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El otro día hablábamos de Twin Peaks. Tanto esta serie como Expediente X fueron experiencias fundamentales para establecer el estado de la ficción televisiva actual. Partiendo de géneros innobles y materiales de derribo (el culebrón sin escrúpulos, la fantasía conspiranoica, el ocultismo pop, las tensiones sexuales no resueltas) alcanzaron la cumbre en un momento dado... y para acabar estrellándose, desapareciendo de sus pantallas por la puerta de atrás, entre la ira de unos fans y la indiferencia de otros.
Ambas series sufrieron la tensión de ser a la vez un objeto artisticamente legítimo, relevante y hasta revolucionario, y un producto por entregas que, nunca lo olvidemos, tiene como primera finalidad perpetuarse a sí mismo. Por otro lado, cada episodio se debatía entre la necesidad de ser un objeto con cualidades únicas y disfrutables de por sí, y la de ser el perfecto engarce de una cadena mayor de la que dependían todos los significados. Twin Peaks era una colección de estampas perfectas, diseñadas por un poeta visual en estado de gracia, y a la vez una trama alambicada y defectuosa, llena de callejones sin salida y tiempos muertos, difícil de seguir hasta por los fanáticos. Expediente X, a su vez, nunca superó su esquizofrenia: Quería ser, a la vez, una colección de relatos autoconclusivos de 42 minutos, y una conspiración seriada infinita llena de subtramas, revelaciones y giros copernicanos.
Ambas series acabaron siendo devoradas por un medio que les daba una patada en el culo a la vez que tomaba nota de la experiencia. Pero han acabado representando sus respectivas épocas con mucha más fuerza que otras series que sí consiguieron retirarse con la frente alta.
Y ahora tenemos a Lost, a la que no es muy aventurado considerar la siguiente en esta cadena. ABC, el mismo canal que en su día le obligó a Lynch a contar antes de tiempo quién mató a Laura Palmer, emite otra serie sustentada en un misterio, en una pregunta: ¿Qué es la isla?
La primera temporada arrancó como el espectáculo perfecto, el que te encadila a tí, amante de los misterios imposibles y buscador de claves escondidas en cada frame, y a tu abuela, encantada con el triángulo amoroso entre un chico bueno, un chico malo, y una chica con pasado, el padre que intenta recuperar a su hijo, y el hijo que busca a su padre. Y de propina, sin que nadie se lo esperase, una alegoría límpia y perfecta acerca del territorio espiritual: Un grupo de personas se estella contra una isla. Están los que quieren escapar de ella,,, y los que quieren abrir un agujero y adentrarse en sus profundidades.
El éxito incial es arrollador y nadie duda que, al igual que Twin Peaks y Expediente X, Lost será la serie que definirá esta época y lo que es (¿fue?) la edad dorada de las series. Pero, temporada tras temporada, como retando a su propio éxito, el desarrollo de la serie ha avanzado en una dirección inesperada. Y hasta los que empezamos a verla con el ceño fruncido, pensando que le sobraba colchón dramático, hemos acabado boquiabiertos. Al mismo tiempo, un gran número de espectadores ha renunciado.¿Va a seguir Lost el mismo camino desgraciado de sus predecentes?
Parece que esta vez no cabe esa posibilidad: Se llegó a saber, a mediados de la emisión de la tercera temporada, que la productora negoció con el canal la producción de tres temporadas más, tras las cuales la serie habría finalizado. El blindaje de este contrato parece haber dado un margen de seguridad y libertad a los arquitectos de la serie, Damon Lindelof y Carlton Cuse, para ignorar las caidas de audiencia y, progresivamente dejar de lado todos aquellos elementos que casaron con el público medio. En otras palabras, echar a tu abuela del barco. De las redenciones y los funerales con antorchas se ha ido pasando a la ciencia ficción sin freno, a las paradojas tetradimensionales, a las muñecas rusas que esconden muñecas rusas de mayor tamaño. Seguimos leyendo los títulos de los libros que leen los personajes, pero ahora ya no leen De ratones a hombres sino guiños para el conspiranoico avanzado como Valis, de Philip K. Dick o La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. Y mientras la serie crece en direcciónes insospechadas, hasta grotescas, el fascinación del misterio se va sustituyendo por el espectáculo de ver desvelado a cámara lenta el engranaje interno de la serie: Una arquitectura tan fascinante como los interrogantes que planteaba. Y que ha ido tirando por tierra cualquier intento (incluídos los de un servidor) de anticiparse a los planes de los guionistas.
Por otro lado, la multiplicación de significados, metáforas y temas explicitamente planteados sobre la mesa ha transformado aquel sencillo apunte acerca de la fe en un inabarcable laberinto en el que se pelean todas las variantes del misticismo moderno, en esta época en la que se confunden iglesias y corporaciones, ciencia y espiritualidad. Un personaje levanta una iglesia, para que otro emule a Castaneda dentro de ella. Un físico cuántico se da un paseo con un médium. Los chamanes y los científicos se convierten en los demiurgos de las tramas. Y la naturaleza del milagro se redefine capítulo a capítulo.
Y por último, un elemento metalingüístico sin precedente: Ahora que podemos imaginar la serie en conjunto, podemos darnos cuenta del paralelismo entre los protagonistas y el mismo espectador. Ambos enfrentados a similares saltos de fe, frustraciones y recompensas. Si hay algo que Lost ha conseguido hacer con su público, al igual que con sus personajes, es dividirles entre en creyentes y escépticos. Están los que han dejado de creer. Y los que nos hemos convertido en devotos.
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