La mujer del cuadro (1944) y Los verdugos también mueren (1943) son las dos últimas películas de Fritz Lang que he visto. Las dos historias, que ofrecen una linea de tensión casi contínua, están protagonizadas por criminales, en un sentido u otro. La primera es un relato negro clásico guiado por un inocente arrastrado al asesinato y al posterio calvario que supondrá intentar salir indemne. La segunda, que debería ser vista por todos aquellos que han descubierto en Inglorious Basterds las posibilidades que da la ocupación nazi para el suspense sin fin, es el desbordante relato de las cabriolas de la resistencia checa para que el asesinato de un dignatario nazi no conlleve un baño de sangre. Las dos no se centran en el asesinato, sino en las consecuencias. En las dos me he topado con un encuadre parecido:
Son dos composiciones con un sentido muy distinto, pero las dos comparten la misma representación de la culpa, como un hecho concreto y a la vez omnipresente; la cámara filma desde la estancia donde se encuentra el objeto o evidencia del crimen, que está a oscuras, una oscuridad que enmarca el encuadre. Si la filmografía (incluso la vida) de Lang tuvo un tema, fue ese: Cuando se es culpable, la culpa es todo.
