Rajoy ha realizado el debate que más le convenía. Es decir, el “NO debate”. Forma parte de su particular código de la comunicación política, el que hace de la ausencia -paradójica y contradictoriamente- la mejor virtud. Sin estrategia clara, y con numerosos errores en estos seis meses, el Presidente ha situado el debate en el terreno que le favorece, con menos costes. Gana el cálculo electoral, pierde la política.
La intervención política de Mariano Rajoy ha sido, deliberadamente, post-ideológica. Un texto notarial. Un acuse de recibo para los socios europeos. Rajoy ha conseguido vincular su tradicional “lo que hay que hacer” con la idea de que “no hay más remedio”. Aquí tiene la llave de la legislatura. Renuncia a la autonomía de la independencia -escasa y debilitada- a cambio de la ejecución dependiente. Si no se puede ser patrón, no es una mala opción ser capataz, pensará. También lo pensarán muchos ciudadanos y ciudadanas, creo.
La generosidad inicial de Rajoy con el PSOE y su líder, al referenciar su apoyo previo al Consejo Europeo, es un reconocimiento que habla bien de él y de Rubalcaba. Pero tiene trampa. Es un cebo fácil de picar por lo atractivo que resulta. Al elogiar a la oposición, les ha hecho cómplices de las medidas y de las soluciones. Así, sin debate, no hay alternativa. Los ciudadanos, y en particular los electores socialistas, asumirán que la falta de beligerancia, aunque sea ideológica, no es responsabilidad política sino claudicación y complicidad. Quizás Rubalcaba podría explorar el camino, incierto y complejo, de compartir diagnósticos e incluso llegar a soluciones similares (o caminos nuevos), pero haciéndolo por razones diferentes, o con argumentaciones nuevas. No es fácil, seguramente. Pero sin debate, no hay crítica. Y sin esta, no hay alternativa.