
¿Recuerdan los tiempos en que el jazz era algo relevante en los premios Grammy? Exacto, yo tampoco; hace demasiado tiempo de eso. Como buen reflejo de lo que se mantiene a flote en el enfangado lago de la subcultura popular, estos opulentos premios dan al jazz un espacio equivalente al que ocupa en el mercado. En realidad, la ínfima representación de la música improvisada está condicionada por una serie de parámetros que definirían una especie de “jazz para gente a la que no le gusta el jazz”, un concepto, por cierto, muy arraigado en algunos festivales de nuestro país.
Como en aquel chiste que Woody Allen contaba al principio de “Annie Hall” (dos mujeres de edad están en un hotel de alta montaña y dice una “vaya, aquí la comida es realmente terrible” y contesta la otra “sí, y además las raciones son tan pequeñas”), por muy irritante que sea la situación del jazz en los Grammy, el recorte de dos categorías (“Álbum de Jazz Contemporáneo” y “Álbum de Jazz Latino”) resulta de lo más insultante. Parece un impuesto por haber cedido el premio a “Mejor Artista Revelación” en la pasada edición a una figura del jazz (por decir algo) como Esperanza Spalding, para desgracia de Justin Bieber y sus acólitos.
Sin embargo, aunque el Grammy se considera el equivalente musical al Oscar (lo cual ya sienta bastante las bases del tinglado), en el jazz podría acercarse más al Razzie. Para un jazzman, ganar un Grammy es como tener un hijo con alguien famoso para un aspirante a tertuliano televisivo: no da prestigio, pero sube el caché. Con uno en tu repisa, tu manager se frota las manos, todos los festivales del mundo te quieren en su cartel y las multinacionales se muestran dispuestas a seguir sacando tus discos. Y ninguno de ellos necesita siquiera saber qué música haces exactamente. Haciendo una analogía festivalera, pasas de ser ese grupo que abre el festival a primera hora de la tarde, sin cobrar y para un público compuesto de los borrachos remanentes de la noche anterior y de algunos madrugadores que quieren coger el mejor sitio para un concierto posterior, a ser el grupo que toca justo después o, como mucho, a media tarde. Sigue siendo poco con respecto a los cabezas de cartel pero, eh, estás tocando jazz ¿qué esperabas?
Con este paisaje, es natural que haya un perfil muy concreto que aspire a obtener nominaciones, y otro, mucho más estricto, que permita ganar un premio. Un tipo como Keith Jarrett, por muy genial que sea, tiene realmente complicado ganar un Grammy. Chick Corea, ganador de sendos galardones este año, va por los 18. Herbie Hancock, ganador de otros dos el año pasado (con un disco manifiestamente horrendo) tiene otros 14 ¿Ven por dónde va la cosa? Un gran conservadurismo, una visión parcial y distorsionada del jazz y la asunción de una audiencia principalmente blanca y de clase media alta, hacen que cualquier arista jazzística sea limada hasta desaparecer antes de poder siquiera olisquear la alfombra de los Grammy.
Y, por supuesto, no olvidemos el desconocimiento, ese gran aliado de deshonras musicales de ayer y hoy. Las propias nominaciones a las categorías de jazz en los Grammy parecen seleccionadas con el mismo criterio de buena parte de los programadores y responsables de festivales y ciclos jazzísticos en nuestro país: como no saben mucho de jazz, acaban nominando a quienes más o menos les suenan de otros años, de las listas de ventas, de la promo de esta o aquella multinacional… De ahí que los nominados y premiados se repitan año tras año, como si el jazz, una de las músicas más creativas, fértiles y multidisciplinares que hay, se lo repartiesen cuatro gatos, todos ellos de avanzada edad, por cierto (de entre todos los nominados en las categorías de jazz de este año, sólo Gerald Clayton y Miguel Zenón son menores de 40 años, lo cual dice mucho de lo fuera de la realidad que viven el jazz en estos galardones).

Entrando en los premiados, hay sorpresas agradables, no sin cierto toque agridulce. El de la baterista Terry Lynne Carrington es particularmente grato, puesto que uno nunca creería que una artista como ella conseguiría un premio como este. Y he aquí el “truco”: el premio es al “Mejor Album de Jazz Vocal” por su “Mosaic Project”, un disco en el que colaboran varias cantantes de enorme trayectoria y categoría. O sea que sí, pero no. Esto es como si le diesen un premio vocal a Joe Satriani; eso no tiene gracia. Una baterista tan fabulosa como Carrington merecía un reconocimiento más cercano a su auténtica carrera. Lo de Christian McBride también ha sido una verdadera alegría, ya que merecía un Grammy desde hace tiempo, y el de Pat Metheny va envuelto de cierta justicia poética: después de 18 galardones a lo largo de su carrera, el 19 ha sido en la categoría de “Mejor Álbum de New Age”. Alguna vez tenía que ser, Pat.
Aún así, los Grammys jazzísticos son erráticos y con poco sentido, incluso dentro de sus propias filias y fobias. McBride y Carrington son muy buenos, pero no tan buenos, y del resto mejor no hablamos. Entonces ¿tan complicado resulta seleccionar con cierto tino unos pocos nombres y discos? En las categorías principales no parece haber tanto problema: a uno le pueden gustar más o menos, pero Adele, Kanye West, Foo Fighters o Bon Iver son excelentes reflejos de algunas cosas que están pasando ahora mismo en el pop, el rock o el rap. “21” es un álbum muy digno de una importancia evidente, “Bon Iver” es tan interesante como antagónico a “21” y lo que ha hecho Kanye West con “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” es una auténtica maravilla. Eso sí, los aficionados al jazz tenemos que tragar con “Forever” de Corea, Clarke y White, como si fuese la repanocha cuando es, en el mejor de los casos, un disco tan correcto como intrascendente en el que sólo destaca el nombre de los implicados. No es que nadie espere que se lo den a Henri Texier o a Wadada Leo Smith, pero ni tanto, ni tan calvo.
De hecho, pensándolo bien, tal vez sea hora de cortar definitivamente la relación entre el jazz y los Grammy, apelando al clásico principio de “si vas a hacerlo mal, no lo hagas”, y creando en su lugar tres o cuatro nuevas categorías de New Age y Christian Rock. Total, casi nadie iba a notar la diferencia. Es más, muchos nominados habituales en categorías de jazz podrían caer en esas candidaturas. Y si no, pregúntenle a Pat Metheny.
Un último apunte: por muy agradable y famoso que sea Gordon Goodwin, cederle el premio a Mejor Arreglo Instrumental en detrimento de Bob Brookmeyer y Clare Fischer es una auténtica falta de decoro. Ambos fueron auténticos gigantes del jazz y ambos han fallecido en los últimos meses, motivos más que de sobra para matar dos pájaros de un tiro: dar un premio con sentido y quedar estupendamente. Además, sus piezas eran mejores.