16 julio, 2008 - 15:02 - ELPAIS.com
Sustracción Fatal
Una de las muchas falacias arrojadas sobre el arte, y de un modo muy insistente sobre el cine, es la de que menos es más: No muestres a los hombres pantera si puedes enseñar su sombra, para qué ver el puñal hundido si tenemos la gota de sangre en la alfombra. Para qué asistir a un polvo teniendo los cigarrillos de después. Para qué los monstruos, para qué las tetas, si tenemos miradas de horror y deseo. Para qué mostrar, pudiendo sugerir, en términos puramente sensoriales: Algo que, intuyo, tuvo un punto de partida ingenuo, pero legítimo, pero que, sostenido al dia de hoy, a veces esconde una pacatería y una superficialidad asombrosa.
En realidad, esta afirmación es una vulgarización bienintencionada de un mandamiento mucho más valioso, quizá el que más: Jamás hay que ser explícitos a la hora de transmitir las verdades sobre las que se apoya nuestra obra, si es que tenemos control sobre ellas. El artista, en última instancia no informa, ni explica, sino que evoca y plantea. Ahí está el pecado del director de cine: En añadir sinopsis llenas de terminología abstracta que ruegan por el entendimiento de la obra, como esas etiquetas en las paredes de los museos que le juran al visitante que se está empapando de algo. O en permitir que un personaje sentencie el sentido último de la obra. Algo que es peor que feo, incluso peor que aburrido: Es cobarde.
El valor de la sugerencia sobre la explicitud tiene sentido a escalas profundas, no es una excusa para retóricas audiovisuales más viejas que el mear.
En nombre de esta confusión se han cometido inocentes atrocidades como, por ejemplo, condenar a Lynch por su exhibicionismo para con el sexo, la monstruosidad o la mutilación en sus laberintos insondables, mientras se alaban ciertas películas y autores, maestros de cierto tipo de elegancia sinuosa, pero vergonzosamente explicativos a la hora de dejar bien claro cuál es la temática, alcance, densidad y relevancia de sus obras.
2
Gracias a Tones descubro hace meses la que sigue siendo una de mis páginas preferidas: La magistral Garfield menos Garfield. Es sencillo: Quitemos a Garfield de sus tiras y quedémonos con el resultado.
Fijáos a dónde nos lleva un proceso tan mecánico como artesanal, a un terreno tan sencillo como inabarcable. En un gesto limpio, una tira cómica se ha convertido en la aterradora descripción de un espacio mental:
(No, no es una película de Bressón)
(No, no es una película de Rosales)
3
Gracias al siempre inquieto Beat Henrique llego hasta el fascinante proyecto de un videoartista holandés llamado Martjin Hendricks titulado Give us today our daily terror.
Consiste la eliminación de los pájaros en Los Pájaros. Lo que ya era una disección simultánea del horror a todas las escalas, se propulsa al infinito. Sería deseable que el autor también hubiese extraído los graznidos de los animales de la banda sonora (en el cine, el sonido es muy importante, dicen en las escuelas). Pero no seamos tiquismiquis con la grandeza. Aquí va un fragmento:
El plano en 00:57 (y la extraviada reacción de Tippi Hedren), las minúsculas figuras humanas corriendo en plano picado, los insertos de un cielo limpio y azul, o el nuevo valor de algunos encuadres, dándole protagonismo al vacío, estremecen más que muchos intentos recientes por dibujar psicosis colectivas, apocalipis interiores y futuros inmediatos.
En otras palabras: Aunque menos no siempre es más, a veces la nada lo es todo.




