Las revoluciones significan eso, cambios rápidos y profundos. Sobre el terreno, implican también caos, incertidumbre y altas dosis de sálvese quien pueda. Esta combinación suele ser mala para las mujeres.
Porque cuando reina la confusión, la fuerza bruta y la misoginia encuentran su hueco con mayor facilidad. Lo demuestran los últimos ataques a mujeres en la plaza Tahrir, el epicentro de la revolución egipcia, donde la violencia de género campa a sus anchas y donde los agresores se benefician del anonimato que les proporciona formar parte de una turba de agresores.
Los observadores con mínima memoria histórica cuentan que el Tahrir de los últimos tiempos no es el de la revolución de hace un año. Yo no viví en El Cairo la caída de Mubarak, pero sí he pateado la plaza durante el pulso que los islamistas han librado con los militares para repartirse el poder en las últimas semanas.