Muro de sonido

Sobre el blog

Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

Eskup

De Black Eyed Peas al EDM: cuando haces pop ya no hay stop

Por: | 30 de abril de 2013

William

Aunque el sector más purista del ámbito hip hop pueda poner el grito en el cielo, siempre he pensado que will.i.am es un personaje con talento. Talento musical, el que demostró en los dos primeros discos de Black Eyed Peas, aún hoy reivindicables y apreciables; talento artístico, el que le permitió convertir una formación de conscious rap ortodoxa de look naïf y actitud tibia en uno de los combos más exitosos y comerciales del planeta; talento empresarial, el que le ha llevado a hacer de su marca de fábrica un negocio multimillonario; y talento para adelantarse a los acontecimientos, como ha acabado demostrando la obsesión que tiene el rap actual por acercarse y fraternizar con el EDM (las siglas con las que conocemos ese Electronic Dance Movement que ha llevado la música de baile a estratos sociales, mediáticos y comerciales de primer orden en Estados Unidos y, por extensión, a otras partes del globo). Mucha de esta fiebre se debe al sonido patentado por el productor y, sobre todo, al cambio de orientación sonora que experimentó su grupo con la llegada de Fergie, vocalista y bailarina neumática que inyectó imagen, dinamismo y proyección melódica a sus canciones. Con ella, y con un will.i.am al que se le encendió la luz del house-rap, Black Eyed Peas decidieron sacrificar la credibilidad de sus inicios para devenir una máquina de facturar singles, giras y dólares. Vendieron su alma al diablo a cambio de fama, celebridad y ventas, y por el camino, sin tan siquiera pretenderlo, le cambiaron la cara al rap mainstream.

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Libros de música: qué leer y qué escribir

Por: | 20 de abril de 2013

Frank-zappa

El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías. No te comas la nieve amarilla. Si quieres acostarte con chicas acude a la universidad; si quieres educarte, entra en una biblioteca. Con la de grandes frases que dijo Frank Zappa, resulta que la que más ha trascendido ha sido la pelotudez esa de que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Discutir sobre el amor tal vez sí sea como bailar sobre oceanografía. Hablar de sexo es, sin duda, como bailar sobre ingeniería agrónoma y debatir sobre política, al menos en este país donde la gente opina incluso sobre la construcción de una rotonda –más que los aeropuertos, las estaciones de AVE o las piscinas municipales, lo que nos metió en Europa fueron las malditas rotondas: Uganda tiene cruces, España rotondas, fin de la discusión- es como danzar sobre física cuántica. Pero escribir sobre música es mucho peor que bailar sobre todo eso antes mentado. El mundo es un enorme flashmob y muchos tenemos demasiadas agujetas de tanto correr como para ponernos ahora a bailar. A quién le importa si el rey va desnudo cuando la nevera está vacía.

Hoy toca divagar un pelín sobre esto y luego ver qué libros nos recomiendan y qué libros les gustaría que se escribieran ciertos personajes seleccionados...

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¿Quién lo trae caliente?

Por: | 16 de abril de 2013

Quien lo trae

"La música se consume a una velocidad de vértigo: todo el mundo saca discos, todo está en internet y el publico parece insaciable. Lo triste de todo esto es que nada parece durar más de un abrir y cerrar de ojos para la gran mayoria y enseguida necesitan más cosas para saciar su hambre de cosas nuevas". Para Pablo Fernández, responsable del pequeño sello asturiano Discos Humeantes, resulta cada vez más difícil valorar la verdadera repercusión de la música independiente en nuestro país; empezando por su presencia en los medios. "Salvo contadas excepciones, más allá de reseñas en blogs de chavales, fanzines y pequeñas publicaciones, es dificil encontrarte con propuestas nuevas realmente interesantes, que se muevan al margen de las modas o lo establecido como algo de interés general. No hay más que mirar los carteles de los festivales de verano, todos cortados por el mismo patrón. En la prensa especializada es parecido: la mayoría de estos grupos sirven para llenar pequeños espacios en blanco".

En similar línea de aproximación, Toño Magariños, bajista de los gallegos Unicornibot, aboga por abordar el problema desde otra perspectiva. “Vivimos un momento muy decepcionante en lo que se refiere a la cultura en general. El Estado está aprovechando la coyuntura de la crisis para matar las alternativas a la sociedad de consumo. Lo están haciendo a través de todos los campos (educación, servicios públicos como la sanidad, recortando derechos laborales...) y la cultura no podía ser menos. Pasar de un 8 a un 21% de IVA significa cargarse un sector entero, para poder reconfigurarlo a su gusto”. Sin embargo, amplía el marco la hora de buscar responsabilidades. “Todo esto lo hacen porque nosotros lo permitimos y nos tragamos sus programas de televisión, sus festivales faraónicos y sus radiofórmulas. El underground sí tiene visibilidad en los medios; sí que se potencian marcas y se pagan algunos ínfimos sueldos, pero, ¿dónde está el público? Bailando puesto de MDMA en el Primavera Sound quizá, pero no está llenando las salas de provincias. Y tampoco comprando discos, eso desde luego”.

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Bobby Watson, mensajero del jazz

Por: | 11 de abril de 2013

BobbyWatson

Se reveló como un diamante en bruto hace 35 años, en una de las versiones de los Jazz Messengers de Art Blakey más sólidas y memorables; aunque no particularmente popular, para algunos fue la última gran line-up del batería, al menos en cuanto a cohesión y efervescencia. Ahí estaba Bobby Watson, un joven saxofonista de Kansas, junto Blakey, el veterano Walter Davis Jr., el trompetista ruso Valery Ponomarev, el portentoso contrabajista Dennis Irwin y el primer blanco que ejerció como saxofonista oficial de la banda, Dave Schnitter [1]. Poco después llegó el pianista James Williams y los Jazz Messengers volvieron a toda su gloria con una de sus formaciones más extravagantes y heterogéneas. Pero funcionaba. En el futuro llegarían otros nombres brillantes (los hermanos Marsalis, Terence Blanchard, Donald Harrison, Billy Pierce, Benny Green, Lonnie Plaxico, Geoff Keezer, Robin Eubanks…) pero el grupo, como unidad, no volvió a tener el mismo empuje y compenetración.

Watson, solista dinámico y compositor brillante, estaba llamado a tener una carrera en solitario fulgurante: con varias decenas de álbumes a sus espaldas (sólo como líder) es uno de los saxos altos más respetados de la escena jazzística, habiendo mantenido una envidiable compostura artística a lo largo de toda su trayectoria. Ahora, a punto de cumplir los 60, vuelve a nuestro país para un solo concierto enmarcado en el excelente ciclo “Jazz y otras músicas” de la Fundación Botín (que alberga algunas otras perlas en los meses venideros), y aprovechamos para dar un repaso a su discografía.

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La huella imborrable de 'Drive'

Por: | 09 de abril de 2013

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No había mejor escenario posible para convertir “A Real Hero” en un himno del siglo XXI: Ryan Gosling acariciando el volante con suavidad, el sol del atardecer entrando por la ventana del coche y una pregunta lanzada a su acompañante, Carey Mulligan, con el tono de voz preciso: “Do you wanna see something?”. Arrancan en ese punto los sintetizadores del grupo francés College y uno desea que esa escena y, por extensión, esa película no acaben nunca. Se ha hablado tanto del poder magnético e hipnotizante de “Drive”, de cómo su valor estético vive en perfecta armonía y consonancia con su valor emocional, de cómo cada secuencia parece pensada, escrita, dirigida, interpretada y musicada con la única intención de enamorarnos instantáneamente de ella, que cualquier cosa que añadamos ahora nos sonará repetida o refrita. Pero quizás se ha hablado con menos intensidad del impacto, desde muchos puntos de vista, que su banda sonora ha tenido en la escena musical independiente de los dos últimos años, de cómo la selección de canciones que impulsaban y redondeaban la propuesta cinematográfica de Nicolas Winding Refn ha acabado convirtiéndose en una estética en sí misma y en un sonido propio muy identificable y reconocible. Y ese es otro de los elementos mágicos, ya inmortales, de la película: conseguir que nos entendamos todos perfectamente cada vez que alguien nos dice que una canción le recuerda a “Drive”. Sabemos qué es, no hace falta que nos den más pistas: es ese sonido.  

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