40 Aniversario

La palabra, en minoría

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 29 oct 2016

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«Calumniad con osadía, siempre quedará alguna cosa». Sir Francis Bacon (1561-1626), filósofo y estadista.

La doble sesión del debate de investidura ha dejado un resultado y un temor. El resultado, el esperado. Y el temor —no por posible, menos sorprendente— es que la legislatura se enlode en un clima agrio de reproches permanentes. Los insultos y descalificaciones personales, ad hominem y que buscan el desprecio y el daño moral al adversario han tenido un protagonismo excesivo: en el atril, en el hemiciclo y en las redes. Después de más de 300 días, el clima se ha envenenado. Peligrosamente, la crispación desplaza a los argumentos. Hemos empezado mal.

 

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Moral, política y el mal menor

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 22 oct 2016

Dilema

El presidente de la gestora del PSOE, Javier Fernández, ha utilizado reiteradamente la expresión “el mal menor” para justificar una probable abstención del partido a la investidura de Mariano Rajoy. No me compete, ni pretendo, evaluar los pros y contras de cada una de las opciones que tienen líderes socialistas ante sí, ni opinar sobre el procedimiento para resolver tan compleja y difícil decisión. Deseo centrarme en la utilización de la expresión “el mal menor”, más allá de su efectividad -o no- desde la perspectiva de la comunicación política. Mi reflexión es otra.

Se recurre a un concepto propio de la reflexión moral para dilucidar un dilema político, que -a diferencia de otras situaciones- no encierra un conflicto dramático e irreversible, aunque la negatividad de determinadas políticas sea incuestionable. La teoría del mal menor bebe de fuentes de la filosofía griega: la sentencia de Aristóteles en el libro II de su Ética: “De duobus malis, minor est semper eligendum”. Y encuentra en la sabiduría popular una expresión tan sencilla como contundente: “Del mal, el menos”.

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La noche de los hombres tranquilos

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 26 sep 2016

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Las victorias electorales de Alberto Nuñez Feijóo e Iñigo Urkullu tienen, a pesar de sus diferencias ideológicas, algunos elementos comunes que permiten dibujar la emergencia de un modelo de liderazgo sereno y tranquilo que responde bien —y mejor— a la incertidumbre. Los electores, en tiempos de zozobras y preocupaciones, han apostado por algo más que su continuidad. Han confiado en un estilo parecido que ofrece garantías y solvencia. Liderazgos sosegados, maduros, contenidos. Capitanes confiables. Navegación prudente.

Moderación. Feijóo y Urkullu comparten un estilo moderado, de ribetes sobrios, de formas controladas, de expresiones sin excesos. Son casi adustos. También en la victoria. Valió la pena esperar a sus intervenciones, ya bien entrada la noche. Fueron dos ejemplos de autocontrol. Sin concesiones, pero a la vez con la dosis justa de emocionalidad. Racionales pero sensibles. Ganan los estilos sobrios, de palabras justas, de serenidad en la voz, de temple. Moderados en las formas y en las ideas.

Marca personal. Han ganado con sus apellidos: Feijóo y Urkullu. Ambos han protagonizado la campaña como marca electoral. Los logotipos y símbolos de partido han sido relegados o, abiertamente, apartados. Todo el poder a sus marcas personales por encima de cualquier otra consideración estética. La persona es el mensaje. El apellido el lema. Todo condensado en un nombre. El nombre-país. La identificación máxima. El liderazgo absoluto.

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El debate en Twitter

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 20 sep 2016

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El debate abierto en Twitter entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón sobre la estrategia política y electoral de Podemos tiene un interés indiscutible. Y diverso. El más relevante, sin duda, es el político -y también orgánico- justo en pleno proceso interno de renovación, con una fuerte competencia entre ideas, personas y sectores. El peligro al fraccionalismo cainita les acecha, pero lo evitan con un ejercicio democrático que, en muchos casos, parece ejemplar. Podemos sigue sorprendiendo con una apuesta desacomplejada y abierta -en la sociedad conectada- sobre cómo interpretan sus principales líderes la lealtad, la responsabilidad y la libertad de opinión en la disputa de las ideas dentro, y fuera.

No es extraño que un debate tuitero tenga una gran relevancia política, a pesar de las limitaciones de este formato. Los votantes españoles, por ejemplo, consideran que Twitter es la mayor plataforma de influencia política. Según un estudio encargado por Twitter este mismo año, “8 de cada 10 electores destaca el valor de Twitter como plataforma que genera debate político y favorece la participación ciudadana”. El estudio concluye que para la mayoría de los electores “este canal debe ser utilizado por los políticos para acercarse a los ciudadanos y ofrecer una vía de comunicación directa que contribuya a generar cercanía, transparencia y empatía”. Es decir, con la bronca tuitera, Iglesias y Errejón no solo discuten abiertamente de estrategia, sino que atraen y movilizan políticamente a sus activistas y simpatizantes, ocupando la agenda política mediática justo en el tramo final de la campaña vasca y gallega, como ya lo hiciera, en formatos más programados, en las dos últimas elecciones generales.

Pero la pregunta es inevitable: ¿Twitter favorece, realmente, el debate político? ¿O bien, por el contrario, lo enmascara creando una apariencia de discusión argumentada? ¿Unos monólogos encadenados e intercalados son un debate? El aplausómetro tuitero (retuits, favoritos, menciones y replays…), así como los grafos de la conversación entre comunidades y nodos, se corresponde, entonces, con un indicador fiable de favorabilidad, impacto y simpatía de cada posición… ¿o no? O significa otra cosa que tiene que ver más con la pugna organizada, a veces con ayuda de bots, más que con el debate de las ideas. Y todavía más lejos, la acidez de la agitación tuitera, con sus crecientes episodios de odio y bullying político, ¿no esconde una severa limitación -más allá del de los 140 caracteres- para un debate realmente democrático?

Las posiciones están, cada día, más divididas sobre qué cultura democrática se favorece en los debates digitales. El lector o lectora advertirá, y con razón, que no es posible -ni conveniente- generalizar; y que depende del debate, de los debatientes y de las interacciones. Es cierto. ¿Pero hay en Twitter, por ejemplo, prácticas dialécticas nuevas o que exploren los límites del debate hasta ahora conocidos? La lista de puntos es larga, con aspectos positivos y otros no tanto, pero me centraré en tres que reclaman reflexión: la presencialidad (con los registros de escucha, atención y comprensión), la elaboración y el matiz.

Los debates en Twitter son asíncronos, por naturaleza. La presencia (mejor dicho, su ausencia) es substituida por la conectividad. Solo una voluntad democrática manifiesta de respeto a la pluralidad puede corregir, parcialmente, los inevitables déficits de escucha, de atención y de comprensión que una conversación sincopada, como la tuitera, incorpora. La elaboración está también reducida a la lógica del titular, de la síntesis forzada, de la compresión que no siempre garantiza comprensión. Y, finalmente, el matiz. Twitter no tiene sonido, cadencia, tono, timbre o volumen. El uso de emoticones y símbolos es un atajo tan sugerente como, a veces, insuficiente. No hay cuerpo que hable, ausente el lenguaje no verbal, no hay tampoco el color de la voz. El matiz se diluye, y con ello la necesaria ambigüedad que tan útil es en una cultura democrática de consenso y acuerdo.

Este debate morado ha coincidido -casualmente, entre otros- con el anuncio ayer de Twitter de aumentar su capacidad de conversación e interacción. El uso de imágenes, gif’s, vídeos y encuestas añadidas al final (según TW los tuits con imágenes tienen un 313% más de interacción) no contarán para los 140. En las respuestas, el nombre de usuario al principio del tweet tampoco será penalizado. Los usuarios podrán hacer RT o citar sus propios tuits, aumentando el potencial narrativo hasta los 280 caracteres, entre otras ventajas.

"Twitter se ha convertido en el sistema nervioso de nuestras sociedades, y hay que aprender a utilizarlo", afirma José Luis Orihuela, profesor de la Universidad de Navarra, y uno de nuestros grandes expertos sobre esta red social. Acierta @jlori, una vez más. Pero si la política necesita nervio, no estoy tan seguro que necesite más nervios a los que ya tienen la mayoría de los electores, ni mucho menos dirigentes nerviosos.

Lo que revela el caso Soria

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 07 sep 2016

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Entre las torpezas y errores de esta otra segunda investidura fallida (en este caso la de José Manuel Soria), lo peor ha sido la justificación de legalidad, con la cual se defendía la normalidad de este desatino. Hay que despreciar mucho la estética y la ética políticas para creer que no había problema, que todo era correcto (conveniente, incluso), porque era legal. Realmente, ¿creían que era normal, que no había motivo para el escándalo, la crítica o la censura? ¿Cómo es posible que Mariano Rajoy, un político precavido y astuto, haya cometido tal error de percepción? ¿Qué se nos escapa? La osadía del exministro era preocupante, la complicidad de Luis de Guindos alarmante, pero la decisión del Presidente en funciones, ha sido incomprensible y preocupante. ¿Rajoy ha perdido algo más que una votación parlamentaria? ¿Está el candidato sin reflejos y perdiendo el sentido de la realidad?

La lista de despropósitos es larga. Los más relevantes se centran en la inoportunidad de la pretensión y en la irresponsable justificación. Todo ello ofrece una lectura negativa sobre las competencias y solvencias de Rajoy ante la complejidad actual. Justo en el momento más delicado, se ha autolesionado gravemente. En política, el momento oportuno es decisivo para la acción y, aún más, para la comunicación política. No comprenderlo es un síntoma de agotamiento de reflejos y habilidades que cuestionan —y comprometen— el futuro del indiscutible candidato del PP.

 

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Rajoy, o no.

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 18 ago 2016

Caminos

El libro Los presidentes españoles. Personalidad y oportunidad, las claves del liderazgo político (2014), de José Luis Álvarez, profesor de INSEAD, es un trabajo imprescindible para intentar comprender lo que está pasando en España. El autor afirma rotundo y contundente: “Ninguno de los presidentes españoles merece el nombre de líder en su concepción más exigente". La sensación actual de vacío es extraordinaria. La percepción de que, más allá de sus competencias y habilidades personales y profesionales, la política española está atrapada por la personalidad de nuestros líderes es cada vez más compartida.

El último episodio ha sido el comentario displicente de Mariano Rajoy al ser preguntado por el resultado del debate del máximo órgano de dirección del PP sobre las condiciones de Ciudadanos: "Podemos aceptar muchas cosas. O no". La respuesta, más allá de la resiliente y escapista estrategia, no se puede interpretar sin una clave psicológica. Rajoy ha sometido a su partido a su personalidad, y pretende, consciente o inconscientemente, hacerlo con el Rey, con el Parlamento y con España.

Álvarez, que estudia el liderazgo político desde hace tiempo lo define así, en un artículo reciente: “Tres actividades constituyen liderazgo. La primera, visualizar futuros transformadores del statu quo, la ambición del fin. La segunda y la tercera se refieren a los medios de acción, los recursos necesarios para conseguir grandes objetivos: respectivamente, generar energía para la consecución de fines; y facilitar soportes que hagan sostenible la tracción política”. No parece que se cumplan, actualmente, estas otras condiciones.

¿Puede un partido quedar desactivado, atrapado, secuestrado por la personalidad de su líder? Sí. ¿Es conveniente que suceda en una cultura democrática sólida? No. Radicalmente no. Este debate merece, creo, abrirse. Los partidos no son propiedad de sus dirigentes, ni líderes. Son —o deberían serlo— un instrumento de servicio público, de bien común. “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política… Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”, dice la Constitución Española. Es decir, no son instrumento de sus dirigentes, ni tampoco son propiedad de sus líderes, no están al servicio ni de sus ambiciones, ni de sus pulsiones psicológicas o caracterológicas. No pueden depender del estado de ánimo de sus líderes. No están a su servicio.

Rajoy no tolera (o no entiende) que el documento de Albert Rivera sea unas condiciones. Quisiera que fuera unas conclusiones. De ahí su respuesta desabrida y casi hiriente, que le retrata y le degrada. Detesta sentirse constreñido, limitado, condicionado. Rompe sus esquemas y le obliga a negociar, aceptando que su estilo (el control del tiempo y el de la información) no tiene espacio en un mundo de limitaciones. Tiene una tentación regia en la gestión de la política, desearía que el poder fuera absoluto, pero solo es un Presidente (en funciones) de una democracia parlamentaria, en un escenario con alternativas múltiples. Quizá está descubriendo que sólo podía ser Presidente, o sólo quiere serlo, en un contexto de control total. Pero ese tiempo político ya no volverá. Nunca más. Rajoy ha pasado de la comodidad máxima (mayoria absoluta) a la incomodidad máxima (mayorías múltiples y variables).

Rajoy, o no. Esta es, también, la cuestión para él. Y el escenario que resuelve este dilema es abierto. Rajoy o tres opciones: un recambio (dentro del PP), un cambio (con una alternativa parlamentaria), o un acuerdo por elevación (entre partidos) con un candidato de consenso.

Política colaborativa

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 08 ago 2016

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Confrontarse y competir es el modo natural de actuar en la política partidaria. Pero, de la misma manera que ya hablamos de economía colaborativa o de inteligencia colectiva… ¿podemos hablar de política colaborativa? Parece difícil en un país de trincheras y alamedas ideológicas, pero cada vez hay más una demanda creciente de cooperación y colaboración entre las fuerzas políticas. No hablo solo del tradicional mantra de “los grandes temas de Estado”, no. Me refiero, en este caso, a la cooperación entre espacios políticos limítrofes y contiguos, hibridados con movimientos sociales y tecnopolíticos; con amplias zonas de intersección, pero que, electoralmente, compiten entre sí con una rivalidad exacerbada, de ribetes cainitas.  

Esta política colaborativa debe empezar compartiendo conocimientos en un clima de prácticas y prototipos de intervención política y social. Innovando juntos, aprendiendo y compartiendo. No hay otro camino. El respeto -imprescindible- nace cuando compartes. ¿Se puede colaborar con quien desprecias? No, seguro que no. Las ciudades y los gobiernos locales (del cambio, por ejemplo) son espacios naturales para avanzar en un reencuentro de reconocimiento y respeto mutuo, que favorezca el aprecio y la colaboración sincera y abierta.

MediaLab Prado, por ejemplo, abre una convocatoria de proyectos "Inteligencia Colectiva para la Democracia" que se compartirán en un evento internacional que se celebrará en Madrid. Durante quince días, equipos multidisciplinares realizarán proyectos relacionados con la democracia, la participación ciudadana y las herramientas y metodologías que facilitan estos procesos. “Convocamos a hackers, activistas, políticos, programadores, diseñadores, técnicos de participación y cualquier otra persona interesada en la democracia directa y la participación ciudadana con herramientas digitales”, afirman en su convocatoria.

¿Se puede competir colaborando y compartiendo conocimientos? ¡Sí, claro que sí! Lo saben los emprendedores sociales o tecnológicos que han hecho de la cooperación horizontal un ecosistema fértil para ideas, proyectos y liderazgos. Este cambio cultural es un desafío para la política. Pero es imprescindible si se quiere gobernar en proyectos que van más allá de los gobiernos de coalición. Se trata de gobiernos de cooperación, que es más profundo que el acuerdo táctico, con fecha de caducidad, en un clima de recelo, vigilancia y desconfianza mutuos. Una coalición que se sabe amortizada antes de empezar, o una cooperación que busca, amplía y fortalece mayorías sociales. Esa es la cuestión.  

Hace unos meses, Pedro Sánchez, en plena negociación de su investidura frustrada, hablaba de “mimbres”, tejiendo una idea política sobre el substrato del rico refranero popular. El devenir político convirtió los mimbres en astillas y en espinas. Pero hay que volver a ellos. Es una expresión que se aproxima bien a este concepto de construir algo nuevo con una materia prima compartida capaz de trascender. Hay un poema bellísimo (El mimbre y la poesía) del chileno Efraín Barquero que se acerca con precisión certera, la que solo los poetas alcanzan, a esta idea de colaboración:

“Mimbrero, sentémonos aquí en la calle,
y armemos con tus hilos blancos y con mis hilos azules
los esenciales artefactos de uso diario:
La paz, la mesa, la poesía, la cuna,
el canasto para el pan, la voz para el amor.
Armemos juntos las cosas más esenciales y más simples,
más hermosas y útiles, más verdaderas y económicas,
para cualquiera que pase nos comprenda y nos lleve.
Nos ame, y se pueda servir de nosotros. Nos necesite,
y podamos alegrarlo sin ninguna condición”.

Snapchat y la nueva comunicación política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 03 ago 2016

Marcelo Tinelli es el presentador estrella en Argentina, conocido por toda la ciudadanía. Hace muy pocos días, en su programa de televisión, uno de sus actores satirizó al presidente Mauricio Macri. Inmediatamente, más de 150.000 tuits atacaron a Tinelli por permitirlo. Éste denunció ser atacado por el ejército de trolls de Presidencia. Macri no tardó en rebatirle y, lo que empezó como una pequeña anécdota en un programa humorístico, terminó con una grave crisis de comunicación entre dos de las figuras más conocidas del país. Es precisamente por eso, para rebajar la tensión, que Macri invitó a Tinelli a la Casa Rosada, sin avisar a la prensa.

Juntos diseñaron una estrategia ganadora. Macri tan sólo publicó un pequeño vídeo de 4 segundos en Twitter y, a continuación, todo el encuentro se narró en su Snapchat. Incluso «jugó» con la función «Face Swap», o intercambio de caras, para crear una divertida imagen de los dos, donde cada uno tenía el rostro del otro. En cuestión de minutos ya no había crisis, y su encuentro había llegado, gracias a Snapchat, a muchísimo público, especialmente jóvenes. Las redes unieron lo que el plató televisivo había separado.

La comunicación ha cambiado. Los medios tradicionales, en determinada comunicación institucional, ya sólo pueden hacer de amplificadores de lo que sucede en las redes, y analizarlo. Ya no hay intermediarios y la comunicación es directa entre líder y ciudadanía. En Snapchat, Macri es el principal exponente, como lo es la Casa Blanca o Hillary Clinton. Cada vez hay más comunicación en esta red.

Pero ¿qué es Snapchat? La aplicación permite a los usuarios hacer fotografías, grabar vídeos, añadir textos y dibujos y enviarlos a su lista de contactos personales. Estos vídeos y fotografías se conocen como snaps y los usuarios pueden controlar el tiempo durante el que éstos serán visibles (de 1 a 10 segundos de duración). Tras ser vistos, desaparecerán de la pantalla del teléfono móvil. Lo interesante de esas imágenes o vídeos —y que más éxito ha obtenido— es también poder añadir filtros y frases.

Y esta tipología de contenidos está siendo un éxito, sobre todo en los jóvenes. El 60 % de estadounidenses entre 13 y 24 años tiene cuenta en esta red social, que conforman 200 millones en todo el mundo. Además, sus usuarios suelen pasar unos 30 minutos al día en ella. Los usuarios de Snapchat miran 10 mil millones de vídeos por día, y 9.000 fotos por segundo. El éxito como red social es formidable.

Esta red, para la comunicación política, puede marcar un antes y un después en el modo en el que una red social puede convertirse también en un arma para difundir los mensajes políticos y acercar a los dirigentes a la ciudadanía, ya que tiene dos grandes ventajas respecto al resto de redes (y sí, también tiene inconvenientes, como tener poco público mayor de 30 años).

En primer lugar, una ventaja es la segmentación. Se busca dar el mensaje idóneo a las personas —o nichos— idóneos. Y ninguna relación política es tan buena como la que se consigue cuando sabes qué le importa a tu interlocutor. En el caso de Snapchat, es seguramente la única red social donde la diferencia generacional es tan elevada. Es usada casi en su totalidad por jóvenes, de 13 a 34 años. Lo más interesante es que es la aplicación número 1 en el tramo de edad de 14 a 24 años. Un estudio de Nielsen mostró que alcanza al 41 % de la población de 18 a 34 años de edad en los EE. UU., mientras que las 15 principales cadenas de televisión del país llegan sólo al 6 % de las personas en el mismo grupo de edad. Los filtros geosegmentados, que ha usado mucho el equipo de campaña de Bernie Sanders, son otra de sus ventajas.

En segundo lugar, Snapchat, por su tipología de contenidos, es una excelente herramienta de humanización del candidato, como lo está siendo, a menudo, Instagram (Mauricio Macri es el principal exponente). Los políticos se pueden mostrar más divertidos, enseñar el backstage de su vida política, en ocasiones a su familia, con quién se encuentran y con quién hablan, gente normal… de eso se trata. Vídeos informales, espontáneos (o que son percibidos de este modo)… y muchos de estos contenidos también se pueden usar en otras redes sociales.

Pero Snapchat significa, a su vez, un cambio en los contenidos que cualquier institución, empresa o político debe comunicar. Y representa un cambio importante, con contenidos muy diferentes a los que se lanzan en otras redes como Twitter y Facebook. Para comunicar en esta red social los políticos deben tener en cuenta algunas ideas:

  1. Snapchat es otra manera de comunicarse y dirigirse a un público distinto, el más joven. La gran mayoría de sus usuarios ni siquiera tiene edad para votar. Pero ese es el tema: podemos llegar a un público al que nadie llega. Hacerlo a través de la palma de su mano, desde sus dispositivos móviles. Y en su propio lenguaje.
  2. No basta con estar. Como en cualquier red social, hay que entender el espíritu de la propia red y adaptar nuestros contenidos a ella y a su público objetivo. Entender y adaptar nuestra comunicación es el reto.
  3. Lo que triunfa es lo divertido, pero también lo curioso, lo anecdótico, lo que no sale en los medios ni en el resto de redes sociales. Si alimentamos la curiosidad de nuestros seguidores lograremos más.
  4. La humanización es importante. Debemos mostrar cómo son los candidatos y los políticos en su día a día, con sus familias, y, también, con quién se reúnen o a quién conocen en las calles. Snapchat se puede convertir a veces, por así decirlo, en la cara humana de la campaña ante la ingente comunicación constante.
  5. Está muy bien comunicarse con los más jóvenes, y hacerlo en sus canales, pero no olvidemos que también nuestros mensajes deben ser adecuados a ellos y a sus problemáticas. Si damos mensajes generales, no impactaremos en este segmento de población.
  6. Cada vez la comunicación es más visual y está primando el directo (o contenido grabado en vivo, aunque se vea después), que crea la percepción de cercanía y de veracidad. Snapchat es una excelente herramienta para lograrlo.
  7. Los vídeos verticales —y con sonido— son los reyes de esta red social. Y es diferente al resto de vídeos que se suelen usar en campañas electorales o en campañas de comunicación institucional.
  8. Los contenidos que se pueden subir a Snapchat en campaña son innumerables. Además, nadie espera una gran calidad. Hablamos de la preparación de discursos o debates, de un paseo por la calle, de cuando se baja de un vehículo… surgen muchísimas ideas y oportunidades. Quien más tenga y mejor las aproveche, más lejos llegará con su mensaje. Pero los usuarios de Snapchat sólo seguirán al candidato/a si sus contenidos son interesantes y variados.
  9. Con Snapchat es muy sencillo proponer ideas y acciones en red para realizar pequeñas campañas online. Se puede proponer que los usuarios, simpatizantes se graben votando, o que usen un filtro del candidato/a, etc.
  10. La geolocalización y la publicidad son el futuro de Snapchat; y el futuro para las campañas. Comprenderlo es el primer paso para hacer un buen uso.

En resumen, la comunicación política, como se ha demostrado en estas primarias demócratas y republicanas, pero también en las elecciones peruanas con Pedro Pablo Kuczynski, o las españolas (con el uso por parte de Gabriel Rufián, ERC, y el PP en Cataluña), está cambiando. Snapchat, si se comprende, es una excelente arma comunicativa para llegar a un público al que no se suele llegar, y hacerlo de otro modo, más divertido y cercano. Y eso siempre es una buena oportunidad para la política, para una nueva política.

Rajoy y las Leyes de Newton

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 29 jul 2016

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Isaac Newton, físico, filósofo, teólogo, alquimista y matemático inglés, está considerado como el más grande científico de la historia. Fue el primero en demostrar que las leyes naturales que gobiernan el movimiento en la Tierra y los cuerpos celestes son las mismas. En su obra Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), Newton estableció los tres «axiomas o leyes del movimiento». El primero es la Ley de la inercia, el segundo es la Ley de la dinámica, y el tercero la Ley de la acción y reacción. Las leyes de Newton expresan la relación entre movimientos y fuerzas. Es decir, la manzana de Newton no cae porque sí, o porque ya esté madura…. sino atraída por una fuerza, la de la gravedad. No es el tiempo el que hace caer la fruta (ni mucho menos la paciencia o el oportunismo del que espera), todo lo contrario. Es la fuerza la que provoca su movimiento.

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¿Un Gobierno, o un buen gobierno?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 17 jul 2016

Estoy releyendo un libro delicioso —y muy recomendable— de Plutarco: Consejos a los políticos para gobernar bien. Recurro al texto, con frecuencia, en momentos de confusión, casi de atribulación, como los actuales. Sigo la norma del poeta J.V Foix: «Sigueu moderns, llegiu als clàssics». Vuelvo a los filósofos antiguos sin desprecio alguno por la actualidad. Al contrario. Pero sí que lo hago convencido de que, como en muchas otras cosas, las enseñanzas de la historia, y más de la filosofía, son imprescindibles para el presente si éste quiere devenir futuro.

Plutarco, el gran filósofo y uno de los grandes de la literatura helénica de todos los tiempos, ofrece en esta obra consejos que hay que considerar y recuperar si se quiere gobernar: «En primer lugar, no se debe elegir la política por un impulso repentino, por no tener otras ocupaciones o por afán de lucro, sino por convicción y como resultado de una reflexión, sin buscar la propia  reputación,  sino  el  bien  de  los  demás». Ya entonces, como hoy, el acento no estaba en tener —o no— un Gobierno, sino que lo que se necesita, por encima de otras consideraciones, es un buen gobierno. Y buenos gobernantes.

Apelar a la simple —y necesaria— gobernabilidad como factor garante de la estabilidad y del progreso es, como mínimo, discutible. Es falaz. Un Gobierno que no sea un buen gobierno, sería tanto como renunciar al sentido vertebrador y orientador de las políticas, que son diversas y de prioridades diferenciadas. Es decir, hay quien pretende (interesadamente) reducir la política a su gestión administrativa, como si ésta fuera neutra, aséptica o inevitable. Esa es la cuestión central, creo. Hay otras, pero ésta es, a mi juicio, la que debería ocuparnos.

Acaba de salir publicada la última obra de Pierre Rosanvallon, El buen gobierno (Manantial. Buenos Aires, 2016). Un clásico contemporáneo. En esta obra el autor continúa su ambiciosa exploración sobre la mutación de las democracias actuales, iniciada con La contrademocracia (2006) y seguida con La legitimidad democrática (2010) y el imprescindible ensayo La sociedad de los iguales (2011). En su obra reciente, el autor va más allá de la crisis de la representación (que ha ocupado sus textos anteriores) y fija su atención en el mal gobierno provocado por la inobservancia de las reglas de la transparencia y del ejercicio de la responsabilidad, así como la falta de atención (y escucha) de las necesidades, opiniones y demandas de la ciudadanía. 

Su oportuna reflexión me recuerda el método del recientemente fallecido Michel Rocard, y que debería orientar a cualquier político en su tarea de representar y gobernar. Lo reproduzco, literalmente, por su extraordinario valor:

«De entrada, valores fuertes y objetivos claros.
Un conocimiento profundo de la historia, de las representaciones, de los intereses, de las organizaciones.
Una escucha atenta de las partes implicadas, un diálogo profundo, una organización del debate, de su entorno, de su calendario, que ofrezca las mejores oportunidades de éxito.
Un consenso, si es posible; en su defecto, una identificación clara de los puntos de acuerdo y de desacuerdo.
Una decisión clara.
Cuando sea posible, una experimentación.
Una aplicación rápida y firme.
Una evaluación rigurosa de la implementación.
Correcciones de tiro si es necesario».

¿Se puede decir mejor? No me lo parece.

Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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