Hace unos días el jugador de los San Antonio Spurs Tony Parker interpuso una demanda al club neoyorquino W.i.P. por un caso de negligencia en la seguridad del local. El motivo de la denuncia, una lesión en el ojo ocasionada por el impacto de los cristales de una botella de champán, uno de los objetivos arrojadizos que formaron parte de una pelea protagonizada por el rapero y cantante canadiense Drake y el vocalista de R&B norteamericano Chris Brown. El base francés se encontraba en el club de la Gran Manzana justo cuando se produjo el incidente y alega que la gerencia de W.i.P., pese a ser plenamente consciente de que entre los séquitos de ambos artistas existía una situación de tensión y conflicto que podía estallar en cualquier momento, no dejó de servir alcohol durante toda la velada. La noche de autos fue el 13 de junio. Poco después, el 3 de julio, se ponía a la venta Fortune, el nuevo álbum de Chris Brown. ¿Casualidades? Nah. Hace tiempo ya que en el universo del hip hop masivo y popular dejaron de existir las casualidades. Y también hace tiempo ya que los conflictos y piques entre artistas sospechosamente se suceden y explotan cuando se aproxima la fecha de salida de algún nuevo lanzamiento de alguno de los protagonistas de la pelea, ya sea dialéctica o, como el caso que nos ocupa, física. En la era de Internet, las redes sociales y la información fast-food, no hay mejor promoción posible que un cruce de declaraciones subido de tono, una canción con pullazos y alusiones directas entre artistas rivales o, para orgasmo de managers y asesores, una batalla campal en un club de moda de la capital del mundo.
Cuando tratamos de establecer una comparativa entre lo que era el hip hop en su época de máximo esplendor, finales de los 80 e inicios de los 90, y el hip hop de nuestros días, una de las mayores diferencias que se detectan entre ambos periodos es la utilización que los artistas hacen del beef. El beef es, en terminología callejera, lo que aquí conocemos como un pique o un enfrentamiento dialéctico entre dos raperos, y desde los inicios del género se ha convertido en un elemento indispensable de su iconografía, un recurso artístico que con el paso de los años ha evolucionado en paralelo al crecimiento popular y a la sobreexposición mediática del hip hop. El problema es que en estos años ha cambiado sustancialmente su función y sus objetivos: lo que antes era una vía de superación creativa, además de una herramienta de representación territorial y enriquecimiento escénico, en la actualidad ha quedado reducido a una estrategia de marketing y un truco mecánico para llamar la atención y generar runrún. Y el inconveniente de todo esto no es que la idea del pique se haya devaluado como el euro, o que ya solo persiga fines promocionales, sino que en el fragor de esta dinámica parece que los autores se han olvidado de que, en sus orígenes, esta era una oportunidad para exhibir talento, agallas e inspiración.
Si el beef es una representación del momento y el estado en que se encuentra el género, queda claro que en la actualidad el hip hop no atraviesa por su mejor época. Los últimos piques sonados que se recuerdan –Common contra Drake, 50 Cent contra Rick Ross, Lil Wayne contra Jay-Z, Kid Cudi contra Wale– no solo han resultado insultantemente evidentes desde un punto de vista promocional, todos ellos se produjeron en plena fase de lanzamiento de nuevos discos, sino que artísticamente han dejado mucho que desear. Temáticas infantiles, achaques sin inventiva y, lo que es más preocupante, letras poco trabajadas y esforzadas han desvirtuado su relevancia y los han convertido en un elemento más del engranaje de la industria y no en un brote de creación esporádico e imprevisible capaz de provocar gestos de admiración entre los aficionados. 50 Cent es uno de los culpables de este proceso de decadencia: en los albores de su carrera el neoyorquino se dio cuenta de que cada vez que lanzaba un ataque contra otro MC la resonancia mediática de su música se triplicaba. Y no solo eso, sino que también obligaba a responder a sus víctimas para que éstas no quedaran en evidencia a ojos del público, lo que desembocaba en un proceso de ataque-respuesta que podía eternizarse y que garantizaba presencia y ruido de fondo constante. Peleas líricas sin interés, forzadas y estiradas como chicles en la mayoría de ocasiones, que contrastaban frontalmente con aquellos tour de force históricos que en su momento protagonizaron Kool Moe Dee y LL Cool J, KRS-One y MC Shan, Ice Cube y N.W.A., Dr. Dre y Eazy-E, Cypress Hill y Westside Connection, Common y Ice Cube o LL Cool J y Canibus, entre otros.
El último gran beef que se recuerda, y por esto entendemos una pelea lírica con mala leche, verdad, brotes de genio e impacto, es el que protagonizaron Jay-Z y Nas en 2001. No había trasfondo comercial en esa contienda, sino más bien un asunto de faldas y una lucha de egos inagotables en conflicto para proclamar al rey de Nueva York. Si me preguntan, el mejor beef de todos los tiempos, básicamente porque aglutinaba todos los condicionantes para ello: dos pesos pesados, dos estrellas con bagaje y estatus –como si el Barça y el Madrid jugaran la final de la Champions–, rencillas personales amplificadas para el gran público, resquemor cultivado y macerado durante años y, por encima de todo, dos de los raperos más importantes de todos los tiempos centrados y concentrados en extraer lo mejor de sí mismos para estar a la altura de las circunstancias. El resultado final, quién ganó o quién salió más perjudicado, pertenece a la opinión de cada uno –para un servidor Nas fue el vencedor claro del partido–, pero eso se convirtió en el aspecto menos importante de la situación. Lo importante es que durante unos meses en el ámbito hip hop no se habló de otra cosa y que todo el embrollo ayudó a mejorar la propuesta musical de ambos, extramotivados para sacar adelante el desafío más trascendente de su trayectoria. Si en las escuelas de música se tuviera que explicar a los alumnos en qué consiste un beef la primera opción para desarrollar la clase tendría que ser esta: The Takeover, el ataque de Jay-Z, y Ether, el contraataque de Nas, soberbios ejemplos de furia lírica que no fueron más allá del terreno sonoro y que, en definitiva, acabaron ayudándoles a ambos.
Aquellas eran guerras sinceras, nacidas desde el rencor, los malentendidos, las diferencias económicas, la rivalidad de barrios o las ansias de darse a conocer desde el anonimato. Y sus artífices eran conscientes de la responsabilidad que entrañaba un enfrentamiento de estas características: para ganar no bastaban insultos o malas palabras, se exigía originalidad, punch e ingenio, atributos que brillan por su ausencia en la actualidad. Los límites se traspasaron con la cruenta pugna entre 2Pac y Notorious B.I.G., que desembocó en violencia, asesinatos y toma de conciencia generalizada de que llevar las disputas líricas al cuerpo a cuerpo significaba matar la esencia del pique. Pero incluso entre balazos, sangre y crímenes aún no resueltos emanaba poesía incandescente, talento desbocado y genialidad pura. Este último incidente entre Drake y Chris Brown, que además involucra a Tony Parker de manera accidental, es el colmo del ridículo y el oportunismo. Ya no solo por la pelea de gallos, sino por su continuación vía Twitter. Si en los 90 estos beefs se libraban en el estudio o encima de un escenario ahora se alientan o enfrían con un tuit, la sublimación absoluta de la impostura y el marketing viral. Quizás todo este follón esconde algo de cierto y auténtico, quién sabe, pero vivimos en la época de los pactos entre managers, los beefs orquestados por publicistas con ínfulas de guionista y las indirectas, ahí donde no hay arrestos ni ganas de dar nombres y apellidos e ir de cara. Peleas prefabricadas y cobardes, este es el camino: en el reino del beef, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Hay 2 Comentarios
Me parece bastante ridículo que alguien sienta melancolía de los "buenos piques de ayer", menos comerciales que los de "hoy", aunque acabaran en asesinatos, porque "al menos había fuerza lírica"...en fin. Mejor no seguir.
Publicado por: eLa | 16/03/2013 2:41:30
yo el otro dia le tire una pinta de cerveza a la cabeza de un rockero de mi ciudad, y no se creó tanto revuelo, eso si, tuve que escapar por patas. si fuera negro, rapero, jugara en la NBA y tal, se harian eco de mis hazañas los periodistas del PAIS TENDENCIAS RAPERAS.
Publicado por: Nacho | 06/07/2012 18:01:35