La aparición del teaser de Avatar, de James Cameron ha sido otro de esos fenómenos condenados a alimentar discusiones estériles sin fin, chistes con caducidad inmediata y predicciones de baratillo. El Focoforo parecía no librarse, hasta que irrumpió una firma nueva, de nombre Craken ; un cliché andante, el cinéfilo de gustos modernos pero criterios viejos que describe la dirección cinematográfica con metáforas militares.
Todo parecía tener el interés relativo de siempre hasta que Craken sorprendió a todos con la propuesta de un reto, realizar una obra audiovisual bajo estas normas:
- El protagonista de la historia tiene que ser un bistec(valen otros productos cárnicos). - No puede haber diálogos. - La cinta no puede durar mas de 10 minutos. - Tiene que conmover
Acompañadas de esta fantástica frase:
Si no sabéis hacer que un bistec conmueva, ni hundiendo el titanic lograréis ese íntimo momento con el espectador.
¿Cuál es o fue tu relación con la calificaciones en clase?
La mía encontró su punto más oscuro y frustrante en COU, el último año antes de la Selectividad. Por aquel entonces había dado con algo que podría llamarse vocación. Ya sabía que demasiadas personas sufrían el desconocimiento del propio potencial, la indecisión a una edad decisiva, la confusión del siguiente paso. Sabía que descubrir por dónde iban los tiros en uno mismo era un tesoro que había que celebrar y proteger. Estaba entusiasmado porque sabía que quería ser cineasta, de alguna manera.
Por aquel entonces había rodado decenas de vídeos montados en cámara junto a Alejandro Tejería, entre ellos la serie Discutible, sketches en los que un psicópata estrafalario asediaba a una víctima desde diferentes frentes, todo contado con mucho plano subjetivo y mucho ángulo torcido. Cuando el asesinato era inminente, cortaba a negro. Y de ahí, a un último plano que no tenía ninguna relación con todo lo visto anteriormente. Plagios de Sam Raimi con finales robados de los Monty Python, vamos. También había grabado dos cortometrajes de media hora, en dos veranos; uno de ellos era una reconstrucción de la tragedia de los Andes titulada Qué poco nos faltó. Incluso hubo dos intentos de largometraje en vídeo que inevitablemente se agotaron pronto: Discutible, la película y una trama de aventuras acerca de facciones enfrentadas durante la guerra civil española que, tras sufrir una “putada espacio temporal” acababan en el presente, y seguían a tiros. Había colaborado en el intento de hacer una televisión local desde el instituto, grabando continuidades y sketches. Había escrito relatos sin parar, poemas, obras de teatro y esbozos de guiones cinematográficos. Había organizado pases, maratones y debates cinematográficos. Había participado en conciertos, obras de teatro, actos festivos. En definitiva, era el típico adolescente hiperactivo, ingenuo y arrogante que todavía no había hecho nada memorable, pero que al menos estaba aprendiendo a meter la pata y tenía una idea más o menos definida de hacia dónde canalizar la energía.
En C.O.U. llegó la sombra del batacazo: Se aproximaba el fín de la enseñanza secundaria, y la oportunidad de salir disparado en alguna dirección. Y la asunción angustiada de que, aunque había dado con mi vocación, mi currículum estaba completamente vacío. De todas las actividades que os he relatado antes, ninguna tenía compensación académica. Mi nota media, hasta el momento, había ido decreciendo año tras año. Mis crecientes problemas a la hora de escuchar y concentrarme en lo que, por aquel entonces, no me importaba un pimiento habían hecho mella en mi expediente.
Mi lustrosa y efervescente vocación se enfrentaba a un difícil muro: La selectividad. O lo que yo llamaba por aquel entonces el "Certamen Interregional de Mnemotécnica". Comunicación Audiovisual en la Universidad del País Vasco parecía la única oportunidad económicamente realista de salir del pueblo (mi familia en Vitoria podría hospedarme) y estudiar una materia que parecía consecuente con mis necesidades. Pero la media requerida para entrar no era ninguna broma. Y yo no tenía ni un solo as en la manga.
Estudié sin poder quitarme de encima la naturaleza frustrante del trámite. ¿Cómo era posible que el resto de mi vida- así lo veía entonces- dependiese de un número, de un índice que no respondía en absoluto de mis obsesiones y mi experiencia? ¿Qué demonios significaba esa nota?
¿Qué significaba ese número?
Al final entré en Comunicación Audiovisual por una décima. Mi media fue la más baja de toda la promoción. Por los pelos. Como en las películas ¿No? Una vez allí, comprobé que compañeros que tenían una nota mucho mayor que yo habían ido a esa facultad atraídos por la alta media exigida, más que por el temario. O movidos por un interés indeterminado, como los rumores de que era una “carrera con futuro”. O buscando la formación de una profesión que hubiese encontrado mejor encaje en otras carreras o estudios, pero que eran menos atractivos por ser más accesibles. De toda la promoción sólo un compañero había hecho también vídeos durante su adolescencia. Se trataba de Borja Cobeaga.
No sé cuál es tu relación con las notas, pero seguro que es menos pesimista que la de un profesor. He tenido ocasión de hablar con algunos, como Jose Antonio Gallego, uno de los más importantes durante mi paso por el Instituo Valle del Saja, y he comprobado la decepción generalizada ante el sistema de calificación escolar que ha asumido el mundo desarrollado. Los exámenes y las notas, en un principio,se concibieron como una forma de concretar de un modo práctico y rápido la capacidad del alumno. Pero al final, de ser un sistema de calificación, se han convertido en la fuerza rectora que condiciona calendarios, temarios y materias. Las notas no son la consecuencia del semestre, sino su motor. En el cerebro del alumno, las clases se convierten en una larga ginkana en la que ir superando pruebas hasta alcanzar un resultado en forma de número.
Al final, lo importante no es aprender, asimilar o descubrir. Lo importante es sacar nota. Ese índice numérico es la forma menos mala asumida de hacer cribas entre el alumnado. Al margen de que los que superen olviden todo lo que han memorizado al día siguiente del examen. Al margen de que los que se hayan quedado en la estacada merezcan más tiempo o una aproximación distinta a una materia para demostrar su capacidad.
La puntuación acaba siendo más relevante que lo que representa.
Es una monstruosidad reducir el conocimiento o dominio de una disciplina a un número, sea ésta filosofía o física ¿Cómo puede ponerse nota al conocimiento? ¿Y, sobre todo, para qué? ¿Cuál es el motivo último que rige esta clasificación? ¿Qué consecuencias trae?
¿Existe algo aún más absurdo que poner nota, con decimales, a algo tan complicado, frágil y lleno de matices como es el conocimiento?
Sí, hay algo aún más complejo, voluble y abierto a interpretaciones que el conocimiento, algo que resulta mucho más aberrante trasladado a números. Me refiero al gusto.
Dicho de otra manera.
Si te pareció aberrante ser juzgado en algún momento de tu vida en función de una puntuación...
Llevaba tiempo atascado con el post acerca de la profusión de series online. Un formato nuevo, salido de las piedras, en una época desafortunada (quién buscara patrocinadores hace una década, amigos) pero que se está consolidando como opción más que sensata para el nuevo realizador, frente al quizá demasiado viciado circuito de cortos.
La lista es siempre más larga de la que uno cree. Quizás no se ha explotado del todo la capacidad de sorpresa de un formato tan libre como éste. Hay géneros que aún no se han tocado, y a veces parece pesar la posibilidad de ascender a los cielos de la televisión tradicional. Aun así, entusiasma que mientras las teleseries en primetime se fijen en los modelos de siempre gracias a estas serie podamos disfrutar de un mini HBO a la española con Tú antes molabas, que ya se pueda hablar de clásicos como Guris Guiris (¿mutada en forma de próximo largometraje?) o de asombrosos blockbusters en proporción como Malviviendo. Y formatos impensables, como la serie-sobre-serie PostLost. (Si en los comments apuntáis alguna más, estaré encantando de hacer la lista definitiva).
No quiero seguir hablando y volver a atascarme en la cuestión. Además, no olvidemos que las series online son el género floreciente, y el blog el formato en decadencia. No nos necesitan.
Lo que es más imperdonable es haber dejado amontonadas en esos posts frustrados las menciones a las series en las que he hecho alguna colaboración como actor. Aquí van:
Con pelos en la lengua, de Cristobal Garrido y Felipe Jiménez Luna. Un guionista y un realizador unidos por la causa de la comedia española teen competente ternimaron la primera temporada de una serie (o tres) basada en algo tan noble como la dignificación y estilización del chiste guarro. El inesperado éxito de los capítulos protagonizados por el personaje gay demostró que hay públicos que aún andan a la espera.
Qué vida más triste, o la serie que consiguió lo imposible: Transformarse en un programa en un canal de televisión sin modificar ni un centímetro su lenguaje y sus temas. El milagro que las generaciones futuras mirarán con estupor. Rubén Ontiveros consiguió que un plató de televisión reprodujese su puto cuarto de toda la vida. Ciencia ficción.
Eso eran dos fragmentos del último capítulo de la primera temporada de Pendiente de título, de Alex Rodrigo y Ezequiel Romero, miembros del memorable Riot Cinema Collective, la gente tras El Cosmonauta. Si otras series intentan acercarse a las coordenadas televisivas, esta lo manda todo a freir espárragos de un plano a otro. Pongo sólo estos fragmentos para no espoilear la serie. Aunque se trata de una serie inespoilable. Mejor lo véis por vosotros mismos...
Gracias a Henrique Lague veo esta entrega de la popular serie de conferencias TED. Sir Ken Robinson hace una reflexión que sorprende por evidente: ¿Qué grado de irresponsabilidad conlleva que las materias en educación están igual jerarquizadas para todo el mundo, en todas los países del mundo? ¿En cuántos casos este sistema está minando la creatividad y el potencial del alumno?
Alguien que quiera formarse como director de cine sabe más o menos cómo está el patio: Si él mismo o su familia tiene poder adquisitivo, podrá acudir a una escuela de cine. Si no es así tiene la opción de conseguir estudiar un módulo o una carrera universitaria que se acerque lo más posible a la cuestión. Y si ni esto es posible, o no resulta apetecible, siempre está la opción de tirarse al patio con la cámara, ya sea el juguete maravilloso para el que llevas ahorrando un año, o ese trasto para tontos que te tiraron a la cara en tu primera comunión.
Supongo que la buena noticia (o la que termina de confundirnos) es que, de todos estos caminos, no hay uno que sea más frecuente que otro en el pasado de los distintos directores en activo. ¿Cómo es posible esto?
Para bien o para mal, una de las circunstancias más extraordinarias del lenguaje audiovisual es que en dos horas puede aprenderse toda la gramática necesaria para poder ponerla en práctica o desafiarla. En efecto, como diría el manual, usted puede ser director de cine en menos tiempo de lo que dura The Dark Knight. La pregunta es ¿Qué hacemos durante las siguientes dos horas?
Más de una vez he tenido, por mail o en persona, conversaciones con jóvenes que necesitan orientación para decidirse por uno de estos dos caminos: ¿Universidad o escuela de cine? El problema que plantean las universidades es la aparente poca disponibilidad de recursos para hacer prácticas. Las escuelas parecen cubrir esta necesidad pero ¿Qué garantiza de verdad ir a una de ellas, con la inversión de tiempo y dinero que conllevan? ¿Realmente uno sale de allí teledirigido hacia El Cine?
En realidad, estas cuestiones entrevén algo preocupante en la actitud del interesado: En realidad, no está buscando un entorno donde poder formarse en una técnica, o construírse una identidad como artista o artesano: Está buscando el sitio donde su talento tenga la oportunidad ponerse en práctica y verse confirmado lo antes posible. La obsesión por las clases prácticas, la preocupación por el crédito que se te concede el último día... Revelan que el futuro alumno, en el fondo, cree que aprender, lo que es aprender... No tiene mucho que aprender, pero sí mucho que demostrar.
Hace poco tuve un encuentro con alumos de dirección en su último año en una importante escuela de cine. Tenían ante sí el rodaje del corto de final de carrera. Yo formaba parte de una serie de encuentros con directores de cine a los que poder interrogar acerca de los problemas del rodaje, la planificación visual, la puesta en escena, el trato con actores... De diez alumnos de ese grupo sólo se presentaron cuatro. Y las preguntas que éstos me hicieron fueron del estilo de ¿Cómo conseguir coches? ¿Cómo conseguir niños? ¿Cómo conseguir angloparlantes?. Respondí en la medida de lo posible, pero me alertó que nadie parecierse darse cuenta de que las preguntas que me estaban haciendo correspondían al área de producción, y no de dirección. Borja Cobeaga era el invitado al día siguiente y me contó que su experiencia fue similar.
Si nos vamos a otros sectores, la sensación que tengo es similar: Si uno sobrevuela foros de cortometrajistas, verá que las cuestiones de las que más se habla son cuestiones de producción, modelos y precios de cámaras, accesorios, plug-ins, concursos y ayudas a la financiación. Apenas se habla del lenguaje en sí. Y cuando esto sucede, en forma de críticas a cortometajes o películas de estreno, las cuestiones que se plantean tienen a ser muy superficiales, y la terminología muy simplificada (que si efectos especiales, que si cámara en mano o ciento volando).
Todo el mundo sabe cuáles son los estándares de un guión literario. Casi nadie sabe cuál es la mejor manera de hacer un guión técnico (que se tiende a confundir con el storyboard).
Todo esto lo produce la sensación que todos tenemos (o algunos tuvimos en su momento) de venir al mundo con el pan bajo el brazo. De ya saber. En un amplísimo porcentaje, es en mitad de un rodaje cuando un joven director se topa con la dolorosa revelación de que no tiene ni pajolera idea de como salir de ahí por sí mismo.
EL problema reside, por un lado, en esos engañosos ciento veinte minutos de formación que os explicaba antes. Pero también en otra circunstancia extraordinaria del cine: Es el arte más visible, más popular. El audiovisual forma parte de nuestra formación emocional con una fuerza que casi siempre se impone respecto a otras artes. Desde que tenemos uso de dazón. Si descubrimos en nosotros la vocación de continuar este legado, todos, absolutamente todos, sufrimos o nos beneficiamos de la misma tendencia: Queremos ser capaces de generar en otros lo que las películas de nuestra infancia o adolescencia hicieron en nosotros. Entonces desarrollamos una escala de valores según la cual los recursos que se aproximen a los de aquellas experiencias son “más cine”, y los que se alejan, o son opuestos “menos cine”.
Por eso nuestra generación tiende a pensar que el formato panorámico de pantalla es “más cine” que los formatos más anchos. Porque, de niños, el fomato panorámico significaba “más que la tele”. Por aquel entonces se reducía a las salas. En televisión casi siempre se mutilaba, y cuando no era así, cuando nos permitían ver “las rayas negras arriba y abajo” era en esas ocasiones en las que los programas de cine nos mostraban inesperados, espectaculares, estremecedores avances de películas recién estrenadas en Estados Unidos, y que tardarían en llegar aquí. “Ayer dijeron en la tele que hay otra de Indiana Jones”.
Por eso nos tiende a sonar mejor el doblaje al castellano que el sonido directo en castellano. Por los cientos de películas que vimos dobladas de niños.
Por eso damos por supuesto cómo y por qué se utiliza música en las películas. Por la moda que se impuso durante nuestra infancia.
O cómo se filma una conversación. O un tiroteo.
Porque intuímos “qué es más cine” y “qué es menos cine”.
Todo lo anterior se viste habitualmente con el nombre de “Influencia”. En realidad, este término se usa casi siempre de un modo bastante inapropiado. Pensemos en Spielberg. Un director que, sumando recursos provenientes del cine clásico norteamericano visualmente más atrevido (Lean, Ford, Aldritch) destila un estilo de planificación que, sin plantear una ruptura formal decisiva, sí renueva el ritmo dentro del plano, y ciertas políticas de montaje, dando por resultando una reinvención del espectáculo. El director “influído” por Spielberg debería sentirse arrastrado por una ambición similar: Llevar a cabo un replanteamiento formal y temático del cine comercial igual de decisivo y memorable. En otras palabras, el director de cine influído por Spielberg está condenado a dirigir de un modo diferente a Spielberg.
Sin embargo, estamos acostumbrados a que lo que llamamos influencia se manifieste en forma de, precisamente, imitación. Y llamamos heredero de Spielberg a aquel que utiliza los mismos movimientos de cámara que Spielberg, las mismas ópticas, mismo estilo de banda sonora o misma política de dirección de actores. Al que cita a Spielberg.
Influencia y cita no son lo mismo. Lo primero es ámplio, marca una vida entera, transforma una personalidad, puede ser insondable, puede ser inconsciente. Lo segundo es una decisión tomada.
Llamamos influencia a la cita. Y es un vicio que padece el joven cineasta y cierto tipo de crítico: Ambos caen en la trampa de pensar que repetir de forma explícita y reconocible los recursos de Hitchcock, Ford, Scorsese Gordard, Tarantino o Reygadas, te hace participar de ellos.
La gramática se aprende en 120 minutos. Pero encontrar un estilo, una retórica y una temática relevante, intransferible y que resista al paso del tiempo es labor de toda una vida. Citar es fácil, no es más que darle la documentación necesaria a la persona que hace el trabajo duro y pedirle que lo repita. Pero ser influído de un modo fructífero conlleva una mezcla complejísima de voracidad, intrepidez, curiosidad y suerte. En otras palabras: Casi nadie sabe dirigir cine. Y los que hemos dado un par de pasitos en esa dirección, y no se nos permite ser autocomplacientes, cada vez nos enfrentamos con más horror al reto de la composición del espacio y el tiempo.
El estudiante de cine se enfrenta a muchos laberintos antes de su primer día de rodaje. Pero ha de saber que uno de ellos es, precisamente, desembarazarse de esa ilusión de sabiduría y dominio que todos llevamos a cuesta en nuestros comienzos, y que supone un ataque frontal a nuestra creatividad.
No sabemos nada. De hecho, no tenemos ni pajolera idea. No sabemos qué contar ni cómo, ni siquiera si tenemos algo que contar. Ni siquiera si seremos capaces de contar algo que no pueda contar mejor y más barato el de al lado.
Y a partir de esa sospecha inicial (pero que, por otro lado, no te abandona durante toda tu vida) uno empieza a pensar en los auténticos motivos para plantar la cámara aquí, y nunca allí.
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