SXSW 2014 – Día 0

Por: | 11 de marzo de 2014

Sxsw
Bethany Cosentino, de Best Coast, actuando el sábado en el SXSW de Austin.

Cada vez que digo a alguien de mi entorno que me voy al SXSW, la respuesta es invariable. “¡Qué envidia!”, me dicen. Y, como en un reflejo de falsa modestia o de cinismo mal disimulado, normalmente respondo que bueeeeno, que tampoco es para taaaaanto; que no es oro todo lo que reluce, que hay mucho mito alrededor del festival, que no vale la pena el gasto para lo que luego puedes hacer allí realmente. Pero el caso es que me gusta mucho volver, aunque sea para quejarme. Como me pasa desde hace veinte años con el festival de Benicàssim, cada año que voy me digo a mí mismo que éste es el último. Y sin embargo aquí estoy, preparando la maleta para volar a Austin una vez más, estresado e ilusionado a partes iguales.

El South By Southwest (conocido internacionalmente por las siglas SXSW; Southby para los nativos) es un monstruoso encuentro de la industria musical internacional, con ramificaciones cada vez más exitosas hacia las industrias del cine y de la tecnología digital. Dicen que el SXSW Film le está comiendo el terreno a Sundance como escaparate de las últimas tendencias en el cine independiente norteamericano, pero de eso les podré contar pocos detalles. Ahora, de la feria musical más comentada de los últimos años –la que ha inspirado iniciativas más cercanas geográficamente, como el Monkey Week en El Puerto de Santa María- sí que les puedo hablar un rato, y así lo haré durante la próxima semana desde esta tribuna.

Lo de que es un encuentro monstruoso no es una exageración, para nada. El SXSW es como la casa de Gran Hermano: todo se magnifica. Se calcula que unos 4.000 grupos y solistas se desplazan hasta Austin estos días, la mitad de ellos formando parte de la programación oficial. Si dejamos a un lado los talleres y conferencias y la feria de stands, dicha programación oficial consiste básicamente en los llamados showcases: conciertos breves y desprovistos de artificios, dirigidos a los más de 20.000 delegados internacionales que, en su mayoría, han pagado más de 600$ por una acreditación que les da derecho a entrar en el centenar de salas oficiales a descubrir nuevos talentos antes de que exploten, siempre que el aforo lo permita. Esto último es importante, así que lo voy a repetir en mayúsculas: SIEMPRE QUE EL AFORO LO PERMITA.

La gran mayoría de salas y escenarios oficiales en los que actúan los grupos programados en el SXSW rondan las 200-300 personas de capacidad. Hay algunas que pueden acoger a un par de miles, y unos cuantos escenarios al aire libre. La primera vez que asistí al festival, en 2007, aún era posible ir saltando de una sala a otra, aunque fuera a la carrera, y ver prácticamente todo lo que te interesaba, incluso los hypes más comentados de la temporada. Sin ir más lejos, aquel año pude ver a Amy Winehouse desde tercera o cuarta fila, en una day party (comentaremos lo que son las day parties más en detalle en próximas entregas de esta misma serie), rodeado de poco más de un centenar de personas. Un poco a la izquierda de quien grabase este vídeo, para ser exactos:

Desde hace tres o cuatro años, el pelotazo de popularidad del festival ha convertido eso en una utopía. Es imposible sacar partido a tu acreditación y ver un número elevado de conciertos interesantes, a no ser que planees bien tus elecciones y cojas sitio con astucia y anticipación. Unas 70.000 personas viajan a Austin para el SXSW, de las cuales menos de un tercio son ya profesionales interesados en ver, mostrar o contratar a los nuevos artistas de los que hablaremos en el futuro. El resto es público atraído por la aplastante popularidad del festival, con mayoría de spring breakers, universitarios de vacaciones con las hormonas a flor de piel que convierten aquello en una verbena maravillosamente alocada pero, siendo franco, cada vez menos aprovechable si lo que buscas es sacar un rendimiento profesional que justifique el viaje transoceánico.

Los temidos solapamientos de los festivales se convierten en naderías cuando piensas que aquí puede llegar a haber hasta 90 actuaciones simultáneas. Aunque, dado el desequilibrio entre el aforo de las salas y el número de asistentes, lo habitual es que haya una cola kilométrica en la puerta de cualquier garito en el que actúe un artista con menciones favorables en más de tres blogs de referencia. Por eso todo el mundo acaba tocando varias veces al día, en la miríada de conciertos y fiestas no oficiales que son a la larga lo más aprovechable de la semana. Por supuesto, olvídate de ver a Prince o a Bruce Springsteen –rutilantes estrellas de las últimas ediciones, que actuaron para unas 3.000 personas- si no has hecho horas de cola con anterioridad. Lo mismo imagino que pasará este año con las actuaciones de Coldplay y Pitbull, que actúan como parte del iTunes festival, o con el concierto de Lady Gaga en el muy comentado escenario Doritos (que tiene la forma de una gigantesca máquina expendedora: me ahorraré la metáfora fácil para no extenderme mucho más en esta primera entrega).

Doritos-vending

Sin embargo, y a pesar de estos y otros contratiempos, el SXSW sigue manteniendo su magnetismo y su poder de fascinación. Todas las calles, bares, porches, patios traseros y aparcamientos de Austin son susceptibles de convertirse en escenarios más o menos improvisados, más o menos efímeros. El suelo de 6th Street y las calles aledañas del centro está alfombrado de flyers de todo tipo, y en cada esquina te puedes encontrar con músicos cargando sus instrumentos, dispuestos a ofrecer su enésimo concierto del día. Durante una semana, las calles a ambos lados de la I-35 se alimentan del material del que están hechos los sueños. La música se respira en todos los rincones mientras corren el bourbon, la cerveza Dos Equis y la salsa barbacoa. Es un negocio descomunal, pero también un centro de energía inigualable. Ya habrá tiempo para las decepciones y la frustración: lo que impera en Austin esta semana es la euforia y la ilusión.

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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