"Triunfar fracasando": 20 años de Acuarela Discos

Por: | 09 de mayo de 2013

Triunfar fracasando

(Ilustración: Wences Lamas)

Si "resistir es vencer", Jesús Llorente (Cádiz, 1972) tiene mucho que celebrar... pero también de lo que arrepentirse. Veinte años de zozobra existencial (y profesional) a la cabeza de Acuarela Discos le hacen acreedor de un anecdotario que supera con creces el volumen de publicaciones de un catálogo por el que han asomado Sr. Chinarro, Migala, Astrud y Los Planetas; Matt Elliott, Xiu Xiu, Destroyer o Darren Hayman. "Aparte de las sempiternas y enquistadas deudas, de los retrasos en los lanzamientos de los discos, y de momentos en los que ha reinado lo que me gusta llamar el subidón del bajón, estas son las que considero  Hay errores, erratas, malentendidos, falsas corazonadas y hasta contratos verbales que no cumplí por diversos motivos, ninguno de ellos -¿lo dudan?- justificado".

Manu Ferrón, El Faro y A Veces Ciclón se encargarán este sábado de poner banda sonora a la fiesta de cumpleaños del sello en la madrileña sala Siroco, mientras ComeJulie DoironThe Orchids y Sr. Chinarro ejercerán de embajadores en la jornada de clausura del Primavera Sound, el próximo 26 de mayo. Tan solo un par de días después, podremos disfrutar de Bored Spies y los sendos pases de Julie Doiron y  Antonio Luque en el Teatro Reina Victoria de Madrid. Asi que, más que un ajuste de cuentas con el pasado, lo que sigue es un ejercicio de expiación que trasciende la épica del fracaso. O un prólogo, si se prefiere, a la deriva de los próximos veinte años de quien ha sido definido por el propio Luque como "el Rompetechos del indie".

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Jazz + Rock: agitado, no revuelto

Por: | 04 de mayo de 2013

MonknRoll

Ay, el jazz-rock. Empezó con la mejor de las intenciones, y como idea era perfecta. Sólo hay que escuchar de nuevo "Bitches Brew" o "Jack Johnson" de Miles Davis para ver el potencial del invento. Después de que el jazz perdiera el favor del gran público en beneficio de las nuevas formas de música popular, se hicieron muchos y variados intentos de llevar a primera fila de nuevo la gran tradición norteamericana (como si el blues y el jazz no estuviesen en la raíz de todo lo que vino después). Y un buen día, allá por los años 70, apareció el jazz-rock, una etiqueta asociada inmediatamente a un buen puñado de artistas que llevaban lo hortera en las venas. Buena gente, talentosa y con habilidad para la síntesis, pero irremediablemente horteras. Hay cierta carga generacional en esto que ahora tenemos claro, pero la perspectiva siempre llega tarde. Al fin y al cabo, hablamos de una sociedad a la que, llegado el caso, también le parecieron bien las hombreras desmedidas o la riñonera frontal. Nadie duda que estos y otros accesorios sonrojantes volverán tarde o temprano, como no debemos descartar un nuevo auge de las sandalias de río como gadget veraniego. Pero parece que el jazz-rock, tal y como se conoció en su momento, no volverá. Irá desapareciendo junto a sus históricas figuras, y poco a poco se apagará esa llamita nostálgica en los corazones de quienes, en su momento, eran tan fans de Supertramp como de Spyro Gyra o Lee Ritenour.

Pero, cuidado, la comunión entre jazz y rock, como tal, es otra cosa. Superada la pátina estética y promocional aplicada cuando se fabricó para venderse al por mayor, la unión de estos dos importantes géneros se antoja cada vez más inevitable y natural. Los jóvenes talentos del jazz –una música a la que uno se dedica más premeditadamente, por lo general– han crecido escuchando a Jimi Hendrix, Abba, Iron Maiden o Eminem tanto como a Charlie Parker, Hank Jones, John Coltrane o Brad Mehldau. Cualquier joven jazzman no sólo ha estudiado las composiciones de Duke Ellington, Thelonious Monk o Charles Mingus, sino también las de Dylan, Cobain o Lennon y McCartney. Por eso cada vez es más normal ver trazas de rock en la producción jazzística contemporánea, quedando atrás los fantasmas integristas del neotradicionalismo y los complejos de un purismo que, en los tiempos que corren, ya no tiene mucho sentido. Es más probable que un músico actual cocine algo interesante poniendo varios ingredientes en la olla que intentando tocar bop ortodoxo y académico. En eso jamás superará a los maestros, aunque sólo sea por una cuestión coyuntural. La música no la hacen sólo los músicos: la época y el lugar tienen mucho que ver.

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De Black Eyed Peas al EDM: cuando haces pop ya no hay stop

Por: | 30 de abril de 2013

William

Aunque el sector más purista del ámbito hip hop pueda poner el grito en el cielo, siempre he pensado que will.i.am es un personaje con talento. Talento musical, el que demostró en los dos primeros discos de Black Eyed Peas, aún hoy reivindicables y apreciables; talento artístico, el que le permitió convertir una formación de conscious rap ortodoxa de look naïf y actitud tibia en uno de los combos más exitosos y comerciales del planeta; talento empresarial, el que le ha llevado a hacer de su marca de fábrica un negocio multimillonario; y talento para adelantarse a los acontecimientos, como ha acabado demostrando la obsesión que tiene el rap actual por acercarse y fraternizar con el EDM (las siglas con las que conocemos ese Electronic Dance Movement que ha llevado la música de baile a estratos sociales, mediáticos y comerciales de primer orden en Estados Unidos y, por extensión, a otras partes del globo). Mucha de esta fiebre se debe al sonido patentado por el productor y, sobre todo, al cambio de orientación sonora que experimentó su grupo con la llegada de Fergie, vocalista y bailarina neumática que inyectó imagen, dinamismo y proyección melódica a sus canciones. Con ella, y con un will.i.am al que se le encendió la luz del house-rap, Black Eyed Peas decidieron sacrificar la credibilidad de sus inicios para devenir una máquina de facturar singles, giras y dólares. Vendieron su alma al diablo a cambio de fama, celebridad y ventas, y por el camino, sin tan siquiera pretenderlo, le cambiaron la cara al rap mainstream.

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Libros de música: qué leer y qué escribir

Por: | 20 de abril de 2013

Frank-zappa

El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías. No te comas la nieve amarilla. Si quieres acostarte con chicas acude a la universidad; si quieres educarte, entra en una biblioteca. Con la de grandes frases que dijo Frank Zappa, resulta que la que más ha trascendido ha sido la pelotudez esa de que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Discutir sobre el amor tal vez sí sea como bailar sobre oceanografía. Hablar de sexo es, sin duda, como bailar sobre ingeniería agrónoma y debatir sobre política, al menos en este país donde la gente opina incluso sobre la construcción de una rotonda –más que los aeropuertos, las estaciones de AVE o las piscinas municipales, lo que nos metió en Europa fueron las malditas rotondas: Uganda tiene cruces, España rotondas, fin de la discusión- es como danzar sobre física cuántica. Pero escribir sobre música es mucho peor que bailar sobre todo eso antes mentado. El mundo es un enorme flashmob y muchos tenemos demasiadas agujetas de tanto correr como para ponernos ahora a bailar. A quién le importa si el rey va desnudo cuando la nevera está vacía.

Hoy toca divagar un pelín sobre esto y luego ver qué libros nos recomiendan y qué libros les gustaría que se escribieran ciertos personajes seleccionados...

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¿Quién lo trae caliente?

Por: | 16 de abril de 2013

Quien lo trae

"La música se consume a una velocidad de vértigo: todo el mundo saca discos, todo está en internet y el publico parece insaciable. Lo triste de todo esto es que nada parece durar más de un abrir y cerrar de ojos para la gran mayoria y enseguida necesitan más cosas para saciar su hambre de cosas nuevas". Para Pablo Fernández, responsable del pequeño sello asturiano Discos Humeantes, resulta cada vez más difícil valorar la verdadera repercusión de la música independiente en nuestro país; empezando por su presencia en los medios. "Salvo contadas excepciones, más allá de reseñas en blogs de chavales, fanzines y pequeñas publicaciones, es dificil encontrarte con propuestas nuevas realmente interesantes, que se muevan al margen de las modas o lo establecido como algo de interés general. No hay más que mirar los carteles de los festivales de verano, todos cortados por el mismo patrón. En la prensa especializada es parecido: la mayoría de estos grupos sirven para llenar pequeños espacios en blanco".

En similar línea de aproximación, Toño Magariños, bajista de los gallegos Unicornibot, aboga por abordar el problema desde otra perspectiva. “Vivimos un momento muy decepcionante en lo que se refiere a la cultura en general. El Estado está aprovechando la coyuntura de la crisis para matar las alternativas a la sociedad de consumo. Lo están haciendo a través de todos los campos (educación, servicios públicos como la sanidad, recortando derechos laborales...) y la cultura no podía ser menos. Pasar de un 8 a un 21% de IVA significa cargarse un sector entero, para poder reconfigurarlo a su gusto”. Sin embargo, amplía el marco la hora de buscar responsabilidades. “Todo esto lo hacen porque nosotros lo permitimos y nos tragamos sus programas de televisión, sus festivales faraónicos y sus radiofórmulas. El underground sí tiene visibilidad en los medios; sí que se potencian marcas y se pagan algunos ínfimos sueldos, pero, ¿dónde está el público? Bailando puesto de MDMA en el Primavera Sound quizá, pero no está llenando las salas de provincias. Y tampoco comprando discos, eso desde luego”.

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Bobby Watson, mensajero del jazz

Por: | 11 de abril de 2013

BobbyWatson

Se reveló como un diamante en bruto hace 35 años, en una de las versiones de los Jazz Messengers de Art Blakey más sólidas y memorables; aunque no particularmente popular, para algunos fue la última gran line-up del batería, al menos en cuanto a cohesión y efervescencia. Ahí estaba Bobby Watson, un joven saxofonista de Kansas, junto Blakey, el veterano Walter Davis Jr., el trompetista ruso Valery Ponomarev, el portentoso contrabajista Dennis Irwin y el primer blanco que ejerció como saxofonista oficial de la banda, Dave Schnitter [1]. Poco después llegó el pianista James Williams y los Jazz Messengers volvieron a toda su gloria con una de sus formaciones más extravagantes y heterogéneas. Pero funcionaba. En el futuro llegarían otros nombres brillantes (los hermanos Marsalis, Terence Blanchard, Donald Harrison, Billy Pierce, Benny Green, Lonnie Plaxico, Geoff Keezer, Robin Eubanks…) pero el grupo, como unidad, no volvió a tener el mismo empuje y compenetración.

Watson, solista dinámico y compositor brillante, estaba llamado a tener una carrera en solitario fulgurante: con varias decenas de álbumes a sus espaldas (sólo como líder) es uno de los saxos altos más respetados de la escena jazzística, habiendo mantenido una envidiable compostura artística a lo largo de toda su trayectoria. Ahora, a punto de cumplir los 60, vuelve a nuestro país para un solo concierto enmarcado en el excelente ciclo “Jazz y otras músicas” de la Fundación Botín (que alberga algunas otras perlas en los meses venideros), y aprovechamos para dar un repaso a su discografía.

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La huella imborrable de 'Drive'

Por: | 09 de abril de 2013

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No había mejor escenario posible para convertir “A Real Hero” en un himno del siglo XXI: Ryan Gosling acariciando el volante con suavidad, el sol del atardecer entrando por la ventana del coche y una pregunta lanzada a su acompañante, Carey Mulligan, con el tono de voz preciso: “Do you wanna see something?”. Arrancan en ese punto los sintetizadores del grupo francés College y uno desea que esa escena y, por extensión, esa película no acaben nunca. Se ha hablado tanto del poder magnético e hipnotizante de “Drive”, de cómo su valor estético vive en perfecta armonía y consonancia con su valor emocional, de cómo cada secuencia parece pensada, escrita, dirigida, interpretada y musicada con la única intención de enamorarnos instantáneamente de ella, que cualquier cosa que añadamos ahora nos sonará repetida o refrita. Pero quizás se ha hablado con menos intensidad del impacto, desde muchos puntos de vista, que su banda sonora ha tenido en la escena musical independiente de los dos últimos años, de cómo la selección de canciones que impulsaban y redondeaban la propuesta cinematográfica de Nicolas Winding Refn ha acabado convirtiéndose en una estética en sí misma y en un sonido propio muy identificable y reconocible. Y ese es otro de los elementos mágicos, ya inmortales, de la película: conseguir que nos entendamos todos perfectamente cada vez que alguien nos dice que una canción le recuerda a “Drive”. Sabemos qué es, no hace falta que nos den más pistas: es ese sonido.  

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La importancia de llamarse Lil Wayne

Por: | 26 de marzo de 2013

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El marketing aplicado al hip hop ha llegado tan lejos en los últimos años que el lanzamiento de I am not a human being II, décimo disco en estudio del rapero de Nueva Orleans Lil Wayne, que sale hoy a la venta, ha llevado a más de uno a sospechar de la veracidad de las últimas noticias relacionadas con el artista. Su reciente paso por el hospital, que se ha saldado con rumores de todo tipo –desde una extremaunción a varias apoplejias, pasando por una sobredosis de sirope de codeína, todo aún por confirmar–, ha dado combustible a las lenguas viperinas que ven conspiraciones o campañas de promoción en cualquier movimiento previo a la aparición de un nuevo álbum. Pero más allá de teorías ficción de quienes sospechan o desconfían hasta de su familia, lo cierto es que si no se ha hablado apenas de este regreso discográfico y sí de los problemas extra musicales del rapero es por un motivo claro: el paralelismo entre su degradación personal y su decadencia artística, dos vasos comunicantes e indisociables cuando se trata de explicar la progresiva caída artística –que no comercial– de quien estaba predestinado a convertirse en la mayor y más rentable estrella del firmamento hip hop.

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‘Discos Raros’: una charla con Angela Sawyer

Por: | 21 de marzo de 2013

Weirdo
 

“La gente me pregunta a menudo cómo he terminado en esto de la música rara”, me confiesa Angela Sawyer. “Y la única respuesta que se me ocurre es ésta: disco a disco. Como coleccionista, seguro que sabes a lo que me refiero. Ordenando tus estanterías descubrirás que tu perfil no es precisamente el de un vendedor de seguros”. Touché. Al hacer limpieza en casa, uno puede echarse a temblar ante de la cantidad de material que ha sido capaz de acumular a lo largo de los años. Y en el mejor de los casos, entusiasmarse como un niño pequeño al redescubrir algun tesoro olvidado en el fondo de un armario. La clase de sensación que no se puede comprar con dinero. “Me siento una privilegiada al poder pasar el resto de mi vida rodeada de música maravillosa”.

Angela sabe muy bien de lo que habla. Lleva más de veinte años en el negocio y el paisaje que nos pinta de Boston es lo más parecido al paraíso para los adictos al vinilo: la oferta es abundante y variada, los precios económicos y los dependientes de confianza. Y su tienda, Weirdo Records, no es una excepción. “Al principio vendía los discos desde mi apartamento, a través de internet. Empecé con menos de diez referencias y poco a poco el catálogo fue creciendo a un ritmo sorprendente, así que tres años después monté la tienda”.

 

Se trata de un local diminuto que abrió sus puertas en 2009 y con el tiempo se ha ido consolidando como una de las tiendas más especializadas del país... y tal vez del mundo. “El nombre es lo suficientemente directo como para dedicarme en exclusiva a las rarezas, en cualquier tipo de formato”. Entre sus existencias el visitante puede toparse con elepés de surf paquistaní, raperos de Mali que abusan del autotune y organistas del cine mudo. “También tenemos el disco de unos tíos que se electrocutan unos a otros para grabar sus gruñidos y otro del siseo registrado al acercar cintas vírgenes a unos imanes. ¡El pan nuestro de cada de día en Weirdo Records!”.

Los primeros síntomas de la adicción de Ángela a los sonidos exóticos se manifestaron durante sus años universitarios. “Empecé a escribir sobre música en la facultad, donde me licencié en Filosofía Antigua gracias a una tesis sobre Sun Ra. Aunque realmente aquello no tenía nada que ver con mi carrera, me sirvió para aprender muchísimo”. Desde entonces son varias las revistas que publican sus textos y todavía le queda tiempo para prologar antologías discográficas y reseñar discos en la página web de la tienda. Me comenta, como si tal cosa, que hace unas semanas llegó a la número quince mil.

 

 

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Las-ketchup

El 13 de mayo de 1993, el Gobierno español se veía obligado a devaluar la peseta un 8%. El por entonces Ministro de Economía, el socialista (no se rían, que pudo ser peor) Carlos Solchaga atribuía la decisión, la tercera de este mismo cariz tomada desde septiembre del año anterior, a la incertidumbre política, sin duda, acrecentada por unas recientes declaraciones del por entonces líder de la oposición, José María Aznar. El candidato del PP había pedido una bajada inmediata del tipo de interés, que por entonces rondaba el 13%. Según fuentes de la City londinense, estas palabras de Aznar advertían sobre su intención de suavizar la política monetaria española en caso de ganar las próximas elecciones, lo que empujó a los cambistas a subir un poco más su apuesta por la devaluación. Esa misma mañana se habían conocido los nuevos datos del paro. El número de desempleados en el país había aumentado en 250.000 durante el primer trimestre del año, situando la cifra total en 3,3 millones. A pesar de la recesión (España cerraría el año con un crecimiento negativo del 1,03%), la inflación no daba tregua. Y es que ese mismo jueves negro también se conocían los datos del IPC, que subía un 0,4%, situando la tasa interanual en el 4,6%, muy por encima de las previsiones del Gobierno y de lo sostenible para una población que vería acabar el año con una tasa de paro del 23,9% y la aprobación de la Ley Financiera, que, entre otras cosas, bajaba la prestación mínima para parados sin hijos del 100% del salario mínimo al 75%. Dos meses después de este jueves negro, un dúo sevillano llamado Los del Río editaba un tema titulado La Macarena. La semilla de la recuperación económica del país acababa de sembrarse.

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El País

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