La palabra, en minoría

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 29 oct 2016

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«Calumniad con osadía, siempre quedará alguna cosa». Sir Francis Bacon (1561-1626), filósofo y estadista.

La doble sesión del debate de investidura ha dejado un resultado y un temor. El resultado, el esperado. Y el temor —no por posible, menos sorprendente— es que la legislatura se enlode en un clima agrio de reproches permanentes. Los insultos y descalificaciones personales, ad hominem y que buscan el desprecio y el daño moral al adversario han tenido un protagonismo excesivo: en el atril, en el hemiciclo y en las redes. Después de más de 300 días, el clima se ha envenenado. Peligrosamente, la crispación desplaza a los argumentos. Hemos empezado mal.

 

La campaña de Donald Trump, quizá, nos está contaminando. Trump no ha llegado hasta aquí sin un uso torticero del lenguaje, en las antípodas de lo que se ha definido como políticamente correcto. Los insultos —y motes— han sido una de sus bazas. The New York Times publicó esta semana una doble página en papel con todos los insultos de Trump —282, exactamente— desde que anunció su candidatura. Es tan soez que repugna. Pero Trump sabe que sus provocaciones son un tridente: alimentan las pasiones y los instintos de sus seguidores, movilizándolos; ocupan protagonismo en las redes y los medios, marcando la agenda de sus oponentes; y son la coartada perfecta contra el discurso político. Para Trump, una elaborada técnica de pendenciero provocador. Mejor insultar (etiquetar, reducir a un cliché) que argumentar.

Además, los insultos permiten a muchas personas «hablar» de política, gritando exabruptos o tecleando con saña digital. El insulto en política es cobarde, y es despreciable. Se ampara en la libertad de expresión o en el privilegio de la representación para actuar sin pudor. Esta legislatura corre el riesgo de quebrar nuestra debilitada confianza en lo público. Una hipótesis con responsables múltiples.

El insulto es una derrota pública de la política. Se insulta en ausencia de argumentos. Es el recurso agresivo de quien es incapaz de ver en el adversario un representante de la voluntad popular. Cuando nuestros representantes se faltan al respeto con escarnio, zahiriendo emociones y símbolos, están escupiendo en la cara de los votantes. Y se reducen a turba.

Criticar no es herir. Denunciar no es humillar. Alertar no es insultar. Defender no es agredir. Atacar no es dañar. La palabra política ha retrocedido en estas jornadas. Está en minoría, como Mariano Rajoy. Mal presagio.

Hay 7 Comentarios

Pues si Rogelio, toda la razón, sobre todo cuando oigo decir a algunos que a pesar de tener a los amigos de los ajeno a dos pasos de su despacho no se enteraban de lo que hacían. Ahí soy yo la que me siento insultada. Pero claro las mentiras bien perfumadas con Chanel nº 5, son otra cosa.

Siempre opino con sinceridad, aunque también es verdad que por decoro dejo de escribir muchas cosas. Seguramente por esa razón a veces leo de nuevo lo que he escrito y me digo a mi misma. "Bueno, no quería decir eso exactamente, perooo"
Pues ahora mismo estoy en eso, que no sé como decir que algunos no es que se merezcan que los insulten, sino que deberían estar en la cárcel.
Personalmente no voy por la vida insultando a nadie. Estoy totalmente de acuerdo en que muchas veces se emplea el insulto por falta de argumentos Pero también es cierto que algunos son merecidos. A mi no me han calificado jamás como ladrona, ni tampoco como tramposa y estafadora, pero claro, yo no maquino para ver como le quito a la gente sus derechos para beneficiarme de ello. Tampoco invento trolas para echar por suelo el prestigio de mis amistades. Ni tan siquiera lo hago con la gente que me cae mal. Simple y llanamente me alejo de esas personas y desde luego no se me ocurre pagarles un sueldo de por vida, defender sus argumentos, y aplaudirles cada vez que abren la boca. Por lo tanto en el caso de nuestros políticos, deberíamos poder decirles a la cara lo que no nos gusta de ellos, y echarles de la poítica cuando no demuestran haberse ganado el sueldo que les pagamos.
No me cabe la menor duda de que si el tripartito (eso que decían que no harían) pudiera silenciarían a la gente, pero no porque les duela lo que oyen sino porque no quieren que se les cuestione nada. Lo pueden hacer cuando quieran, han demostrado tener muy pocos escrúpulos, pero desde luego jamás podrán silenciar lo que pensamos de todos ellos. No saben comportarse, a mi si que me parece un insulto que estén mareando la perdiz a ver como nos cuelan todo aquello que dijeron que no harían.
Qué pidan respeto está genial, pero que empiecen ellos primero por respetar a la gente que les sostiene.

Como dice “Margarita” muy oportuno y acertado tu artículo, cierto que un poco obvio y no muy original, pero necesario, vivimos en unos tiempos en los que algunas obviedades no hay que cansarse de repetirlas, haber si alguno se da por aludido.…..
Yo aunque considero el insulto soez, el exabrupto etc. expresado en sede parlamentaria, ruedas de prensa o cualquier otro formato publico algo lamentable si procede de un político, soy más intransigente con la mentira y la manipulación. Cuando intentan hacerme tragar algo con ruedas de molino y sin más argumentos que la gomina, la corbata de 200€ y el traje azul marino, es decir el aspecto de persona “seria” y acompañado de una pose arrogante y con sonrisita sardónica que me está diciendo: “se que estoy mintiendo y que aunque muchos lo sabeís, muchas otras buenas gentes no lo saben, otros lo saben pero les interesa creérselo por puro egoísmo personal, y mientras consigo votos que de otra forma sería imposible”, personalmente prefiero que me llamen jilipoyas, cabrón, hijo puta o tontoelculo. La violencia verbal torticera, aunque me la suelten en un impecable castellano, me produce una desagradable sensación de impotencia.
Creo que es como si hubiesen dos estilos de violencia verbal, uno al que es más proclive la izquierda que es el del taco y el insulto, de raíz visceral e indignada y que tampoco justifico en un político y otro más arraigado en la derecha sustentado en la mentira y el cinismo. El primero suele producirse de forma puntual y generalmente como reacción a una provocación cuidadosamente calculada, el segundo, asentado en la falta absoluta de argumentos, tiene una escuela largamente desarrollada y practicada, recordemos algunos de sus más eminentes representantes como Pons, Floriano, Alonso, Arenas, la Cospe, la Aguirre, Casado, el actual Hernando y los tres grandes clásicos de la especialidad Rajoy, Aznar y el gran campeón Angel Acebes.
El insulto populachero se olvida pronto y deja siempre la puerta abierta a pedir disculpas, pero “mentir y manipular” es herir, humillar insultar, agredir y dañar todo junto y muy difícil cuando no imposible arreglar los platos rotos.



Matizaria, no dejo de confiar en lo público sino en la personas que lo "representan" en los espacios políticos. Gracias por el artículo.

Muy oportuno y acertado su artículo. No sé hacia dónde nos llevará todo ese odio y desatino, que me recuerda, por desgracia, la aparición de Hugo Chávez y sus discursos encendidos despotricando contra todo aquel que no se aviniera a sus "certezas", sus vulgaridades, su regocijamiento en lo soez para conseguir el apoyo y aplauso de las masas ignorantes...Es muy preocupante el estilo grosero, vulgar, provocador, falso e irrespetuoso que "se lleva" ahora y que cada día nos retorna al pasado cuando se dirimía a trompazo limpio y se iba a la guerra por un capricho de señoritos ociosos.

La irrupción de los emergentes en el Congreso ha traido el multipartidismo, cosa muy beneficiosa en democracia, pero a la vez han establecido un clima de crispación que no agrada mucho. Es muy peligroso el hecho de asumir como normales las pancartas con textos como "es un golpe de estado..." por el hecho de que Rajoy haya accedido, por fín y no con mi aplauso, al gobierno. Por mucho que nos disguste, el PP tenía mayoría de votos, aunque se podría haber roto con la norma no escrita de que gobierne el más votado y C`s, Podemos y Psoe haber asumido la formación de un gobierno alternativo, pero no, ellos estaban por las líneas rojas y ahora se llevan las manos a la cabeza y a tirar de insulto y desprecio. No tenemos arreglo.
Saludos, Antoni. Muy oportuno tu artículo.

Las únicas personas que ayer insultaron a rivales políticos fueron Matute y Rufián, haciendo del odio su única ideología. En el caso del país Vasco el odio sigue, aunque afortunadamente está de vuelta de las pistolas. En Cataluña, con gente como Rufián -apologeta de la violencia no sólo verbal, sino de los puños- me temo que van para allá.

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Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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