El caso Assange ha tenido “una derivada inesperada, ha abierto un debate (en Suecia) sobre el sexo consensuado”, me decía hace unos días en una cafetería de la Universidad de Estocolmo Pal Wrange, un profesor de derecho internacional público que acababa de explicarme los muchos escenarios posibles y los poco o nada probables del embrollo político-diplomático-judicial. Y sí, a mi regreso me he visto inmersa en muchas discusiones informales en las que queda patente cuán distintas son las percepciones entre gentes incluso del mismo país o idéntico sexo. Salvo que viva en Marte o Saturno, sabe sin duda que el fundador de Wikileaks es sospechoso de violación y otros delitos sexuales denunciados por dos suecas. Él lo niega e insiste en que todo fue consentido.
“Definir violación, o intentarlo, es asegurarse el inicio de una disputa”. Así empieza un completísimo artículo en el que la revista The Economist de esta semana repasa cómo varían las leyes y las percepciones sobre el asunto en el mundo. ¿Se acuerdan cuando la violación en el matrimonio no era delito en países europeos? Los hechos y las denuncias contra Assange ocurrieron en Suecia. Si una pregunta por la calle en Estocolmo, nadie debate si hubo o no delito. Recalcan que será el juez quien lo diga. Pero si una pregunta en Madrid, proliferan las sospechas de que las denunciantes juegan sucio.