esplendor o en su oportunidad—  se ofrece como refugio emocional. El presente no tiene sentido. El futuro no se imagina, no se espera, no se anhela. Pedro Sánchez intuye la profundidad del desánimo y en el último Comité Federal de su partido arengó: «Ni melancolía, ni frustración», en un intento de insuflar energía movilizadora a los suyos. Y a sí mismo, seguramente.

En política, el estado de ánimo es clave. En una campaña electoral, decisivo. Quien gestione mejor el capital intangible de las emociones compartidas, de las percepciones públicas, de la energía del ánimo, obtendrá un mejor resultado. Pensamos lo que sentimos. Nuestro cerebro es emocional. Los electores están perplejos, cansados, cabreados, decepcionados e irritados. Va por barrios. Pero de lo que estoy seguro es que, además, los tristes no pueden cautivarles. Ni darles esperanza. Y mucho menos combatir tanto sentimiento negativo —incluso hostil— hacia la política.  Los tristes no ganan elecciones (ni lideran, ni seducen, ni convencen).

Los socialistas se enfrentan a unas elecciones que pueden definir el futuro del Gobierno de España, pero también el de un partido con tanto pasado histórico. Y el ánimo no parece desbordante. Hay que cambiar, rápidamente, de atmósfera o los electores no rescatarán a quien no crea en la victoria, en la esperanza. El voto no es un tratamiento médico. El voto es un contrato público sobre el bien común. Sin capacidad de ilusionar, la capacidad de liderar se marchita y la de representar se reduce. Nadie confía en quien no inspira seguridad.

Las encuestas recientes parecen consolidar el mapa que emergió el pasado 20D. Pero las aparentes pequeñas diferencias pueden dar grandes y nuevas combinaciones, en función de cuáles sean los duelos directos, la tasa de abstención, las transferencias de votos entre competidores en las izquierdas y el resultado del último escaño en casi una docena de provincias. En todas estas ecuaciones, la movilización de los electores, hasta el último segundo y voto, es decisiva para el resultado electoral. En las pasadas elecciones, casi un 40 % de los votantes decidió en plena campaña. Nadie moviliza sin ánimo, sin ilusión, sin ganas.

Explorar el enorme potencial de energía política de la música, el ARTivismo, el humor o la videopolítica, por ejemplo, puede (y debe) ser una alternativa e instrumento para una campaña más emocional, inspiracional y movilizadora. Sin energía activista no hay dinero que una campaña pueda substituir. No hablo de sonrisas publicitarias. Hablo de entusiasmo colectivo. Y el pesimismo es tan contagioso como el optimismo. Lo sabe nuestro cerebro.

Reproches o esperanzas

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 24 abr 2016

El filósofo José Ortega y Gasset afirmaba: «Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo». Hay, muchas veces, demasiado prejuicio y muy poca comprensión frente a las nuevas realidades políticas. Comprender significa salir de la zona de confort y estar abierto a cambiar, enmendar o corregir. El prejuicio es seguro. Tan cómodo como inútil, si se quiere transformar. Este apriorismo es perverso: se reviste de coherencia, cuando lo que refleja es una profunda incapacidad para comprender la diferencia o la alteridad. Y las oportunidades.

La próxima —y previsible— campaña electoral va a ser un interesante ejercicio de filosofía política, justo ahora que la suprimimos irresponsablemente de nuestra oferta educativa. En esta campaña, nuestros líderes van a demostrar cuánto, cómo y qué han comprendido de este período. ¿Habrá sido un tiempo perdido, como afirman tantos analistas y confirman las recientes encuestas? Dependerá, fundamentalmente, de la capacidad de autocrítica de nuestros líderes y de su determinación para abandonar el recelo y el reproche, en favor de las propuestas y las esperanzas. Los ciudadanos expresan desánimo y cansancio. ¿Vamos a contribuir a su desazón e irritación con una campaña de acusaciones y culpas? Sería un grave error. Para todos y, seguramente, más para las opciones de alternativa.  

Estas elecciones se sitúan en un marco peligroso para las tres fuerzas del cambio, sean de relevo, de alternativa o de ruptura. El hecho mismo de celebrarse, en el caso de que así sea, sería el fracaso de un nuevo ciclo político caracterizado por las alternativas y no por las meras alternancias. Mariano Rajoy, se presentaría —paradójicamente— como el líder menos deseado, pero como el más insustituible, al fracasar todas las operaciones de apartarle del poder. Fracasaría el deseo, la necesidad y la esperanza. Emociones muy diversas, interpretadas políticamente de manera muy diferente, pero que recogen y expresan el amplio abanico plural de sensaciones que anidan entre 3 de cada 4 electores que desean un cambio. Rajoy impondría un castigo emocional sobre los electores muy desmovilizador: no me quieren, pero deberán soportarme. No hay alternativa.

En este contexto, la tentación de culpabilizar al otro es un atajo torpe. Creer que los electores necesitan una sobrexposición de acusaciones para saber quién ha hecho más o menos (por la gobernabilidad) es un desprecio a su conocimiento y a sus intuiciones. Sería un grave error. Y una pérdida de tiempo que arrastraría a los líderes que lo practiquen a un ejercicio estéril de rentabilidad política. Lo que viene es un tiempo nuevo. Nuestros líderes parecen demasiado atrapados en sus propias justificaciones, pero lo que la mayoría de la sociedad española necesita son sus soluciones.

El agotamiento es total y comprensible, pero sólo alimentará las opciones que rechazan el cambio si el resto de líderes se enzarza en una escalada de reproches y acusaciones. Hay una esperanza posible: o se estimula inteligentemente, o las opciones resignadas serán la única y auténtica realidad. Es, precisamente, esta losa (de que no hay alternativa) la que va a sepultar mayorías y esperanzas. Quien contribuya a ello, tirándose más piedras sobre el tejado colectivo, se merecerá su destino.

¿Colaborar con quien desprecias?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 17 abr 2016


Las razones por las que cada vez parece más difícil la colaboración política entre el PSOE y las fuerzas del ecosistema alrededor de Podemos son múltiples. Y complejas. Entre ellas, destacan cálculos tácticos, recelos personales y miedos estratégicos. La competición ha ocupado, en las mentes de sus dirigentes, el espacio de la colaboración. La desconfianza ―cuando no el desprecio abierto― impide lealtades críticas, cooperaciones exigentes y alianzas responsables. A ello hay que añadir una legítima ―pero extenuante― lucha por la hegemonía en el espacio progresista.

Entre los análisis que explicarían esta situación abundan los que describen el factor humano, en la creación de marcos de seguridad compartidos, como muy determinante en este proceso de negociación y aproximación. Es decir, los que ponen el acento en las relaciones personales ―confiadas o desconfiadas― entre sus máximos dirigentes. Entre Iglesias y Sánchez. Y, también, aquellos que ahondan en las diferencias formales, entre Pablo y Pedro. Pero hay mucho más. Los reproches mutuos sobre la responsabilidad de la más que previsible repetición electoral están agudizando las diferencias estratégicas de fondo. Y son profundas.

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La previsibilidad en política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 04 abr 2016

A Mariano Rajoy, presidente en funciones, le gusta el concepto para autoafirmarse y definirse: «Tengo unas ideas y principios y no los cambio de un día para otro, por eso soy previsible». Lo dijo en 2011. En macroeconomía, la previsibilidad es un valor, en tiempos de incertidumbre económica y de confianza bursátil tan volátil. Pero, en política la previsibilidad no parece ser, precisamente, una virtud, sino más bien un defecto. Puede ser la evidencia de una tozudez o una incapacidad para adaptarse al cambio o a un escenario nuevo. Tozudez que puede derivar en miope sectarismo. E incapacidad que puede acabar en parálisis enrocada. O en coartada.

«¿Dilata Rajoy sus decisiones porque es hombre dubitativo y diletante? ¿Las atempera con sentido táctico? Lo cierto es que el presidente del Gobierno es un don Tancredo para algunos y un estratega para otros. No faltan quienes le atribuyen desgana; pero tampoco los que suponen que transita por el poder desde hace años como por el pasillo de su casa. En todo caso, hay cierto consenso en atribuirle un enorme desdén por la opinión publicada y también por la pública.» Así describía al Presidente, en 2014, José Antonio Zarzalejos en Maquiavelo aplaude a Rajoy.

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Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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