La crisis que acabó con la fiebre del oro

Por: | 08 de abril de 2014

Dollars-bling

En 1999 el rapero de Nueva Orleans B.G., también miembro de Hot Boys, convulsionó el mercado con “Bling Bling”, una canción incluida en el álbum “Chopper City In The Ghetto”, en la que, grosso modo, el artista daba alas a un término, bling bling, que en poco tiempo se convirtió casi en una forma de vida para los raperos de la época. Desde el punto de vista más prosaico posible, “Bling bling” hacía referencia a los kilos y quilates de oro que colgaban de sus cuellos y manos; desde la óptica más conceptual, aquello suponía un nuevo y decisivo capítulo en la vorágine de exaltación consumista y exhibicionismo pecuniario del género. El videoclip del single mostraba con orgullo decenas de coches deportivos de alta gama, helicópteros, yates, maletines repletos de billetes grandes y, sí, oro, mucho oro, leit motiv estético de muchos de los raperos que entre finales de los 90 y finales de la década pasada convirtieron cada vídeo, cada aparición pública, cada canción en una oda al derroche, la ostentación y el vacile monetario. Todos querían demostrar que tenían tanto o más que el vecino y que su ascensión al reino del éxito era real y tangible. Empezaba así la llamada ‘bling bling era’, que además de superpoblar el universo hip hop de copas, dentaduras, anillos, cinturones y cualquier otro objeto que se nos ocurra bañado en oro y de convertir muchos discos en auténticos inventarios de joyería, también tuvo una repercusión en el género si cabe más importante: ni más ni menos que la propagación de un nuevo sonido acorde a la temática y la estética del momento que durante unos años cambió por completo la fisonomía del hip hop popular.

Se cumplen quince años de aquello, y la revisión de esos días en comparación al presente es todavía más elocuente. De los días de esplendor del sonido bling bling ya no quedan ni las raspas. Actores principales de aquella época han perdido mucho protagonismo –Timbaland, por ejemplo–, algunos han desaparecido por completo del mapa –Scott Storch, ¿quién sabe dónde?– y otros incluso se han readaptado al signo de los tiempos dejando atrás aquellos días de esplendor creativo y mediático –Nelly, ¿hola?. Llegó un momento en que el público se hartó de la misma fórmula, explotada hasta la saciedad en un periodo no superior a los ocho años, pero, sobre todo, llegó un momento en que el discurso moral y estético que englobaba todo ese fulgor no tenía el menor sentido contrapuesto al contexto. En estos últimos quince años Estados Unidos ha vivido, entre otras cosas, los atentados del 11 de septiembre, la llegada de un presidente afroamericano y algún conflicto bélico, pero sobre todo ha vivido, y sufrido, una recesión económica de dimensiones épicas. Curiosamente, este último acontecimiento ha sido el que más peso, incidencia e influencia directa ha tenido en la esfera hip hop y en la neutralización de esa era en la que se vivía por encima de las posibilidades.

 

Discos como “The Recession”, de Young Jeezy, publicado en 2008, tomaban conciencia real de la situación de crisis económica que azotaba al país, aunque solo lo hicieran en el título. Una vez veías vídeos de alguno de sus singles, como “Get Allot”, realmente te preguntabas dónde se abordaba el asunto de la recesión en el álbum. Es curioso porque fue el propio rap sureño, cuna del bling bling y plataforma de lanzamiento de infinidad de artistas entregados en cuerpo y alma a la glorificación del cash, el lujo callejero y la figura del neo rico afroamericano, el que de la mano de este álbum y otros que vinieron luego intentó sentar las bases de un toque de atención moral que viniera a decir, más o menos, que no era muy apropiado despilfarrar y derrochar en videoclips y apariciones públicas cuando muchos de los vecinos de los artistas estaban perdiendo su casa y no tenían dinero ni para llegar a final de mes. Con poco éxito, también hay que decirlo: todavía hoy muchos afroamericanos prefieren gastarse la paga en las nuevas Air Jordan XI que en mejorar sus condiciones de vida.

 

Por tanto, no fueron los propios implicados en la trama bling bling los que acabaron con ella, ni tan siquiera sacudidos por un ataque de conciencia a tenor de las circunstancias que se estaban produciendo tras la caída de Lehman Brothers, sino más bien la comunión entre el hartazgo de una parte del público y la necesidad de cambiar la tendencia de otra parte del conglomerado artístico. El bling bling no perdió fuelle y presencia por el hecho de que sus principales representantes se hubieran convertido al anticapitalismo de golpe y porrazo: en realidad, Lil Wayne, B.G., Lil Jon y el largo etcétera de representantes del gremio han seguido rapeando todo este tiempo sobre lo mismo. Si el bling bling se ha devaluado, nunca mejor dicho, ha sido porque ya no es un foco de atracción para aquellos artistas que en esos años se sumaron a la fiebre del oro, quién sabe si tentados por el verde o simplemente por estar al día –todavía se recuerda con profundo pesar “Nastradamus”, de Nas, por citar un ejemplo al vuelo–, y que ayudaron a darle fuerza entonces. Ya no es moneda común en el ámbito más popular del género, más bien subsiste como una anomalía que nadie parece tomarse en serio más de la cuenta.

 

Esto coincide con el notorio cambio de rumbo ideológico y conceptual que ha alimentado el hip hop en los últimos años, claramente alimentado y propulsado por las circunstancias y el contexto. Lo llamaremos hip hop de la post-recesión, expuesto en formas muy diversas por artistas como Kanye West, Killer Mike, Odd Future, J Cole, Drake, Kendrick Lamar, Schoolboy Q, Danny Brown, Death Grips o el propio Nas, vías de salida a un estado de profundo cabreo en que los mejores rappers del momento prefieren interiorizar y reflexionar sobre su estatus, el éxito o las circunstancias que vanagloriarse sin respiro ni medida del tamaño de su cuenta corriente. El bling bling tuvo su momento de gloria, y seguramente fue necesario que lo tuviera, quizás más desde el prisma sociológico que musical, pues no es ridículo ni descabellado entablar paralelismos entre la bonanza económica y la despreocupación social que emergían de esos discos y videoclips y la que estaba viviendo la sociedad estadounidense de clase media entre finales de los 90 y finales de 2000. El bling bling nos estalló en las manos, pasó de forma fulgurante, dejó algunos momentos importantes y, en cierto modo, existió porque tenía que existir, pero en la actualidad queda ya reducido a la categoría de anécdota exótica muy controlada. Sin que sirva de precedente, bendita crisis.         

Hay 3 Comentarios

Coincido en parte con Los piños aunque no creo que el artículo no lleve algo de razón. Cambió mucho la perspectiva del rap pero la cultura del consumo, de lo inmediato y la ostentación siguen vigentes pero, cambió eso sí, la forma de canalizarlo.

Dicho esto, también creo que es cierto lo que dice el autor en que el hip hop post-recesión no es el mismo que el de antes.

Un saludo

Secundo lo dicho por LospiñosdeASAPRocky. Vaya columpiada de texto.

Lo que ha pasado de moda es el término "bling bling", hace mucho, pero el materialismo y las apologías al consumo, en absoluto. El autor se monta una película para justificar un artículo que no concuerda para nada con la realidad.

Cosecha del año pasao:

http://www.youtube.com/watch?v=7LOZhaxTw0I
http://www.youtube.com/watch?v=rF-hq_CHNH0
https://www.youtube.com/watch?v=ETfk-uDd6rY
https://www.youtube.com/watch?v=m0tcUQbAyog
https://www.youtube.com/watch?v=e2QKlmMT8II

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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