La claridad de la exposición es la claridad de la idea. Y la política formal parece, cuando menos, bastante nublada. Una de las críticas más incuestionables en la opinión pública es que nuestros representantes no hablan claro (el debate sobre el uso de la palabra “rescate” sería el último episodio), que casi siempre hablan entre ellos, de sus temas y en sus medios. La ruptura en la confianza política se alimenta, entre otras razones, con la ofuscación y confusión con que las palabras políticas intentan trasladar ideas políticas. Y no parece que lo consigan con la eficacia con la que los retos nos obligan. Si no se sabe explicar es que, quizás, no se sabe hacia dónde se va. Y si, además, no se habla, el silencio se convierte en desazón, no en razón.
Es más fácil comprender determinadas decisiones, por muy duras que resulten para la ciudadanía, si se conoce cuál es el camino, el final o el objetivo. La dificultad para comprender y, menos aún, participar en cada una de esas decisiones se incrementa cuando estas -además- parecen contradictorias. El enfoque es lineal. Y, aún peor, parece improvisado.
La política formal se muestra incapaz de adaptarse a las nuevas metodologías de pensamiento e impotente para conectar con la ciudadanía de una forma empática. El pensamiento político parece sumido en una parálisis evidente. Los cambios que se están produciendo en nuestro entorno son tan rápidos que requieren de una inmensa capacidad para adaptarse y reinterpretar la realidad. La política, en cambio, se mueve cada vez más en un itinerario lineal, previsible y redundante. El discurso político actual es de PowerPoint. Pantalla a pantalla se enlazan ideas o decisiones que no siempre guardan sentido entre ellas. En el mejor de los casos encontramos un discurso de Prezi. Podemos visualizar ideas concretas, tenemos la capacidad para alejarnos y verlas desde una perspectiva más amplia, pero el recorrido sigue siendo lineal.
Ante este escenario, las posibilidades que ofrecen los mapas mentales aún están por descubrir. No solo como instrumento, sino como parte de una nueva manera de pensar, mirar, explorar ideas o fórmulas alternativas y de explicarlas de una manera diferente más próxima y empática.
Los mapas mentales ayudan a organizar el pensamiento político y estimulan la creatividad encontrando soluciones, enfoques y respuestas diferentes. A veces no solo es cuestión de tener buenas ideas. Es importante aprender a organizarlas para obtener respuestas adecuadas. A su vez pueden contribuir a facilitar que esas ideas, propuestas o acciones sean comprensibles y creíbles en un marco global. Se trata de explorar más allá de lo previsible, acercarse a lo que no es tan próximo pero sí viable, y conquistar espacios aparentemente lejanos.