La buena acogida de público que tuvieron ayer noche los conciertos de Napalm Death y Mayhem en el Escenario Vice permite pensar que la incorporación del metal en el organigrama sonoro de Primavera Sound puede tener continuidad y pleno sentido en próximas ediciones. Ha sido esta una de las decisiones polémicas y más debatidas de este año: incluir en el cartel de 2012 a Sleep, Harvey Milk, Liturgy, Napalm Death, Godflesh y Mayhem, todas ellas bandas en apariencia alejadas de la filosofía y la línea musical planteada por el festival desde que inició su andadura. Una decisión aplaudida por ese satélite del entorno indie que siente curiosidad y estima por el género, cuando menos por sus representantes más inquietos y exportables; incomprendida por el público metalero, abocado a pagar por la entrada de un evento al que nunca se hubiera planteado ir; e incluso criticada por aquellos que han visto en esta idea un acto de ironía post-moderna. Pero a diferencia de cuando Motörhead actuaron en 2006, decisión que entonces sí sonó a boutade y gag a costa de la modernidad, en esta ocasión la sensación es que Primavera Sound se limita a poner sobre la mesa, en su programación, una idea cada vez más extendida y asentada: el acercamiento del género a los circuitos más convencionales del indie y del rock underground.