O planteado de otro modo, ¿son 50 millones de euros un halago o un insulto? Tal es la cantidad que Cecil Chao, un millonario de Hong Kong, ha ofrecido al hombre que logre conquistar el corazón de su hija lesbiana, según contaba la semana pasada mi compañero José Reinoso. Más allá del razonamiento que revela, la oferta, que Gigi Chao parece haberse tomado con filosofía, enraíza en la vieja tradición de la dote, aún muy extendida por ejemplo en India. Sin embargo, en China o en los países de mayoría musulmana es al revés. Los hombres tienen que pagar a sus futuras esposas, o a las familias de éstas, para casarse. En cualquier caso, son sistemas perversos que cosifican a las mujeres.
Las feministas pueden llevar un siglo luchando por la igualdad de mujeres y hombres, pero la realidad se presenta tozuda. Por mucho que se proclame que un ser humano no tiene precio, un vistazo a la prensa mundial descubre que las esposas se cotizan según el mercado.
El concepto de la dote, el dinero o los bienes que una mujer lleva al matrimonio, se funda en la concepción de ésta como miembro no productivo de la familia, que a partir de los esponsales va a trasladarse a la casa del marido, convirtiéndose así en una carga. Una buena dote la haría así más atractiva. Aunque en Occidente esa visión hace ya tiempo que quedó superada, todavía se encuentran vestigios en sectores tradicionales en los que la novia sigue aportando el ajuar.
En India, donde persiste esa práctica, sus defensores aseguran que es un medio para que la mujer reciba una parte de la herencia paterna. Sin embargo, no es ella quien la recibe sino su marido. Los periódicos locales dan cuenta de las dificultades económicas que la costumbre plantea tanto a los padres con varias hijas como a quienes carecen de recursos. Además, el retraso o la discrepancia en el pago prometido se citan con frecuencia entre las razones de la violencia contra las mujeres en el seno de su familia política.