Sí, los autores envecejen. Concretamente, los directores de cine son el género de autor que peor envejece. Sobretodo los norteamericanos.
Como espero que comprendan, soy demasiado joven, demasiado orgulloso y, supongo, demasiado gilipollas para preocuparme por envejecer como autor (mierda, no sé si me van a dejar hacerme adulto siquiera). Pero ya siento en mis carnes el miedo a envejecer como consumidor.
Por ejemplo, como frecuente lector de cómics me espeluzna el ejemplo de tantos y tantos conocidos con más años que yo que han decidido dejar de comprar tebeos porque “hoy en día son una mierda”. En sus estanterías el tiempo se detiene en el Frank Miller de comienzos de los noventa. O en el Alan Moore de Watchmen. O en un tomo de Breccia, o –glups- Corto Maltés, o en – reglups- Tintín. Es como el tipo que se mancha el bigote con mierda sin saberlo y el pobre hombre acaba convencido de que ese inesperado mal olor viene del resto del mundo. Señalar la decadencia planetaria de todo un medio de comunicación en vez de señalar la propia ruina como consumidor es una actitud, más que provocarme rechazo, me da miedo. Porque todos podemos caer.
Supongo que, de la misma manera que a partir de una edad tu cuerpo se hincha en las partes equivocadas si no tomas medidas al respecto, tu criterio se acartona y agrieta si no tomas medidas. Así que – llámenme ingenuo si les apetece- reconozco que un cupo de lo que leo, escucho y veo deriva de una disciplina consciente por miedo a acabar como esos consumidores o autores que llegan a los cincuenta y, como no entienden qué demonios está pasando a su alrededor, sólo saben hablarle a sus semejantes. A las otras víctimas. A los otros nostálgicos.
Supongo que, en el caso del cine, el caso es un grado más grave (mierda, parece que en el cine todo es un poco más grave) debido a que el cinéfilo es una de las razas de aficionados más propensa a la evocación de una edad de oro, de un paraíso perdido. Al rechazo al presente como principio de militancia.
Detesto al cinéfilo nostálgico. Pero no por su top-ten habitual, que la mayoría de las veces será acertado, aunque sea por las causas equivocadas. Si por algo detesto a esos tipos que se refugian en los grandes clásicos, y que valoran lo actual en función de su parecido con esas grandes obras (lo que llaman solidez, clasicismo, artesanía) es por su manifiesta cobardía. Por pedir permiso a la historia en mayúsculas para poder agitar la bandera. Ahora es cuando Cabeza Borradora y Arrebato están convirtiéndose en clásicos intocables. Ahora.
Y es que no deja de darme rabia el babeo en nombre de la tradición ante directores de talento confirmado durante décadas y décadas... Que a su vez fueron rechazados por los nostálgicos de su época. O cómo creen que se escupió en su momento sobre Hitchcock: Denunciando la pérdida de valores (cinematográficos o morales) de sus películas. Adorar a directores confirmados y poner en duda por sistema a los que surgen de la nada es ser un cinéfilo a la cola. Y, como le dijo a John Custer a su hijo “De esos ya hay muchos”.
El cinéfilo que defiende hoy Un perro andaluz puede valer cuatro perras. Pero el que lo hizo en el 29 vale millones.