Ya está. He dado por ventilada la primera versión de La Rampa. Ciento cincuenta y pico páginas pendientes de revisión. Y que serán menos con los días: Los buenos guiones decrecen bajo el sol.
Sí, he tardado menos tiempo del que cabría esperar. De hecho, ha sido bastante rápido. Pero tiene truco: No me pongo a un guión hasta que no tengo control de todos los personajes, giros, situaciones clave y desenlace. Y este último año, entre los consabidos pitos y las inesperadas flautas, he tenido mucho tiempo, regalado o robado, para darle forma a una historia, unos personajes, una primera secuencia y una última.
Es el estado ideal, y el más frecuente entre los guionistas que ya tienen el culo pelado: Escribir cuando ya tienes todas las líneas maestras definidas. Ya has escrito un tratamiento, o te has hartado de darle la paliza a tus amigos contándoles la sorpresa que te tienes guardada en el tercer acto. Sabes quién es el protagonista, qué transforma su vida, las formas de su descenso a los infiernos, cómo consigue una redención, a dónde le lleva todo. El asombroso desenlace.
Entonces ¿qué alarga y hace pesada la escritura de un guión? Todo aquello, que, en argot profesional, se denominan
LAS MIERDECILLAS
¿Qué son las mierdecillas? Todas esas miles de decisiones que no consideras en el instante iluminado en el que imaginas tu película por primera vez. Decisiones que requieren una reflexión profunda y densa, para que, en el mejor de los casos, sean invisibles en la película terminada.
Imaginemos una secuencia de transición en la que el personaje A, le explica al personaje B que no podrán verse esa misma tarde. Un hecho nada relevante, pero que aporta el suficiente oxígeno entre dos secuencias importantes. Añadiendo, de propina, un nubarrón en la lejanía bastante agradecido.
Pero, a fin de cuentas, una secuencia a la que no has dedicado un solo segundo de reflexión en el último año. Pero que, delante del ordenador, a las tantas de la madrugada, se convierte en una molesta...
MIERDECILLA
Porque te topas con esa secuencia, pretendiendo ventilarla en el tiempo que inviertes en redactarla, y entonces surgen las preguntas, a traición:
¿Dónde la localizamos? ¿En un espacio más próximo al personaje A, al personaje B, o en territorio neutral?
¿Desde qué perspectiva la contamos, desde la de A, o la de B?
¿Es un encuentro casual, o un personaje acude a otro? ¿A acude a B o viceversa? ¿O están juntos desde el primer momento? Si es así ¿qué circunstancia les había unido antes de comenzar la secuencia?
El dato que me interesa introducir ¿Surge en medio de una conversación habitual? Y si es así, ¿De qué estaban hablando?
El personaje que anuncia que no puede quedar ¿Lo dice con pesar o simula no darle importancia?
El personaje que recibe la noticia ¿Reacciona con naturalidad o se huele que hay algo detrás?
¿En qué momento cortamos la conversación? ¿Al final de una frase cortante, o añadimos un epílogo con vuelta a lo liviano?
Son preguntas que te pillan desnudo. Y a sabiendas de que la arbitrariedad no te va a ayudar. Ninguna de las respuestas a las preguntas anteriores (y quince más) se pueden encontrar tirando a los dados. Lo que distingue a una película resuelta de una película relevante pasa por la solución reflexiva de todas esas cuestiones. Es la parte más laboriosa y, si todo sale bien, invisible ( o sea, nada agradecida). Pero te la comes con patatas.
