Hoy el Congreso de los Diputados convalidará, con la mayoría absoluta del PP, el Decreto Ley con los últimos recortes y medidas excepcionales aprobados en el pasado Consejo de Ministros. Nunca una mayoría ha sido tan solitaria. Si las medidas son inevitables y no hay margen de actuación para el futuro de España -como afirma claudicante el presidente Rajoy- entonces, ¿los que no las votarán son antiespañoles? Aquellos que voten en contra o se abstengan de participar ausentándose del hemiciclo son, pues, ¿traidores a la patria?, ¿culpables de la crisis?, ¿cómplices de la tragedia? Es obvio que no.
La insistencia de Rajoy sobre la inevitabilidad de las medidas es una coartada pobre para tapar su gran debilidad. Puede hacer lo que quiera (parlamentariamente) pero no puede, ni sabe, convencer. Ni a los mercados, ni a los socios, ni a los posibles aliados en el Congreso. Su debilidad es su fortaleza: una mayoría tan solitaria como impotente.
Rajoy podrá argumentar que la urgencia en la aplicación de unas decisiones que se escapan a su control, y que son radicalmente contrarias a su programa electoral (con el que consiguió la investidura), no le permite negociar ni los plazos, ni las medidas, ni las formas. Que no hay tiempo para la negociación, ni para el consenso. Pero este argumento es cada día más débil e insostenible. Su mayoría es su soledad y su trampa. Al no tener que esforzarse para obtener apoyos parlamentarios, no los busca. Al no requerir la aprobación social de la opinión pública, ha renunciado a ello. Al no necesitar la comunicación, no la utiliza. Ha despreciado tanto la comunicación, por error y omisión, por soberbia (con el BOE basta) e ignorancia, que ahora, cuando más la necesita para ser creíble, no dispone de este recurso básico.