La política de comunicación del Gobierno ha dejado de ser una oportunidad para el Ejecutivo. Es un suplicio permanente. El desdén y el exceso de superioridad de los primeros días dieron paso al desconcierto y a los errores, aterrizando en el agobio y la desorientación. La comunicación política se ha convertido en un pantano fangoso. Rajoy ha conseguido la ecuación dramática: si habla, no convence; y si calla, se hunde. Y con él, la confianza de España.
Las claves que explicarían esta situación son múltiples, pero -a mi juicio- cinco son los desajustes que nos abocan a esta parálisis comunicativa que refleja otro tipo de bloqueo: el estratégico. Cuando no se sabe a dónde se va es difícil encontrar el camino. Y el paso adecuado.
1. Falta de relato. La crisis a la que nos enfrentamos obliga a grandes esfuerzos pedagógicos y a actitudes ejemplares. Palabras para explicar, palabras para escuchar, palabras para dialogar. No hay una historia creíble que contar. La pobreza argumental y retórica es un síntoma de la confusión. En lugar de relato, el Gobierno nos ofrece una sucesión de noticias, contradicciones y ruidos cacofónicos. Cada viernes. No hay conexión ni continuidad. Las colisiones son múltiples.
2. Falta de coordinación. El culto al silencio, como fuente de legitimidad y de poder, ha estallado en plena crisis. Los tiempos de Rajoy (sus lentas digestiones sobre lo que hay que hacer y quién debe hacerlo) y sus reacciones desacompasadas y desajustadas ofrecen una imagen de evidente falta de coordinación. ¿Quién manda? No parece que nadie sepa qué decir, cuándo y por qué… salvo De Guindos que, con su estilo de hombre de negro, representa lo más serio, políglota y viajado del Gobierno de Rajoy.
3. Falta de credibilidad. En situaciones de crisis, las palabras pueden apagar las llamas o provocarlas. Bajar la tensión o subirla. Mariano Rajoy parece que no percibe, con claridad, que no necesitamos solo franqueza campechana y un estilo muy personal sino eficacia y profesionalidad. En todo. En lo que decimos y en cómo lo decimos. No estamos jugando al mus. No se trata de ser como somos…, sino de cómo debemos ser en los momentos críticos.