Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

Últimas entradas

El innombrable

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 29 jun 2013

¿Estará Mariano Rajoy leyendo la novela «El innombrable»? Es de Samuel Beckett, publicada en 1953. Un texto extraordinario y único. Un monólogo interior desde la perspectiva de un protagonista sin nombre, en realidad innombrable e inmóvil. No hay una trama concreta, y parece un texto inconexo, es más bien un relato nihilista y desesperado hasta el final, con frases breves pero prolongadas y arrolladoras. A veces como una letanía, a veces como golpes hondos y profundos en el espíritu del lector.

El final es antológico y célebre: «... Seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, no puedo seguir, seguiré.» Rajoy ha decidido hacer del innombrable su fortaleza inexpugnable. Y seguir. Su desafío a los medios de comunicación y a la opinión pública (incluyendo a parte de su propio partido) es de una tenacidad que muestra más debilidad que fortaleza, aunque parece que disfruta zafándose y driblando preguntas con sorna, incluso con ironía y humor, como ha hecho en la rueda de prensa posterior al Consejo Europeo. Pero no hay motivos para la guasa.

La noticia no es lo que dice sino lo que no quiere decir y, con ello, la amplifica hasta el ruido ensordecedor. Rajoy no nombra, pero su silencio es atronador. Y abre todo tipo de interpretaciones. Nada más polisémico que el silencio. Nada más perturbador que la omisión.

Rajoy cree que gana tiempo y margen, pero la sombra de que pueda estar chantajeado por un presunto delincuente sin escrúpulos, o que no pueda controlar su defensa imprevisible, se agranda por momentos. Luis Bárcenas es un cazador. Y su instinto le llevará a devolver golpe a golpe, y a exhibir sus piezas de caza, como las que el taxidermista le disecaba y que encontraron en su despacho hace tan solo muy pocos meses. Rajoy le debe una explicación a los ciudadanos y a sus electores (y a los miembros de su partido) sobre la persona a la que nombró y confió las finanzas del PP, y en la que siguió confiando incluso mientras estaba siendo investigada.

Hay una pregunta letal: ¿Cómo pudo Bárcenas ocultar, desviar, manipular y amasar tanto dinero sin despertar sospecha, duda o inquietud alguna? O los que las tuvieron callaron en una peligrosa espiral del silencio. O bien miraron para otro lado mientras se entretenían abriendo sobres manila. La estrategia de Rajoy, con su omisión y dilación, convierte las dudas en sospechas; y, por ahí, dilapida su reputación y su credibilidad.

Rajoy debe una explicación detallada y suficiente, o pensaremos que la novela que realmente lee es la del mexicano Daniel Sada, ambientada en un proceso electoral, y con un título inolvidable: «Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe». Pues eso, aunque parezca mentira que nadie supiera nada y que Bárcenas pudiera engañar a todos sus colegas, durante años, sin despertar la más mínima sospecha, mejor será que cuente lo que sabe. O, simplemente, lo que piensa. Su verdad. Porque aunque no le nombre, sí debe tener una opinión. Eso es lo que esperamos de un Presidente: sus palabras, no sus silencios. Con aquellas, hay política. Con estos, solo sospechas. 

Juntos, ¿y revueltos?

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 20 jun 2013

Las fotos son decisivas en política. El diseño de la foto (momento, entorno, protagonismo e instrumentalización), es lo que las convierte, muchas veces –incluso demasiado– en símbolo político. Estas imágenes ilustran, enmarcan y proyectan mucho más que el testimonio de lo que reflejan: son significado, también. La fotografía de Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, que culmina su acuerdo político de cara a la cita del próximo Consejo Europeo, es muy relevante, por muchas razones.

El presidente del Gobierno se enfrenta a una reunión con nuestros socios europeos en donde, una vez más, se va a poner en tensión –y duda– la ecuación entre velocidad de las reformas e intensidad y profundidad de las mismas.  Cuando te ayudan, te condicionan. Cuando te condicionan, pierdes autonomía política, es decir, soberanía. En este contexto, un acuerdo entre el Gobierno y el primer partido de la oposición es algo más que un apoyo inestimable, cuando se trata de negociar antes de hacerlo. Puede verse, también, como un aval a la negociación y al resultado. Las fotos no siempre trasladan, con la misma claridad, el momento que refleja la instantánea y sus condiciones. La imagen persiste y se recuerda, adquiriendo nuevas capas de interpretación no siempre coherentes, o coincidentes, con la foto «original» y su contexto. Esto les puede suceder a los dos dirigentes, pero en especial a Rubalcaba, que no asistirá a la reunión (y negociación) de líderes de los gobiernos, ni a la rueda de prensa posterior de Rajoy, donde detallará el resultado del encuentro y sus consecuencias políticas.

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La estrategia del Rey

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 18 jun 2013

Último intento. Los estrategas de SM el Rey Juan Carlos I han diseñado un milimetrado plan de rehabilitación: física e institucional. La salud del monarca, afortunadamente, se recupera más pronto y rápidamente que su salud política, y ahí, precisamente, parece radicar el reto y el problema. Los recientes datos demoscópicos publicados acreditan el poderoso desgaste de la institución y el profundo deterioro de su imagen pública personal.  

Este nuevo plan se centra en una interpretación activa de la función de «arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones» (Artículo 56 de la Constitución Española) y el impulso a los «grandes acuerdos de estado entre las principales fuerzas políticas», tal y como así lo airean permanentemente fuentes de la Zarzuela. Pero esta función, y conviene recordarlo, no se puede ejercer discrecionalmente sino a través de los procedimientos previstos en la propia Constitución. Por ejemplo, entre las competencias reguladas del Rey (art. 62g CE) está la de ser «informado de los asuntos de Estado» y, eventualmente, puede «presidir, a estos efectos, las sesiones del Consejo de Ministros, cuando lo considere oportuno, a petición del Presidente del Gobierno». Una lectura rígida de esta norma reduciría esta potestad informativa a la canalizada por el Presidente y el Consejo de Ministros. Nada más. Nada menos.

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La carta en la verja

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 16 jun 2013

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El colectivo Carta por la Ciencia, que agrupa a sociedades y centros científicos, universidades, asociaciones de investigadores y sindicatos, no pudo entregar este viernes la Carta y las 45.000 firmas que la apoyan: «Con i+d+i sí hay futuro».

Los organizadores de las manifestaciones y concentraciones, que el pasado viernes salieron masivamente a la calle para reivindicar un cambio radical en la política gubernamental respecto a la ciencia y la investigación, vieron como sus reclamaciones no fueron ni tan solo escuchadas por los responsables políticos competentes. Ni Luis de Guindos, ministro de Economía y Competitividad, (ausente por una reunión internacional), ni Carmen Vela, secretaria de Estado de I+D+I (por una cita con presencia de la Casa Real) pudieron recibir la Carta, ni atender a sus promotores. Desconozco si en la agenda política había cosas más relevantes que atender esta demanda y reunirse con los representantes de los firmantes, pero es inaceptable que no hayan sido reconvocados a una nueva cita. Recomendar que dejen la Carta es un desprecio (o una falta de reflejos y atención) que acredita e ilustra, con este simple y revelador gesto, el deterioro en las prioridades científicas del Gobierno.

Este no solo les da la espalda a los investigadores sino que, además, les cierra la puerta. La Carta no pudo ser entregada ni en la «ventanilla de registro», como así se les sugirió inicialmente. Instrucciones políticas precisas, según los organizadores, impidieron la entrega del documento y el testimonio gráfico y mediático del momento. La carta se dejó en la verja del Ministerio. Un despropósito. Una vergüenza.

Otras cartas y otras reclamaciones anteriores (como la primera Carta por la Ciencia de 2012) sí que fueron escuchadas y atendidas en sede gubernamental y parlamentaria. El desprecio es la forma más insultante del desinterés, ya que añade desconsideración a la falta de atención. Hace unas semanas, los responsables de la comunicación del presidente Mariano Rajoy se apresuraron a anunciar un cambio en la política de comunicación. Los cambios deben ser coherentes, consistentes y globales. O no servirán de nada con actitudes similares.

La política no está para desplantes, ni plantones. No le sobra crédito, le falta. Los gobiernos están para escuchar, incluso lo que no les agrade o convenga. Esta capacidad de escucha no es discrecional. Es obligación para un servidor público. Escuchar no significa compartir, pero muestra algo más que cultura y talante democráticos: muestra la concepción de servicio público que debería impregnar toda actuación política gubernamental. La Carta en la verja es una metáfora dramática. Inaceptable.

Hace unos meses, el Ministro abogó por cambiar el modelo económico «del ladrillo al conocimiento». El titular de Economía afirmó que «el I+D+i tiene necesariamente que acabar dando sus frutos en términos de crecimiento y frutos en términos de competitividad». La gestión presupuestaria de la crisis económica, y sus devastadoras consecuencias para la ciencia y la investigación, le contradice. Si quiere pasar del ladrillo al conocimiento, más le vale pasar de la verja a la mesa. Es lo mínimo.

Fotografía vista en la cuenta de Twitter de @investigAccion

La victoria de Aznar

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 11 jun 2013

La conferencia del expresidente José María Aznar fue un éxito político rotundo. La presencia de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y del ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, tiene varias lecturas, pero solo un mensaje: Mariano Rajoy no puede vencer a Aznar ignorándole. El expresidente consiguió ayer tres objetivos: primero, no se retractó de nada de lo dicho las semanas anteriores en su controvertida entrevista televisiva, aunque matizó las formas en una corrección interesada, más que en una cesión o rectificación. Segundo, dejó claro que la unidad del PP pasa por él. Y tercero, que su contribución política (mediática y electoral) es imprescindible. Aznar demostró su fuerza, y la exhibió.

El gesto marianista con el expresidente, reflejado en la presencia de la principal colaboradora del Presidente, es un síntoma de inteligencia y de debilidad al mismo tiempo. Rajoy no puede ningunear a Aznar y, mucho menos, mantener una escalada de tensión donde el segundo tiene todas las de ganar. El actual Presidente va con las manos atadas a la espalda al autocensurar la crítica a un predecesor y Aznar no tiene reparo alguno para dictar y enmendar a la plana del actual Gobierno.

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Los actos políticos del futuro

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 10 jun 2013

Sillas

La liturgia política languidece. Este es otro de los síntomas que, inequívocamente, refleja el agotamiento (cultural y estético) de la oferta política tradicional. La escenografía política habitual de los actos públicos transforma a los participantes en figurantes y la jerarquización de los espacios (en el escenario y en el auditorio) consolida las nomenclaturas del poder. La mayoría de los actos políticos son incapaces de crear una atmósfera memorable y de fuerte contenido emocional que permita una implicación personal de quien asiste. Sin diseño y planificación de la experiencia emocional presencial, estos actos están pensados para el corte mediático y el impacto asociado a la noticia o a su reverberación viral en redes sociales. Se pierde con ello una gran oportunidad: vivir las ideas.

Pasar de la audiencia (mediática y digital) y la asistencia (presencial) a un concepto de protagonismo más coral y de comunicación creativa es un reto inaplazable. Se necesitan escenarios y escenógrafos… sí, pero se necesita −sobre todo− un público que sea algo más que decorado e indicador del aplausómetro. Crear las condiciones para que esto sea posible es parte de los nuevos desafíos que debe abordar lo político para recuperar las sensaciones de lo público. Estas podrían ser algunas pistas.

1. La música.
Las canciones políticas han sido sustituidas por sintonías electorales. Sin letras, música y cantantes, sin coro político no hay clima político. Todas las revoluciones han tenido sus músicas y sus canciones. Sin ellas no hay comunión, ni comunidad. El agotamiento acústico de algunas de estas sintonías es parte del cansancio de marca que padecen las grandes formaciones políticas. Lo mismo sucede con las imágenes, la señalización y las pantallas. La previsibilidad (y obsolescencia) de la mayoría de las propuestas acaban imponiéndose al mero cambio de look gráfico renovado. Lo que está agotado es la estandarización.

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Españolear

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 05 jun 2013

Todavía me sangran las córneas al recordar y volver a ver la campaña promovida, a finales del año pasado, por la empresa Campofrío con el eslogan #elcurriculumdetodos. En vez de argumentos, el vídeo ofrecía una versión coral de tópicos y orgullo hispánicos como estímulo para la moral colectiva. Hay quien confunde la autoconfianza, imprescindible en cualquier proceso de superación de las dificultades con la vanidad ensimismada, onanista y torpe. En un poderoso artículo, Iñigo Sáenz de Ugarte retrataba con precisión los valores que esta campaña supuraba: «Somos un gran país y todo se solucionará más pronto que tarde. Si los de fuera cuentan que nos hemos quedado en los andrajos es solo porque son unos envidiosos». Y seguía: «El guión adjudica a los artistas frases sencillamente hilarantes porque pueden interpretarse desde el orgullo o desde la vergüenza. Todos van recordando los muchos motivos de los que los españoles pueden presumir». Cero autocrítica, cero realidad. Falso bonismo que añora el pasado, con el entrañable payaso Fofito de notario de la lista de hazañas patrias, que solo sirve para enmascarar la falta de un relato de futuro y ofrecer una imagen ajada y añeja de nuestra sociedad, preñada de prejuicios antieuropeos.

La campaña tuvo un gran impacto en las redes, en ausencia de una auténtica estrategia de marca-país en Internet. Es, sin duda y por omisión, la acción online de mayor repercusión que sobre la Marca España (o su marco conceptual) se ha hecho hasta ahora. Y por una empresa privada. Y con estos valores. Desconozo si el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, la  utilizó ayer en el acto de presentación de la «Marca España, activo de Europa», realizado en el Parlamento Europeo. Evento que, por razones diversas, había sido retrasado durante más de un año y que, ayer, sirvió como preámbulo a la ofensiva política y diplomática de Mariano Rajoy (que hoy a llegado a Bruselas, acompañado de siete ministros en su comitiva, para participar en una reunión que se celebra en la Comisión Europea).  

García-Margallo destacó la importancia de «españolear» —verbo que nos transporta a la canción que lanzó el valenciano Luis Lucena en 1969 en pleno inicio del landismo español— en aquellas partes del mundo que van a tener un crecimiento más rápido y en las que la presencia del país ha sido tardía, y aseguró que la Marca España «goza de mejor salud que hace un año». El Ministro ha cumplido su papel como parte de la ofensiva de comunicación y de nuevo relato político con la que el Gobierno aborda esta fase de la crisis. Estamos saliendo del túnel y «esto empieza a funcionar, llegará la cosecha», afirma Rajoy, sin dudar y sin ruborizarse. 

El Gobierno, cuando habla de España, apuesta por españolear (para vender la Marca España, por ejemplo) y por españolizar (a nuestros niños y niñas, en especial a los catalanes, como sugiere el ministro de Cultura, José Ignacio Wert, en su defensa de la Ley de Educación). Pero harán faltan más y mejores estrategias de comunicación, que reflejen mejor otros conceptos y otros abordajes, talantes y tonos, si realmente se quiere avanzar en la construcción de una Marca España contemporánea, moderna, abierta e inclusiva. Cuando se percibe que la gestión y la concepción de esta se sitúa más al servicio del Gobierno y de su agenda, que al servicio de la sociedad, se cometen dos errores gravísimos: se privatiza (políticamente) algo que debe ser público y plural, y se reduce a lo administrativo algo que debe ser, fundamentalmente, social.

España debe escoger si quiere españolizar y españolear (el vídeo de Campofrío sería un claro exponente de este estilo), o si bien quiere mostrar una imagen que no pretenda ni imponer ni alardear, sino seducir inteligentemente con algo más que tópicos y prejuicios de orgullos insoportables. O el rancio pasado o el futuro abierto, diverso y cosmopolita. La comunicación de marca-país (en un país de países) no puede estar en manos de ocurrencias, ni herencias culturales e ideológicas de los protagonistas de su gestión y difusión. Se necesita una gestión moderna, menos politizada (e institucionalizada), en donde la cogestión y la cocreación con las empresas, los emprendedores y los creadores, sustituya a una concepción administrativista vinculada al poder político, por otra protagonizada por el talento y la sociedad de los ciudadanos y sus organizaciones. Ayer, en Bruselas, era el día de la sociedad competente… no de los ministros, aunque sean los que ostenten la competencia.

No necesitamos una concepción única de la Marca España, sino marcas españolas. No necesitamos una Marca de España, sino las marcas (los éxitos, logros, proyectos) de los ciudadanos españoles, se sientan más o menos emocionalmente vinculados a esta idea de nación, o incluso cuando tengan otros sentimientos. Es decir: más Españas y menos España. Más plural y menos singular. Más redes y no solo comisionados. Más alianzas. Otro modelo de gestión de la reputación y otra idea de la misión y el rol que debe jugar el Gobierno de turno. Nos iría mucho mejor. Seguro.

El País

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