Muro de sonido

Sobre el blog

Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

Eskup

Las mutaciones de Vijay Iyer

Por: | 25 de marzo de 2014

Muations 1

Pasada la medianoche del 22 de julio de 2010, el pianista Vijay Iyer ofreció un recital en solitario en el íntimo ambiente del subterráneo club del Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. El evento era el pistoletazo de salida de una nueva apuesta del Jazzaldia donostiarra, siempre en busca de nuevos formatos y enfoques en la programación para dar cabida a músicos y proyectos más minoritarios que los que frecuentan los principales escenarios del festival. Así, el primero de los denominados "Conciertos Secretos", estuvo protagonizado por el que ya era, de facto, uno de los pianistas de moda (si es que eso significa algo). Su reciente disco en trío, "Historicity", le estaba granjeando todo tipo de menciones y atenciones por parte de crítica y público, situándole en el punto de mira de todos los que buscan un "salvador del jazz" de cuando en cuando.

 

En realidad, Iyer asistía al festival como teclista del excepcional Golden Quartet de Wadada Leo Smith, para un celebrado concierto que tendría lugar al día siguiente y que servía, además, para conmemorar el veinte aniversario de la publicación especializada Cuadernos de Jazz. Aunque el concierto en solitario de Iyer parecía tener algo de decisión de última hora, el autónomo y esencial formato unipersonal no le era ajeno. Aún no estaba editado, pero dos meses antes el pianista había grabado su primer disco a piano solo –publicado con el ajustado título "Solo"–, un registro que levantó excitación e indiferencia a partes iguales entre los aficionados, algo que ha venido ocurriendo a Iyer desde el principio de su carrera. Pocos se atreven a cuestionar sus aptitudes, pero a menudo se le asocia con adjetivos como frío, cerebral, matemático, mecánico, y unos cuantos más, siempre a partir de la supuesta falta de emoción o sustancia en su música.

 

Curiosamente, esos mismos reproches se hicieron con frecuencia a varias de las influencias directas del pianista, como Andrew Hill, Anthony Braxton, o mentores como George Lewis y Steve Coleman. Sin embargo, cuando este último le dio a conocer dentro de una de las múltiples versiones de sus Five Elements, muchos vieron en Iyer un músico de gran potencial, un auténtico diamante en bruto. Esa percepción se fue confirmando a medida que su carrera discográfica se expandía en múltiple proyectos, como su fascinante cuarteto junto a Rudresh Mahanthappa, el trío colectivo Fieldwork o su fructífera colaboración con el rapero, productor y poeta Mike Ladd.

El universo de Iyer desarrollaba múltiples ramificaciones a medida que crecía como músico, siempre con sus referentes pianísticos presentes (Hill, Thelonious Monk, Randy Weston, Herbie Nichols...) y con una endiablada aproximación a patrones polirrítmicos, en ocasiones de gran complejidad, evolucionados a partir de los planteamientos originales del M-Base de Steve Coleman.

 

Para cuando atrajo la atención de un público más amplio en 2010, la carrera de Iyer ya contaba con una decena de álbumes imponentes que mostraban abiertamente la concienzuda línea de trabajo en la que se había mantenido en los últimos años. Su ya mencionado álbum en solitario fue el último remache en una etapa de madurez que servía para, desde el riesgo de enfrentarse completamente solo al instrumento, demostrar que Iyer no era un técnico ni un esteta, sino un músico poliédrico en constante evolución. Escucharle en directo en las mismas circunstancias, con todo el esplendor de la desnudez del piano, fue una experiencia musical de primer orden que confirmó a la alza todas esas apreciaciones.

Desde entonces, Iyer ha seguido creciendo. Tal vez no de manera drástica en el aspecto musical, pero sí ganando envergadura como artista a fuerza de girar con su trío de forma constante y de convertirse, por derecho propio, en un nombre recurrente en la actualidad jazzística. Ahora, en un nuevo giro a su carrera, el norteamericano ha pasado a formar parte de la flamante escudería del sello ECM; una casa que, si bien ha tardado en llegar, le viene como anillo al dedo. La excitante mezcla de erudición, creatividad y riesgo del pianista es un auténtico caramelo para los anhelos estéticos y artísticos del patrón del sello, el ínclito Manfred Eicher.

Iyer Eicher

Para la ocasión, Iyer ha grabado una fascinante obra llamada “Mutations” (ECM/distrijazz), una suite en diez movimientos compuesta y estrenada en 2005 que se aleja de las líneas de trabajo que el pianista ha cultivado en su discografía hasta el momento. Interpretado por piano, electrónica y cuarteto de cuerdas, “Mutations” es, ante todo, un tour-de-force compositivo en el que se mezcla la música contemporánea, la improvisación, el minimalismo y otras doctrinas. Tan irregular como apasionante, la obra presenta pasajes, texturas y sonidos que rechazan ser definidos, si no es a través de la personalidad del propia Iyer.

Como era de esperar, el disco se ha editado envuelto en cierta polémica a raíz de lo imposible de adscribirlo a un género concreto. Siendo Iyer, en teoría, un músico de jazz, gran parte del mundillo ha puesto el grito en el cielo porque “Mutations” no es un disco de jazz. Ni falta que le hace.

 

Tampoco es una escucha fácil de buenas a primeras, y exige cierta implicación por parte del oyente. Sin ser una obra particularmente árida, no resulta sencillo entrar en “Mutations” de buenas a primeras. Sin embargo, crece en cada escucha y se muestra más rica y fascinante a medida que germina en el oído.

El disco contiene más música que la suite que le da título, con tres selecciones que podrían ser un pequeño guiño del pianista a su pasado y su futuro. Dos de ellas son muy recientes, compuestas en 2013 para piano y electrónica, y dan voz a nuevos territorios sobre los que Iyer está trabajando. La otra, que es precisamente la que abre el disco, es una reinterpretación en piano solo de “Spellbound and Sacrosanct, Cowrie Shells and the Shimmering Sea”, una composición que el pianista ya grabó en trío hace casi 20 años en “Memorophilia”, su primer disco como líder.

Esa sensación circular, de nuevo comienzo, de obra inclasificable e incomprendida, que transmite “Mutations”, le da también carácter de piedra angular en la discografía de Iyer. No hay duda de que el pianista seguirá transitando sonidos más ortodoxos con su trío o formaciones más deliberadamente jazzísticas, pero es evidente que, en el futuro, podemos esperar música muy osada por su parte.

 

Aquella madrugada de julio en el que un puñado de personas disfrutamos de su concierto en solitario en el Jazzaldia, pudimos experimentar aquel talento desbocado a solo unos centímetros de nosotros. Recuerdo perfectamente que a mi izquierda estaba sentado mi amigo y compañero Raúl Mao, y a mi derecha, el genial trompetista y compositor Wadada Leo Smith. A mitad de concierto, Wadada se volvió hacia mí y dijo “es asombroso ¿verdad?”. Y, la verdad, lo era.

SXSW 2014 – Día 6 – Concurso de Baile y despedida

Por: | 17 de marzo de 2014

El domingo es el día preferido de muchos veteranos del SXSW. Las hordas de spring breakers han abandonado la ciudad o están durmiendo la mona, e incluso muchísimos profesionales acreditados han iniciado ya el camino de retorno a sus casas. Las calles del centro de la ciudad recuperan el tráfico rodado y aparentan estar desiertas, después del bullicio de las semanas anteriores. Pero la acción no ha terminado, ni mucho menos. De hecho, el domingo es cuando se hacen algunos de los tratos más jugosos, cuando mucha gente aprovecha para tener por fin esos encuentros que se han ido posponiendo día a día, ya sin la locura organizativa del festival a pleno rendimiento.

Además hay aún bastantes fiestas, la mayoría –si no todas- gratuitas, y se puede aprovechar para ver a alguno de los grupos de los que te han hablado tus colegas en los días anteriores. En varios garitos de Red River y la Séptima me he encontrado con agentes, managers y grupos que tenía aún pendientes, y en varios casos hemos cerrado un par de conciertos para este verano y un par de giras para el otoño.

Para despedir el festival por todo lo alto, por la noche hemos ido al Palm Door, a la fiesta oficial del clausura del SXSW 2014. Después del concierto de Kid Congo Powers ha subido al escenario el DJ neoyorquino Jonathan Toubin, un entertainer nato que no solo ha puesto a todo el mundo a bailar con sus singles de soul y funk, sino que ha organizado un concurso de baile a lo Soul Train, con los bailarines numerados con dorsales y un jurado formado por AJ Davila, Habibi y Kid Congo, entre otros.

El concurso se desarrolla en grupos de diez bailarines, de los que se escogen dos, y finalmente solo uno. Hay cuatro grupos de los que saldrán los cuatro finalistas. Esther, cantante de Me and the Bees, sale a bailar en el primer grupo y lo hace estupendamente, pero no resulta elegida como finalista. En el tercer grupo sale Dani, el batería de The Parrots. Gracias a algunos movimientos muy locos, un amago de twerking y una imagen reluciente con camisa blanca, corbata negra y gafas oscuras, Dani sale elegido finalista de su grupo. Las risas y la alegría de la comitiva española son inenarrables. En la final le toca enfrentarse a dos bailarines profesionales, y se le nota ya tocado físicamente después de darlo todo en las dos selecciones anteriores, pero aunque al final queda el cuarto, para nosotros es el ganador indiscutible. En el momento de escribir esto aún sigue tosiendo por el esfuerzo.

Said nos recoge a la hora acordada y nos lleva a casa por última vez. Nos despedimos de él como si de un viejo amigo se tratase, aunque le hayamos conocido hace exactamente dos días. Mañana por la mañana no nos llevará él al aeropuerto. Lo hará otro taxista que responde al muy sonoro nombre de Cowboy Joe, un contacto que nos ha facilitado María de Pregaming Radio, con quien vamos a compartir el trayecto. Por el camino vamos a recoger también a Luci, de Las Jennys, que junto a Manoli de Terrier se ha convertido en una de las reinas de esta edición dominada por el destacamento hispano.

Nos vamos agotados, después de haber visto decenas de conciertos, conocido a un montón de gente y pasado muchísimos grandes momentos que no vamos a olvidar. Con todo lo criticable que tiene, el SXSW sigue siendo una cita inigualable y una garantía absoluta de diversión. Igual hasta volvemos el año que viene, ¡quién sabe!

SXSW día 5. Cómo despeinar al personal y los caminos del punk-rock

Por: | 16 de marzo de 2014

El concierto de hoy de The Parrots es en el Casino Southside, un garito de rock’n’roll situado en una zona industrial y aparentemente inhóspita, refugio de moteros y punk-rockers de edad avanzada, muy lejos del centro y al lado de una autopista.

Llegamos allí con un par de horas de antelación, y nuestro miedo de no saber qué hacer en esa zona durante tanto tiempo se desvanece en cuanto vemos una tienda de ropa de segunda mano a pocos metros de la puerta del Casino. Mientras estamos echando un vistazo a la ropa, vemos al fondo de la tienda una puerta abierta que da a lo que parece la sala de controles de un estudio de grabación. Preguntamos al dueño y, efectivamente, compagina los dos negocios y tiene un estudio de grabación en la trastienda, en el que ha grabado recientemente a gente como Joe King Carrasco con los Texas Tornados.

De allí nos vamos a la sala y nos cuentan que el cantante de The Cynics, con quienes comparten cartel, no ha llegado aún; sigue desaparecido desde la fiesta de anoche. Su concierto se acaba cancelando por incomparecencia y da paso al de BP Fallon, otra leyenda viva del rock que hace años que vive en Austin: BP fue el periodista que entrevistó a John Lennon en el bed-in de Amsterdam, y fue también el publicista de T. Rex y Led Zeppelin, entre muchas otras cosas. Para entretener la espera hasta la hora del concierto de The Parrots, se nos ocurre una idea: volvemos a la tienda de ropa y proponemos al dueño grabar una canción en directo en el estudio. El trato se cierra en un momento, y al cabo de 45 minutos salimos de allí con un pendrive y un cedé conteniendo la grabación.

El concierto posterior es uno de los mejores que ha dado el grupo en mucho tiempo, y el público del Casino Southside, más acostumbrado a las viejas glorias del punk-rock que a los nuevos aires juveniles, reacciona de manera sorprendentemente entusiasta. A continuación, los cabezas de cartel dejan a todo el mundo despeinado con su volumen brutal y su perfecto dominio del escenario. El cantante de Sons of Hercules es una mezcla de Iggy Pop, Joey Ramone y Mick Jagger. Fue, con su grupo de entonces, telonero de los Sex Pistols en su concierto en San Antonio. Y en directo mantiene la misma ferocidad que debía de tener entonces, además de un pelazo envidiable.

Said viene a buscarnos, puntualísimo, y tras un trayecto en el que escuchamos un puñado de veces la canción que ha grabado el grupo esa misma tarde, nos deja en el centro para ir a ver a The Pizza Underground, el grupo de Macaulay Culkin haciendo versiones de The Velvet Underground con temática pizzera. La idea de los miembros de The Parrots era abordarle para hacerle una propuesta de colaboración, pero su entorno sobreprotector lo hace imposible, sigue manteniendo su estatus de estrella a pesar de los excesos. Resignados, volvemos un día más al infalible Hotel Vegas, donde –esta vez sí- entramos en una nueva fiesta de Burger Records. El momento álgido de los conciertos lo vivimos cuando el cantante de The Orwells escala la columna de la endeble estructura que cubre el escenario, que empieza a vibrar salvajemente y amenaza con romperse y hacer lo propio con la crisma del muchacho. Cuando se baja, y tras la invasión del escenario por parte del público, empieza a ensañarse con las luces del lateral, golpeándolas con el micro hasta que acaba rompiendo unas cuantas (y el micro acaba desfigurado, por supuesto). La cosa empezó con punk-rock y tenía que seguir por ese camino.

SXSW, día 4: Fiestas olvidadas, conciertos inolvidables

Por: | 15 de marzo de 2014

Sxsw
Habíamos quedado a las 11 con Bill McCullough, un fotógrafo de Austin que colabora en The New York Times. Pero, cuando ha llegado a la casa donde nos hospedamos en el oeste de la ciudad, estábamos aún todos durmiendo. Fue una noche larga y divertida, a lo que tuvimos que añadir una larga caminata por la imposibilidad de encontrar un taxi a esas horas. Aunque ese problema lo acabamos de solucionar hoy desde que hemos conocido a Said, un taxista marroquí que lleva quince años trabajando en la ciudad y que se ha convertido en nuestro chófer de confianza.

El caso es que ayer aún no conocíamos a Said, y cuando Bill ha llegado para hacer su reportaje se ha encontrado con una bofetada de realidad de grupo de gira: ropas desperdigadas por toda la casa, restos de desayunos, legañas, ojos hinchados, zombies despeinados chequeando el correo en el móvil sin salir de la cama. A saber cómo quedará su reportaje, si es que se lo publican.

El primer paso de hoy era asistir a la Pool Party de Burger Records, en una zona pudiente de la ciudad, alejada del centro. Pero los planes en el SXSW se hacen para cambiarlos sobre la marcha. A las zonas pudientes americanas no llegan los autobuses -¿para qué?, pensarán ellos- y aún no conocíamos a Said: hemos encargado un taxi para que nos recogiera en casa y nos llevase a la fiesta, pero después de una hora y media de espera infructuosa hemos decidido cambiar de planes e ir a comer a Magnolia’s, un diner de carretera en el que nos han tratado de lujo.

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SXSW, día 3. Los conciertos

Por: | 14 de marzo de 2014

Foto-sxsw
Cuando nos despertamos por la mañana, nos esperan montones de mensajes de amigos y familiares: de madrugada, un borracho que conducía huyendo de la policía ha entrado a toda velocidad en la calle Red River y ha arrollado a la gente que hacía cola enfrente del club Mohawk para ver a Tyler the Creator. Hay al menos dos muertos y decenas de heridos.

Nosotros estábamos ya en casa y no nos enteramos de nada, pero la sensación de zozobra es común a todos los que nos encontramos aquí. Cualquiera que haya estado en Austin conoce el Mohawk, y todos hemos esperado en colas en mitad de la calle para entrar a algún concierto. Mi amiga Lara (ex Undershakers, ahora en Petit Pop) estaba en esa fila esperando para entrar al Mohawk, pero cansada de esperar se marchó a ver a Lisa Marie Presley. Salvada por la hija del Rey.

Las primeras horas son un poco inciertas. No se sabe muy bien si es lo apropiado seguir adelante con las fiestas y las celebraciones después de lo que ha pasado, pero por otra parte la música es el motivo por el que decenas de miles de personas se han desplazado hasta aquí. Avanzada la mañana, la organización envía un comunicado para anunciar que la programación sigue adelante y nos disponemos a salir hacia el primer concierto de The Parrots en el SXSW.

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SXSW, día 2. El aterrizaje

Por: | 13 de marzo de 2014

 

Black lips

Queríamos levantarnos a las 8:30 de la mañana, pero el jet lag ha hecho el trabajo por nosotros. A las 10 ya estábamos en el Convention Center, el centro neurálgico del festival, para recoger nuestras acreditaciones y pulseras.

A partir de aquí empieza de verdad el festival, y se hace necesaria una nueva explicación. Con más de cuatro mil artistas, la mayoría ofreciendo más de dos conciertos durante estos días en un centenar largo de salas oficiales y no oficiales, es obvio que cada persona vive un festival absolutamente diferente, como en un libro de Elige tu propia aventura. Hay tantas opciones disponibles que cada decisión que tomes de ir a ver algo implica que te vas a perder un número muy superior de conciertos tan o más interesantes que el que has escogido. Como decía ayer un tuit de la web Drowned In Sound, se puede evitar tener celos del SXSW si piensas que incluso los que estamos aquí vamos a acabar viendo menos de un 1% de la acción. Esto es completamente inabarcable.

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SXSW 2014 – Día 1

Por: | 12 de marzo de 2014

Este año viajo a Austin acompañando a The Parrots, un joven trío de garage-surf de Madrid que está presentando su single de debut. Van a ser sus primeros conciertos fuera de España (aparte de una breve actuación en una cabina del barrio rojo de Amsterdam, el verano pasado) y la ilusión y la excitación están en sus cotas más altas.

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La noche anterior a nuestra salida recibimos un correo de la organización del SXSW con el asunto: URGENT, en mayúsculas. A priori, no es más que un nuevo recordatorio del protocolo a seguir en el control de inmigración cuando entremos en los Estados Unidos (tenemos dos cartas oficiales de invitación) y el enésimo aviso por parte de la organización de que está terminantemente prohibido tocar en conciertos que no formen parte de la programación oficial del festival.

Por supuesto, The Parrots tienen tres conciertos no oficiales programados aparte del showcase oficial, como hacen todos los grupos que se precien para sacar el máximo partido a los carísimos costes de desplazamiento, alojamiento y dietas que supone participar en el festival. Algunos grupos tienen hasta tres y cuatro conciertos en el mismo día; puedes verlos llegar corriendo a la sala, justo a tiempo para hacer una rápida prueba de líneas antes de su concierto, darlo todo en media hora y desmontar a la carrera para salir hacia el próximo recinto. Estresante, quizás, pero muy efectivo si lo que quieres es que te vea el mayor número posible de gente, que al fin y al cabo es a lo que va la gente al SXSW.

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Pero, esta vez, el correo de la organización consigue su efecto atemorizador. Para empezar, por la frase que lo abre: “En los últimos días, hemos notado un alto porcentaje de artistas internacionales que han sido rechazados en la frontera...”. Tenemos muy presente el caso de Mujeres, que tenían una gira programada por los Estados Unidos y han visto denegado hace pocos días el permiso de entrada tras salir a Canadá para actuar en Vancouver. Meses de preparación tirados por la borda. Me vienen a la mente también dos deportaciones injustas de músicos que venían de gira a España y fueron rechazados en Barajas de forma totalmente aleatoria: me pasó con los brasileños São Paulo Underground y, un par de años después, con las argentinas Las Kellies. Recuerdo la rabia, la frustración y la impotencia, la altanería de los funcionarios de policía y la imposibilidad de establecer un diálogo con ellos, la profunda tristeza de hablar con los músicos encerrados en la sala donde esperan hacinados a ser deportados, y siento escalofríos y vergüenza de mi país. Pero, claro, lo que más siento ahora es un miedo repentino a que nos pueda pasar eso a nosotros cuando pisemos suelo americano. ¿Y si es cierto lo que dice la organización, que si participamos en conciertos no oficiales podemos tener problemas para entrar en el país? ¿Hasta dónde llegan los tentáculos de la NSA?

Afortunadamente, todo quedó en el susto. Hemos repasado varias veces las respuestas al posible interrogatorio de inmigración, para evitar problemas, pero hemos pasado los controles de manera fluida y sin problemas. En el avión hemos coincidido con Jorge Explosión, que va a Austin para tocar con su grupo paralelo The Ripe y también para montar un estudio de grabación allí (que piensa combinar con su ya consolidado estudio Circo Perrotti de Gijón), y hace un rato hemos llegado a la casa de Mitch y Jessica, los mejores anfitriones de la ciudad. Después de veinte horas de viaje, una nevera llena de cervezas y comida y una buena conexión a internet nos han hecho sentir como en casa. Mañana toca levantarse pronto para recoger las acreditaciones y empezar a vivir la experiencia del festival.

SXSW 2014 – Día 0

Por: | 11 de marzo de 2014

Sxsw
Bethany Cosentino, de Best Coast, actuando el sábado en el SXSW de Austin.

Cada vez que digo a alguien de mi entorno que me voy al SXSW, la respuesta es invariable. “¡Qué envidia!”, me dicen. Y, como en un reflejo de falsa modestia o de cinismo mal disimulado, normalmente respondo que bueeeeno, que tampoco es para taaaaanto; que no es oro todo lo que reluce, que hay mucho mito alrededor del festival, que no vale la pena el gasto para lo que luego puedes hacer allí realmente. Pero el caso es que me gusta mucho volver, aunque sea para quejarme. Como me pasa desde hace veinte años con el festival de Benicàssim, cada año que voy me digo a mí mismo que éste es el último. Y sin embargo aquí estoy, preparando la maleta para volar a Austin una vez más, estresado e ilusionado a partes iguales.

El South By Southwest (conocido internacionalmente por las siglas SXSW; Southby para los nativos) es un monstruoso encuentro de la industria musical internacional, con ramificaciones cada vez más exitosas hacia las industrias del cine y de la tecnología digital. Dicen que el SXSW Film le está comiendo el terreno a Sundance como escaparate de las últimas tendencias en el cine independiente norteamericano, pero de eso les podré contar pocos detalles. Ahora, de la feria musical más comentada de los últimos años –la que ha inspirado iniciativas más cercanas geográficamente, como el Monkey Week en El Puerto de Santa María- sí que les puedo hablar un rato, y así lo haré durante la próxima semana desde esta tribuna.

Lo de que es un encuentro monstruoso no es una exageración, para nada. El SXSW es como la casa de Gran Hermano: todo se magnifica. Se calcula que unos 4.000 grupos y solistas se desplazan hasta Austin estos días, la mitad de ellos formando parte de la programación oficial. Si dejamos a un lado los talleres y conferencias y la feria de stands, dicha programación oficial consiste básicamente en los llamados showcases: conciertos breves y desprovistos de artificios, dirigidos a los más de 20.000 delegados internacionales que, en su mayoría, han pagado más de 600$ por una acreditación que les da derecho a entrar en el centenar de salas oficiales a descubrir nuevos talentos antes de que exploten, siempre que el aforo lo permita. Esto último es importante, así que lo voy a repetir en mayúsculas: SIEMPRE QUE EL AFORO LO PERMITA.

La gran mayoría de salas y escenarios oficiales en los que actúan los grupos programados en el SXSW rondan las 200-300 personas de capacidad. Hay algunas que pueden acoger a un par de miles, y unos cuantos escenarios al aire libre. La primera vez que asistí al festival, en 2007, aún era posible ir saltando de una sala a otra, aunque fuera a la carrera, y ver prácticamente todo lo que te interesaba, incluso los hypes más comentados de la temporada. Sin ir más lejos, aquel año pude ver a Amy Winehouse desde tercera o cuarta fila, en una day party (comentaremos lo que son las day parties más en detalle en próximas entregas de esta misma serie), rodeado de poco más de un centenar de personas. Un poco a la izquierda de quien grabase este vídeo, para ser exactos:

Desde hace tres o cuatro años, el pelotazo de popularidad del festival ha convertido eso en una utopía. Es imposible sacar partido a tu acreditación y ver un número elevado de conciertos interesantes, a no ser que planees bien tus elecciones y cojas sitio con astucia y anticipación. Unas 70.000 personas viajan a Austin para el SXSW, de las cuales menos de un tercio son ya profesionales interesados en ver, mostrar o contratar a los nuevos artistas de los que hablaremos en el futuro. El resto es público atraído por la aplastante popularidad del festival, con mayoría de spring breakers, universitarios de vacaciones con las hormonas a flor de piel que convierten aquello en una verbena maravillosamente alocada pero, siendo franco, cada vez menos aprovechable si lo que buscas es sacar un rendimiento profesional que justifique el viaje transoceánico.

Los temidos solapamientos de los festivales se convierten en naderías cuando piensas que aquí puede llegar a haber hasta 90 actuaciones simultáneas. Aunque, dado el desequilibrio entre el aforo de las salas y el número de asistentes, lo habitual es que haya una cola kilométrica en la puerta de cualquier garito en el que actúe un artista con menciones favorables en más de tres blogs de referencia. Por eso todo el mundo acaba tocando varias veces al día, en la miríada de conciertos y fiestas no oficiales que son a la larga lo más aprovechable de la semana. Por supuesto, olvídate de ver a Prince o a Bruce Springsteen –rutilantes estrellas de las últimas ediciones, que actuaron para unas 3.000 personas- si no has hecho horas de cola con anterioridad. Lo mismo imagino que pasará este año con las actuaciones de Coldplay y Pitbull, que actúan como parte del iTunes festival, o con el concierto de Lady Gaga en el muy comentado escenario Doritos (que tiene la forma de una gigantesca máquina expendedora: me ahorraré la metáfora fácil para no extenderme mucho más en esta primera entrega).

Doritos-vending

Sin embargo, y a pesar de estos y otros contratiempos, el SXSW sigue manteniendo su magnetismo y su poder de fascinación. Todas las calles, bares, porches, patios traseros y aparcamientos de Austin son susceptibles de convertirse en escenarios más o menos improvisados, más o menos efímeros. El suelo de 6th Street y las calles aledañas del centro está alfombrado de flyers de todo tipo, y en cada esquina te puedes encontrar con músicos cargando sus instrumentos, dispuestos a ofrecer su enésimo concierto del día. Durante una semana, las calles a ambos lados de la I-35 se alimentan del material del que están hechos los sueños. La música se respira en todos los rincones mientras corren el bourbon, la cerveza Dos Equis y la salsa barbacoa. Es un negocio descomunal, pero también un centro de energía inigualable. Ya habrá tiempo para las decepciones y la frustración: lo que impera en Austin esta semana es la euforia y la ilusión.

Sin esa pequeña ayuda de tus amigos

Por: | 08 de marzo de 2014

AC3

“Hemos vendido a Elvis, pero hemos comprado a los Beatles”. Esto dijo, ufano, un dirigente del Tottenham Hotspur, el equipo de la Premier Legue en el que militaba Gareth Bale, cuando a finales del año pasado se concretó el fichaje del galés por el Real Madrid. La cifra del traspaso nos pareció única y desmesurada, al menos, hasta que empezamos a hacernos una idea de lo que realmente le había costado Neymar al Barça. Nos parecía única e insultante. Ahora solo nos parece lo segundo. El equipo judío del norte de Londres había invertido el dinero del club español en media docena de jugadores de perfil medio alto, en lo que a ojos de aquel perspicaz directivo parecía una jugada maestra. Meses después, el Tottenham despedía a su entrenador, el portugués Villas-Boas, sumido en una crisis provocada por la entrada en contacto con su propia mortalidad: los Beatles no parecía que fueran a llevarles a puestos de Champions. Por aquellas mismas semanas, se anunciaba la lista de candidatos de Sound of 2014 de la BBC, el premio que el ente británico concede cada año al nuevo artista que creen será uno de los que definan el curso siguiente. Entre los 15 nominados, doce solistas y tres dúos. Muchos Elvis. Ningunos Beatles.

 

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